La ignorancia Fuente del mal

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Los seres humanos somos capaces de reconocer lo bueno y, además, podemos trabajar para conseguirlo. Sin embargo, ¿por qué no siempre es así? La falla pudiera estar en el modo en que pensamos, en aferrarnos a un concepto de bien que sólo satisface nuestras necesidades inmediatas, y no en lo que de hecho es correcto.


Conócete a ti mismo.
Sócrates
 
Nuestras acciones hablan sobre nosotros tanto como nosotros sobre ellas.
George Eliot
 
 
¿En cuántos programas de televisión se tocan temas relacionados con crímenes? CSI en sus tres versiones, NCIS, Criminal Minds, Bones, The Mentalist, Dexter, todo el canal de Investigation Discovery y en muchos más. Vemos dichos programas y nos horrorizamos con los asesinatos que allí se recrean. Naturalmente nos preguntamos: «¿Por qué  hay gente tan mala; cómo es posible que existan personas así?». Sencillamente no encontramos una respuesta satisfactoria. Miramos la televisión como si buscáramos alguna pista para dar con la solución. ¿Por qué lo hacemos? El morbo, sin duda, es una de las razones, pero también porque en cada uno de ellos se muestra una faceta del ser humano: la del mal.
Hacia finales del siglo V a.C. Sócrates afirmó que el mal es resultado de la ignorancia. Tal premisa ha sido estudiada y debatida a lo largo de la historia. Algunos la caricaturizan como si el filósofo griego hubiera sido ingenuo al pronunciarla. Otros le dan cierto crédito, pero se mantienen al margen y no la consideran demasiado seria. Platón, su discípulo, escribió que nadie se equivoca voluntariamente. Más tarde, Aristóteles sentenció que toda acción humana busca el bien. Y entonces, ¿qué significa realmente que el mal sea ignorancia?
 
EN BUSCA DEL BIEN
Hablar del mal es hablar del bien y viceversa. Jamás comprenderemos el uno sin el otro. ¿Qué es el bien? Hablamos de él cuando algún objeto cumple con su función. Un cuchillo es bueno cuando sirve para lo que fue hecho: cortar. Si no me es útil para eso, entonces lo considero un mal cuchillo. Así, cualquier cosa es buena en tanto cumpla con su función.
En los objetos naturales sucede lo mismo. Por ejemplo, un naranjo tiene una doble función: dar naranjas y cumplir con la fotosíntesis. La primera nos brindará un fruto; la segunda, nos proveerá de oxígeno. Hablamos de un buen naranjo cuando desempeña ambas funciones. Uno malo será el que dé naranjas sin jugo o no dé fruto y no logre realizar la fotosíntesis.
Ahora bien, ¿cómo operan la bondad y maldad en los seres humanos? En principio hay que seguir la lógica anterior. El ser humano es bueno cuando realiza acciones de acuerdo con su naturaleza. Y, ¿cuál es ésta? La definición clásica y universal es la de Aristóteles: animal racional; es decir, que se distingue por su racionalidad, pero también posee voluntad. Ambas cuestiones configuran la estructura básica de toda persona. Por eso las acciones humanas son tan complejas de analizar y comprender. Cuando un árbol realiza la fotosíntesis no puede escoger: lo hace porque para eso está diseñado. Lo mismo ocurre cuando el perro ladra, el elefante barrita o la abeja produce miel. Lo hacen porque no tienen otra opción, su configuración interna les dicta que así debe ser. En el hombre, la libertad elimina esa acción que en automático nos obligaría a consumar nuestra naturaleza.
El ser humano cumple con su función cuando es racional (busca la verdad y hace el bien). Es decir, cuando su acción intenta perfeccionar aquello que le es propio: la inteligencia y la voluntad. El filósofo Carlos Llano en Las formas actuales de la libertad señala: «El hombre no es un animal racional, sino que debe llegar a serlo» (p. 78). Lo logramos al pensar y querer bien, al hacernos auténticamente humanos.
Actúo racionalmente –por lo tanto, bien– cuando hago lo que tengo que hacer sin importar si me apetece o no; así también perfecciono mi inteligencia y mi voluntad, pues cumplo con mi deber a pesar de que las emociones me indicaban algo más placentero. En cambio, cuando me quedo dormido sabiendo que tengo que levantarme para llegar al trabajo o a la escuela, deformo mi naturaleza y realizo una acción mala. De esta manera, una forma de saber cómo fueron nuestros actos es preguntarnos si nos fortalecieron o debilitaron.
 
