Uso compulsivo de internet. Afecta a jóvenes… ¡y a adultos también!

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El uso compulsivo de internet puede degenerar en una enfermedad mental ya catalogada internacionalmente. Como otras de su tipo, altera los procesos cognitivos y afectivos, modifica el comportamiento y la adaptación a la realidad. Cyber-bullying, sexting, cyber-sex y cyber-infidelity son términos cada vez más frecuentes en nuestro vocabulario, pero la sociedad aún no cuenta con las herramientas suficientes para enfrentarlos.
Hoy el internet es punto de reunión para crear nuevas relaciones y fortalecer las existentes. Las redes sociales son un parteaguas en la forma de comunicarnos, aunque dan la impresión de que alejan a los que están cerca y aproximan a los geográficamente lejos. Con base en su experiencia a través de casos que atiende día a día, el psiquiatra Manuel Sánchez de Carmona identifica las señales que indican un uso compulsivo de medios relacionados con internet y sus consecuencias en jóvenes y en adultos.
 
¿Cómo influye la dinámica de las comunidades online en las relaciones humanas?
La tecnología nos superó y herramientas como las redes sociales surgieron tan rápido que nos falta tiempo para reflexionar sobre su uso más efectivo.
Sin duda, estos vínculos son positivos en las áreas de negocio y comunicación entre instituciones. Ofrecen muchas ventajas: rapidez, reducción de costos… pero, al transportarlos a la vida personal y las relaciones humanas, surge la duda de si son un avance o un deterioro. Permiten el reencuentro entre personas que perdieron contacto, pero también generan que muchas prefieran una relación online en lugar de disfrutar de una en la vida real.
 
¿Quiénes se inclinan más a este tipo de relación, jóvenes o adultos?
En el ámbito social, sin duda los jóvenes utilizan mejor y más rápido los medios electrónicos. Ahora, como médico psiquiatra he encontrado que las mujeres entre treinta y cuarenta años, agotadas por su vida de madres y con poco tiempo de calidad en pareja, están demasiado pendientes del Facebook. Es sorprendente el número de conflictos e infidelidades que veo en mujeres de esa edad a través de las redes.
Hay que recordar que la psicología femenina, a diferencia de la masculina, es mucho más social y emotiva; ellas tienen mayor tendencia a crear lazos a través de WhatsApp, Facebook o Twitter, lo cual es riesgoso. Por ejemplo, en muchas ocasiones una persona que busca por Facebook a su expareja termina por desenterrar historias que habían terminado.
 
¿Qué motiva a preferir una relación online sobre una en la vida real?
Las razones varían de acuerdo a la edad; a grandes rasgos, veo dos grupos. En el primero, predominan jóvenes cuya adaptación social es deficiente, ya sea por complejos físicos, problemas de interrelación, autoestima baja o que no consiguen una pareja. Se refugian donde sienten que no son juzgados; muchas veces inventan su personalidad y se describen con características físicas, de edad y hasta de género distintas a las reales.
En el segundo grupo se encuentran adultos –principalmente mujeres– insatisfechos con su vida en pareja y, que por alguna razón, se sienten prisioneros de una rutina diaria o de una exigencia, laboral o doméstica muy fuerte. La red representa un escape. Primero se mantiene contacto con un «amigo imaginario», la interacción es tal que termina por convertirse en una relación sentimental.
En el matrimonio surge la pregunta de si estas circunstancias se consideran infidelidad o no, aunque no se haya dado contacto físico. Yo sí lo considero un tipo de engaño. La persona tiene una conversación rutinaria, amplia y muchas veces íntima con alguien que no es su cónyuge, quien, obviamente, no lo sabe. La persona está experimentando una satisfacción, que, de una u otra manera, debería resolver con su pareja.
Mi recomendación es que en las relaciones no exista nada oculto, lo que incluye compartir las contraseñas de su Facebook o Twitter.
 
¿Se puede considerar que quien gusta de tales romances padece una enfermedad?
Como enfermedad per se es complicado, pero definitivamente quien busca un romance online es una persona insatisfecha, poco adaptada a su entorno y que persigue un escape.
Muchas de estas «aventuras» revelan una naturaleza adictiva que los involucrados no pueden frenar. He visto historias en las que un individuo, al estar bajo mucho estrés o en una situación personal complicada, desarrolla una relación de este tipo y la usa como una salida que se transforma en la ilusión de sus días.
 
¿Qué origina estos amoríos? ¿Una baja autoestima?
La soledad, la falta de comunicación y de intimidad entendida como la máxima muestra de comunicación en pareja, sumada a una baja autoestima y estrés. Todos estos factores ponen en riesgo a cualquier persona.
 
Con la movilidad que dicta la tecnología surgió el cyber-sex. ¿Una relación sexual online puede considerarse tal?
Por supuesto que sí, porque puede llegar generar excitación sexual y placer a ambos, quienes además, lo conciben totalmente como sexo.
Este problema se presenta también en todas las edades, sin embargo las estadísticas muestran que los adultos entre 30 y 50 años son más adictos y consumidores de pornografía y sexo por internet que los adultos jóvenes de 15 a 30 años.
 
