El elaborado arte de no hacer las cosas

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Dejar las tareas para el último minuto puede convertirse en adicción. No es lo mismo retrasar actividades por aparente pereza que por tener el hábito de «procrastinar». Quienes se pasan la vida postergando asuntos que deben resolverse con urgencia, no siempre lo hacen por simple pereza, muchas veces se origina en su falta de autoestima.
 
¿Por qué la gente no hace lo que tiene que hacer? ¿Por qué no hacen lo que saben que deben hacer y que pueden hacer? ¿Por qué una persona con capacidad y conocimientos escoge no hacer aún en detrimento de su propio desarrollo? A lo largo y ancho del mundo, directivos de empresas, profesores universitarios, entrenadores deportivos, padres y madres se hacen las mismas preguntas. Más aún: millones de personas se hacen la pregunta respecto de sí mismos: ¿por qué yo no lo hice a tiempo?
Existen respuestas de todo tipo, que podríamos reducir a aquella vieja visión de McGregor sobre las posturas de los directivos ante el trabajo humano, las cuales denominó «teoría X» y «teoría Y». La primera presupone que «así es la naturaleza humana» y la segunda, que «les falta motivación». Sin embargo, en la práctica, nuestros comportamientos son el resultado de pensamientos y sentimientos que se basan en nuestra forma de ver la vida, así como en los juicios que realizamos sobre lo que nos sucede y de ahí que un mismo comportamiento, analizado en dos personas diferentes, pueda tener procesos muy distintos. Podemos dejar de hacer lo que debemos y posponerlo para otro momento, por una infinidad de causas, desde las más lícitas hasta las más fantásticas.
Descartando los factores de conocimiento y capacidad, es decir, si la persona puede y sabe entonces lo único que queda preguntarnos es ¿por qué no quiere? Existen fundamentalmente dos respuestas para ello, las personas no quieren aquello porque no lo consideran valioso para ellas en ese momento, o de manera contraria, porque no se consideran suficientemente valiosas para buscarlo o merecerlo. Esto habla de dos maneras de no hacer las cosas: por pereza y por procrastinación. Comportamientos similares con orígenes similares: una baja autoestima, y, sin embargo, radicalmente diferentes en el proceso que les da lugar.
 
PEREZA: UN DEFECTO INDOLORO
La pereza, uno de los siete pecados capitales y uno de los vicios de nuestra era. Tiene que ver con la negativa a enfrentar tareas que se perciben como arduas, difíciles, pesadas.  El perezoso huye del esfuerzo, pero no de las entregas o de los plazos. De hecho, cumple. Cumple en tiempo, entrega su reporte, investigación, prespuesto… pero su cumplimiento va al mínimo indispensable. Si le pidieron cinco, entregará cinco, pero ni uno más. Vaya, ni una milésima más.
La noción de «pereza» en los diccionarios refiere a conceptos como negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados, y señala que la misma procede de la repugnancia ante el esfuerzo que el cumplimiento del deber lleva consigo, y se caracteriza por el miedo y la huida de dicho esfuerzo.
Para quien vive la pereza, el empeño no vale la pena, se ve como desmedido, pues, en el fondo, se asume que el individuo está completo en su forma actual y que dicho esfuerzo no hará sino menguar su fuerza o vitalidad interna. De ahí la evasión. La pereza es, esencialmente, un defecto de la voluntad.
Es importante aclarar que el perezoso no es necesariamente ocioso. Existen «perezosos activos», cuya agenda está siempre llena de actividades, pero cuidadosamente seleccionadas: escogen aquellas que les causan placer o distracción y cuyo esfuerzo no les pesa. Por otro lado, las tareas que les suponen esfuerzo serán despachadas sin energía, sin interés, a veces incluso con rapidez para quitarlas del camino.
Quien vive la pereza no sufre, no experimenta culpa, no padece remordimientos; pues en su mente ha entregado lo que se le ha pedido, en el plazo requerido. Podemos afirmar que en el perezoso hay un dejo de soberbia porque se percibe superior a la tarea y no encuentra ningún beneficio en desgastarse por conseguirla. El perezoso es feliz. Incompleto y superficial, pero feliz. Ignora en el fondo que la raíz de su comportamiento está en una baja autoestima.
 
