Un sesgo inesperado en el pensamiento económico

0
2427

La autora selecciona y construye una biografía coral de los economistas más significativos de los últimos dos siglos. Pensadores, cuyas aportaciones, buscaron mejorar las condiciones materiales de la humanidad.


La gran búsqueda.
La historia de los genios económicos cambiaron el mundo.
Sylvia Nasar
México. Random House Mondadori, 2014
607 pp
 
Sylvia Nasar (1947, Bavaria, Alemania) radica en Estados Unidos donde ocupa la cátedra Knight en la Escuela de Graduados de Periodismo de la Universidad de Columbia. Ha publicado artículos en The New York Times, Los Ángeles Times, Newsweek, London Telegraph y otros. Su primer libro, Una mente brillante (1998), relata la vida de John Forbes Nash (1928), premio Nobel de Economía en 1994, pese a que sufrió, por más de 30 años trastornos, de esquizofrenia paranoide (alucinaciones). Al libro siguió la película del mismo nombre (2001).
Nasar publicó La gran búsqueda en 2011, pero la traducción al español circula en México apenas a partir de este año. El libro abarca las hambrunas, pánicos financieros, hiperinflaciones, guerras, reconstrucciones, auge económico y recesiones a lo largo de 160 años, entre 1840 y los albores del siglo XXI.
En ese extenso periodo examina la evolución del pensamiento económico y lo acompaña de citas biográficas de los economistas más destacados a su parecer; incluyendo la vida, posición económica, educación, familia, amistades y hasta intimidades. Estos relatos se nutren con la cita de otros notables de la política, literatura, ciencias y artes. Con lo que logra interesar en los grandes temas de la economía a una mayoría de lectores no economistas.
Selecciona Nasar a quienes, en su opinión, «estuvieron convencidos de que la intervención humana puede modificar las circunstancias económicas; estos pensadores se propusieron crear herramientas de análisis que permitieran entender el funcionamiento del mundo moderno y la posibilidad de mejorar las condiciones materiales de la humanidad, de las que dependen su capacidad moral, emocional, intelectual y creativa».
Reconoce como antecedentes del pensamiento económico las teorías expuestas por Adam Smith (1723-1790) en La riqueza de las naciones y por David Ricardo (1772-1823) en Principios de Economía Política e impuestos. La obra inicia en Londres, hacia la década de 1840, conocida allá como «la década del hambre». En el siglo XVIII los fundadores de la economía daban por supuesto que la naturaleza condenaba a nueve de cada diez humanos a llevar una vida llena de pobreza y penurias. En ese contexto cobró amplia aceptación el Ensayo sobre el principio de la población de Thomas R. Malthus (1766-1834), quien argumentó que la población humana tiende siempre a crecer más de prisa que los alimentos y cualquier intento de eludir la ley de la población está condenado al fracaso.
Ubica en la misma época a Charles Dickens (1812-1870), quien sostenía que, tanto por prudencia como por justicia, el gobierno debía proporcionar ayudas a los desempleados en condiciones de trabajar y a sus familias. En los diálogos del famoso Cuento de Navidad, Dickens critica la teoría de Malthus.
Otros ejemplos en el relato son Friedrich Engels (1820-1893) y Karl Marx (1818-1883). Engels, hijo de un poderoso industrial de las hilaturas de algodón con plantas en Alemania e Inglaterra, residía en Londres y llevaba una doble vida: empresario y defensor del proletariado. Conoció a Marx en París en 1844, año en que el continente europeo era como un volcán a punto de entrar en erupción y Engels publicó La situación de la clase obrera en Inglaterra. Por su parte Marx, a quien el primero apoyó económicamente por más de 20 años, sostuvo en su obra El Capital que cuanta más riqueza había, más extensas y violentas eran las crisis financieras y comerciales que estallaban periódicamente.
De especial interés para el pensamiento empresarial es la figura de Alfred Marshall (1842-1924), autor de Principios de Economía, quien ante la visión de tanta penuria entre tanta riqueza adoptó la pobreza como tema de estudio tras el pánico financiero de 1866. Frente al reclamo general de subir los salarios, Marshall apuntó una causa diferente: la baja productividad. En la medida en que la tecnología, la educación y las mejoras organizativas incrementaran la productividad, los ingresos de los trabajadores también subirían.
Reducir la pobreza requería ampliar la producción y aumentar la eficiencia, es decir, exigía crecimiento económico. Por ello la función económica de la empresa en un mercado competitivo no era sólo generar beneficios para los propietarios, sino generar un buen nivel de vida para consumidores y trabajadores. Con aguda visión de la dignidad humana Marshall, sostenía que ningún pensamiento o acción contribuyen tanto a formar a la persona, como aquellos que tienen que ver con su ocupación diaria.
La autora menciona a otros economistas con vocación social: John Stuart Mill (1806-1873) autor de Principios de economía política, quien defendía a los sindicatos, el sufragio universal y el derecho de las mujeres a la propiedad. Beatrice Webb (1858-1943), hija de un empresario adinerado y pionera en la investigación social de campo, quien llegó a disfrazarse de costurera para documentar sus investigaciones sobre abusos laborales. Beatrice, coautora de La historia del sindicalismo, impulsó las ideas del estado benefactor.
Por último, dedica un capítulo entero, poco justificado en nuestra opinión, a Joan Robinson (1903-1983) quien fuera alumna y colaboradora de Keynes. Robinson transitó de las preocupaciones sociales a un radicalismo pro soviético; vivió convencida de la vigencia de las teorías marxistas hasta su muerte, pocos años antes de que colapsara el régimen.
 
