Antídotos contra la inhospitalidad, el mal contemporáneo de la empresa

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La empresa moderna se ha vuelto inhóspita y un tanto hostil pues ha olvidado su verdadero eje: la persona. En julio de 1990, el doctor Llano dictó el presente discurso en la ceremonia de graduación del Programa Máster en Dirección de Empresas de la generación 1988-1990, en él destacó que la empresa, y por ende las personas que la forman, tienen una misión: ayudar a los demás, servirlos y darles lo que les corresponde.
 
Mi maestro Eduardo Nicol, profesor huésped de la Universidad Panamericana, recientemente fallecido (6 de mayo de 1990), nos confesó que cuando terminaba de escribir una obra, surgía en él un importuno deseo de volverla a escribir, mejorándola; e incluso llegó a hacerlo con su libro más importante, redactándolo, literalmente, otra vez.
Con motivo de su muerte, pensé que sería triste en ese momento crucial de nuestra existencia, tener el afán de volver a vivir, no la vida que se vivió, sino otra distinta. Pues bien: hoy, cuando los protagonistas de este acto reciben su título de «Máster en Dirección de Empresas», a mí me invade una sensación análoga a la del profesor Nicol, aunque menos dramática. Aparece en mí el importuno deseo de volver a hacer la tarea, pero mejor. Sentimos que se vayan, dejándoles tan poco. En medio de nuestra ineptitud y torpeza hemos querido escribir, en ese profundo libro de sus personas, palabras importantes y decisivas, que quedaran impresas como huellas indelebles; y ustedes no sólo las recibieron con la atenta docilidad de una página en blanco, sino que las incorporaron y absorbieron en su vida personal.
Quisiéramos hacerlo otra vez, de nuevo, pero mejor hecho, con mayor profundidad, con más eficacia. Por fortuna para ustedes, no lo podemos hacer, y nuestros irrefrenables deseos quedarán sin cumplimiento. Pero aún me queda un reducto, una reserva. Aunque decimos que el buen profesor del IPADE es quien transmite los valores, no tanto por su mención en la cátedra, cuanto por el reflejo de su propia vida, me atrevo a infringir las reglas del buen profesor, porque no lo soy, y desarrollar ahora, aprovechando este momento, una última, aunque breve, lección. Quisiera decirles otra vez algo que ya saben pero que quizá, por ser las últimas palabras que escuchen cuando ya están a punto de dejar de ser nuestros alumnos, tengan ahora mayor incidencia.
 
AYUDAR, SERVIR Y DAR
El título que hoy reciben implica una importante carga de responsabilidades. Aunque todas las etapas de la vida son aptas para la entrega generosa, la que marca su inicio con este acto lo es de una manera especial. Si quisiera hacer un resumen de este compromiso; lo diría en tres breves frases: ayudar a los demás, servir a los demás y darles lo que les corresponde.
Parecería que, terminados sus estudios de posgrado, cuentan con un título que es valioso utensilio para la consecución del provecho propio. Pero no es así: no recibirían este documento con manos nobles si no lo convirtieran en una inapreciable oportunidad para ayudar a los otros. Y yo no cumpliría con mi deber si no les advirtiese que tal disposición, ahora que pueden ser instrumentos de ayuda, resultará, paradójicamente, más difícil que antes, cuando no podían proporcionarla.
A partir de ahora aparecerá con más insistencia la misma tentación ya conocida de ustedes: «Si no tengo tiempo para hacer mi trabajo, ¿cómo voy a hacer el de los otros?». El egoísta de su tiempo y dinero nunca piensa tener lo suficiente para prestar ayuda a los demás. Muchas personas que culpan a los ricos por no repartir su dinero no reparan en que, en el fondo, ellos mismos también forman parte del grupo que podríamos llamar «capitalistas de su tiempo». Si fueran millonarios, harían lo mismo con su dinero. El capital del tiempo, las 24 horas de cada día, es igual para todos. Podemos demostrar con nuestra ayuda franca, seamos ricos o pobres, el nivel de nuestra generosidad.
 
