Inclusive Growth. No es una crítica al desarrollo económico, es un desafío para superar la exclusión

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Una inquietud del Papa Francisco originó una ronda de colaboraciones anuales entre el Foro Económico Mundial, empresarios y emprendedores sociales de todo el mundo. El objetivo: incorporar a más gente a los beneficios de la economía moderna.

 

En 2014 comenzó el proyecto de crecimiento inclusivo que IPADE lleva adelante en colaboración con la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma. En aquel entonces el Papa Francisco envió una carta al Foro Económico Mundial (WEF) en ocasión de su reunión anual en Davos-Klosters. La misiva se dirigía al profesor Klaus Schwab, fundador del WEF, reconociendo ante todo las grandes ventajas que el desarrollo económico alcanzado ha traído a gran parte de la población mundial.

Pero enseguida el Papa añadía: «Sin embargo, los objetivos logrados –aunque hayan reducido la pobreza de un gran número de personas– a menudo han llevado aparejada una amplia exclusión social. De hecho, la mayor parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo siguen experimentando la inseguridad cotidiana, y no raramente con consecuencias trágicas». (Francisco, 17 de enero de 2014, www.vatican.va).

Pocos meses antes, el Papa Francisco había publicado su primera carta encíclica, llamada Evangelii Gaudium/La alegría del Evangelio, donde manifestaba su preocupación por la situación de la Iglesia y del mundo. Uno de los puntos más citados de la encíclica se refería justamente al problema de la exclusión social.

«No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil.» (Evangelii Gaudium n. 53 www.vatican.va).

En sustancia, el mensaje del Papa ponía a los dirigentes del WEF el desafío de superar la exclusión social. Para responder este reto, el entonces director de los proyectos del Foro en Europa, Nicholas Davis, acudió a algunos profesores de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y planteó la posibilidad de organizar un congreso internacional en Roma para pensar en posibles soluciones.

 

LA PRIMERA CONFERENCIA INTERNACIONAL
El WEF es una organización sin fines de lucro que tiene como objeto mejorar la situación económica del planeta. Su slogan lo resume en pocas palabras: Improving the State of the World. En concreto, el foro agrupa unas 2,400 multinacionales y concentra información estadística gracias a un centro de investigación numérico con sede en Shanghai (China), un centro financiero en Nueva York (USA) y un centro de relaciones internacionales en Ginebra (Suiza).

Cada año, la reunión de Davos-Klosters cuenta con la participación de decenas de presidentes y líderes de ONG, grupos políticos y empresariales. También acuden numerosos representantes de las grandes religiones del mundo y personas con un sincero interés por incentivar la educación, la salud, el cuidado de la naturaleza, etcétera.

Las personas del WEF deseaban establecer un diálogo académico e institucional con la Iglesia Católica, ya que el reto había sido puesto por el Papa Francisco, que es el representante de una institución con fines sobrenaturales que agrupa más de 1,300 millones de fieles en prácticamente todas las naciones de la tierra. El camino natural para emprender este diálogo era hacerlo en una de las universidades que dependen directamente del Departamento de Educación del Vaticano.

La Pontificia Universidad de la Santa Cruz nació en 1984 animada por San Juan Pablo II y promovida por el beato Álvaro del Portillo, quien fue obispo Prelado del Opus Dei y sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer. La universidad ofrece estudios de Filosofía, Teología, Derecho Canónico y Comunicación Institucional de la Iglesia. Cuenta con 1,500 alumnos de 80 países, de los que más de tres cuartas partes son sacerdotes o seminaristas diocesanos. La mayor parte de los alumnos al terminar sus estudios se incorporan al cuerpo docente de los seminarios en sus países respectivos.

A los profesores de esta institución se unieron otros que enseñan en importantes universidades pontificias romanas, promovidas por la Compañía de Jesús (Jesuitas) y por la Orden de los Predicadores (Dominicos).

La mayoría de los participantes, unos 80, eran empresarios preocupados por la situación de pobreza en tantas regiones del mundo. Algunos contaban con una visión global del desarrollo económico, como Paul Laudicina, CEO emérito de AT Kerney, un importante grupo de consultoría empresarial. Otro participante fue Eduardo Leite, entonces dirigente internacional de Baker McKenzie, una importante asociación internacional de abogados con más de 4,000 profesionales.