¿Cómo dañan el desarrollo personal de los adolescentes cuestiones como el sexting, cyber-sex, cyber-infidelity?
En jóvenes, el concepto de sexualidad sana se deteriora completamente y se alteran las expectativas que tiene la persona sobre la sexualidad en pareja. Además, genera ideales ilusorios, estimula ideas y conceptos que muchas veces no son saludables y pueden provocar patrones adictivos muy difíciles de controlar.
En adultos sustituye una vida sexual sana y perjudica la vida sexual en pareja al punto de considerarla poco satisfactoria.
 
¿Pueden las relaciones sexuales online propiciar actos de violencia como el cyber-bullying?
Por lo general, el acoso cibernético –sobre todo hacia jóvenes de 15 a 18 años– se da cuando el acosador amenaza a la víctima. Primero la seduce y pide que le muestre alguna parte de su cuerpo; después la chantajea con difundir las imágenes. Así, el intercambio sexual por internet se convierte en un detonador del bullying.
 
¿Qué causa la trivialización de la «relación sexual»?
La tecnología desvirtúa la profundidad humana que va de la mano con un acto sexual; la aleja del respeto, convierte la sexualidad en algo desechable y daña el valor intrínseco de la persona.
 
¿Cuáles serían las señales de alarma?
En la familia, los padres tienen que estar al pendiente del comportamiento de sus hijos. La vida de un joven en estos medios debe ser muy transparente. Si el adolescente se esconde o no permite que vean la pantalla de su computadora o celular, es momento de preocuparse.
Otros focos rojos se prenden si: tienen problemas para respetar los espacios familiares en los que está prohibido el contacto con cualquier medio electrónico o internet, como en una reunión o a la hora de la comida; se conectan a altas horas de la noche; estos medios son el único contacto con sus amigos; hablan de personas que desconocen físicamente; se aíslan de su grupo social, o descuidan su desempeño escolar, entre otras conductas.
En la relación de pareja, las señales son más visibles: si no suelta el teléfono por ningún motivo; no comparte sus claves; cambia su estado de ánimo cuando pierde contacto con la web; maneja cuentas secretas de correo o redes sociales, etcétera. Estos puntos no necesariamente señalan algún tipo de infidelidad, pero sí una situación de adicción a los medios digitales.
El Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales (DSM-IV), consultado por clínicos e investigadores en el mundo, ya contempla para sus próximas ediciones la adicción y el uso compulsivo de medios relacionados con internet y de redes sociales, como una enfermedad mental. La clasificación divide esta propuesta para su estudio en tres categorías: adicciones a nivel de juego, de «chatting» social (Facebook, Twitter, Whatsapp) y sexual (cybersex).
Las tres se presentan en todas las edades y pienso que, si no trabajamos para eliminarlos, los casos incrementarán en los próximos años. Por ahora están en desarrollo los criterios de diagnóstico y tratamiento para este fenómeno.
 
¿Cómo desarrollar una sexualidad sana en los jóvenes, que crecen en un entorno sumamente sensual?
La clave no es dar tratados de educación sexual biológica, sino una educación moral. Actualmente los adolescentes saben más que nosotros del tema sexual. También hay que con base en principios humanos, dignidad y valores; crear conciencia de que la sexualidad siempre busca la dignidad de la persona y generar sentimientos positivos que engrandezcan a la pareja.
Como padres, no es necesario esperar a que nuestros hijos sean adolescentes para implantarles esta idea, debemos comenzar desde su niñez. Lo ideal es ejercer una paternidad responsable y educar en estos temas desde una edad temprana hasta que alcancen una madurez mental completa.
Se ha enfatizado en la educación sobre el cigarro, alcohol y drogas, lo cual es muy bueno, pero también es importante educar en el conocimiento de riesgos y límites, favorecer siempre las actividades en persona y las actividades físicas sanas. Conseguir que el joven realmente salga y viva para evitar que desee hacer todo a través de una pantalla.
 
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Manuel Sánchez de Carmona
•          Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad Anáhuac.
•          Completó la especialidad en Psiquiatría en el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente.
•          Realizó estudios de posgrado en el Jackson Memorial Hospital de la Universidad de Miami y el New York Psychiatric Institute en la Universidad de Columbia.
•          Presidente del Capítulo Mexicano de la Sociedad Internacional de Trastorno Bipolar (International Society for Bipolar Disorders – ISBD) y Chairman del Advocacy Committee y del Fundraising Committee de la misma institución.
•          Participa como conferencista en foros nacionales e internacionales con ponencias a nivel médico y público general.
•          Desde hace 19 años se dedica a  la atención psiquiátrica y psicoterapéutica de jóvenes y adultos en la ciudad de México.
 

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