CON AMOR, LOS PROBLEMAS NO PESAN
El problema no consiste en tener mucho o en tener poco. El problema es de amor. Repito una historia tal como la oí: una joven china llevaba, de acuerdo con las costumbres de su país, una criatura en la espalda: ojos rasgados, sonrisa enigmática, actitud paciente… Alguien le preguntó: «Muchacha, ¿pesa mucho?», y ella respondió «No, es mi hermano». Porque lo quería, el hermano a la espalda no le pesaba. Por cariño a su esposa, un hombre prescinde con alegría de sus gustos personales; por amor, una madre pasa noches ininterrumpidas al lado de la cama del hijo enfermo; y no de mala gana, sino, con palabras de Pablo de Tarso, «sobreabundando de gozo en todas sus tribulaciones» (2 Co. 7:4).
Parece que este suceso, casi romántico, no guarda relación con el mundo serio de las organizaciones mercantiles en donde a partir de ahora pasarán quizá la mayor parte del resto de su vida. Y ello es precisamente lo que quiero señalar: que no hay ninguna relación, cuando debería haberla.
La empresa moderna se encuentra regida por dos instancias que la monopolizan: el racionalismo y el economicismo. Por el racionalismo, toda la realidad vital se ve como susceptible de regularse y planearse. Por el economicismo, todas las cosas que nos rodean se ven como objetos de compra y de venta, como materia de negociación. Para ese mundo serio de la empresa lo que no es regulable racionalmente o negociable mercantilmente resulta lúdico o lírico, jocoso o sentimental. Se ha expulsado de ella lo que certeramente Edmund Husserl llamó el lebenswelt y que José Gaos tradujo como «el mundo de la vida corriente», ese mundo de las relaciones fiduciales, de los nexos de amistad, de la proximidad del cariño, es decir, las verdaderas relaciones entre las personas.
Al haber expulsado de su ámbito las genuinas y profundas vinculaciones que nos unen entre nosotros, la empresa se ha hecho tal vez no hostil, pero sí inhóspita. Si la hospitalidad es esa cualidad por la que los extraños son tratados como propios, lo inhóspito es el ambiente en el que los que son propios se tratan como extraños. Y lo extraño es siempre más pesado, mucho más pesado que lo propio, como acertó a decirnos esa joven china de la anécdota.
Agustín de Hipona comenta que «todo lo que puede haber de pesado […] se torna leve por el amor. Ved cómo trabajan los que aman: no sienten lo que padecen, redoblando sus esfuerzos al ritmo de las dificultades. Ubi amatur, aut non laboratur, aut et labor amatur». Donde hay amor, o no existe pena, o se ama la pena misma.
¿Cómo podremos llevar las cargas los unos de los otros? En primer lugar, no siendo nosotros mismos onerosos para nadie. No sería lógico que pretendiéramos, por un lado, facilitar la vida de los demás, prestarles una ayuda que acaso no nos pidieron, y, por otro, sobrecargarlos con actitudes poco adecuadas, quizá irresponsables, que representan para ellos un verdadero fardo. La lucha por vencer los defectos que hacen menos grata o desabrida la convivencia; disfrazar con una sonrisa el cansancio o un malestar pasajero; contentarse con poco; no dar trabajo a los demás; evitar que tengan que tratarnos con cuidados especiales o medir las palabras para hablar con nosotros del asunto más insignificante… todos esos detalles serán medios extraordinariamente útiles para que llevemos las cargas ajenas, comenzando por no representar una carga para los que nos rodean.
 