Finalmente, algunos de los que acudieron al congreso ya habían puesto en marcha proyectos como parte de la solución. Es el caso de Martin Burt, creador de Fundación Paraguaya que promueve la medición de la pobreza en términos humanos y no sólo económicos. Para este último la pobreza es principalmente falta de higiene, falta de educación, falta de autoestima e inseguridad en la familia; por tanto, para superar la exclusión social es necesario superar ante todo la violencia y el desorden moral.

 

LA ECONOMÍA EN TÉRMINOS MÁS HUMANOS
La Iglesia Católica no tiene como finalidad indicar cuáles son los instrumentos necesarios para mejorar la situación mundial. Por lo general los instrumentos que permiten desarrollar la sociedad son políticos o económicos. Desde los primeros siglos de la era cristiana, los pastores de la Iglesia han enseñado a sus fieles a respetar a las autoridades legítimamente establecidas y a trabajar responsablemente con los demás.

Al mismo tiempo, la Iglesia Católica cuenta con una doctrina social que se ha ido forjando sistemáticamente desde el pontificado del Papa León XIII (1810-1903) quien a finales del s. XIX observaba que la «cuestión social» planteaba una serie de problemas morales. Algunos trabajadores estaban obligados a cumplir jornadas demasiado largas, mujeres que debían llevar a cabo tareas agotadoras que superaban sus fuerzas, niños que tenían obligaciones impropias para su edad y condición. En este contexto la Iglesia observaba que no bastaba con formar personas que desearan y lucharan por ser buenas personas, además era necesario contar con estructuras sociales justas.

El diálogo que algunos profesores de IPADE y de las universidades pontificias establecieron desde 2014 con el WEF llevaba a reconocer algunos elementos de esa «cuestión social» en el s. XXI, 200 años después de la carta escrita por León XIII que tenía como título Las cosas nuevas o en latín, Rerum Novarum. 

Uno de los puntos fundamentales en el que todos los participantes estaban de acuerdo es que el trabajo es un valor humano muy importante, que es clave para el desarrollo personal y social. El ser humano se perfecciona trabajando y cuando la sociedad no ofrece los medios suficientes para que la persona trabaje, entonces se provoca un daño que no es sólo económico, sino humano.

Un segundo punto importante que enseña la doctrina social de la Iglesia es que la pobreza económica (la falta de dinero) no necesariamente genera pobreza moral (violencia, injusticias, fraudes, etcétera). Basta pensar que hay muchas personas que no poseen muchos recursos económicos y son honestas, trabajadoras y responsables. Se trata de personas íntegras y de bien, aunque al mismo tiempo sean pobres. En cambio la pobreza moral produce por lo general pobreza económica.

Cuando una sociedad está marcada por prácticas deshonestas, donde muchas personas toman decisiones en beneficio propio sin pensar en los demás o donde se promueve la corrupción y la injusticia de manera sistemática, es una sociedad que terminará perdiendo económicamente en el largo plazo.

Un ejemplo de este problema fue la crisis financiera de 2008, donde muchas personas inocentes se vieron implicadas y muchas personas actuaron de forma errónea, creando en cierto sentido una cultura que era necesario cambiar. De ahí que el mensaje del Papa Francisco fuese acogido con tanto interés por el WEF: les parecía lógico repensar la marcha de la economía mundial en términos más humanos y afirmar que junto con el desarrollo económico es necesario invertir en la sociedad y en el cuidado de la naturaleza.

 

PERSPECTIVAS Y DIFICULTADES
El WEF observa que 3,500 millones de personas, más de la mitad de la población mundial, posee los mismos bienes que tan sólo 85 familias. Los miembros del Foro están preocupados porque la desigualdad económica en el mundo ha ido en aumento. De la misma manera, los participantes al congreso recordaban que 2,500 millones de personas están fuera del sistema financiero, ya que no tienen una cuenta bancaria ni tienen una tarjeta de crédito. Al mismo tiempo, reconocen que la pobreza en términos absolutos ha ido disminuyendo, ya que tan sólo China ha sacado de la pobreza 300 millones de personas en los últimos años.