PROCRASTINACIÓN: ESA MALDITA CONCIENCIA…
Procrastinar, viene del latín procrastinare y, según la etimología de la palabra, sus raíces serían pro (hacia) y cras (futuro), así pues significaría «dejar para mañana», posponer, postergar, aplazar, diferir, como señala en el ensayo que hace sobre esta palabra Gabriel Zaid en la revista Letras Libres.1
Zaid narra el viaje literario de la palabra latina, que tras muchos años y coqueteos lingüísticos, fue incorporada al español gracias al extendido uso que tiene en el inglés. Y es que como señala el autor, la Real Academia de la Lengua la describe mal pues le quita su carácter de hábito: no «procrastinamos una reunión». Una reunión la diferimos, la aplazamos. Procrastinamos como hábito recurrente, como actitud de vida. Es semejante a la pereza en tanto que afecta toda nuestra vida, pero difiere radicalmente en su proceso y origen.
La procrastinación consiste en dejar para después lo que es preciso hacer ahora, a pesar del conocimiento claro que se tiene sobre los beneficios de realizarla y los perjuicios específicos para la persona de no hacerlo. Joseph Ferrari, autor del primer texto académico sobre el fenómeno señala dos características fundamentales: constituye una práctica recurrente, un patrón de actuación en el sujeto, y le causa un profundo malestar a quien lo manifiesta.
A diferencia de la pereza, quien padece la procrastinación no disfruta, sino por el contrario, sufre su inacción. No entiende cabalmente por qué pareciera que siempre le pasa lo mismo: aplaza lo que debería haber hecho, no está contento con sus resultados y experimenta culpa y pesar por lo acontecido, pues suele perder oportunidades profesionales y personales de forma continua debido a ello.
El procrastinador pospone el inicio de aquella tarea o proyecto importante, no por pereza o desidia, sino amparándose en otras muchas pequeñas actividades que también deben realizarse, aunque cuya importancia no es equiparable a la primera. Saben que deben terminar el reporte para las cinco de la tarde pero… «hay que» contestar los correos electrónicos… y «hay que» buscar ese archivo que me pidieron para mañana… y sin darse cuenta han dejado de lado lo importante por lo urgente.
Es importante resaltar que al procrastinador no le repugna el esfuerzo. Suelen ser individuos de gran capacidad intelectual y personal, incluso con un historial de éxitos tras de sí, y con la opinión favorable de sus pares sobre sus capacidades. Sin embargo, en determinadas circunstancias, dejan de enfrentar diligentemente las tareas que se esperan de ellos. Aplazan su inicio o la consecución de sus proyectos para enfrascarse en tareas menores, en diligencias que podrían esperar, pero que de alguna forma estorban en la mente del procrastinador y deben quitarse de en medio. 2
Al final, confrontados con los plazos o términos de sus proyectos, entregan resultados que están por debajo del nivel esperado por ellos mismos y del que la organización sabe que podrían dar, escenario que les provoca una continua sensación de malestar. No les gusta esta situación, pero pareciera que tampoco pueden salir de ella. Quien ha padecido la procastinación conoce el duro juicio sobre sí mismo por no haber enfrentando la tarea en su momento.
A diferencia de la pereza, en la procrastinación hay sufrimiento personal y consciencia de la falla que aparece insuperable y, en todo caso, inexplicable para el propio sujeto. La procrastinación es una manifestación del autosabotaje, acaso la más clara y contundente, y tiene su raíz, paradójicamente, en la soberbia y en la baja autoestima, al igual que la pereza.
 

VOLUNTAD VS AUTOSABOTAJE
Los seres humanos no actuamos de forma gratuita. Nuestros actos tienen sentido, propósito. Buscamos lo que juzgamos bueno para nosotros, sea para satisfacer nuestros apetitos sensibles, intelectuales o trascendentes.3 Para Sócrates resultaría profundamente paradójico el que una persona pueda no buscar algo que es evidentemente bueno para sí mismo, pero el griego no especuló con los dilemas de la percepción y los juicios emocionales.
Los bienes mayores tienen siempre una naturaleza ardua. Un bien menor, dedicado a satisfacer mis ansias concupiscibles, suele ser fácil de obtener: para el cansancio, la siesta; para el paladar, la golosina. En cambio la salud implica sacrificio y esfuerzo: dieta y ejercicio. El saber también exige: estudio y práctica. Los bienes útiles y los bienes honestos demandan esfuerzo por parte de quien los anhela. El problema suele no estar en la percepción de esta verdad, sino en la aplicación «para mí». En la cualificación del sujeto para dicho objeto. En si «merezco» o no el hacerme de dichos bienes.
En el perezoso existe la conciencia de que la tarea reviste un esfuerzo del cual se quiere huir, pues no se vislumbra valioso. Hay una desconexión evidente entre el logro inmediato y el de largo plazo; entregar un reporte que supere las expectativas quizá no tenga un beneficio inmediato más allá de la palmada en la espalda, sin embargo, contribuye a uno mayor: me crea reputación. Un esfuerzo al día en el deporte no devuelve salud instantánea, pero la construye con constancia. El premio siempre es mayor al final.
Para el perezoso, esta cadena de razonamiento se ha roto después de la inmediatez. Se considera completo en su contexto presente y no ve valioso esforzarse para mejorar. Esto, que podría parecer soberbia, en el fondo esconde una baja autoestima acaso de tipo ontológico: no valoro lo que puedo llegar a ser, porque mi autopercepción excluye todo lo valioso que puedo ser, así que no lo hago y me conformo con ser lo que soy. Me veo menos sin darme cuenta de que lo hago.
Por otro lado, el procrastinador también se infravalora, pero de manera distinta, pues su percepción de sí mismo y lo que le rodea se confunden. Ve su «yo» como parte de un todo más amplio y le da fuerza y peso al juicio externo, poniéndolo al nivel del propio, e incluso anulándolo. La tarea no se juzga en términos de dificultad o facilidad, sino en la directa relación de su logro con la propia valía personal. En efecto, el procrastinador suele creer que su valor está en los resultados de lo que produce –creencia muy extendida en la actualidad, particularmente en el mundo sajón. Estimo lo externo y de forma consciente me creo lo suficientemente valioso para perseguirlo y obtenerlo; sin embargo una sutil voz interior me insinúa que quizá yo no merezca hacerme acreedor a él… así que la posibilidad de fracaso es temible: se convierte en la confirmación de que mi juicio sobre mi propia capacidad y perfeccionismo están equivocadas.
Por ello es mejor no enfrentar sino posponer. Si al final el resultado es inferior a mi capacidad, mi malestar –y mi justificación– está en las distracciones que me han impedido lograr lo que hubiera podido; situación que es mucho menos crítica vitalmente que la de confrontar mi concepto de mí mismo con el real. Me veo menos apreciable porque en el fondo asumo que soy muy valioso, pero requiero del juicio externo para comprobarlo.
Mientras que el perezoso no se ve digno de incrementar su valor personal, el procrastinador teme perder lo que percibe como tal. El primero rechaza el esfuerzo, pues no se ve a sí mismo como sujeto al final de la acción. El segundo confunde el objeto de su acción con su sujeto. El perezoso cree que su valor está en lo que él es ahora. El procrastinador considera que su valor está en el logro inmediato siguiente.
 
