Trabajar, trabajar, trabajar, para gastar, gastar, gastar. ¿Eso es la felicidad?

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No es fácil afirmar «soy feliz», porque siempre aspiramos a más. Más amor, mejor trabajo, más ingresos, amigos verdaderos… Una vida en equilibro aprende a evitar el binomio posesión-felicidad y a centrarse más en las metas, pero, la felicidad no es una meta, sino un trayecto que llenamos dando amor.
 

Un minuto de felicidad vale más que un año de gloria.

Voltaire

 

¿Qué nos hace ser felices? ¿Se puede ser feliz? ¿Qué es la felicidad? Como seres humanos todos nos planteamos el tema, sentimos que vivir no es suficiente, debemos vivir felices, si no ¿para qué estamos aquí? Nadie desea venir al mundo sólo a pasar penurias.
Los estoicos aseguraron que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. En parámetros de nuestra sociedad esto es una gran falacia. Actualmente la identidad y el proyecto de vida, ambos conceptos encaminados a la felicidad, parecen construirse sobre opciones monetarias, de estatus y consumo.
Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XX se pensó que sólo seríamos felices mediante la ciencia, la técnica y el mejoramiento general de las condiciones de vida. Hoy tenemos todo eso, sin embargo la felicidad aún se nos escapa de las manos. Pero ¿por qué si estamos más «cómodos» no somos más felices?
 
UNO SE ACOSTUMBRA A LO BUENO
Al satisfacer las necesidades de confort, se apacigua nuestro sistema nervioso excitado por una carencia, ya sea hambre, sed, frío, sueño, etcétera. Sin embargo, como dicen por ahí, «uno se acostumbra muy rápido a lo bueno» y para satisfacer nuestra necesidad de movimiento ya no basta el camión o el metro, necesitamos un auto propio; pero no cualquier auto, uno que circule diario, tenga aire acondicionado, bluetooth para contestar el celular mientras estamos al volante, etcétera.
De esta forma, al cumplir un objetivo nuestras expectativas aumentan y para continuar con la «vida feliz» necesitamos alcanzar una nueva meta, que a su vez quedará superada por otra. En suma, nace el adicto a las compras.
Una forma de sobresalir para sentir cierta «felicidad» es adquirir bienes de estatus que satisfacen necesidades que nos hacen sentir superiores, con prestigio o distinción. Pero ¿por qué los seres humanos actuamos así?
Según Alberto Zuazua, autor de Felicidad sostenible, el ser humano desea satisfacer sus necesidades agónicas o competitivas,1 ya sea en relación a otros o a uno mismo, sin embargo el ambiente competitivo es propio de los deportes y la superación personal; si lo sacamos de su marco y lo convertimos en norma general de acción se pierde todo tipo de motivación.
Pensemos en aquellas personas que miden su éxito de acuerdo a bienes lujosos y visibles. Estos «felices consumidores» consideran que gracias a su llamativo modo de vida dejarán clara su inteligencia y aptitudes al resto de la sociedad. Sin embargo, se olvidan que ser rico implica que otros sean pobres y que ser famoso significa que otros, desconocidos.
 
SER FELIZ… ¿EN EL TRABAJO?
Gilles Lipovetsky asegura que hemos creado una nueva sociedad, la llamada «civilización del deseo»,2 que se construyó durante la segunda mitad del siglo XX gracias al imperio del capitalismo, dedicado a estimular la demanda, la comercialización y la multiplicación infinita de las necesidades. De esta manera, la sociedad desarrolló una nueva forma de relacionarse con las cosas, con uno mismo y con los demás. El vivir mejor se convirtió en una pasión de masas y en el objetivo supremo de las sociedades democráticas.
Esto acarrea un problema: sólo puede vivir holgadamente y «feliz» quien posee una pequeña fortuna. Pero ¿y el resto? Necesita trabajar para aspirar a aquellos bienes que le darán la felicidad.
Los asalariados podemos encontrar el lado amable del trabajo, pues más que una manera de obtener dinero, es una oportunidad para el desarrollo personal y puede resultar tanto o más atractivo que el tiempo de ocio. Pensemos en el desempleado, no sólo necesita el trabajo para solventar sus gastos, sino también para mantenerse ocupado.
En los valores socioculturales, el trabajo ocupa un puesto importante al permitir estructurar la identidad psicosocial por ser fuente de funciones, estatus e identidad. También es una oportunidad para desarrollar la autonomía, perfeccionar las propias habilidades y reorientar el sentido del tiempo existencial.
Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens, menciona que el trabajo es un bien del hombre y mediante él, el hombre transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades y se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre».
No obstante, en ocasiones el trabajo por sí mismo no basta para alcanzar la felicidad. Si en él impera la sensación de sinsentido para el futuro, produce un efecto negativo en el sistema inmunológico y emocional. Un ejemplo son los trastornos psíquicos derivados del trabajo: burnout, mobbing, workaholism, boreout, (agotamiento, acoso laboral, adicción al trabajo, hartazgo) estrés y la depresión, enfermedad que según la OMS, en veinte años será la más habitual entre la población mundial.3
Se cree que el empleo más deseable es el mejor remunerado, pero ése no siempre genera mayores satisfacciones y felicidad: en ocasiones satisface más participar en la toma de decisiones de la empresa en que se trabaja, sentirse útil y apreciado por jefes y compañeros, etcétera.
 