Quien tiene como tarea reflexionar sobre el significado humano de los datos estadísticos ha de juzgar ante todo sobre el sentido de la idea antropológica que está detrás de los esfuerzos económicos. Consideremos en primer lugar la desigualdad. Si se piensa que es deseable o incluso posible alcanzar una igualdad económica de todos los hombres, entonces se puede discutir cómo alcanzarla.

Pero en realidad la doctrina social de la Iglesia observa que no existe una justicia perfecta en esta Tierra y por tanto la igualdad no puede ser material, sino de oportunidades y de derechos humanos. No es posible crear un desarrollo económico sin límites, porque el ser humano es limitado. De hecho el límite humano permite la apertura a la trascendencia y las necesidades del hombre le llevan a la búsqueda de Dios.

El beato Papa Pablo VI, lo decía con una expresión muy clara: «Ciertamente, el hombre puede organizar la Tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano». (Pablo VI, carta Populorum Progressio, n. 42. www.vatican.va).

Si en cambio pensamos en la pobreza, sabemos que la pobreza material es un problema económico que es necesario afrontar. A diferencia de la desigualdad, la pobreza se mide en términos absolutos, de acuerdo con el Banco Mundial es pobre quien gana menos de dos dólares al día. Cuando millones de personas dejan de ganar dos dólares diarios para ganar por ejemplo cuatro dólares al día, cabe todavía preguntarse sobre su condición humana: el tiempo que utilizan para ir a trabajar, la calidad de vida que dan a sus hijos, las posibilidades reales de descansar y practicar su propia fe, etcétera.

De ninguna manera se trata de una crítica al desarrollo económico, simplemente se trata de recordar que el desarrollo auténticamente humano es integral, puesto que también incluye una dimensión espiritual.

Las diferentes perspectivas en ocasiones tenían puntos de encuentro muy valiosos. La directora de desarrollo internacional del grupo MasterCard recordaba que ellos no ofrecían tarjetas de crédito ni prestaban servicios bancarios. El grupo se dedica a generar tecnología para ejecutar transacciones financieras. Con la finalidad de incluir a quienes estaban fuera del sistema financiero, esta empresa realizó un experimento en Sudáfrica. Buscaron personas que tenían un salario pero que no tenían tarjeta bancaria y les regalaron una totalmente gratis. De esta forma dieron al mercado 22 millones de tarjetas bancarias.

Muchos hogares que recibieron varias tarjetas declinaron su uso, quedándose con sólo una para toda la familia, generalmente la que usaba la madre de familia. El resultado del experimento fue que de 22 millones de tarjetas bancarias, les regresaron 12 millones. Sin embargo, MasterCard cambió la economía real: la venta de tabaco, alcohol y boletos de lotería disminuyó, mientras que la venta de arroz, leche y pan aumentó. La razón de este cambio es que cuando la madre de familia tiene el control de los gastos, es más difícil que otro miembro tome el dinero para gastos menos importantes. Cuando una familia entra en el sistema financiero deja de funcionar siempre con dinero en efectivo y esto trae beneficios para la sociedad. En realidad, dejar en el mercado diez millones de tarjetas también trae un notable beneficio económico para la empresa que promueve esta inclusión social en el sistema financiero.

 

LA PARTICIPACIÓN DEL IPADE 2017-2018
Con la experiencia de este encuentro y después de haber acudido personalmente a Ginebra para entrevistarnos con el doctor Philip Rösler, quien entonces era el vicepresidente del WEF, decidimos comenzar el proyecto de crecimiento inclusivo y promover este diálogo también en América Latina.

Algunos profesores de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz plantearon este desafío a empresarios en las diferentes sedes del IPADE y de algunas escuelas de negocios que comparten esta inspiración cristiana en otras naciones de América Latina, como Colombia, Guatemala, Chile, Argentina, etcétera.

En el marco de las celebraciones del 50° aniversario del IPADE tuvo lugar en la ciudad de México un congreso internacional de crecimiento inclusivo, titulado «Persona, empresa y sociedad» al que acudieron cientos de empresarios.