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AMOR Y SERVICIO VS. ESCLAVITUD Y LIBERTAD
Esta ayuda ha de redefinir en nosotros, que muy posiblemente trabajaremos el resto de nuestra vida en tareas directivas de las organizaciones, la dimensión de servicio.
En el ambiente en el que vivimos flota una especie de aversión a esta palabra: servicio. En todos los aspectos de la vida familiar, social y profesional, parece que las personas rehúyen el prestar servicios o para decirlo en una forma expresiva se resisten a entrar por la «puerta de servicio»: se sienten venidas a menos, quieren entrar siempre por la puerta principal.
Los hombres del siglo XX dejaron el espíritu de servicio relegado a un plano que parece pertenecer a edades históricas menos «democráticas». Es nota característica de nuestra época, en efecto, una marcada altivez que desprecia este espíritu indispensable. Algunas profesiones consideradas de servicio puro: enfermeras, empleadas domésticas, asistentes sociales se están desvalorizando. La propia función de madre en la medida en que amorosamente sirve y se sacrifica por la familia está perdiendo categoría: se halla a la baja en la «bolsa de los valores humanos».
El hombre de nuestro tiempo evita asumir una actitud de servicio porque teme rebajarse. Está con eso divinizando una concepción autónoma y egocéntrica. Confunde espíritu de servicio con esclavitud. No percibe que, cuanto más sirve, más señor se vuelve. Todo hombre está destinado a ser señor y servidor al mismo tiempo. Es señor porque es hijo de Dios. Es servidor porque es propio de la cualidad señorial: saber servir. Las grandes figuras humanas fueron siempre grandes servidores, porque con su existencia estuvieron siempre al servicio de la gran misión que les correspondió realizar.
Amor y servicio, esclavitud y libertad parecen conceptos antitéticos y, sin embargo, son complementarios, según aquel bellísimo epigrama del filósofo Ramón Llull: «Dime, loco, ¿qué es el amor? Y el loco respondió: amor es aquello que hace esclavos a los que son libres y libres a los esclavos. Y no se sabe en qué consiste esencialmente el amor, si en esa esclavitud o en esa libertad».
Este amor transformado en servicio tiende a traducirse en mil pequeños detalles de la vida cotidiana: en la diligencia para colaborar con el trabajo de los demás, en la buena disposición de asumir las tareas más pesadas, que frecuentemente son las más necesarias; en la elección del peor lugar en las reuniones; en la presteza para ejecutar las pequeñas tareas de orden, de cuidado; en la prontitud para anticiparse a atender el teléfono; en la buena voluntad para suplir la ausencia de la persona que habitualmente cuida determinada función; en la aceptación de un trabajo «extra» que contraria nuestros planes; en el cambio en la programación de nuestro día para beneficiar a los demás; en prestarnos a ir en autobús para que los otros puedan utilizar el automóvil; en la renuncia de un fin de semana para que los demás puedan descansar mejor.
La regla para ayudarnos a vivir este espíritu de servicio es tan simple como eficaz: todas las cosas que queramos que los hombres hagan con nosotros, hagámoslas nosotros con ellos (Cfr. Mt. 7:12). La experiencia de lo que nos agrada o nos mortifica, de lo que nos beneficia o nos perjudica, es un buen criterio para determinar aquello que debemos hacer o evitar en el trato con los demás. Todos nosotros sabemos muy bien lo que nos impulsa, estimula y consuela: el aliento en los fracasos, la comprensión en los errores, el apoyo en los defectos, la cordialidad en el trabajo, el bienestar en el hogar, la amabilidad en la exigencia, la lealtad en la crítica, el cariño en la enfermedad, el incentivo en la depresión, la oración en el desamparo… Pues bien, son precisamente todas esas connotaciones cualitativas las que deben acompañar nuestra relación con los demás, si en verdad queremos vivir el espíritu de servicio.
Pero además de una regla, el espíritu de servicio posee una actitud simplísima, que llamaremos sonrisa.
 
CAMBIAR QUEJUMBRES POR SONRISAS
Los orientales tienen un refrán sabio y práctico, como todos los refranes orientales: «Quien no sepa sonreír, que no abra una tienda». Nosotros podríamos agregar: quien no sepa sonreír, que no funde una familia, que no pretenda ser amado, que no aspire a cargos directivos en una organización.
Una sonrisa puede ser más elegante que un largo discurso; una sonrisa es capaz de representar la clara señal de un perdón que no se sabe expresar con palabras; una sonrisa que acompañe un favor prestado es como si se dijera: «No fue nada, para eso estamos»; una sonrisa puede ser especialmente una forma delicada de esconder las penas o un medio heroico de no dejar aparecer un dolor profundo.
Hemos de cultivar el arte de ser amables, rechazando cualquier forma de altivez que nos vuelva distantes, quizá fríos. La sonrisa cumple el oficio de aproximación, de amabilidad calurosa, como si se estuvieran abriendo las puertas del alma de par en par, como si se estuviera murmurando: «Puedes entrar, estás en tu casa, ponte cómodo…», aunque a veces el propio corazón esconda el dolor más íntimo. La sonrisa es el mejor antídoto de la inhospitalidad, el mal contemporáneo, como dije, de la empresa.
En su biografía sobre Benjamin Disraeli, André Maurois describe las dificultades con las que el primer ministro inglés luchó para traspasar los primeros peldaños de su carrera política y la ayuda insustituible que le prestó en esa lucha su esposa, quien lo amaba profundamente.
Después de muchos esfuerzos, consiguió un asiento en la Cámara de los Comunes. Llegado el gran día de pronunciar su primer discurso en el Parlamento, la esposa lo acompañó en el carruaje hasta la entrada. Disraeli bajó y se despidió cariñosamente a través de la ventana. Cuando cerró la puerta, su esposa sonreía, pero no dijo una sola palabra; sonreía, sonreía… En cuanto el marido se alejó, cayó desmayada en el asiento: la puerta, al cerrarse, le había apresado la mano y aplastado los dedos. En vez de gritar, consiguió sonreír. Escondió así un dolor insoportable; sabía que el marido no habría estado en condiciones psicológicas de pronunciar su discurso si hubiera visto su mano en aquellas circunstancias. Una sonrisa sangrienta, una sonrisa heroica.
Probablemente la vida no nos exigirá tanto, pero podremos ir creando una especie de esquema psicológico que sustituya poco a poco nuestras quejumbres habituales por nuestras sonrisas permanentes.
El correr de los años, las decepciones del pasado, las preocupaciones por el futuro, el cansancio y las enfermedades posiblemente tenderán a robarnos esa capacidad de dar un poco de nuestra alma en forma de sonrisa. Pero, aunque nos cueste, no dejemos que nos arrebaten ese don. Entonces la sonrisa acaso se convertirá, sin duda en el mejor de los sacrificios, en el esfuerzo por tornar más grata la vida de los demás.
 
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LA JUSTICIA COMO BASE
Ayudar a los demás, servir a los demás, y, finalmente, darles lo que les corresponda. El amor, para que sea ordenado, tiene que fundamentarse en la justicia. La justicia es el cimiento.
La justicia, según la definía Ulpiano, el jurista romano, es «la constante y perpetua aspiración de dar a cada uno lo que le corresponde». Este deber no se limita a la justicia legal o conmutativa, determinada por la ley positiva de cada país. Hay un modo de proceder que no se detiene en las prescripciones de un código concreto, sino que se abre a un código superior escrito en el corazón humano, que nos lleva a vivir una equidad más amplia, una justicia social que perfecciona, corrige y amplía la mera justicia legal. Y esta justicia social nos dice que cualquier bien, cualquier propiedad personal tiene una función social –una hipoteca social, dijo Juan Pablo II hace años en Puebla–, porque, en última instancia, la finalidad de la justicia no atiende al bien particular, sino al bien común de toda la sociedad, en términos nacionales e internacionales.
Todo esto quiere decir que no podríamos erigir nuestra ayuda y servicio individual sobre una estructura legal injusta. Todos los cristianos deberíamos preocuparnos por la recta constitución de ese orden social. No podemos quedarnos tranquilos frente a un sistema social injusto, ante un aparato estatal que, por decirlo de alguna manera, estuviera creando inválidos en serie, alegando que nosotros, los particulares, vendríamos después, con nuestras obras de misericordia, a proporcionarles caritativamente las muletas necesarias. Parecería ingenuo concluir que es indispensable y urgente cambiar las máquinas mutiladoras antes que perfeccionar las técnicas ortopédicas, pero, en ocasiones, determinadas mentalidades dan la impresión de que no entienden que la caridad sin justicia tiene también mucho de ingenuo, por no decir de macabro.
Hay personas que parecen dedicarse a «cultivar sus pobres». Experimentan la sensación sentimentaloide de ser «misericordiosos» y, quizás, en el fondo estén tratando de anestesiar a su conciencia que les acusa de vivir en medio de un lujo excesivo o de no tener ninguna medida razonable, ya no digamos cristiana, en la satisfacción de sus refinados, abundantes e inestables caprichos.
La responsabilidad de la justicia social es de todos, y por tanto, por un imperativo de coherencia, también de nosotros que queremos ser hombres de una pieza, en el sentido cabal de la palabra; hombre y mujer, que no somos ni nos sentimos ciudadanos de segunda clase, que no podremos nunca escondernos en el anonimato o diluir nuestras responsabilidades en el conjunto, sino que debemos someternos a una sincera autocrítica, utilizando como refuerzo de nuestros criterios de evaluación un modelo de hombre coherente con esta apertura de sí mismo a los demás.
Observamos un contraste radical entre el espíritu de heroísmo cristiano en la esfera particular o privada, y la ausencia de ciudadanos que proyecten ese espíritu en la vida pública. No existe nada tan conmovedor como el ejercicio de la caridad cristiana en los siglos XIX y XX, en los hospitales, escuelas, en tierras misioneras, y nada tan desalentador como la ineficacia de los principios cristianos en grandes parcelas de la vida pública de diversas naciones. Lamentable constatación que pone de manifiesto cómo es urgente y necesaria la tarea de reformar las estructuras de acuerdo con los moldes de una genuina justicia social. Por eso «el letargo del espíritu, la anemia de la voluntad y la frialdad de los corazones» en relación a esa inmensa tarea, nunca dejará de sernos gravemente imputable a todos los que, con mayor o menor incidencia, somos autores de ese estado de cosas; a todos los que, por razones de nuestra preparación académica, tenemos la misión de arreglarlo y de darle un cauce humano.
 
