El curioso caso de las navidades mexicanas

Poco a poco el olor del pino comienza a inundar los hogares de las personas. ¡Ya huele a Navidad! Aun así, yo siempre he preferido los olores de la cocina: romeritos, bacalao, pavo, ensalada de manzana, buñuelos, ponche. Nuestra comida, en efecto, es uno de los primeros indicadores de que la Navidad en México tiene su propia forma de celebrarse.

Un primer distintivo es, sin duda, el nacimiento. En las películas de Hollywood, esta tradición parece estar opacada por el árbol de Navidad o, en la mayoría de los casos, es inexistente. La causa de esto se debe al gran componente católico que acompaña a las navidades mexicanas y que, por lo mismo, es un diferenciador entre nuestras celebraciones y las de nuestros vecinos.

Los nacimientos llegaron a México muchos años antes que el arbolito. En sí, le debemos esta tradición a San Francisco de Asís quien, en el siglo XII, representó el nacimiento de Jesús con personas que encarnaron a Jesús, María, José y a los pastores. También, para no desentonar, agregó animales reales y un pesebre como aquel en el que Jesús nació.

Esta representación se esparció por toda Europa y finalmente llegó a los hogares de las familias cuando se sustituyeron a las personas por figuritas de madera. Los nacimientos fueron un material didáctico durante la evangelización de la Nueva España. Luego se volvieron un elemento infaltable en los hogares de los novohispanos.

La razón por la que ciertos países de occidente prefieren el árbol de Navidad y no los nacimientos se debe a la prohibición del protestantismo de realizar imágenes religiosas. En cambio, los protestantes y evangelistas optan por el árbol de Navidad debido a que es una figura religiosa que se adaptaba a sus reglas.

Se cuenta que el árbol de Navidad nació allá por el siglo VIII, cuando San Bonifacio de Maguncia, “el apóstol de Alemania”, cortó un roble consagrado a Thor y lo sustituyó por un pino. Hay varias razones por las que este árbol se relaciona con Cristo, así que se suele ver como un árbol consagrado a él. San Bonifacio también coronó el pino con una estrella, la cual simboliza a Jesús, la luz del mundo.

El árbol de Navidad llegó a Inglaterra junto con el príncipe Alberto de Sajonia, consorte de la reina Victoria. De ahí, viajó hasta el nuevo continente para arraigarse en las comunidades evangélicas de Estados Unidos que rechazaban los nacimientos de la tradición católica.

Fue el general Miguel Negrete quien en 1878 popularizó el arbolito en México. Este militar, además de combatir a los franceses el 5 de mayo en Puebla, importó la idea del arbolito desde Estados Unidos. De este modo, colocó un enorme
pino con adornos lujosos en su casa y rápidamente se hizo popular en las notas de varios periódicos de la época. Es posible, sin embargo, que el árbol de Navidad ya estuviera presente en este país desde años antes, sobre todo en los hogares de las familias alemanas que habían migrado al país hacia 1850.

Lo que sí está documentado es que Maximiliano de Habsburgo también trajo esta tradición tras su llegada al país en 1864. En diciembre de ese año, Maximiliano y Carlota colocaron un bello árbol en el Castillo de Chapultepec. Tres años después, la derrota del Imperio mexicano hizo que las costumbres de la corte imperial cayeran en el descrédito. Tuvieron que pasar otros nueve años hasta que el arbolito de Negrete volvió a colocarse dentro de los festejos decembrinos.

Durante el porfiriato, la costumbre del árbol de Navidad se popularizó entre la clase alta mexicana. Ya para 1917, sabemos por algunos periódicos que se realizó un gran concurso de árboles de Navidad en la ciudad. Paulatinamente, esta costumbre fue adoptada por millones de mexicanos, aunque eso sí, sin dejar de lado los nacimientos, que encontraron un lugar ideal debajo del pino navideño.

Otro distintivo de la Navidad mexicana son nuestras posadas. De nueva forma, estas encuentran sus raíces luego de la Conquista. Algunos evangelizadores como, por ejemplo, fray Pedro de Gante, observaron que los indígenas adoraban a sus dioses con bailes y cantos. Por ello, decidieron introducir la doctrina cristiana a través de cantos y representaciones de las escenas bíblicas (por eso la gran utilidad de los nacimientos).

El primer precedente de las posadas fueron las misas de Aguinaldo, que comenzaron a celebrarse en la Nueva España desde 1587. San Agustín de Acolman, en lo que hoy es el Estado de México, fue el lugar donde comenzaron a organizarse estas misas. Su nombre se debe a que estas celebraciones no correspondían a una celebración del calendario litúrgico, sino que eran un regalo a las comunidades previo a la celebración de Navidad. Las misas de Aguinaldo se volvieron muy populares debido a la incorporación de elementos como cantos y bailes, los cuales llamaron la atención de las comunidades indígenas y de muchas otras.

El autor es doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana y profesor invitado del área de Entorno Político Social en IPADE Business School.

Era tanta la cantidad de personas que asistían a estas misas que pronto se trasladaron de las iglesias a lugares más amplios como haciendas con capilla. Luego las familias adineradas comenzaron a celebrarlas en sus propias casas y, finalmente, las vecindades y los barrios hicieron lo propio. Con el tiempo, las misas quedaron atrás y lo único que perduró fue la celebración. Es a principios del siglo XX cuando se establece la estructura de las posadas tal y como las conocemos hoy en día: nueve posadas organizadas en distintas casas, donde se rompe la piñata, se canta la posada y se prenden luces de bengala o cuetes.

Las piñatas se rompían desde que empezaron a celebrarse las primeras misas de Aguinaldo. Todo apunta a que esta costumbre se originó en China, donde solían romper la figura de un buey relleno de semillas para celebrar el año nuevo. Marco Polo recogería esta práctica y la llevaría a Italia. Allí, la piñata adoptaría un simbolismo religioso tanto en su forma como en su práctica. Las piñatas clásicas tienen siete picos pues representan los siete pecados capitales: avaricia, soberbia, gula, lujuria, ira, envidia y pereza. El palo con el que se rompe la piñata simboliza la fuerza de la virtud que acaba con los placeres vanos con los que el diablo tienta al hombre. También se vendan los ojos de quien la golpea para recordarnos que la fe en Dios es ciega. Al romper la piñata, recibimos una recompensa, así como quien vence los pecados recibe los bienes de Dios. De Italia esta tradición pasaría a España y de allí a México, concretamente a Acolman, donde se incorporaría a las primeras misas de Aguinaldo.

Finalmente, nuestras celebraciones concluyen con la tradicional rosca de reyes, que también fue traída desde España. Es cierto que la tradición del “roscón” estaba presente desde tiempos virreinales, pero fue hasta los años treinta cuando se popularizó en México. ¿La razón? Los migrantes españoles que huyeron de su país debido a la Guerra Civil. Para darle nuestro sello a esta tradición, los mexicanos la ligamos con la Candelaria. Así, el desdichado que saca al muñequito en la rosca termina pagando los tamales el 2 de febrero. Por eso digo que hay más adrenalina en partir una rosca que en partir una piñata.

istmoreview-26-portada
istmo review
No. 26 
Febrero – Marzo 2025

Newsletter

Suscríbete a nuestro Newsletter