¿Por qué los vampiros ejercen una fascinación sobre los escritores, cineastas, lectores y público en general? Pensemos en Crepúsculo, Entrevista con el vampiro o la simpática saga Hotel Transilvania, donde Mavis, la hija de Drácula termina casándose Johnny un no menos simpático millennial que llega como mochilero al mismísimo hogar del Conde, un hotel donde los monstruos más temidos encuentran un refugio seguro, amable y divertido.
Los vampiros (Desmodus rotundus) son mamíferos extraordinarios. ¿Cómo pueden volar en la noche? Los seres humanos sentimos un miedo instintivo a la oscuridad. La vista es un sentido privilegiado. En las noches, podemos tropezar, ser víctimas de una alimaña o, peor aún de un ladrón. Antiguamente, los delincuentes solían aprovechar la falta de iluminación para cometer sus fechorías (tiempos aquellos en que los ladrones eran «gente honrada» y temían la luz).
La oscuridad nos impide saber hacia dónde vamos y por dónde caminamos. Aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue sorprendiéndonos la capacidad de los murciélagos para volar en la noche. No es casualidad que búhos, gatos y otros animales noctámbulos hayan sorprendido al ser humano y, a veces, despertado recelos y generado supersticiones.
Imaginemos, por un momento, el terror que debían sentir nuestros antepasados del neolítico, acurrucados en torno a una fogata, temerosos de que, desde la oscuridad, los asaltase una fiera. El fuego, la luz, era la mejor manera de ahuyentar a los depredadores. En aquellas épocas, el homo sapiens estaba en el menú de muchos animales.
Pero sigamos con los vampiros. Agreguemos que algunos murciélagos son hematófagos. Voladores nocturnos y bebedores de sangre: tenemos todos los elementos para una criatura terrorífica. ¿No les parece?
La relación con la sangre es ambigua. Por un lado, la sangre es vida. Jesús mismo advierte a sus discípulos que quien no come su carne y bebe su sangre no tendrá la vida eterna. El Antiguo Testamento prohíbe comer la sangre de los animales. En ella, reside la vida. Por decirlo de una manera metafórica, el alma reside en la sangre. Sin embargo, la sangre también nos da miedo. No son pocas las personas que se desmayan cuando donan sangre o cuando les practican un análisis de rutina. La sangre es vida; pero también, puede ser un indicio de violencia.
¿Vieron la miniserie Drácula (2020)? El episodio tercero, situado en el siglo XXI, nos presenta a un Drácula que ha revivido después de un largo letargo en el mar. Cuando Drácula bebe la sangre de sus nuevas víctimas, adquiere algunos de sus conocimientos. Bebiendo sangre de mujeres y varones de nuestra época, Drácula actualiza sus conocimientos del mundo. Beber la sangre de otro es beber su conocimiento. Una premisa interesante.
Regresemos a tiempos antiguos, los vampiros eran una explicación plausible para dar cuenta de plagas, enfermedades extrañas y muertes súbitas. En una época en la que se desconocía la existencia de virus y bacterias, el vampirismo no era una explicación tan absurda como nos parece hoy en día.
Los vampiros, elevados a la categoría de entidades sobrenaturales en el folclore balcánico, explicaban la muerte de los niños en cuna, las malas cosechas, el mal clima. Por cierto, todo sugiere que el COVID-19 comenzó cuando alguien se comió una sopa de murciélago en Wuhan. ¿No les sorprende? Como decía mi amigo Obdulio, ¿pero qué necesidad? Tan fácil que era zamparse un caldo tlalpeño o un pozole rojo.
Sin embargo, es curioso que, en la Nueva España, donde los demonios, ángeles, lloronas, nahuales y aparecidos formaban parte de los relatos cotidianos, no aparezca ninguna entidad vampírica. Lo más parecido es la Tlahuelpuchi de la mitología tlaxcalteca. Se trata de un ser mágico, quizá diosa, quizá bruja, que bebe la sangre de los recién nacidos, capaz de evaporarse y de convertirse en algún animal nocturno.