ACTUAR SIN REFLEXIONAR
Si resulta tan clara la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal, ¿por qué no siempre hacemos el bien? En realidad porque pensamos que siempre actuamos correctamente. «Toda acción humana busca el bien», señaló Aristóteles. Y así es. No hay una sola acción humana que pretenda otra cosa. Cuando me quedo dormido en lugar de levantarme busco el bien, el bien placentero y propio. Y aun sabiendo que mi acción me valdrá un buen regaño o hasta el descuento de un día de salario, en ese momento es más apetecible satisfacer mi placer.
Por otro lado, cuando me despierto para llegar a tiempo al trabajo también lo hago en busca de un bien, pues tal vez luche contra el sueño, pero vencerme resulta más ventajoso que no hacerlo.
En pocas palabras: todas nuestras acciones las ejecutamos porque las consideramos, al menos en ese momento, un bien para nosotros. Aquí está lo delicado, si en determinada situación pienso que mentir, robar o asesinar es lo mejor para mí, lo haré aunque sepa que dañaré a otra persona. Nuestras acciones se convierten en un reflejo de lo que queremos y, sobre todo, de lo que pensamos.
Ya lo decía Platón, nadie se equivoca voluntariamente. Si cometemos un error para darle una lección a alguien, entonces no fue equivocación, sino una acción que buscaba, por medio de un contraste, provocar una reflexión. Lo hacemos pensando que era lo correcto. En cambio, cuando en un examen escribimos mal una respuesta, no lo hacemos pensando que está mal, más bien pensamos lo contrario. De esta manera toda acción está avalada por una creencia. Un racista lo es porque piensa que tiene razón al serlo; Hitler hizo lo que hizo convencido de que era lo mejor, y el asesino a sueldo mata porque sólo percibe una relación mercantil entre los seres humanos.
 
EL MAL ESTÁ EN LAS OPINIONES
A lo largo de la vida armamos un sistema de creencias que nos permite interactuar con los demás de determinada manera. Incluso nos ayuda a resolver conflictos y situaciones inesperadas. Con el tiempo, convertimos estas creencias en verdades absolutas. Sin cuestionarlas las hacemos parte de nosotros y andamos por la calle afirmando que «el que no transa no avanza», que «ser bueno y noble es ser estúpido», que «piensa mal y acertarás», que «tatuarse es de carceleros» o que «robar es ser astuto». Así crecemos y ocupamos coordinaciones, gerencias y direcciones.
Opinar no es malo si se entiende que sólo es una opinión. Es terrible cuando se cree que lo que pensamos y decimos es una verdad contundente e inapelable. Sin embargo, entrenarnos en no hacer de nuestra opinión una verdad lleva tiempo y esfuerzo.
La opinión puede ser el primer paso hacia la adquisición de una verdad, pero tenemos que ser conscientes de que también puede ser sólo un producto de nuestra emoción. ¿Cómo estar seguros de que una opinión cumple con su función? Será buena si me permite llegar a un conocimiento más elevado de la realidad. En cambio, será mala si sólo fastidia y no tiene otro interés que ése.
¿Qué sucede cuando opiniones o creencias como las descritas al inicio de este apartado habitan en un individuo? Que éste actuará con base en ellas y será transa, aprovechado, prejuicioso, desconfiado… Sencillamente producto de su formación o deformación intelectual. Someter nuestras creencias a examen debería ser una obligación de convivencia. No hacerlo podría conducirnos por caminos oscuros y hacia parajes que tal vez ni siquiera nosotros queríamos ir.
 
