Cuentos de Shakespeare. Charles y Mary Lamb

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Cuentos de Shakespeare
Charles y Mary Lamb
DeBolsillo. Barcelona, 2012
319 págs.
 
Shakespeare, universo en expansión
Usted habrá visto a Gandalf hacerla de Ricardo III en la Inglaterra de la Segunda guerra mundial, igual que a Ethan Hawke como Hamlet yupi en el Wall Street de los dosmiles. También recordará el frenético montaje teatral de The Compleat Wrks of Wllm Shkspr (Abridged), que nos llegó a México por vía de Diego Luna. Y, por supuesto, sabrá de la cinta que Luhrmann hizo de Romeo y Julieta, en una Verona chilanga, donde Di Caprio y Danes mueren en la parroquia del Purísimo Corazón de María, en la colonia Del Valle.
Shakespeare es de quien lo trabaja y es así porque el teatro admite adaptaciones y qué bueno, porque no existe mayor tormento que leer teatro, se trate de Shakespeare o de Usigli.
Los hermanos Charles y Mary Lamb (que padecían de sus facultades mentales, por allá en 1800, y de quienes hay anécdotas escabrosas de asesinatos y fiebres insoportables), adaptaron por encargo veinte obras del Bardo y escribieron los Cuentos de Shakespeare, traducidos magistralmente al español por el chileno Adán Kovacsics y editados ahora por la casa Planeta, bajo su sello DeBolsillo.
Gran trabajo el de los enloquecidos hermanos Lamb que, a falta de cine, permitió la expansión shakespeareana en el siglo XIX, y es gratamente reconocido por Harold Bloom, el sapientísimo profesor de Yale y declarado admirador de Charles Lamb, a quien reconoce como precursor suyo en la exaltación de la lectura del autor del Rey Lear.
Los hermanos Lamb no sólo se ocuparon de adaptar los bestsellers Otelo y Macbeth; además, esta veintena de relatos alcanza también a las obras menos glamorosas como Timón de Atenas o La tempestad, de la que todos hablan pero nadie conoce. La lista de deudores de los Lamb es larga, de Kenneth Branagh a Mel Gibson.
Que leer a Shakespeare es demasiado complejo a cualquier edad es verdad; que es inventor de lo humano, también es inobjetable. Y que los Lamb nos pusieron al Bardo a nuestra disposición es igualmente cierto. No lo sabíamos, pero nuestro Shakespeare es el que nos llegó de estos cuentos. Léalos.
 

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