Sin reconciliación no hay futuro

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A los 22 años, Teresa sufrió el enorme dolor de perder a su único hijo de tres años. Una noche, en una oscura calle de su pueblo, un desconocido que la pretendía y a quien ella rechazaba de tajo, le propinó dos tiros a su hijo y lo mató. Antonio, el asesino, fue capturado y, posteriormente, condenado a 18 años de cárcel.
Tras un año de llorar desconsoladamente, Teresa quiso ir de incógnito a la cárcel a conocer a quien había matado a su hijo. Le atormentaba el deseo de saber quién era esa bestia que le había causado tan profunda pena. Aquel mismo día descubrió que Antonio había sido un niño violentado inicialmente por su mismo padre, luego su madre lo dejó con los abuelos ancianos y finalmente quedó abandonado a su suerte en las calles. La historia corta es que Teresa, conmovida por la historia trágica de Antonio, lo siguió visitando regularmente en la cárcel. Hoy en día, están casados y tienen tres hijos.
El perdón y la reconciliación son posibles. Los humanos tienen la capacidad heroica de perdonar lo imperdonable. Es la imagen del Dios de misericordia que se manifiesta en cada célula del ser humano. Sin perdón y sin reconciliación no hay futuro, decía con razón el Premio Nobel de Paz, Desmond Tutu.

Tuve la fortuna de vivir 10 años entre las tribus Oromo del norte del Kenya y Etiopia, en donde la palabra paz es una idea arquetipo de acepciones profundas. Nagayat (paz) es la palabra que define desde hace muchos siglos, todos los actos de su vida cotidiana. Paz es todo. Cada 7 años celebran el jubileo y cada 7 veces 7 (cada 50 años), el Gran Jubileo. Una expresión sobresaliente de esta fiesta, es que honran el perdón y la reconciliación. Ya en las culturas más antiguas, existía la cultura de la reconciliación.

Más tarde, en la Universidad de Harvard, tuve oportunidad de recibir clases de autores famosos en temas de resolución de conflictos como Roger Fisher, William Ury, Ronald Heifetz y algunos otros. Después, trabajé de cerca con los líderes de los grupos guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) e incluso colaboré en las negociaciones de paz entre el Gobierno y la guerrilla.
En todos estos ambientes, llegué a conclusiones muy importantes: que las técnicas de resolución de conflictos, por buenas que sean, no bastan para resolver los conflictos; que las rabias, los odios y los deseos de venganza subyacen ocultos a los conflictos y que esas rabias no son sólo individuales sino sobre todo colectivas, que sabemos muy poco sobre la teoría y menos sobre la práctica de lo mismo y que sin resolver esas rabias y deseos de venganza, todo proceso de resolución de conflictos está avocado a fallar.
En Colombia, de donde provengo, arrastramos una violencia desde hace más de 60 años y al mismo tiempo, decenas de conflictos en muchas otras partes del mundo, siguen escalando violencia tras violencia. ¿Será que los humanos tenemos solamente genes para la guerra? ¿Será que una ceguera colectiva nos infectó a todos los humanos y nos ha forzado a entrenarnos constantemente para la guerra?
En este artículo presento los elementos básicos del perdón y la reconciliación, expongo la metodología y comparto la experiencia de las Escuelas de Perdón y Reconciliación –ESPERE– que prosperan actualmente en Colombia y 12 países más de las Américas. El nombre ESPERE hace referencia a la necesidad de un mínimo ejercicio de espera ante el asalto constante e inesperado de la rabia, propia del carácter ardiente de los latinos.
El método con que trabajan estas escuelas se originó en la Universidad de Harvard con la participación de un grupo de expertos en ciencias sociales. Trabajamos en conjunto por casi dos años, definiendo la metodología y los contenidos necesarios para popularizar la cultura del perdón y la reconciliación.
Las fotos trágicas de Irak, España, Palestina, Colombia, son sólo una expresión mínima de lo que puede causar la rabia y la venganza de los seres humanos como si predominara inexorablemente la trágica profecía de Hobbes: «el hombre es un lobo para el hombre».
DESAFÍO CRUCIAL: CONSTRUIR UNA CULTURA DE PAZ
Para enaltecer la guerra, Virgilio en su Eneida, empezaba con aquel famoso verso arma virumque cano (le canto a las armas y a los varones…) pero para temperar la venganza, casi al tiempo, los dramaturgos griegos se preguntaban ¿cómo hacer para castigar un crimen sin cometer otro crimen?
