Luis Rius. Poeta con el corazón dividido

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Escritor de fina sensibilidad, Luis Rius (1930-1984), pertenece a la segunda generación del exilio español que formó parte del mismo sentimiento nostálgico de la República perdida. Después de 27 años, el Fondo de Cultura Económica (FCE) reedita su libro Verso y prosa (Colección Tierra Firme) con un texto introductorio de Arturo Souto Alabarce, Arcelia Lara Covarrubias y Gonzalo Celorio.
Luis Rius, considerado uno de los mejores poetas de los años cincuenta y sesenta era un hombre de brillante personalidad: abierto, buen amigo, excelente conversador y maestro, enamorado y, sobre todo, sensible; pero a la vez angustiado, solitario y melancólico en el fondo.
Su poesía es una constante búsqueda de sí mismo, la extrañeza de su vida frente al exilio, a la mujer amada, al pasado nebuloso y, lo más conmovedor –parece paradójico, pero no lo es–, muestra la estupefacción ante un futuro que en lo profundo se le presenta como desarraigo impreciso, destierro perenne.
Desterrado en el tiempo
como en isla infinita,
sin retorno. Exiliado
en esta edad que avanza, que declina,
que no cesa, que huye,
río al mar, día a día.
Olvidada en el mar
me dejé yo la vida.
Luis Rius Azcoitia nació en 1930 en Tarancón, Cuenca. Exiliado por herencia llegó a México con sus padres a los 8 años y formó parte de esa sociedad que enfrentó el destierro desde antes de la Guerra Civil Española (1936-1939). En su infancia y adolescencia se educó con la comunidad española del exilio, bajo el mismo sentimiento nostálgico de la República perdida y el desprecio al gobierno franquista, aunque él prefirió mantenerse alejado de la política, pues había contemplado la amarga experiencia de sus padres.
Penetraron en el niño desterrado el ambiente y sentimiento de hispanidad; elementos coherentes con el enorme deseo de volver a la España de sus mayores; sin embargo, le estorbaron para el pleno desarrollo de su vida en México.
Los hijos de los transterrados nacidos en España «se hicieron en América, se nacen –diría Unamuno– en México. Remontan el tiempo, buscan su identidad, y en un momento dado comprenden que el tiempo se ha hecho carne propia».1 De aquí deriva la absoluta ambigüedad o dualidad en la que han vivido: la españolidad que proviene de sus raíces, pero que es insostenible en sus recuerdos; y la mexicanidad manifestada en su desempeño cotidiano. De tal suerte son españoles y también mexicanos; o quizá, ni son españoles ni tampoco mexicanos.
La segunda generación de escritores del exilio,2 a la que pertenece Rius, se caracteriza por una situación singular: entre la de los netamente españoles, como sus padres, y la de los mexicanos, como serán sus hijos; el mismo poeta la denominó «fronteriza». Y este hecho es la huella primordial en su creación artística: españoles por nacimiento y educación; mexicanos por circunstancia.
«¿Son mexicanos o son españoles?» –se pregunta Octavio Paz. Y responde: «El problema me interesa poco; me basta con saber que escriben en español; la lengua es la única nacionalidad de un escritor».3 Esto es incuestionable, sin embargo escriben desde la perspectiva de la ausencia, la nostalgia, la orfandad del pasado que contrasta con la realidad: la presencia de la cotidianidad mexicana. En resumen, una extraña naturaleza ha acompañado a Rius –y otros más– aún después de muerto: se le considera escritor mexicano, ya que su nombre se incluye en el Diccionario bibliográfico de escritores de México;4 y también español, pues aparece en el Diccionario Espasa de Literatura Española.
Rius escribe para conocerse, revelarse, trata de comprenderse a sí mismo. La cualidad de su creación es subjetiva; por ende, su poesía está impregnada de interrogantes sobre su identidad con un carácter existencial:
¿Quién soy yo aquí, quién soy
en esta tierra de hombres

entre hierro y petróleo…?
Se cuestiona ante su presencia forastera en México; o bien, mira desde la otra perspectiva, la de los mexicanos:
¿De qué tierra será?, ¿dónde su mar
–dicen–, ¿cuál es su sol, su aire, su río?
Y él mismo responde:
Mi origen se hizo pronto algo sombrío
y cuando a él vuelvo no lo vuelvo a hallar.
Cada vez que me pongo a caminar
hacia mí pierdo el rumbo, me desvío.
Estos versos pertenecen al poema «Acta de extranjería», publicado en su último poemario, de 1984, año en el que falleció a los 54. El sentimiento de desarraigo, que figuró desde sus primeras creaciones, le forjó un sello de madurez, quizá poco natural si no se conoce su propio despertar en el destierro. A los 21 años, publicó su primer poemario, Canciones de vela (1951), en el que escribe:
Soledad, tú y yo
en la tarde muerta.
Compañera mía,
triste amiga vieja.

