El hardware de los valores

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El valor de una empresa se cimenta en los individuos que la forman. No bastan trabajadores ampliamente capacitados, si carecen de ética y valores para sustentar sus actos. Toda organización requiere personas equilibradas, estables y directores con carácter y dominio de sí mismos.
*Resumen de la conferencia que dio el autor en el FORO ISTMO en noviembre de 2013.
 
Comenzaré por citar un texto de Geoffrey Chaucer, padre de la literatura inglesa, y si escuchan con detenimiento, notarán que bien pudo haberse escrito en México.
 
El cuento del bulero o El cuento de los tres ladrones
Después de hacer sus fechorías, tres bandidos encuentran un tesoro en la mitad del campo. Piensan que su vida está resuelta, pero dada su reputación son conscientes de que nadie les creerá cómo hallaron tal fortuna. Deciden esperar un tiempo en lo que se «enfría» el dinero. Se ponen de acuerdo y envían a uno de ellos a la aldea a comprar víveres, mientras los otros dos cuidan del tesoro. A uno se le ocurre: «¿Por qué repartir el botín entre tres si podemos dividirlo entre dos? ¿Y si lo matamos en cuanto regrese?» Y en efecto, regresa y lo matan. No es difícil adivinar que el relato termina en que todos se mueren, porque el que fue por víveres tuvo la misma idea y envenenó el vino de los otros dos.
 
Esta organización de «Bandidos Unidos S.A.» tenía como valor más importante «hacer dinero a cualquier costa», imperaba la confianza, prueba de ello es que funcionaron durante un buen tiempo. ¿Qué falló? ¿Por qué colapsó esta organización? ¿En qué momento se olvidó de sus objetivos y valores?
La pregunta de fondo es, ¿por qué los seres humanos tendemos a la corrupción y hacemos lo que no debemos? Existen cuatro opciones:
 
1.         Tolerancia cultural. Llevo muchos años como docente y, en una ocasión, desmantelé un sistema de venta de trabajos y tareas, del que unos alumnos hacían muy buen negocio. Para mi sorpresa, un colega los defendió bajo el argumento: «Estos chicos son trabajadores, inteligentes y no copian las tareas». Le contesté: «Precisamente por eso, estos jóvenes son unos delincuentes en potencia. Los peores bandidos tienen doctorado y maestría. Estos chicos los tendrán, además son ordenados, trabajadores y con iniciativa».
Y, sin embargo, una tolerancia cultural me pedía comprenderlos porque, aunque delincuentes, eran muy trabajadores.
 
2.         Burocracia ineficiente. Sin importar si es laxa o rígida en exceso, la burocracia asume controles estandarizados y profundamente ineficientes. Recuerdo que en otro momento llamé al antirrábico para reportar un perro en el parque y, lejos de atender mi denuncia, me pidieron que enviara un oficio, a lo que contesté: «Señorita, ¿cree que el perro aguante el fin de semana?», nunca olvidaré su respuesta «No, pues eso sí».
 
3.         Falta de transparencia estructural. La opacidad en las instituciones públicas es temible. Es preciso analizar si en nuestras instituciones hay o no transparencia, como en el tema de los ascensos, por ejemplo, éstos siempre deben ser claros, pues si los candidatos no saben los motivos por los que se les escogió o no, no sabrán qué mejorar para conseguir un ascenso y se limitarán a hacer conjeturas.
 
4.         Débil rendición de cuentas y falta de castigos e incentivos. Es decir, el animus lucrandi que merece una explicación más amplia.
 
«AQUÍ NI TE MULTAN, NI TE VEN FEO, NI HAY BASUREROS»
Me centraré en algunos aspectos personales de la organización, relacionados con esta tolerancia cultural y con el animus lucrandi. ¿Qué significa este término? Platón, en la República lo definió como «pleonexia» que expresa el afán de querer tener cada vez más dinero.
Todos los seres humanos tendemos a acumular riquezas, pero cuando esta propensión es desbordada puede tener efectos patológicos. ¿Para qué tener una casa con más habitaciones de las que podemos recorrer? ¿Para qué amasar una fortuna que asegure a las próximas cinco generaciones?
El animus lucrandi es muy interesante cara a la vertiente ética de las organizaciones. Lo plantearé de la siguiente manera: ¿por qué tiramos basura en México y, cuando viajamos a Estados Unidos, no lo hacemos? ¿Qué pasa? ¿Nos cambian el chip? ¿Será el aire? ¿El agua? Me parece que las causas son tres: 1) Allá te multan y aquí no pasa nada, 2) Allá es mal visto tirar basura en la calle. A la par del animus lucrandi, tenemos también un afán de reconocimiento, necesitamos esos cinco minutos de fama que nos dan los aplausos. El que «te vean feo» es un aspecto de la psicología humana sumamente importante en la ética de una organización. Y 3) Allá sí hay basureros.
Sería muy inocente creer que un comportamiento ético se alcanza sólo por convicciones, hace falta una estructura, incentivos, normatividad, sanciones, etcétera. La pregunta es: ¿Bastan los castigos y las multas? Sí, en un nivel mínimo.
Aunque reconozco que es muy incómodo, soy defensor del alcoholímetro pues tiene la virtud de bajar los accidentes automovilísticos. Algunos expertos en adicciones me decían que, desde el punto de vista de la seguridad pública, el efecto del alcoholímetro es importante, sin embargo desde la perspectiva de salud pública es incluso contraproducente porque aumenta la ingesta de alcohol.
¿Qué ocurre? Sin duda las multas, los basureros y el alcoholímetro funcionan, pero no inciden en un aspecto personal, de decisión y compromiso particular.
 
CUÁNDO FALLA UN DISCURSO ÉTICO
La normatividad y los sistemas de control son el hardware ético en las organizaciones; a la par se encuentra un aspecto más personal, el software representado por los valores institucionales, mismos que requieren de un sistema operativo, los valores, y una paquetería, las virtudes. Al final todo se entrelaza. Para seguir con la metáfora podríamos decir que los programas no corren en un ábaco, y una súper computadora de la NASA no sirve ni como máquina de escribir sin un software.
En otras palabras, ¿por qué en ocasiones falla nuestro discurso ético sobre las organizaciones y la sociedad? Porque no tenemos la normatividad (hardware) o no funciona, quizá  los valores están diluidos y la institución no «corre» porque no tenemos virtudes (paquetería).
La organización de «Bandidos Unidos S.A.», estaba bien planteada pero al final hizo falta la virtud personal de sus delincuentes, que no estuvieron lo suficientemente comprometidos para resistir la tentación y conservar un mínimo de lealtad «digno de una institución delincuencial».
La normatividad, sin valores y virtudes, es inoperante, pero los valores sin virtudes son absolutamente abstractos e igualmente inoperantes y, si lo hacen, es en un nivel mínimo. ¿De qué sirve que tengamos más policías, que gastemos millones de dólares en el combate al narcotráfico, si nosotros somos consumidores? El problema del consumo es, en buena medida, de decisión personal aunque también intervenga un aspecto genético, familiar, etcétera. Esto nos permite concluir que hablar de ética es hablar de virtudes.
¿Qué es la virtud? Dicho de manera rápida, es una actitud firme del carácter, una disposición estable que nos permite replicar un comportamiento y actuar de acuerdo a un patrón de conducta deliberadamente elegido. Por eso es una perfección habitual que orienta y regula los sentimientos. Las pasiones y emociones de ninguna manera son malas, pero sí peligrosas si permitimos que nos dirijan.
En el kínder nos enseñan tres claves para la vida: uno no se duerme cuando tiene sueño (al menos eso intenta); no come cuando quiere y no va al baño a cualquier hora. Esto nos muestra que los sentimientos, emociones y deseos no deben ser nuestra pauta de conducta.
La constancia y el orden no provienen de los sentimientos, sino de nuestro dominio sobre ellos a través de la virtud, ésa es la habilidad más importante. Si nosotros no somos capaces de resistirnos ante un objeto, podremos estar en el sistema más rudo, sin embargo no funcionará. Por eso la virtud es clave y requiere de un entorno específico: la basura demanda basureros y sanciones, pero lo primero que necesita son personas dispuestas a ejercer la maquinaria.
Ahora bien, estas virtudes conforman el carácter: fortaleza, audacia, constancia, justicia, sinceridad, etcétera. ¿No se les antoja contratar a alguien así? Fuerte, audaz, constante, justo, leal, sincero, que se conozca a sí mismo, etcétera. El conocimiento propio tiene mucho que ver con la virtud, un virtuoso será alguien sobrio, no sólo en el sentido de la bebida sino en el de los sentimientos, un carácter ordenado y modelado. Una persona así, sin duda se convierte en un valor agregado para la institución. Por eso, a falta de virtudes, hoy por hoy tenemos los «controles de confianza» que evalúan algunos aspectos externos y virtudes personales.
 
SÓLO EL VIRTUOSO PUEDE DIRIGIR
La primera piedra en las organizaciones es la contratación. Son muy importantes los conocimientos y los grados, pero al final del día lo que contratamos son nudos de virtudes, es decir, personas con cualidades personales y vicios. Profesionales sin virtudes son un peligro para la institución. Aristóteles decía: «el médico más diestro es el que mejor puede matar». ¿Quién es el mejor defraudador de una empresa? El contador extraordinario que es un cínico y carece de escrúpulos, ése es el más peligroso.
En última instancia, la virtud es el modo por el cual nos apropiamos de nosotros mismos, sólo el virtuoso puede dirigir. De lo contrario, emociones, pasiones y en general estímulos externos toman el control.
Termino con una anécdota de Alejandro Magno: Él estaba en una fiesta y su padre, Filipo de Macedonia, borracho, hacía despropósitos. Alejandro se burló de él, Filipo se levantó para propinarle un puñetazo, pero en el intento se cayó. Entonces Alejandro dijo: «Éste es un hombre que quiere conquistar el mundo y no es capaz de pasar de una mesa a otra».
Aquí no termina la historia. Alejandro Magno, quien conquistó buena parte del mundo, hacia el final de su vida, bajo los efectos del alcohol, mató a uno de sus mejores amigos. Se sabe que este gran conquistador murió joven aunque no se conoce la causa, probablemente murió de malaria, algunos dicen que envenenado; pero lo que sí se sabe es que una borrachera detonó su enfermedad. Un imperio que quizá pudo durar más tiempo se acortó porque el joven Alejandro bebió más de la cuenta. Esto es el fracaso de una organización
 

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