¿CÓMO ENCONTRAR LA PROFESIÓN ADECUADA?
Está claro que, quienes tenemos la suerte de poder elegir, debemos optar por una profesión acorde a nuestra personalidad y habilidades para evitar desempeñar funciones que nos desagradan o para las que no somos hábiles. El artículo «The Ten Happiest Jobs» de la revista Forbes,4 realizado con base en un estudio del Centro Nacional de Investigación de Opinión de la Universidad de Chicago, menciona que los empleos más felices incluyen menor remuneración económica y gran entrega a los demás, entre tales profesiones destacan: sacerdote, bombero, fisioterapeuta, escritor, artista y psicólogo, entre otros.
Las personas felices suelen mantener buenas relaciones con sus jefes, compañeros y personas a su cargo. Los trabajadores satisfechos valoran la empresa en la que laboran, se sienten reconocidos y apreciados por sus compañeros y jefes, y están contentos con su vida.
Entonces, si la felicidad no está íntimamente relacionada al dinero y al estatus, ¿cómo alcanzarla? Muchas veces la felicidad estriba en la capacidad que tenemos para plantearnos metas y alcanzarlas. Hacen las veces de incentivos que nos muestran apetecible el futuro y nos incitan a la acción.
En el camino para alcanzar una meta, la felicidad reside en la expectativa y en la esperanza de conseguirla. Por lo tanto, la forma en que construimos las metas personales puede influir en nuestra satisfacción ante la vida.
Al plantear nuestras metas deducimos las características positivas y negativas de las opciones. Podríamos pensar, al modo estoico, que es mejor no esperar nada para no sufrir decepciones, sin embargo, metas pequeñas o mediocres pueden generar aburrimiento, pues no nos retan. Y no abrigar ninguna expectativa es humanamente imposible. Lo más sano es mantenerse con metas fijas en busca de la felicidad.
 
¿SON MÁS FELICES LOS POBRES?
El dinero es un valor tan intercambiable que pareciera que todo es medible bajo sus líneas. Pero no es más feliz quien más dinero tiene.
Recientemente la compañía de investigación de mercado Ipsos realizó un estudio en 24 países donde preguntó: «¿diría que no es feliz, que es feliz o que es muy feliz?». Contrario a lo que podría pensarse, la encuesta reveló que la felicidad no está en los países ricos, sino en aquellos considerados pobres o de ingresos medios, en particular Indonesia, India y México.5
La creencia moderna de que la abundancia es condición necesaria y suficiente para la felicidad humana se está derrumbando y la vida consumista ha cobrado factura, evidenciando que los bienes materiales no encarnan la felicidad. Según Lipovetsky «a pesar de la inflación de necesidades comercializadas, el individuo sigue viviendo para algo más que para los bienes pasajeros».6
Menor consumo, entendido como satisfactor, permite construir existencias no atadas a las efímeras delicias consumistas. Buscar la felicidad en el equilibrio; en palabras de Leonardo Polo, «aquellos que ponen su felicidad en las cosas materiales, no la entienden y se condenan a vivir completamente infelices».7
 
Notas
1          Cfr. Zuazua, Alberto. Felicidad sostenible. Claves para un nuevo proyecto de vida en el siglo XXI, Paidós: Barcelona, 2012, p. 96
2          Cfr. Lipovetsky, Gilles. La felicidad paradójica, Barcelona: Anagrama, 2007, p.7
3          Cfr. (s.a.) «Temas de salud: Depresión». Organización Mundial de la Salud. [Consultado el 24/I/13] http://www.who.int/topics/depression/es/
4          Cfr. Denning, Steve. «The Ten Happiest Jobs», Forbes, 9 dic. 2011. [Consultado el 24/I/13] http://www.forbes.com/sites/stevedenning/2011/09/12/the-ten-happiest-jobs/
5          Cfr. (s.a.) «Measures of well-being: Chilled out». The Economist. [Consultado el 24/I/13] http://www.economist.com/node/21548213
6          Lipovetsky, Gilles. 2007, p. 15
7          Polo, Leonardo. Ética. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, México: Universidad Panamericana-Cruz O, 1993, p. 138
 
 
 
 
 
 

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