Hoy duele más hondo
el corazón, llega
más claro el silencio,
la vida más lenta.
Con el paso del tiempo, este sentimiento fue más profundo, más nostálgico: le dolía la condición de ser hondamente desterrado.
Es una sierpe herida
que se arrastra en la noche congelada
de un invierno sin tierra.
Se intensifica la desesperanza, el desaliento, la soledad «alta como un pino», –así la adjetiva–; y, de manera muy importante, la dualidad: esa condición de no ser él sino otro quien debió habitar su esencia, ese ente volátil que quedó en la lejanía del tiempo, en un pasado en el que no tuvo oportunidad de existir, pero que encarnó su esencia:
Yo fui, no soy, y mi verdad es ésta,
mi presencia conmigo, la más mía;
ser tan sólo memoria y lejanía,
jugador ya sin carta y sin apuesta.
Si ahora digo que fui, que tuve puesta
la vida en ejercicio, que vivía,
muy bien me sé que igual melancolía
me daba entonces similar respuesta.
Entonces ya también había vivido
sin vivir ni esperar un venidero
instante, un presente no cumplido.
Siempre he sido pasado. Así me muero:
no recordando ser, sino haber sido,
sin tampoco haber sido antes primero.
La infancia quedó en la lejanía de su origen, en tiempo y en espacio, del pueblo manchego en el que nació y en el que debía haber transcurrido su vida de forma natural. El cambio radical que le dio el destino lo fuerza a un abandono prematuro de sí mismo, al tomar conciencia y cuestionar su naturaleza, descubre a otro en el que reconoce su silueta, su sombra, un ente que percibe o vislumbra, pero al que nunca alcanza; se le ausenta o se le pierde en la nebulosa, en la indeterminación de sí mismo. Él se reconoce como sombra de su propia sombra.
Aquel que nunca fui viene a llamarme
al corazón y viene a entristecerme.

Él nunca pudo ser; es como el aire
que me roza las manos y la frente;
nació sin cuerpo, más desheredado
que yo, más desasido, más ausente.

Alguna vez lo olvido. Me enajena
el gozo de vivir algunas veces.
Entonces, ¿dónde va? Pero muy pronto
algo me avisa al corazón, me advierte,
y ese gozo se va volviendo extraña
sensación de no ser yo quien lo siente;
de no ser yo del todo; ser a medias;
muerto y vivo; una sombra.

Y ya con él, yo entro, en compañía,
siento la vida verdaderamente.
La poesía de Rius es el gran viaje interior, la búsqueda de la esencia, y en ese sentido es ontológica, auténtica. También se cuestiona sobre el tiempo y la significación que ha tenido en su vida. Es el tiempo en el que se detuvo su propio ser, antes del destierro; magnitud a la que estaba destinado a vivir en los espacios que se habían reservado para él, según su genealogía personal, y que la adversidad le arrebata:
Yo pienso en otras horas
de otros años.

Eran mis horas, era
mi vivir cada día atesorado.

¿Cuánto tiempo pasó que no he sentido?
Sigue el reloj contando
al mismo son su cuenta

¿Qué le ha pasado al aire? ¿Son aún mías
estas horas? ¿Y vivo aún? ¿Aún canto?
La poesía citada refleja los mundos internos; sin embargo, el poeta también crea imágenes. El siguiente poema (en Canciones de amor y sombra, 1965), revela magníficos claroscuros de índole literaria clásica, a la que se avocó el poeta.
La noche aguarda afuera
honda como el mar, fría.
La breve espiga de oro
de la lámpara brilla
sobre mi mesa. Sombras
en las paredes me vigilan.
Yo escudriño el silencio con los ojos.
Mi sangre, perseguida
de tanta noche, a golpes
lleva en mi sien la cuenta de mi vida.
Inmóvil, yo también soy sombra hambrienta
del hambre de vivir mañana todavía.
De cuando en cuando, asoman paisajes y sucesos meramente circunstanciales, como en «La calle de Pósitos», poema con ecos de García Lorca y Machado. Rius dibuja aspectos de una vida rural semejante a la que pudo haber vivido en su natal Tarancón. La línea tradicional literaria de canciones, romances y villancicos, a la que dedicó sus primeras creaciones, con el tiempo marcaron su obra:
La recua viene trotando
bulliciosa, calle abajo.
Calle abajo el sol asoma
entre los cerros plateados
y los ángeles despiertan
al día en el campanario.
Fresco amanecer de luz
y de humildad inflamado.