DOS QUE NO CUMPLEN: EL VAGO Y EL PULCRO
El perezoso suele ser desaliñado en su arreglo personal. No cuida mucho su entorno porque, de forma curiosa, lo percibe ajeno y por tanto, no ve cualidad alguna en mejorarlo. Tampoco se involucra en debates de tipo social o político. Nada que no tenga un beneficio inmediato y de ordinario deleitable. No se compromete con los demás, ni consigo mismo, pues, aún cuando él mismo no se dé cuenta, su autoconcepto está devaluado.
Cuando la persona asume consciente o inconscientemente que «no merece» los bienes útiles u honestos, tenemos lo que suele denominarse baja estimación de uno mismo, es decir baja autoestima. Al no considerarnos valiosos tampoco pensamos que debamos poseer los bienes. Si la trascendencia nos elude, pues no somos dignos de ella, tampoco podemos generar un compromiso hacia los demás. Consideramos nuestros actos inútiles y despreciables, por lo que da igual tener la casa perfectamente limpia o mediocremente despejada.
El procrastinador, en cambio, suele esmerarse en su imagen y su hábitat. Suele hacer compromisos con la gente y, justo por ello, sufre más al fallarles. La procrastinación se manifiesta sobre todo en personas muy perfeccionistas y que gustan de tener un control particular sobre las actividades que realizan y sobre lo que les rodea. A diferencia del perezoso, identifica su exterioridad con su valor personal, de ahí que busquen una imagen impecable. Sin darse cuenta desplazó su autoconcepto a los accidentes materiales-temporales que lo rodean.
Aún cuando son personas convencidas de su gran capacidad personal, también son los jueces más duros sobre ellas mismas, minimizan sus logros pasados hasta el punto de que cada nueva tarea se convierte en una apuesta «todo o nada»,4 situación irracional y absurda, incluso para ellos a nivel consciente, pero no en su interior. En el fondo, la necesidad de control es una manifestación de inseguridad y poner el valor de mi persona en mis logros es también síntoma de baja autoestima.
Empezar tareas, proyectos, trabajos y no terminarlos de manera sistemática, es una forma de sabotearnos en nuestra vida. Al adoptar comportamientos compulsivos –rituales– que me hacen perder el tiempo en lugar de ocuparme de lo que debo hacer, construyo una explicación plausible en mi mente para justificar mis fallas. Tiene menor costo emocional asumir que fallé en el cumplimiento debido a cuestiones externas, que enfrentarme al dolor potencial de realizar la tarea y fracasar en el resultado.
 
¿PEREZA, PROCRASTINACIÓN O DESIDIA?
La desidia tiene que ver con posponer las cosas, como ocurre en la procrastinación. Es también un hábito, no una inacción en concreto. Sin embargo, a diferencia del procrastinador, su raíz está en la pereza, porque la evaluación tiene que ver con el trabajo involucrado en su realización. Soy desidioso cuando decido no comenzar mi trabajo en este momento y me distraigo consultando mis redes sociales. Soy desidioso cuando estoy buscando un trabajo, un crédito hipotecario, una ratificación profesional y, aunque sé que es fácil lograrla, difiero ese «pequeño detalle» que me falta para otro momento que nunca llega.
La desidia se constituye en un puente entre la pereza y la procrastinación. Pospongo para enfrentarme no ya a tareas menores o urgentes, sino por el placer mismo de evadir la responsabilidad. Si eventualmente, cuando el plazo casi ha vencido, me enfrento a la tarea sin dilación y la termino, he generado un patrón de conducta terrible, pues la presión y el estrés provocan la segregación de adrenalina, misma que me permite disponerme a la acción y las endorfinas liberadas al terminarla, consolidan un hábito vicioso: me vuelvo adicto al estrés de hacerlo todo en el último instante, aún cuando me doy cuenta de la presión en la que esto me hace vivir. Dejo de ser perezoso y me convierto en un procrastinador «extremo».
 
