Amistad. Suma alegrías y resta penas

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IS_AmistadUna persona no puede desarrollarse sola, para crecer y mejorar necesita de los amigos. La amistad no es algo que se añade a la felicidad, es un elemento integrante; sin la amistad la perfección humana quedaría incompleta y, sin ella, la felicidad no sería posible.
El acuerdo sobre el valor de la amistad en sí misma y para la vida de cualquier persona parece ser unánime. Todo mundo coincide en que se trata de algo importante, cuyos beneficios suelen ser abundantes. El valor de la amistad no requiere ser demostrado porque se impone de manera evidente, sea debido a que se tenga la experiencia de lo que los amigos representan, o bien porque se experimente la necesidad de ellos, cuando no se tienen. En este segundo caso, no hay comprensión directa de la amistad, pero se puede valorar por el vacío que su ausencia produce.
Sobre el valor de la amistad se han dicho cosas sublimes a lo largo de la historia, que expresan ese convencimiento general de cuán necesario es, para la vida humana, contar con amigos. El libro del Eclesiástico afirma que quien encuentra un amigo halla un tesoro, pues el amigo fiel no tiene precio; es significativa la comparación del amigo con un tesoro de valor incalculable, pues ciertamente lo que un amigo proporciona es algo de mucha mayor valía que cualquier objeto material, incluido el dinero.
Algunos autores han manifestado cuánto aprecian la amistad, al considerarla no sólo uno de los bienes más altos, sino el mayor de todos. Aristóteles advierte que un amigo nos parece el más precioso de los bienes de la vida. Cicerón, refiriéndose a la amistad, se expresa así: con la excepción de la sabiduría, creo que nada mejor le ha sido dado al hombre por los dioses inmortales. Lope de Vega anota: Yo digo siempre, y lo diré y lo digo, que es la amistad el bien mayor humano. Ortega y Gasset sostiene que una amistad delicadamente cincelada, cuidada como se cuida una obra de arte, es la cima del universo.
También es interesante destacar que lo valioso de la amistad es reconocido espontáneamente por personas de todas las edades, incluidos los niños, como lo demuestra la siguiente experiencia. Se trata de una encuesta que alcanzó gran celebridad en su día, organizada por el departamento de Psicología de la Universidad de Lovaina (Bélgica). A un grupo de niños menores de doce años, les entregaron tres cartones donde se describían tres formas distintas de celebrar la fiesta de cumpleaños. En el primero aparecía el niño, solo, rodeado de innumerables regalos; en el segundo, el niño estaba sentado a la mesa con sus padres y, sobre la mesa, un gran paquete que contenía un regalo; en el tercero no había ningún regalo, pero el niño estaba acompañado de mucha gente, todos sus familiares y gran cantidad de amigos.
La pregunta era bien simple: ¿de cuál de estas tres maneras prefieres celebrar tu cumpleaños? La respuesta fue la siguiente: los dos primeros cuadros apenas sumaron 15% de adhesiones, mientras que los votos obtenidos por el tercero superaron ampliamente el 70%. La encuesta se ha repetido luego muchas veces y en lugares muy diversos, y los resultados han sido siempre los mismos.
¿A qué se debe este reconocimiento generalizado de la amistad? ¿En qué radica su valor? Sin ánimo de agotar los motivos por los cuales la amistad es un bien tan grande, se señalan a continuación algunos de ellos, con el testimonio de diversos autores.
 
AUMENTA LA ALEGRÍA Y MITIGA LAS PENAS
Cuando alguien se encuentra contento por algún suceso favorable que ha ocurrido en su vida o por cualquier bien que ha recibido, tiende a compartirlo con las personas que quiere y, cuando lo hace, nota cómo aquella alegría se intensifica en su interior. Cuando la alegría se participa a otros, no sólo no se pierde como puede ocurrir con las cosas materiales, sino que se incrementa. Y, paralelamente, con las penas ocurre lo contrario: al compartirlas con los amigos, disminuye su efecto depresivo; se experimenta alivio porque ya no las lleva uno solo. Por eso, Francis Bacon dice: la amistad duplica las alegrías y reduce las penas a la mitad.
Santiago Ramón y Cajal destaca que la jovialidad de los amigos constituye el mejor antídoto contra los desengaños del mundo y las fatigas del trabajo. Invirtiendo el viejo refrán, deberíamos decir: «Quien bien te quiera, te hará reír». Y Felipe Jacinto Salas expresa en términos poéticos el beneficio de compartir las penas con el amigo: Brumosa y triste se siente el alma / mientras la oprimen secretos duelos; / si al fiel amigo los comunica, / se alivia el peso de su tormento.

