Usted no conoce a Ratzinger

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Benedicto XVI es la antítesis de un papa simplemente encantador que enamoró a la muchedumbre con su espontaneidad y sentido del humor, cualidades inexistentes en un hombre como él, más bien frágil y discreto. Esa fragilidad, como ha reconocido Mario Vargas Llosa, «es engañosa, pues se trata probablemente del Papa más culto e inteligente que haya tenido la Iglesia en mucho tiempo, uno de los raros pontífices cuyas encíclicas
o libros un agnóstico como yo puede leer sin bostezar». Y desde esta condición de hombre de ideas, Ratzinger vence la timidez; y la fragilidad, entonces, se torna fuerza.
Criado en el campo, forjado en la llama de la guerra y formado en la más alta reflexión, Ratzinger no concibe la fe lejos de la inteligencia, ni el amor, al margen de la razón. Esa coherencia le ha permitido conquistar, a pesar de su talante estrictamente teológico, a millones de personas por todo el mundo y encabezar la ruta del catolicismo hacia el siglo XXI (no hay adjetivos que describan acabadamente la escena de Cuatro vientos, por ejemplo).
Quienes opinan que Benedicto XVI es el panzer kardinal radical y obtuso y bajo ese prejuicio se han formado una imagen suya, deberían de leer, al menos, Mi vida, la pequeña autobiografía publicada en 1977. El entonces cardenal Ratzinger salpica de anécdotas una obra hechicera, entre otras, cuando en el seminario de Frisinga se dio de bruces con un tomismo rígido en las clases de Filosofía. Marcado su itinerario espiritual por san Agustín, el joven Joseph concebía la teología dentro de los registros de la apertura y la discusión y no encorsetada en el discurso de un profesor del que le impresionaba su entusiasmo, pero en el que se dejaba ver alguien incapaz de plantear preguntas, «alguien que defendía con pasión, frente a cualquier interrogante, lo que había encontrado. Como jóvenes, nosotros éramos precisamente personas que planteábamos preguntas».
En Ratzinger se combinan la pasión por la tradición, un aventajado dominio de la música y la convicción de que el diálogo hunde sus raíces en la reflexión libre de imposiciones; estas tres cualidades hicieron de él un teólogo peculiar, dueño de un pensamiento abierto, de una alta capacidad creativa y un método fundado en la conciencia histórica. Al verlo en el Bundestag, por ejemplo, no sorprende su fluidez al hablar del Derecho en un discurso a la vez enérgico y cálido, argumentado desde la ciencia y la historia, y del que sobresale la raíz agustiniana del pontífice. Al referirse a la supremacía de la justicia por encima de cualquier éxito político, el Papa advirtió a los diputados alemanes que ese éxito «puede ser también una seducción y, de esa forma, abre la puerta a la desvirtuación del Derecho, a la destrucción de la justicia. ‘Quita el Derecho y, entonces, ¿qué distingue al Estado de una gran banda de ladrones?’, dijo en cierta ocasión san Agustín».
Por eso no hemos visto el turbio escenario lleno de oscuras arbitrariedades que anticiparon los fervorosos esnobistas cuando el cónclave de 2005 le confió la sede vacante al entonces prefecto de la sagrada congregación para la doctrina de la fe. Y no lo veremos. En el referido discurso en el parlamento alemán, Benedicto XVI mostró una vez más las reglas que norman su cabeza. «Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender».
Al leer la obra de Joseph Ratzinger uno constata su reconocimiento a la primacía del amor y de la razón en la vida humana; sus libros son un homenaje al mensaje cristiano del amor. No por nada fue cautivado por san Agustín –«ama y haz lo que quieras»– en sus años de seminarista y, más de medio siglo después, puede leerse en Caritas in veritate, «no podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad».
Dicen que la Providencia dispuso que Juan Pablo II ganase el corazón de millones de personas para que Benedicto XVI llenase sus cabezas. Y dicen bien.
 

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