Por el contrario, el cine mexicano del siglo XX sí que está poblado de sensuales vampiresas y aristócratas colmilludos que son derrotados por el Santo y otros de nuestros héroes nacionales; ya en otro número de istmo (número 303, 2009), conté cómo La invasión de los vampiros (1961) es una película icónica en la narrativa de vampiros, pues el vampirismo deja de ser una maldición sobrenatural para convertirse en una enfermedad que puede ser derrotada por la medicina. ¿Recuerdan que Blade (1998) se inyecta un suero para detener su necesidad de beber sangre? La película mexicana, de mala factura, propone una idea muy interesante: arrancar a los vampiros del mundo sobrenatural para convertirlos en enfermos. De ahí a los vampiros «vegetarianos» (por así decirlo) de Crepúsculo, hay sólo un paso. Es una pena que tan pocas personas conozcan esa película mexicana y también es una pena que haya sido tan mal ejecutada.
En medio de toda esa parafernalia, La invención de Cronos (1993), de Guillermo del Toro, ocupa también un lugar muy especial no sólo en el cine mexicano, sino en el cine internacional. El escarabajo mecánico, obra de un alquimista, da vigor, pero a cambio, despierta la sed de sangre. Para mi sorpresa, a pesar de ser revolucionaria, la película es poco conocida entre los vampirólogos.
En la literatura vampírica hay dos tradiciones. La primera es la de El vampiro de J. W. Polidori. Se trata del vampiro refinado, gallardo y sanguinario: Lord Ruthven. Por otro lado, tenemos la tradición de Bram Stoker: vampiro aristocrático, pero físicamente repugnante. No obstante, en ambos casos, el vampiro es una criatura atormentada, poderosa, perversa, pero marginada de la sociedad. En realidad, suelen ser criaturas muy frágiles. ¿Qué mayor fragilidad que ser destruidos por los rayos del sol?
Actualmente, el vampiro ha devenido una metáfora. «The world is a vampire, sent to drain», sentencia Smashing Pumpkins. Los bancos, los patronos, el capitalismo, el sistema son vampiros que chupan la sangre de los pobres, de los oprimidos.
Pero no solo eso, sino que los vampiros singulares son también seres que deben ser protegidos por las leyes. Presenciamos la integración de los vampiros a la vida social. Hoy, los vampiros van a la preparatoria junto con zombis y hombres lobo (por cierto, también entre los monstruos hay clases sociales, y los zombis son el lumpenproletariado del mundo sobrenatural).
Los vampiros ya no inspiran miedo. ¿Llegará el día en que personajes como Buffy, la cazavampiros, serán vistos como cazadores crueles e inhumanos? En definitiva, los vampiros han abandonado el mundo sobrenatural para integrarse en el mundo ordinario de los gadgets y redes sociales. ¿Ya vieron Las hermanas vampiras (2012)? Son hijas de un vampiro y de una humana. Vamos, que estamos en la época de la inclusión (lo cual, evidentemente, no me parece mal). Con decirles que en Hotel Transylvania 3: monstruos de vacaciones, la descendencia de Van Helsing se reconcilia con Drácula. Tampoco debería extrañarnos tanto, ya hemos visto al demonio comportarse como persona decente. ¿Vieron la serie Lucifer (2016)?
Y les cuento esto, porque recién publiqué una novela El vampiro del Virrey (Planeta, 2023), donde una monja letrada hace de detective en la Nueva España cuando aparece una epidemia de vampiros en esta tierra. Pero también se los cuento, porque detrás de toda esta narrativa de vampiros, demonios y zombis adolescentes y risueños estamos viendo, creo, la trivialización del mal y la secularización de la cultura occidental. Yo no creo en fantasmas ni en vampiros, pero sí creo en la presencia de lo sobrenatural. Y cuando banalizamos las entidades malignas, conjeturo, acabaremos por banalizar el reino de lo espiritual. En fin. Ya me puse serio.