La familia provee de sentido a la vida

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A pesar de sus múltiples transformaciones, la familia permanece incluso en sociedades complejas y diferenciadas como la nuestra pues, aunque las tendencias destructivas se propaguen al margen de ella o en su seno, la familia es el mejor lugar para desarrollar nuestras potencias humanas.


¿Por qué no todos los seres humanos tenemos la misma concepción universal del bien? o ¿por qué existen personas cuya escala de preferencias y motivaciones se rige por tendencias negativas, destructivas o «malas»?
Investigaciones en los campos de las neurociencias, la biología y la etología han mostrado avances impresionantes en materia del comportamiento, tanto psicológico como moral. Por ejemplo, el psicobiólogo Marc Hauser afirma la existencia de una «mente moral»1, cuyo funcionamiento es similar a la capacidad del lenguaje y permite que los seres humanos, desde temprana edad, construyan una diversa gama de concepciones morales.
Ahora bien, si la postura de Hauser es correcta, ¿por qué nuestras acciones morales no son las mismas? Esto indica que, aunque parezca un lugar común, la moral tiene una fuerte dosis de aprendizaje social y el primer espacio donde se desenvuelve es en la familia.
 
TRANSFORMACIONES DE LA FAMILIA
Existen diversas teorías sobre el origen de la familia. La antropología estructuralista considera el matrimonio como resultado de una alianza entre familias. Claude Lévi-Strauss (1829-1902), principal representante de esta corriente, destacó algunos principios universales de la unión matrimonial: la prohibición del incesto y la división sexual del trabajo que dio lugar a la formación de la estructura familiar.2
Anthony Giddens, representante de la teoría materialista, dice que se puede hablar de familia nuclear, que «consiste en dos adultos que viven juntos en un hogar con hijos propios o adoptados», y de familia extensa, en la cual, «además de la pareja casada y sus hijos, conviven otros parientes, bien en el mismo hogar, bien en contacto íntimo y continuo».3
En nuestra cultura occidental la institución familiar ha sufrido transformaciones y ha transitado por diversas etapas, de las cuáles se pueden identificar tres:4
 
1. Familia premoderna. También conocida como familia extensa, que incluye a los abuelos, tíos, primos y otros parientes, sean consanguíneos o afines. Se caracteriza por un amplio número de individuos.
2. Familia moderna. Llamada también familia nuclear, donde el número de individuos se reduce al núcleo familiar y se reorganizan en torno a él las relaciones intrafamiliares y funciones sociales. Rompe con esquemas y redefine los objetivos en un contexto social y cultural diferenciado, complejo, racionalizado e individualizado.
3. Familia posmoderna. En principio podemos señalarla como una familia desestructurada. No en el sentido de disfuncional sino en el de su descomposición y recomposición alejadas de los modelos tradicionales, como todo aquello que lleva el calificativo «posmoderno».
a. Es «incierta» pues comparte el rasgo de la incertidumbre contemporánea.5 Para describir más este proceso, recupero tres rasgos de las sociedades secularizadas, evidentes en la institución familiar posmoderna:6
 
a) Diferenciación. La familia sufre un cambio en su estructura, se diferencia de las formas tradicionales, no se concreta a un modelo único y no reconoce arquetipos.
b) Racionalización. Es una entidad planificada bajo los parámetros actuales de costo-beneficio, utilidad y bienestar individual.
c) Mundanización. Se manifiesta en el proceso gradual de su desacralización, que ha provocado la ruptura de los vínculos nucleares y consanguíneos; y la pluralización de modos de entrada, permanencia y salida de la vida familiar desconocidos hasta el presente. Este fenómeno se da en los modelos ideales de constitución de la vida familiar, de forma que comportamientos antes considerados disfuncionales, hoy son comunes y tolerados.7
 
La familia, en términos seculares o mundanos, se considera una institución social y, por tanto, cambiante y perecedera. De acuerdo con ello, y por las transformaciones de la cultura actual, podríamos pensar que se encuentra al borde de la extinción. Sin embargo, debido a las funciones que desde sus orígenes y hasta nuestros días realiza, difícilmente podrá desaparecer del sistema social.
La «centralidad» de la familia se manifiesta en su función socializadora, misma que ejecuta mediante el apoyo emocional y la formación de la personalidad, de los niveles de responsabilidad, autonomía psicológica y moral y la incorporación del individuo a la vida social.
 