HITOS EN LA HISTORIA ECONÓMICA
En los capítulos centrales Nasar se extiende (literalmente), en los grandes eventos que marcaron la historia económica del siglo XX: la crisis bancaria global de 1907 desatada en Estados Unidos; la primera guerra mundial y sus efectos devastadores en las economías de Europa; la gran depresión a partir de 1929 y durante la década de 1930; el abandono del patrón oro y la implantación del patrón dólar en 1944; la IIGM entre 1939 y 1945 y el proceso de recuperación y fortalecimiento de las economías hasta principios del siglo XXI. Aparecen en el texto, en cierto desorden, destacados economistas que traemos aquí en orden cronológico.
Irving Fisher (1867-1947), autor de Aplicaciones matemáticas en la teoría del valor y los precios, desarrolló las fórmulas para determinar el valor presente de las inversiones y fue pionero de la econometría. Fisher argumentó en qué medida afecta la moneda a la economía real y cómo puede el Estado reforzar la estabilidad económica mediante el control de la oferta monetaria. No obstante la vastedad de sus conocimientos, en octubre de 1929 Fisher declaró públicamente que «las valoraciones accionarias llegarían más arriba en unos meses». Una semana después se desató la peor crisis bursátil de la historia y Fisher, además de su prestigio, perdió su patrimonio en acciones de Remington Rand adquiridas años antes tras su invención del archivo Rolodex.
John Maynard Keynes (1883-1946) es el expositor más citado en el libro, el gran economista que se desempeñó como funcionario de la administración británica y del Banco de Inglaterra. En 1919, tras finalizar la primera guerra mundial, formó parte de la delegación británica en la Conferencia de Paz de París, aunque dimitió del puesto porque se opuso al régimen abusivo de indemnizaciones impuestas a Alemania.
El tiempo le dio la razón a Keynes, quien actuó como ministro de economía «de facto» durante la IIGM, al aconsejar a Winston Churchill como negociador en las pláticas de paz y en el proceso de reconstrucción. Fue importante actor en la Conferencia de Bretton Woods y en el surgimiento del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Bertrand Russell (1872-1970) decía que Keynes era la persona más inteligente que había conocido.
En su Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Keynes sostuvo que el sistema capitalista no tiende al pleno empleo ni al equilibrio de los factores productivos. Observó la inestabilidad de la demanda agregada proveniente de los shocks ocurridos en mercados privados, como consecuencia de los altibajos en la confianza de los inversores. La principal conclusión de su análisis fue la necesidad de la intervención pública directa en materia de gasto público que permitiese cubrir el déficit en la demanda agregada. Cabe señalar que sus conocimientos no lo libraron de perder importantes recursos especulando con divisas o materias primas.
Joseph Schumpeter (1883-1950), ministro de finanzas en Austria en 1919-1920, emigró a Estados Unidos y fue profesor en Harvard entre 1932 y 1950. Investigó el ciclo económico y destacó por sus teorías sobre la importancia vital del empresario innovador, popularizando el concepto de la «destrucción creativa». En sus últimos años su pensamiento se tornó pesimista al sostener que sobrevendrá una desintegración del capitalismo.
Friedrich Hayek (1899-1992), filósofo y economista de la Escuela Austriaca, estudió el ciclo económico, fue defensor del liberalismo y crítico de las economías planificadas. Enseñó en la London School of Economics y después en la Universidad de Chicago. En 1974 recibió el Premio Nobel. Fue el crítico más agudo de las teorías de Keynes.
Milton Friedman (1912-2006), economista e intelectual estadounidense, profesor de la Universidad de Chicago y defensor de la doctrina sobre el libre mercado, contribuyó a la macroeconomía, microeconomía y estadística. Recibió el Premio Nobel de Economía (1976) por sus logros en los campos de análisis de consumo, historia y teoría monetaria, y por su demostración de la complejidad de la política de estabilización. Entre sus obras destacan: Capitalismo y libertad, y La economía monetarista.
Paul A. Samuelson (1915-2009), economista estadounidense, obtuvo también el Premio Nobel de Economía en 1970 por sus contribuciones a la teoría económica estática y dinámica. Fue consejero cercano de John F. Kennedy en la adopción de medidas para reactivar la economía, como los recortes fiscales y la reducción de impuestos.
 