Alegre tamborileo
de la calle con sus cascos.
Y el carbonero detrás
con una piedra en la mano,
hosco y pardo, corre y grita,
con la voz la va arreando.
Voz del monte, tempranera,
que se pierde calle abajo.5
En 1952, José Rojas Garcidueñas, fundador y director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato invitó a dar clases a Rius y a otros jóvenes intelectuales (Juan Villoro, Horacio López Suárez y Ricardo Guerra). Los recién llegados alquilaron una casa en la calle de Pósitos –inspiración y título del poema anterior–, número 77, adonde iba por largas temporadas a unírseles el siempre errante Pedro Garfias –a quien Rius admiró como poeta aunque no influyó en su estilo. Compartieron el auge cultural de la ciudad de Guanajuato, que en 1953 realizó el primer Festival Cervantino. Se involucraron en el evento y participaron en la dramatización de Don Quijote de la Mancha y de algunos Entremeses de Cervantes. Hacían teatro en las plazas públicas, reunían al público que deambulaba por las calles hasta hipnotizarlo con sus actuaciones y envolverlo en la trama.
Esa veta gozosa de vida del poeta queda también plasmada en creaciones de temática amatoria, la otra gran vertiente en su creación. Luis Rius se enamoró varias veces:
De querer tanto y tanto, no sabría
qué querer más de ti que no pudiera
querer más todavía.
Por tu cuerpo te quiero; y más quisiera
mi deseo que no acaba ya, de prisa,
escalándote entera,
a ti, de tan lejana, tan sumisa
a mi voracidad de enredadera
que sube de tus pies a tu sonrisa.

Fue el amor igualmente búsqueda de sí mismo a través del ser amado, del eros que lo vinculaba con la fuerza vital trascendente y con la cotidianidad. Admiraba la danza, en específico el flamenco andaluz, motivo inspirador de un genuino sentimiento de amor que toma forma en Canciones a Pilar Rioja, libro que obtuvo el Premio Olímpico de Poesía en 1968.
Podría bailar
en un tablado de agua
sin que su pie la turbase,
sin que lastimara al agua.
No en el aire, que al fin es
humano el ángel que baila.
No, en el aire no podría,
pero sí en el agua.
A Luis Rius le angustiaba la muerte, no sólo la de todo ser vivo sino la de las cosas: todo acaba, todo termina… El amor y los momentos amorosos contrarrestaban esta perspectiva, eran una salvación: consuelo de la angustia existencial de lo que termina. Y entre todo lo que finaliza, también el amor como experiencia sensual concreta aunque el sentimiento trascienda la muerte. Lo ejemplifico el siguiente soneto:
Sólo tú quedarás, yo estaré ausente;
rota mi voz, mi sangre congelada.
Caminante, cumplida la jornada,
la dura tierra cubrirá mi frente.
Sólo tú quedarás, prístina fuente
del corazón, honda verdad, brotada.
Oh, vida que, a mi muerte arrebatada,
fluirás eternamente.
Pasión de mi alma, amor, qué duradero
serás en la nostalgia del sendero.
Yerto mi cuerpo ya, mi voz perdida,
tú quedarás y yo no podré verte:
amor más verdadero que la vida,
amor más poderoso que la muerte.6

Amor más poderoso que la muerte alude a la pasión, a la visión lírica característica del amor occidental que emana del amor cortés, en el que no se exalta la satisfacción de la pareja, sino lo opuesto: el sufrimiento, en este caso, determinado por la muerte:

Tú y yo ya no estaremos.
Nuestras almas, vagando
sin sangre y sin camino.
Pero la noche quedará esperando,
eternamente viva,
para poder a veces recordarnos.
La lírica de Rius surge de la experiencia concreta y precisa; y aunque sus poemas linden con lo ideal y lo abstracto, su transparencia no evoca el más allá, permanece en la esfera de lo conocido y determinado por los sentimientos propios: del amor y desamor, del encuentro y desencuentro, del erotismo, de la presencia y la ausencia de la amada que luego transmuta poéticamente. Ahora bien, esta parte vívida y real tampoco se presenta a través de un lenguaje erótico sin paliativos, se contiene y esboza imágenes y deseos que alientan al clímax matizando la emotividad:
Ciervo amor entre sábanas,
de amor por fin cautivo.
El miedo estremecía
su cuerpo ágil y fino,
y el goce lo amansaba
de tibio escalofrío.
Oh, sus ojos, sus ojos
de ciervo sometido.
Abatido por una enfermedad incurable, Rius preparó el último de sus libros desde la cama de un hospital. En él reunió creaciones de sus cuatro poemarios anteriores y otras inéditas, sin haber logrado publicarlo. Cuestión de amor y otros poemas fue una obra póstuma, que ahora vuelve a ver la luz en Verso y prosa.7 Así, trasciende al dejar plasmadas sus percepciones sobre la temporalidad, la otredad, el destierro, la soledad y la aparente enajenación del goce circunstancial, mediante la transparencia de la palabra:
Llegó aquí después
o antes, a destiempo.
Erró los caminos
y los paralelos
y los meridianos,
los mundos enteros.
Él iba a otro mundo.
Llegó aquí. Extranjero
fue de sus palabras y de sus silencios,
de todas sus horas,
de su mismo cuerpo.
Él iba a otro mundo.
Legó aquí. Y ha muerto
un día cualquiera,
en cualquier momento,
antes o después,
pero no a su tiempo.
Él iba a otro mundo.
Lo desvió el viento.
Un profundo surco hendido por el destierro y el amor en la inmensidad de la tierra es la poesía de Rius. Con sus dos vertientes: el tánatos no sólo en la muerte física sino en la cósmica, y el eros, como lo único que lo puede salvar. Su obra está impregnada de un tono intimista, sereno equilibrado, nostálgico y de gran sutileza en el lenguaje. Es precisamente esa armoniosa interiorización unida a la perfección poética lo que la perfila como clásica.

1 Souto Alabarce, Arturo. «Sobre una generación de poetas hispanomexicanos», en Diálogos/Artes/Letras/Ciencias humanas, El Colegio de México, México, marzo-abril, 1981, núm. 98, pp. 4-7.
2 Entre otros poetas y narradores también están: Ramón Xirau, Tomás Segovia, Manuel Durán, Gerardo Deniz, Jomi García Ascot, José Pascual Buxó, Enrique de Rivas, Nuria Parés, Inocencio Burgos, César Rodríguez Chicharro, Roberto Ruiz, Arturo Souto, Francisco González Aramburu, Víctor Rico, Carlos Blanco, Francisca Perujo, Federico Patán, José de la Colina, Tomás y Rafael Segovia y Angelina Muñiz.
3 Paz, Octavio. «La paloma azul», en Puertas al campo, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1967, pp. 127-130.
4 Diccionario bibliográfico de escritores de México, INBA-CONACULTA, Dirección de Literatura, México.
Dirección electrónica consultada el 12 de diciembre de 2009: http://www.literatura.inba.gob.mx/literaturainba/diccionarios/diccionario.php?id=C0_1_2 Bregante, Jesús. Diccionario Espasa de Literatura Española, Madrid, Espasa, 2003.
5 Este poema pertenece a Canciones de ausencia (1954), poemario editado por la Universidad de Guanajuato.
6 Referencia de la Edad Media, del Romance del amor más poderoso que la muerte, que relata la prohibición del amor entre la princesa y el conde. La reina enfurecida manda matar al niño conde, por no ver que goce del amor de su hija, la niña enamorada también muere. Allí donde estaban sus tumbas nacen dos plantas: de la de ella, un rosal blanco; de la de él, un espino albar; al crecer las dos se juntan y las ramas se abrazan. «La reina, llena de envidia, / ambos los mandó a cortar; / el galán que los cortaba / no cesaba de llorar. / De ella naciera una garza, / dél un fuerte gavilán; / juntos vuelan por el cielo. / juntos vuelan par a par.»
7 Rius, Luis. Verso y prosa; introd. de Arturo Souto Alabarce, Arcelia Lara Covarrubias, Gonzalo Celorio. México: FCE, 2011, (Colec. Tierra Firme). ISBN 978-607-16-0538-2.

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