NOS HACE SERES SOCIALES Y MORALES
Si bien los seres humanos tenemos una «moralidad innata», ésta se forma en la familia, ámbito en el que se comienza a ser social y cultural. Ahí se forma nuestra «conciencia moral», entendida como el conjunto de prohibiciones o prescripciones que nos acompañarán a lo largo de nuestra vida.
Desde niños interiorizamos los mandatos de la autoridad, la necesidad de seguridad y protección derivadas de las figuras paterna y materna; los rasgos y conductas parentales amorosas; etcétera, de tal manera que quien es amado y protegido aprenderá a amarse y a protegerse.
Por lo que se refiere a la socialización, la familia es el primer espacio en donde se deposita y transmite la herencia social y cultural. El antropólogo Edward Burnett Tylor (1833-1917) afirmaba que la cultura se refiere a todos los conocimientos, creencias, capacidades, hábitos y técnicas adquiridos o heredados socialmente y que determinan el tejido de nuestra vida. La cultura es el elemento aprendido y la familia es la primera institución que la comunica al interior (familia conyugal o nuclear) y al exterior (familia extensa, consanguínea).
Desde el punto de vista de la formación de la personalidad, la cultura es el conjunto de normas, pautas y patrones de conducta que sobrepasan al individuo. En la institución familiar se adquieren y transmiten pautas implícitas y explícitas de y para la conducta, mediante símbolos exclusivos del grupo cultural al que ella pertenece. Así, la dimensión normativa de la familia es el espacio de reproducción de la cultura en pequeña escala.
 
¿CUÁL ES SU FUNCIÓN?
La institución familiar a lo largo de la historia ha demostrado satisfacer necesidades básicas, tanto individuales como sociales, y se caracteriza por su capacidad para ajustarse a las condiciones más cambiantes. No sólo es especialista en el cumplimiento de algunas funciones esenciales, también ha sido capaz de sobrevivir, sobreponerse y adaptarse.
Émile Durkheim, sociólogo francés, desarrolló el concepto de anomia para identificar el momento en que los vínculos sociales se debilitan y la sociedad pierde su fuerza para integrar y regular adecuadamente a los individuos, generando fenómenos como el suicidio.8
La sociedad cumple dos funciones: integrar y regular; cuando la segunda no se ejerce de manera adecuada, los individuos se encuentran en una situación de anomia, es decir, carecen de un cuerpo de normas que gobiernen las relaciones entre las diversas funciones sociales que cada vez se tornan más variadas. Esto se manifiesta en la decadencia de los controles a los que los individuos estaban sometidos y con ello de los límites a los que debían acotar la acción individual. De esta forma las personas dejan de tener clara la diferencia entre justo e injusto, legítimo e ilegítimo.9
Para Durkheim las razones de la anomia son el debilitamiento del vínculo marital y el deterioro de las relaciones intrafamiliares ocasionado por la transformación de las instituciones sociales tradicionales. Dicho cambio acarrea que, los deberes que mantenían sujetos a los miembros de una familia, sean menos respetados y se desenfrenen o desajusten las pasiones que esta institución de la moral contiene y reglamenta. Esto provoca un desencanto que posiblemente incremente la tasa de suicidios por insatisfacción y vacío.10
Desde esta perspectiva, la salud de la sociedad se cimenta en la familia ya que es la encargada de organizar la vida colectiva en la que participan los individuos quienes, para evitar perder el sentido de sus acciones, necesitan que las diversas esferas de su vida (doméstica, profesional, cívica, entre otras) estén reguladas.
Las normas son necesarias ya que, de lo contrario, un deseo libre de todo freno y regla sólo causará constantes tormentos. Para experimentar un placer al actuar es necesario creer que las acciones sirven para algo, es decir, que conforme se realizan nos acercan al fin planteado. Si no existe esta idea de perspectiva, no importa el esfuerzo, no se sentirá que el fin está más cerca, generando tristeza y desaliento.
La educación ocupa un papel central como la encargada de formar al individuo en la contención de sus pasiones. Esta capacidad se aprende desde pequeño, principalmente a partir de las enseñanzas de los padres, mentores del seno familiar, los cuales deberán de inculcar la importancia de moderar los deseos, limitar los apetitos y definir objetivos, de forma que se pueda lograr la felicidad al llegar a la adultez, gracias a la existencia e imposición de límites.11
Podemos identificar a la familia y el vínculo marital como un orden social que nos permite experimentar nuestra vida como provista de sentido. La familia es un instrumento nómico a partir del cual el individuo configura su identidad –lo que en términos psicológicos se refiere a la personalidad–, y la sociedad encuentra o construye sus referentes e instituciones.12
 