Hay un desafío crucial hoy en el mundo: ¿cómo construir una cultura nueva que transforme la guerra y la violencia y propicie la sabiduría de la paz sobre la locura de la guerra? En la enorme placa de mármol a la entrada de las oficinas centrales de la UNESCO en París aparece una inscripción que dice: «En el corazón de las personas es donde se origina la guerra y es por lo mismo en el corazón de las mismas personas en donde es necesario construir la paz».
Paradójicamente quienes debiéramos ser expertos en perdón y reconciliación sabemos muy poco. En una reciente reseña bibliográfica sobre el tema del perdón, se descubrió tristemente que, desde la época de San Agustín (siglo V) hasta nuestros días, existen millones de títulos sobre el perdón con Dios, pero en cambio, menos de 170 títulos que hablan del perdón con el otro o la otra. De verdad, esos temas están todavía en su infancia en las ciencias sociales y en las ciencias espirituales. Poseen, sin embargo, una genética interna muy poderosa.
Por siglos, el perdón y la reconciliación ha sido monopolio de clérigos católicos. De algún modo, y en forma inconsciente, tal monopolio se convirtió en una forma de poder erróneamente institucionalizada. Ello, sin negar el poder misterioso de transformación del sacramento de la confesión.
Este monopolio del perdón se reforzó con los argumentos del pecado y del  infierno y por siglos, se redujo torpemente la justicia al mero castigo. La misericordia y la ternura de Dios pasaron a segundo lugar y se subrayaron más bien la autoridad y la ley.
La justicia punitiva se convirtió en una forma sutil de institucionalizar la venganza. En esta ceguera colectiva aceptamos el castigo y la eliminación o limitación del otro como algo normal, como cuando la humanidad, cegada, aceptaba la esclavitud como un hecho normal en la sociedad.
Urge esforzarnos para sacar al perdón y la reconciliación de sacristías y confesionarios y llevarla al estrado de la vida diaria de las personas y los grupos.

NUDO GORDIANO: RESOLVER POBREZA O VIOLENCIA
Hay un nudo gordiano que no acabamos de solucionar:
la pobreza causa violencia, pero también la violencia causa pobreza. ¿Cuál resolver primero? La tentación usual es tratar primero con la pobreza y está bien, mientras no olvidemos que eso sólo resuelve la mitad del problema. Sin duda, en la discusión de la violencia hay que tener en cuenta los factores individuales, domésticos, sociales y económicos, pero también que en la raíz de todos esos factores subyace otro: la rabia, el rencor, el deseo de venganza.
Las mismas técnicas resolver conflictos –eficaces como lo son– caen en la tentación de ignorar la solución de esos odios y deseos de venganza como condición previa para la paz sostenible.
En el caso de Colombia, ya hemos comprendido que no basta el acuerdo político entre las élites en conflicto para lograr la paz. La paz queda muy frágil y fugaz si no logra transformar los odios y rencores que subyacen en las bases sociales y que son la fuente generadora de más y peores conflictos.
Es ya teoría aceptada que el capital social precede al capital económico. Parte fundamental del capital social es precisamente la cultura del perdón y de la reconciliación. Por eso que no es exagerado decir que un pobre con rabia es doblemente pobre.
La violencia puede ser personal, interpersonal o colectiva y tener expresiones a nivel físico, sexual, psicológico y  de carencia / desatención.
Las cifras consolidadas de la violencia criminal en el año 2000, elaboradas por la Organización Mundial de la Salud, son espantosas: de un millón 659 mil muertes violentas, 520 mil son homicidios. Pero más trágico todavía, 810 mil son causadas por el suicidio. Comparativamente los conflictos bélicos han producido mucho menos: solamente 310 mil muertos.
Es fácil aceptar que los países con más bajos ingresos poseen los niveles más altos de violencia. LA OMS concluye que el factor más paralizante del desarrollo y el desafío más grande de los sectores sociales y la psicología de la salud es la violencia, y entre ellas la violencia societaria.
Una forma más sencilla de clasificarla es identificar como violencia organizada  a las guerrillas, narcotráfico… y violencia societaria, dentro de la que aparece como una epidemia invisible la violencia intrafamiliar.
Para el caso de Colombia, y en general para Latinoamérica, hay una tendencia errónea.