AMARTYA SEN Y LA DIMENSIÓN ÉTICA
Antes de terminar este libro cabe reflexionar sobre La gran búsqueda. La propia autora califica a la economía como «lúgubre o sombría», ocupada de planteamientos teóricos radicalmente opuestos, que evoluciona entre avances y retrocesos. No obstante, a partir de la IIGM la historia se caracteriza porque una parte cada vez mayor de la población ha logrado salir de la miseria. Nadie podría imaginar hace 150 años que la población mundial llegaría a ser seis veces más numerosa y diez veces más rica. O que la proporción de habitantes del planeta que viven en la miseria se reduciría en cinco sextos.
La autora concluye su ensayo con Amartya Sen (1933), filósofo y economista bengalí, galardonado con el premio Nobel de Economía en 1998. Conocido por sus trabajos sobre las hambrunas, la teoría del desarrollo humano, la economía del bienestar y los mecanismos subyacentes de la pobreza. Sus escritos cuestionan el utilitarismo dominante y proponen integrar «bienes» como la libertad y la justicia en el cálculo del desarrollo.
La obra más reconocida de Sen es Pobreza y hambruna: un ensayo sobre el derecho y la privación, en la que sostiene que el hambre no es consecuencia de la falta de alimentos, sino de desigualdades en los mecanismos de distribución de alimentos. Se enfrenta a la noción tradicional de bienestar social e indicadores de progreso, al plantear «la dimensión ética en el debate sobre los problemas económicos vitales».
Con advertencia sobre la extensión en anécdotas y cierto desorden en la crónica de los economistas, La gran búsqueda es una obra que recomiendo para el lector paciente y espero que las citas breves de esta reseña sirvan como guía a quienes deseen profundizar en autores o temas.
 
 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí