México descafeinado

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El poder de la mente del hombre es directamente
proporcional a la cantidad de café que bebe.
James Makintosh
 
Usted tal vez no coincida conmigo; pero, en México, detestamos el café. Mire este ejemplo: incapaces de entender por qué alguien podría querer ingerir una bebida negra, amarga, ácida y caliente, celebramos con cuetes y matracas la llegada al país del «mocacaramelmaquiato, venti». Por eso, no es de extrañar que el primer contacto de muchos mexicanos con el café se remonte a la sistemática invitación que Florinda Meza usaba para escarcear con Rubén Aguirre, en esa cinta de Moebius que eran los encuentros entre el profesor Jirafales y la madre de Quico: «¿no gusta pasar a tomar una tacita de café?». Acá, somos de naturaleza delicada y dulce, frágil, y nada se opone más a nuestra esencia amable y festiva que un brebaje oscuro, estimulante, agresivo y que provoca gastritis.
Por eso en México, hasta hace muy poco, el café sólo lo bebían los veladores, requemado y empalagoso, en pocillos de peltre; ese mismo café trastocado, con un poco de brandy Don Pedro, servía de agua de uso en los funerales y, por si fuera poco, con leche y más azúcar, figuraba también en la merienda de los niños, acompañando a las conchas o los ojo de buey. Nuestro México lindo y querido es el pueblo del cacao, no del café; por eso no nos gusta el buen café y, así como le ponemos chile, sal y limón a la cerveza, nuestra animadversión al café nos lleva a dejarlo por horas en el fuego, mientras la canela y el piloncillo lo hacen más o menos tolerante a nuestro ancestral paladar.
Quizá fue Mauricio Achar, el librero fundador de la Gandhi, quien proveyó al café mexicano de las notas de conversación y ocio propias de esos lugarcitos a los que se refiere Stefan Zweig, quien apunta que «el café es una suerte de club democrático accesible a todos por una módica taza de café, donde cada cliente, por una mínima aportación, puede quedarse, de este modo, viendo pasar las horas, discutiendo, jugando a las cartas, recibir a algún conocido y leer un sinnúmero de periódicos gratis».
Pues bien, cuentan que la cafetería que Achar abrió en la segunda planta de la primera sucursal de la librería Gandhi fue más un capricho que un esquema de negocio; por ahí circulaba sólo gente sin dinero: amigos buenos para nada –la mayoría, ajedrecistas irredentos–, cazadores de oportunidades literarias y librepensadores sin más oficio ni mayor beneficio que su gusto por los libros generosos y la charla distendida.
Pero qué se le va a hacer; al fin líquido, el café toma la forma del continente que lo contiene. Mire, si no. En Roma, por ejemplo, el café deja salir todos los complejos latinos y suele ser fugaz. Acodados en una barra, decenas de romanos apuran sus late, maquiatos, dopios, lungos, chiumatos y así; todo, a prisa, como si la vida se les escurriese entre los dedos. Al final, arrojan las tazas y dos euros sobre la barra, y se van.
En París, el café es una ceremonia, un lugar y un emblema. No es el mismo café aquel que se bebe por la mañana para que el alma regrese al cuerpo después del sueño, que aquella taza tomada unas horas después en la oficina. Ir al café por la tarde supone congregarse en torno a una diminuta mesa redonda para sorber tragos igualmente pequeños, junto con otros parisinos que enroscan sus piernas y farfullan ideas luminosas y sin vocales, en la insuficiente terraza del Café París.
En Beirut, el café es un alarido, un coro de gritos y manoteos que recuerdan a Babel con cimitarras. Las doradas cafeteras de cobre danzan por doquier, desde muy temprano, hasta las cinco. Al ver aquello, uno recuerda las leyendas alrededor del descubrimiento del café, como la del pastor etíope que encontró una de sus cabras rumiando unas bayas rojas que terminaron por trastornar al animalito y despertaron la curiosidad del cabrero.
En el DF y otras ciudades de México, el café es gringo y descafeinado. Es todo, menos café.
 
 

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