¿QUÉ HACER?
Como en todo proceso del comportamiento humano, el primer paso es enfrentar la realidad como es y aprender a ser consciente de mí mismo y de mis actos. Pero como también suele ocurrir con estos análisis de lo humano, no basta con entenderlo intelectualmente. Hace falta comprenderlo en sus orígenes y hacerme consciente de los procesos que me llevan a él para evitarlo.
La regla de oro es cambiar la forma en que estamos percibimos la realidad para ayudarnos a transformar nuestra manera de actuar. Por ejemplo, una persona perezosa puede entender que vale la pena hacer ejercicio, pero mientras se sienta relativamente sana, no percibirá razón para cambiar. Una forma ordinaria de hacerle ver los beneficios del deporte es la acción misma. Para un joven que padece pereza, un régimen de ejercicio diario, impuesto al principio, se convierte en una actividad placentera que él mismo buscará más tarde.
Es la comprobación del conocido aforismo: «hacer te hace». Con un adulto no siempre tenemos el recurso de la imposición, pero vale la pena marcar límites claros y ayudar a la persona a comprender que eso valioso, al final de la acción, sí puede terminar por constituirlo. Sí es posible mejorar como consecuencia de mis actos y sí merezco hacerme de esos bienes.
Con el procrastinador o desidioso el tema es más complejo porque, además de una percepción errónea, enfrenta un patrón de conducta. Un viejo axioma en psicología es que toda conducta tiende a perpetuarse, mientras los beneficios (reales o imaginarios) que considera resultado de la misma se mantengan.
A un procrastinador que evita el riesgo de falla posponiendo sus acciones, es necesario ayudarle a valorarse per se, poniendo sus logros y el juicio externo en su justo lugar, pero procurando sacarlos de la definición personal. Para quien padece la procrastinación es importante aprender a tomar conciencia de su propia valía y dejar las conductas obsesivas, sea en la búsqueda de perfección o en el control sobre lo que acontece a su alrededor.
Al procrastinador extremo o desidioso hace falta enfrentarlo al fracaso para romper el ciclo de adicción a la adrenalina que siempre lo salva «en el último minuto».5
 
Tomar conciencia de la medida en que pereza, procrastinación o desidia entran en mi vida y poner una estrategia práctica para cada una de las tres es saber jugar en contra de mi propia naturaleza. El primer paso es entender que soy valioso por mi dignidad como humano y que eso no excluye la posibilidad de aspirar a mejorar y conseguir bienes útiles y honestos.  Pero, por encima de todo, no generar falsas percepciones sobre mi actuar y convencerme de que «soy mejor bajo presión» o «no he podido hacer nada por hacer estas otras cosas», que en el fondo son maneras de evadir su acción y me vuelven adicto a patrones de conducta destructivos. Enfrentar las tareas y fracasar no es parte de mi definición sino la medida en la que soy capaz de conseguir esos bienes útiles y honestos. Sólo quien intenta, fracasa. Y muchas veces, sólo fracasando varias ocasiones, triunfamos.
Notas finales
 
1          Zaid, Gabriel (2010). «Procrastinar». Letras Libres. México, No. 144. Diciembre 2010.
2          Ferrari, Joseph R., et al. (1995). «Procrastination and task avoidance : theory, research, and treatment» / [edited by] Joseph R. Ferrari, Judith L. Johnson, William G. McCown and associates, New York : Plenum Press, c1995. p. 10
3          Pieper, Josef (2007). «Las virtudes fundamentales» / Josef Pieper. Madrid, Rialp, 9a ed. p.
4          Mallinger, Allan (2009). «The Myth of Perfection: Perfectionism in the Obsessive Personality». American Journal of Psychotherapy 63(2): p. 109
5          De acuerdo con la «Ley de Murphy», de no ser por ese «último minuto», absolutamente nada se habría logrado en la historia del mundo.
 
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* Este artículo se publicó primero en la revista Nuevas Tendencias. No. 88. Dic. 2012 del Instituto Empresa y Humanismo. Universidad de Navarra.
 

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