En este congreso se presentaron algunos proyectos concretos de inclusión social, como el de Kim Tam, un empresario de Singapur que tiene una cadena de hoteles en África con una doble finalidad de inclusión social. Por una parte busca entrenar personas del lugar para prestar servicios del más alto nivel (y pagarles un salario) y por otra, entrega las utilidades de estos hoteles en forma de proyectos agrícolas locales (desarrollando a la población en general). Se trata de un negocio económico que genera un círculo virtuoso para la sociedad y que no cuesta dinero al grupo empresarial porque es auto sustentable.

En ese congreso además tuvo lugar una presentación del proyecto de ética empresarial de la cátedra Carlos Llano por parte del profesor Arturo Picos y una reflexión sobre la persona del Director de Personas a cargo del profesor Alejandro Armenta. Las diferentes conferencias fueron publicadas en una edición especial de la revista académica Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra en España.

En 2018, en colaboración con el profesor José Díez del IPADE, decidimos dar un paso más y organizar el primer Encuentro Internacional de Inclusive Growth en Roma. Acudieron alrededor de 70 empresarios de varios países de América Latina con un serio interés por cambiar la sociedad y con gran capacidad para hacerlo.

Durante dos días tuvieron oportunidad de discutir y reflexionar sobre los diferentes proyectos que pueden realizar en sus ciudades de origen. Entre otras personas, se encontraron con el Prelado del Opus Dei, gran canciller de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Mons. Fernando Ocáriz, quien entre otras cosas les recordó que su condición de empresarios es finalmente una mayor capacidad para hacer el bien.

 

LA TECNOLOGÍA PARA INCLUIR

En 2019 tendremos otro encuentro internacional en Roma, con la participación del director del Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, el profesor Ricardo Hausmann, entre otras personas claves del mundo académico y empresarial.

En definitiva nuestro interés por el crecimiento inclusivo está en el hecho de que la sociedad cambia cuando se superan las barreras que impiden el acceso a una vida mejor. Es difícil incluir a los más pobres en una sociedad que no ha afrontado el costo de infraestructuras, de educación, etcétera. Pero era nuestra opinión, una mayor tecnología y una dinámica empresarial distinta pueden hacer la diferencia.

En primer lugar la tecnología. Hasta hace poco tiempo era muy difícil incluir a las personas más pobres en el uso del teléfono, porque era muy caro instalar los cables y las líneas telefónicas. El teléfono celular cambió la situación radicalmente y actualmente permite incluir en el mundo digital y de la comunicación a millones de personas en las zonas más remotas del planeta. En Kenya hay 17 millones de personas que tienen acceso a la electricidad pero hay 60 millones de teléfonos celulares en uso.

En segundo lugar es necesaria una dinámica empresarial incluyente. En México una empresa de restaurantes de comida rápida debe mantener algunos de sus locales cada año y tiene un presupuesto para hacerlo. El camino más sencillo es contratar profesionales para que hagan las reparaciones necesarias. La dinámica empresarial distinta les ha llevado a contactar personas que deseaban capacitarse como pintores, fontaneros, electricistas, etcétera, pero que no tenían acceso a la educación ni un trabajo concreto. Estas personas realizan el trabajo que la cadena necesita, de manera que, sin gastar más, se incluye en la sociedad a una serie de personas que no tienen los medios para acceder. Sin aumentar el gasto de la empresa, se impacta de manera positiva la sociedad

El futuro del mundo nos llevará a gozar de los beneficios de un cambio tecnológico importante traducido en términos de inteligencia artificial. Al mismo tiempo, las empresas sociales llevarán a una mayor inclusión en términos económicos. Junto a este crecimiento inclusivo, es importante contar con una visión de largo plazo que tenga en cuenta la persona y pueda preservar no sólo lo que cada individuo desea conseguir, sino también aquello que necesita para desarrollarse integralmente. Esta reflexión es tarea de la doctrina social de la Iglesia, que desde 2014 definimos en términos atractivos como inclusive growth gracias a la colaboración y diálogo entre IPADE y otras Business Schools, el WEF y otras instituciones internacionales como el FMI, OCDE y nuestra universidad en Roma.

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