ENTRENAMIENTO PARA LA MENTE
Aprender a pensar es crucial, tenemos que hacernos racionales, de allí que educar nuestra mente sea imperativo. El cruce de ideas entre lo que es bueno para mí y lo que es bueno para el otro, lo encontramos a diario. Basta un poco de rigor lógico para percatarnos de que una acción no puede ser simultáneamente buena y mala. Es un principio lógico que conocemos como el de no contradicción. Así, quien roba realiza una acción mala independientemente de que piense que ello le trae buenas consecuencias. El problema es que esa persona seguirá repitiéndose a sí misma que lo que hace está bien, hasta darse cuenta de su error y querer enmendar el hábito.
Como acabamos de notar, la lógica es crucial en este ejercicio. Es ella la que nos ayuda a pensar correctamente, a estructurar bien nuestros pensamientos, a deducir sin fallas. Nada de esto es dado por naturaleza. No sabemos pensar bien sólo por haber nacido racionales; tenemos que aprenderlo. Tenemos que hacernos racionales. En lo que decidimos perfeccionar nuestra racionalidad cometemos falacia tras falacia, errores del pensamiento que nos conducen hacia el mal. El corrupto no quiere entender que la honestidad es mejor, por lo que ignora los beneficios de ésta sobre la primera. Mientras lo ignore, será corrupto.
 
SÓLO SÉ QUE YA NO SÉ
Todos en algún momento escuchamos a un profesor mentar la siguiente frase de Sócrates: «Sólo sé que no sé nada». Un enunciado que nos invita al conocimiento, al descubrimiento de la realidad. Es el reconocimiento de la ignorancia para superarla. Porque no puedo superar el horizonte si no lo veo o si pienso que ya estoy en él. Existen tres tipos de ignorancia:
 
1.         Desconocer. Todos nos encontramos en este estado cuando no sabemos lo que no sabemos. Por ejemplo, al enterarnos de algo que ni siquiera sabíamos que desconocíamos.
2.         Reconocer. Es el tipo de ignorancia a la que apelaba el filósofo griego. Cuando reconozco que no sé puedo nutrir más mi conocimiento. Por ejemplo, sólo al afirmar que no sé de armonía puedo investigar qué es y obtener un conocimiento.
3.         Creer. Parte de una creencia falsa. Es la ignorancia del que cree que sabe lo que no sabe. Los que se consideran a sí mismos expertos en algo suelen ser personas intolerantes ante los matices de sus ideas. ¿Qué tenemos que agregar los demás si ellos lo saben todo?
 
El tercer tipo de ignorancia nos conduce al error constante, porque si considero que mi pensamiento es correcto y así lo creo, no tendré razones para dudar de él y actuaré en consecuencia. Corromperé, desconfiaré, juzgaré, robaré, asesinaré y ejecutaré todas las acciones que consideramos malas. Así, el mal moral es consecuencia de un mal pensamiento. A esto es a lo que se refería Sócrates con que el mal es ignorancia. No es ignorancia de la primera ni de la segunda, sino de la tercera, que es la que me ciega ante la verdad. Cuando no pienso con verdad no actúo con bien. Los crímenes son el resultado de una deficiencia lógica. Aún más: son la manifestación del poco criticismo que tenemos hacia nosotros mismos.
Lo invito a revisar su sistema de creencias y someterlo a un escrutinio tal que sólo aquéllas ideas o creencias que pasen el rigor lógico sean las que abrace. Las demás déjelas en el tintero del olvido. De lo contrario, cualquiera de nosotros podría ser ese ratero, corrupto o criminal del que tanto nos quejamos.
 

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