EVITA LA SOLEDAD

Hay quienes se encuentran habitualmente rodeados de mucha gente y, a pesar de ello, se sienten solos, por su carencia de relaciones de amistad. Esto quiere decir que el problema de la soledad no depende tanto de la distancia física de las personas, sino de la falta de vinculación interior con ellas. Y esto ocurre cuando no existe amistad con las personas con quienes se convive, con el consiguiente sufrimiento que esto trae consigo.
Por eso dice Aristóteles que la privación de amigos, el aislamiento, es la cosa más terrible, porque ni la vida entera ni las relaciones voluntarias son posibles sin los amigos. Y Francis Bacon subraya con fuerza que no hay soledad más triste que la de un hombre sin amigos, sin los cuales el mundo es un desierto: quien sea incapaz de sentir amistad, tiene más de bestia que de hombre. En cambio, la relación de amistad lleva a ser uno con el amigo, lo cual exige estar cerca de él y evitar que experimente la soledad, porque, como afirma santo Tomás, cuando uno tiene amistad con alguien, quiere el bien para quien ama como lo quiere para sí mismo, y de ahí ese sentir al amigo como otro yo.
 
TRANSFORMA LOS SENTIMIENTOS NEGATIVOS
Cuando la amistad es real, la percepción del amigo y de todo lo que a él se refiere se torna sorprendentemente positiva, por el afecto que se le tiene. Cualquier motivo de conflicto se convierte en ocasión de unión; lo que en otros casos produciría el amargo efecto de la envidia, se torna en fuente de alegría, porque el bien del amigo se considera como propio.
Así se lee respecto a San Gregorio Nacianceno y a San Basilio Magno, dos grandes amigos del siglo cuarto, según testimonio del primero: Nos movía un mismo deseo de saber, actitud que suele ocasionar profundas envidias, y, sin embargo, carecíamos de envidia; en cambio, teníamos en gran aprecio la emulación. Contendíamos entre nosotros, no para ver quién era el primero, sino para averiguar quién cedía al otro la primacía; cada uno de nosotros consideraba la gloria del otro como propia.
Esto es lo maravilloso de la auténtica amistad: cada uno experimenta un gozo sincero ante los triunfos del amigo y ante todo lo que constituya su bien, lo cual no suele ocurrir cuando la amistad no es verdadera. Por eso Oscar Wilde afirma con agudeza que cualquiera puede simpatizar con los sufrimientos de un amigo, pero se requiere ser muy fino para simpatizar con su éxito.
 
PROTEGE Y ES APOYO EN LAS DIFICULTADES
Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro, asegura el autor sagrado, porque si el amigo es realmente fiel, su apoyo es siempre incondicional; sabe estar con el amigo en todas las circunstancias, en las buenas y en las malas. Lo difícil no es estar con los amigos cuando tienen razón, sino cuando están equivocados, considera André Malraux. Y Marlene Dietrich ilustra con acierto la incondicionalidad de la verdadera amistad: Son los amigos a los que puedes despertar a las cuatro de la madrugada los que cuentan.
El amigo auténtico da prioridad al amigo sobre su propia persona, está dispuesto a dejar a un lado sus gustos e intereses si así lo requieren las necesidades del amigo. Esto se manifiesta especialmente en las situaciones difíciles que le exigen renunciar a sí mismo, correr riesgos, o cuanto haga falta, para apoyar al otro.
También es en esas circunstancias adversas cuando se descubre una falsa amistad, como expresa gráficamente la siguiente fábula de Esopo:
Dos amigos iban por el mismo camino. De repente, apareció un oso. Uno de ellos se subió precipitadamente a un árbol y allí se escondió. El otro, a punto de ser atrapado, se dejó caer en el suelo y se hizo el muerto. El oso le arrimó el hocico y le olfateaba, mientras él contenía la respiración, porque dicen que el oso no toca un cadáver. Cuando se marchó, el del árbol le preguntó qué le había dicho el oso al oído; éste respondió: «No viajar en adelante en compañía de amigos semejantes, que no permanecen al lado de uno en los peligros».
 
ES DESINTERESADA Y ACOMPAÑA HASTA LA MUERTE
El desinterés en la amistad se refiere al de uno mismo, a poner en segundo plano los propios intereses para que prevalezcan los del amigo; y es a su vez condición para que el interés por el amigo sea total y no tenga límites, aun cuando se trate de arriesgar la propia vida.
El siguiente diálogo, entre un soldado y su capitán, ocurrido en el contexto de una guerra, lo refleja de manera elocuente:
—Mi amigo no ha regresado del campo de batalla, señor, solicito permiso para salir a buscarlo. El capitán: —Permiso denegado; no quiero que arriesgue usted su vida por un hombre que probablemente ha muerto. El soldado, haciendo caso omiso de la prohibición, salió, y una hora más tarde regresó mortalmente herido, transportando el cadáver de su amigo. El capitán estaba furioso: —¡Ya le dije yo que había muerto! ¡Ahora he perdido a dos hombres! Dígame, ¿valía la pena salir para traer un cadáver? El soldado, moribundo, respondió: —¡Claro que sí, señor! Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: Jaime, estaba seguro de que vendrías.
Otro suceso resalta el valor de la amistad hasta la muerte, que además produjo una auténtica transformación en quien pretendía acabar con una vida humana. Se cuenta que, cuando el filósofo pitagórico Fincias, condenado a muerte por el déspota Dionisio, le pidió un día de permiso para ir a su casa, fuera de la ciudad, a ordenar sus asuntos. Dionisio consintió con tal que dejase como rehén a su amigo Damón. Y, cuando vio presentarse a éste confiadamente y a Fincias regresar a tiempo, en vez de hacerle matar, pidió humildemente ser admitido en la amistad de ambos, que tanto le había conmovido.
 
FAVORECE E INCREMENTA LA FELICIDAD
¿En qué medida los amigos pueden intervenir en la consecución del deseo radical de felicidad que todo ser humano experimenta? Aristóteles se pregunta si la amistad es o no necesaria para la felicidad, después de afirmar que la felicidad consiste en la virtud y, más concretamente, en la virtud contemplativa (que confiere al sabio una suerte de autosuficiencia que parecería no hacerle falta ninguna otra cosa para ser feliz). En su respuesta prescinde del análisis especulativo y se fija en la experiencia existencial, a partir de la cual concluye que está claro que es mejor pasar las jornadas junto con amigos y personas virtuosas, que con extraños y con los primeros que toca en suerte. El hombre feliz tiene, por tanto, necesidad de amigos.
Y en la literatura científica contemporánea existen muchos descubrimientos que confirman la estrecha influencia de la amistad en la felicidad. Como advierte Demir: décadas de investigación empírica han demostrado que tener amigos y experiencias de cercana amistad […] son vaticinadores esenciales de felicidad […], por lo que el papel de las amistades en la felicidad ha sido llamado «la verdad profunda», por encima de otros factores, como la salud física, el éxito profesional o el bienestar, que también pueden favorecer que las personas sean más felices, pero cuya influencia es menor que la amistad.
Desde otro punto de vista, si la felicidad deriva de la plenitud que la persona alcanza cuando pone en juego todas sus capacidades y desarrolla sus fortalezas, se debe tener presente que no se puede prescindir de la amistad para alcanzar esa plenitud, al ser factor necesario para el perfeccionamiento humano. Una persona no puede desarrollarse sola, para crecer y mejorar necesita de los amigos. Por tanto, cabe decir que la amistad no es algo añadido a la felicidad, sino que forma parte de ésta como elemento integrante, pues sin la amistad la perfección humana quedaría incompleta y, sin ella, la felicidad no sería posible.
 
CONDUCE A LA UNIÓN CON DIOS
Un síntoma inequívoco de auténtica amistad es que el amigo desea la mejora y la superación continua del amigo, y pone los medios a su alcance para ayudarle a conseguirla. Cada uno ofrece al otro lo mejor de sí mismo, todo con el único interés de favorecerlo. Para quien es persona de fe, no hay duda respecto al bien supremo que puede ofrecer a su amigo, esto es, conducirlo hacia Dios, como lo señala con precisión Fernando Ocáriz: Ya que el amor lleva a desear y procurar el bien a quien se ama, el orden de la caridad lleva a procurar principalmente la unión de los demás con Dios, pues en eso está el máximo bien, el definitivo.
¿Y cómo se concreta esta acción? El papa Francisco da la respuesta cuando explica que, partiendo de una actitud respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes de sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle […] el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad.
Aunque el valor de la amistad se impone de manera evidente y por tanto no requiere ser demostrado, los motivos aquí señalados confirman que la amistad es un verdadero tesoro que vale la pena cultivar, y explican por qué el acuerdo sobre el valor de la amistad es unánime.

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