EN LA FAMILIA NACE EL CIUDADANO
La institución de la familia no desaparecerá porque es una red imprescindible de apoyo, garantía, gestión y promoción de necesidades humanas básicas. Sin ella, la sociedad carecería de soporte. A pesar de las múltiples transformaciones de la realidad social, histórica y cultural, son imprescindibles las funciones básicas que realiza la familia para que los seres humanos no solamente sobrevivan, sino que tengan una «vida buena», plenamente humana.
A pesar de todas sus limitaciones, y posibles defectos, es un lugar de humanización. No existe otra institución alternativa que pueda lograrlo. La familia supone el salto cualitativo de la animalidad a la organización humana, marca la superación de la horda e indica el comienzo de lo humano, es el «segundo útero» donde se culmina la gestación de la identidad de la persona y es también donde sucede la «socialización». En ella se forma la personalidad socio-cultural, mediante la primera socialización, el reparto de roles, la configuración del sistema normativo y la incorporación a un universo axiológico. Ésta es su función central: «sólo en la familia puede lograrse la socialización del hombre».13
La familia tiene un papel decisivo en la construcción de la personalidad pues proporciona al individuo una consistencia básica (seguridad, afecto) y una estructura comunicativa primordial. Por ello dirá Juan Pablo II: «cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida».14
Finalmente, en la familia nace, en cierta medida, el ciudadano porque inserta al individuo en la política, la cultura, el Estado y la Iglesia. Posibilita encuentros entre personas y hace seres para el encuentro. Por ser un ámbito humano primigenio, «la familia es la única comunidad a salvo en la sociedad individualizada y atomizada de nuestro tiempo».15 Es un lugar de trasiego, descanso y recuperación entre lo público y lo privado.
 
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Versión reducida y adaptada del original publicado en Efemérides Mexicana («La familia como fuente de moralización, socialización y humanización: una perspectiva interdisciplinar», vol. 32, N° 95, mayo-agosto 2014).
 
 
 
1 M. Hauser: La mente moral: cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal, Barcelona 2008, cap. IV, pp. 201-288.
2 M. Burin–I. Meler: Género y familia. Poder, amor y sexualidad en la construcción de la subjetividad, Buenos Aires, 2006.
3 A. Giddens: Sociología, Madrid 1998, p. 190
4 T. Parsons: «La estructura social de la familia» en E. Fromm– M. Horkheimer–T. Parsons y otros, La familia, Barcelona 1986, pp. 31-65
5 U. Beck: La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Barcelona 1994.
6 Para un abordaje más amplio de estos rasgos de la sociedad secular cf. R. Rivas, «‘Secularización’ y ‘Post-secularización’: ambigüedades, paradojas y desafíos para el cristianismo», Mayéutica 39 (2013) pp. 275-296, especialmente pp. 281-284.
7 G. Meil: La postmodernización de la familia española, Madrid 1999, p. 181
8 El término anomía (o anomia de ’avoµía) se refiere al conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación: cf. É. Durkheim: El Suicidio, Buenos Aires 1998, 10-15; É. Durkheim: La División del Trabajo Social, México 1998, pp. 79-95
9 É. Durkheim: El Suicidio, pp. 237-252
10 É. Durkheim: La Educación Moral, Madrid 2002, p. 99
11 Ibíd. pp. 97-99
12 Cfr. P. Berger: «El matrimonio y la construcción de la realidad», Estudios Públicos 41 (1993) 117-138.
13 R. König: La familia en nuestro tiempo, Madrid 1981, p. 52
14 Juan Pablo II: Carta a las familias, n. 2, 1994 www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/letters/1994/documents/hf_jp-ii_let_02021994_families_sp.html, 07.05.2014.
15 V. Camps: El siglo de las mujeres, Madrid 1998, p. 55
 
 

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