«LOS ENEMIGOS TAMBIÉN TIENEN VOZ HUMANA»
No podemos olvidar que hay algo inalienable que nos corresponde dar a los demás con un título fundamental y básico, que constituye la expresión cimera de la justicia: el respeto a su condición de personas. Nosotros, que trabajaremos muy posiblemente en formas asociadas de actividad, que constituiremos tarde o temprano el punto neurálgico de alguna organización, tendremos la proclividad de considerar a los hombres de muchas maneras: listos o tontos, trabajadores o perezosos, leales o hipócritas, superiores o subalternos. Pero siempre serán para nosotros, en cualquier circunstancia, en cualquier condición, personas dotadas de una dignidad individual insustituible, meritorias de nuestro respeto y consideración, destinatarias a su vez de nuestras mejores cualidades; valdrá para nosotros indeleblemente el segundo imperativo de Immanuel Kant: compórtate de tal manera que los demás hombres, y tú mismo, nunca sean considerados como medio sino sólo como fin.
En su obra Pequeña crónica de grandes días, Octavio Paz recoge un episodio de su vida que alude de manera primaria a lo que estamos diciendo: «En una ocasión visité con un pequeño grupo la Ciudad Universitaria de Madrid, que era parte del frente de guerra. Guiados por un oficial recorrimos aquellos edificios y salones que habían sido aulas y bibliotecas, transformadas en trincheras y puestos militares. Al llegar a un amplio recinto, cubierto de sacos de arena, el oficial nos pidió con un gesto, que guardásemos silencio. Oímos del otro lado del muro, claras y distintas, voces y risas. Pregunté en voz baja: ¿quiénes son? Son los otros, me dijo el oficial. Sus palabras me causaron estupor y, después, una pena inmensa. Había descubierto de pronto y para siempre que los enemigos también tienen voz humana».
El título que hoy, por conducto mío, les entrega el IPADE querría ser –no lo es, pero querría serlo– la garantía de que estamos ante hombres y mujeres que, en los más diversos avatares de la existencia, en los más diversos capítulos de su vida, sabrán ver en los demás –sean listos o tontos, trabajadores o perezosos, altos o bajos, amigos o enemigos– en cada uno, por encima de todo, a una persona humana con toda la fuerza de esa expresión.

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