Mientras que la violencia organizada en Colombia sólo produce 18% de la criminalidad y para combatirla se invierte 95% de los recursos, la violencia societaria produce más de 80% de la criminalidad. Entre los jóvenes de Colombia, 18% ha dado muerte a alguien, 60% ha visto matar, 68% ha visto cadáveres, 25% ha visto secuestrar, 16% ha participado en secuestros y 40% de los jóvenes de 15 a 18 años están en grupos subversivos. La franjas etáreas entre los 15 y 35 años, son las más victimizadas por la violencia.
Las fuentes de la violencia societaria tienen ya orígenes bastante definidos: primero la violencia intrafamiliar, segundo la venganza o ajuste de cuentas, tercero, las riñas y discusiones, y finalmente, la intolerancia social.
Con frecuencia se cree que la causa central de la violencia intrafamiliar es la pobreza o el alcoholismo. Para el caso de Bogota, la causa principal es la falta de comunicación (67%).
Entre las tendencias más perversas del mundo actual, sobresale la tendencia a responder a la violencia con más violencia. El caso del anterior Presidente de EUA es un ejemplo sobresaliente. De hecho, el costo total de la lucha contra la violencia gira entre 5% y 25% del PIB en algunos países.
Como expresión contrapuesta aparece el terrorismo, que ha desarrollado su habilidad para inspirar el odio y cultivarlo a través de lo que los expertos llaman el cognitive rehearsal (entrenamiento cognitivo, o sea la capacidad de devolver el cassette continuamente, llenarse de rabia ante la ofensa recibida  e ingeniarse formas refinadas de venganza).

NUESTRO CEREBRO PRIMITIVO TIENDE A LA VIOLENCIA
Se han identificado tres de las causas más inmediatas de la violencia. Primera no sabemos controlar la rabia, una de las emociones humanas más primitivas. Una palabra, un gesto o una acción de rabia pueden generar serias repercusiones en la relación de personas o grupos. Segunda: no conocemos más alternativas para resolver los conflictos que la acción violenta. Hemos aprendido que para resolver las diferencias, el único camino es la violencia. Sacamos así lo peor de nosotros mismos. La cultura de la compasión, la ternura, la benevolencia es ciertamente escasa.
Tercera: en vez de mediadores tenemos aguzadores, es decir gente acostumbrada a echarle leña al fuego. La falta de  instancias de mediación en nuestras vidas y ambientes se siente cada vez más porque vivimos en una cultura moldeada por un ideal guerrero de triunfo (el deporte es buen ejemplo de ello) que de algún modo incita interiormente a la violencia.
Recientes descubrimientos neurológicos confirman que en el proceso evolutivo, el ser humano permanece todavía con buena parte de su cerebro primitivo que se expresa con frecuencia con conductas incontroladas. El entramado psicológico o el cableado interior aún propenden a la violencia. ¿Cómo lograr niveles más avanzados de crecimiento humano? Es precisamente el esfuerzo que se hace a través del perdón y la reconciliación.
Las estadísticas coinciden en afirmar que un alto porcentaje de los victimarios antes fueron víctimas, y cuando lo fueron, nadie los ayudó a procesar sus rabias y odios. Buena parte de los adultos violentadores fueron niños violentados. ¿Por qué las víctimas se vuelven victimarios? Primero, porque las rabias y odios se acumulan en el tiempo, no se esfuman. Segundo, porque son tanto individuales como colectivas: es el caso de las negritudes y los indígenas, quienes viven apabullados por rabias acumuladas del pasado. Tercero, porque paralizan seriamente la dinámica interna de personas y grupos humanos.
Para entender mejor la profundidad de todo esto, me remito al famoso texto sobre la Condición humana de Hannah Arendt. Ella insiste en que hay dos impostores en la sociedad: el pasado que nos pesa (algo muy válido para el caso de las negritudes e indígenas) y el futuro que nos preocupa. Por eso es necesario redimir el pasado con el perdón y asegurar el futuro con los pactos, o sea a través de la reconciliación.

PARA RECUPERAR LA ARMONÍA
Presento ahora la metodología de las Escuelas del Perdón  y de la reconciliación ES-PE-RE que desde hace tres años venimos implementando con éxito en Colombia.
Me parece esencial, antes que nada, que los religiosos y los líderes asumamos aquella bienaventuranza de Jesús que nos invita a ser misericordiosos como Dios es misericordioso. El Papa Juan Pablo II decía que los religiosos y religiosas manifiestan con su carisma peculiar, el rostro misericordioso de Dios y el corazón materno de la Iglesia. Cuando las personas nos ven, nuestras actitudes deben ayudarles a ver al Dios del amor, de la bondad y de la ternura. Tal vez nada sea tan esencial al apostolado y a la misma evangelización como este concepto del amor infinito de Dios.
Hablar de perdón y reconciliación exige un cambio de paradigmas: contra la irracionalidad de la violencia proponemos la irracionalidad del perdón; contra la locura de la guerra, la sabiduría de la reconciliación. Más aún, no basta hablar del perdón, el impacto y la transformación se logran solamente cuando las víctimas actúan el ejercicio en sus propias vidas. El perdón no es un ejercicio racional solamente, es un ejercicio de alta dimensión emocional, comportamental y espiritual.
El Laboratorio de Perdón de la Universidad de Wisconsin en Madison, ha demostrado que para lograr perdonar, la persona, víctima de algo, necesita de 10 a 15 horas de trabajo muy específico sobre el tema. Esa persona debe nombrar su rabia y a su ofensor, debe re-estructurar la ofensa a través de la memoria, y volver a ganar poder sobre sus propias emociones. Es el ejercicio complejo y difícil de recuperar la armonía interior.
Reconociendo la discusión teórica sobre el tema, es necesario distinguir la diferencia entre perdón y reconciliación. El perdón es un ejercicio que yo hago conmigo mismo, para sacarme el veneno de la rabia y el rencor que tiendo a reciclar por dentro y que tiene consecuencias negativas en todo mi ser. La reconciliación en cambio, es el camino hacia mi ofensor. Mientras el perdón es ejercicio terapéutico, la reconciliación es un ejercicio social. Puede haber perdón sin reconciliación, pero no reconciliación sin perdón. En algunos casos, la reconciliación no es posible o no es aconsejable. Sin embargo, el ejercicio del perdón es ya en sí mismo 90% del camino hacia la reconciliación.
MÉTODO DE LAS «ESPERE»
Las ESPERE son grupos de 12 a 15 personas que se reúnen para transformar sus rabias, odios y deseos de venganza. Grupos que se encuentran usualmente cada semana, en lugares informales, con unas reglas mínimas –sobre todo de completa confidencialidad– acordadas entre los participantes y firmadas por cada uno de ellos. Guían a estos grupos animadores, personas del mismo barrio que se capacitan para tal fin; pueden ser niños, jóvenes, hombres o mujeres.
A estos grupos nunca se invita a los victimarios (nadie quiere sentirse señalado como tal), sino a las víctimas; y allí las personas descubren que no solamente son víctimas sino también victimarios. Guerrilleros, paramilitares, militares, delincuentes de todo tipo, encuentran con sorpresa que detrás de su rabia hay ofensas del pasado que se escalaron en odios que es necesario tratar con urgencia, al igual que heridas sangrantes, para que no sigan afectando toda su vida.
Cuando una persona ha sido víctima o victimario de una ofensa, grande o pequeña,  normalmente hiere los tres pilares más importantes de la existencia humana: el significado de vida, la seguridad y la socialización. La gran tarea del animador de las ESPERE, es ayudar a recuperar la integridad de esos tres pilares.
Pero hay que insistir que ello no se logra sólo con motivaciones de tipo cognitivo o racional. Se requiere intervenir en cuatro dimensiones: en el pensar (dimensión cognitiva), en el sentir (dimensión emocional), en el actuar (dimensión comportamental) y en el trascender (dimensión espiritual). Lograr una adecuada dosis de estas cuatro dimensiones es el éxito de todo el proceso de perdón y reconciliación.
La psicología de los traumas habla de tres herramientas básicas para ayudar en este proceso. Primero es necesario garantizar ambiente seguro. Es el holding environment del grupo o empatía, elemento fundamental que facilita que las personas logren expresar su dolor. Se trata de un ambiente contenedor, que permite que el dolor no se desparrame y que las ayude a recomponer las partes divididas de su ser.
Segundo, es necesario ayudar a las personas a contar la historia de lo que les sucedió. Contar y hacer memoria es un ejercicio de alto valor sanador. No sin razón, los católicos cuando celebramos la Eucaristía, hacemos memoria todos los días de un crimen, pero mirándolo con ojos nuevos. La cruz y la muerte de Cristo, no obstante toda su crueldad, se convierten en actos poderosos de salvación.
Tercero, a través de este proceso, las víctimas gradualmente se resocializan y recobran la capacidad de relacionarse adecuadamente con los demás, incluso a futuro con sus propios ofensores.

EL PODER DE DESATAR LA OFENSA
El esquema general de las 10 etapas básicas del perdón y la reconciliación sigue la dinámica de concientización, decisión y compromisos (pactos). La experiencia ha enseñado que el proceso de concientización es fundamental en este ejercicio. De hecho, entre más se logre aclarar en las personas, las significaciones que tienen acerca del perdón y de la reconciliación, mayor impacto logran en sus vidas.
Los cinco primeros módulos están dedicados al perdón y tienen los siguientes títulos: «De la oscuridad a la luz», «Decido perdonar», «Miro con otros ojos», «Comprendo a mi ofensor», «Establezco un puente». Los cinco módulos restantes se refieren a la reconciliación y tocan los siguientes temas: construimos la verdad, promovemos la justicia, hacemos un pacto y celebramos la memoria y la reparación.
Al iniciar los 10 módulos o etapas, las personas participantes escogen un sujeto de perdón y reconciliación que les servirá como entrenamiento concreto durante todo el curso. Los participantes entienden entonces que perdón y reconciliación exigen práctica y esfuerzos muy concretos.
Durante todo el curso, el perdón se presenta como un acto heroico y como una de las expresiones más profundas de la santidad a la que estamos llamados todos los humanos. El módulo que une al perdón con la reconciliación es el llamado «Establezco un puente».
Como la reconciliación normalmente empieza por el lado de las víctimas, se les invita a comenzar a construir el puente desde su orilla. La reconciliación, empieza por su lado porque ellas, sólo ellas, poseen el poder de desatar la ofensa. De un modo misterioso, el victimario queda dependiente de la víctima y sólo, gracias a un ejercicio liberador, que se convierte en don de la víctima, puede el victimario recobrar su libertad y su integridad. Per-donar es entonces hacer don para el otro. Es para dar, no para recibir.
CÓMO CASTIGAR UN CRIMEN SIN COMETER OTRO
El primer módulo de la reconciliación es construimos verdad. La verdad no es mi versión de los hechos ocurridos y tampoco la del otro, es la sumatoria de ambas versiones. Tener la capacidad para descubrir la verdad del otro es parte fundamental de la reconciliación. En el ejercicio de la verdad, es necesario atender 3 tipos de lógicas: la lógica de los acontecimientos (¿cómo ocurrieron las cosas?); la lógica de los significados (¿cuál mensaje quería enviar?) y la lógica de la necesidad (¿cómo salir de aquí?). Cuando nos quedamos en la lógica de los acontecimientos se bloquea el proceso de reconciliación.
En el ejercicio de construir verdad, la memoria juega un rol de primera importancia. Se necesita hacer memoria, precisamente para evitar el efecto distorsionador del olvido. El segundo módulo de la reconciliación es promovemos la justicia.  Se busca romper el modelo de justicia punitiva para instaurar el modelo de la justicia restaurativa. Hacer justicia entonces, no es castigar al ofensor sino y sobretodo, es recuperar al ofensor. Imitar la justicia de Dios que justifica y aplica siempre la misericordia y la compasión: como dista el oriente del occidente así de grande es la misericordia de Dios… Su amor no tiene fin.
Como dijimos, los grandes dramaturgos griegos se preguntaban cómo castigar un crimen sin cometer otro. La cárcel, la cadena perpetua y peor aún, la pena de muerte, se han convertido en formas oficializadas de venganza. Con frecuencia caemos en el paradigma del hijo mayor de la parábola del Hijo Pródigo. El hijo mayor sabía cumplir con todos sus deberes pero no sabía amar.
El tercer módulo es elaboramos un pacto. Elemento clave en la espiritualidad testamentaria es la alianza, el pacto. Los pactos se convierten en la expresión más profunda de los nexos que unen a los humanos entre sí y con Dios, testigo de ellos. Tienen básicamente tres grados. El pacto más bajo es el pacto de co-existencia. Es el perro y el gato que conviven en la misma casa y deciden respetarse y no ofenderse. Aquí estamos a nivel de simple natura.
Un pacto de grado más alto es el pacto de convivencia. Las personas elaboran ya un proyecto mínimo de vida para llevarlo a cabo conjuntamente. Aquí estamos a nivel de cultura. El grado más alto es el pacto de comunión o comunidad. Aquí estamos en el nivel más alto de espiritualidad.
Con sobrada razón, se puede afirmar que ciertos estilos de vida, incluso religiosa, en los conventos se quedan a nivel de simple co-existencia cuando no de la más fría indiferencia. Son realidades que reclaman a gritos, cambios radicales, en cuanto que se convierten en anti-testimonios del evangelio de Jesús.
El cuarto y el quinto módulo desarrollan los temas de la reparación y de la celebración de la memoria y vida nueva.
Es verdad que en muchos casos será imposible reparar suficientemente ciertas atrocidades. Ni en Sudáfrica, ni en Alemania, ni en Rwanda, ni en ningún lugar. Es por eso, que es necesario trascender lo que es la reparación simplemente material para inventar formas de reparación simbólicas pero igualmente compensadoras.
Es igualmente importante comenzar a fortalecer la cultura de la reparación vicaria. Los participantes a las Escuelas del Perdón y la Reconciliación en algunos barrios en Bogotá han comenzado a establecer la práctica de celebraciones de memoria y reparación por medio de reuniones de la comunidad en donde le permiten a las víctimas de algún infortunio o violencia contar la historia, facilitar el reconocimiento de su dolor y recibir simbólicamente algún gesto de reparación por parte de la comunidad.
EL HEROICO ACTO DEL PERDÓN
Características básicas de las Escuelas de Perdón y Reconciliación:
Primera, es importante subrayar que es básicamente un servicio para las víctimas. Nunca como ahora es tan necesario recuperar la ética de las víctimas.
Segundo, el eje central de la propuesta es la capacitación de animadores que se convierten no solamente en multiplicadores de la cultura de perdón y reconciliación sino y sobre todo que se hacen mediadores de los conflictos y  violencias que se viven en las comunidades. En este sentido, se actúa una labor de prevención que tiene impactos intangibles pero importantes.
Tercero, se trata de una terapia de grupo que a través del juego de roles, de aproximaciones sucesivas, facilita la aplicación de la sabiduría de la gente sencilla que tiene igual o mayor efecto que el tratamiento hecho por profesionales costosos, muchas veces inasequibles a las comunidades pobres.
Cuarto, se aplica una estrategia de multiplicación por células. Finalmente, es una propuesta no solamente de heroicidad sino también una propuesta de alta política y del más refinado trabajo social.
En las ESPERE se da mucha importancia al rito, al símbolo, a la ceremonia. Se busca recuperar positivamente toda aquella cultura acumulada en las cortes de justicia en donde se usan símbolos y ritos (el martillo, la peluca del juez, la toga, el ambiente sagrado) para darle solemnidad a este nuevo tipo de justicia restaurativa y a este poderoso paradigma de la compasión y de la ternura. Los gestos y ritos ayudan así a hacer visible, solemne y simbólico el acto heroico del perdón y de la reconciliación pero sobre todo, ayudan a que las víctimas, con frecuencia agobiadas por el caos infligido por una violencia, recuperen el sentido de orden y armonía de las cosas.
Las Escuelas de Perdón y Reconciliación –ESPERE– se convierten así en espacios sagrados donde las personas recuperan y fortalecen lo más valioso de su humanidad y de su espiritualidad: la ternura, la bondad, la compasión.
Las ESPERE, se llevan a cabo actualmente en ciudades de Colombia y de Brasil  con poblaciones de barrio, con miembros de congregaciones religiosas, con estudiantes, con grupos de desplazados, con grupos de subversivos reinsertados, con profesionales de las áreas sociales, con personal de las cárceles y últimamente con empresas.
Se adelanta además investigación sobre el papel de la rabia en los conflictos, sobre el criterio moral punitivo y sobre la justicia consuetudinaria. Se lleva un riguroso inventario sobre el tipo de agresiones, los grupos de edad, los efectos en la salud. Finalmente, se va perfeccionando poco a poco, una escala de medición del perdón y de la reconciliación.
Cada módulo, normalmente necesita un día completo de trabajo. Se aconseja realizar primero los cinco módulos del perdón y después de un período de latencia de máximo tres meses, realizar los cinco módulos de la fase de la reconciliación.
Estos diez módulos han sido diseñados con la intención precisa de popularizar el ejercicio y facilitar su replicabilidad.
El tema fundamental que atraviesa toda esta metodología es el ejercicio de la compasión y de la ternura. Al terminar el curso, las personas deberán parecerse cada vez más a ese Dios, Padre y Madre de todos, cuya misericordia y bondad no tienen fin.
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1 Conferencia dictada en Roma en ocasión del SEDOS Seminar on Strategies for Building Reconciliation in Environments of Violence, Abril, 2004.

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