El necaxista digital: la IA y la política

ENTRE EL NECAXA Y EL AMÉRICA

Tengo un amigo necaxista. No es una invención mía. Existe. Lo más admirable de su afición no es la fidelidad al Necaxa, sino el convencimiento con el que habla de «la afición necaxista», como si se tratase de una fuerza social comparable a la de América, Chivas o Cruz Azul.

Cada vez que mi amigo Mario abre sus redes sociales encuentra comentarios necaxistas, memes necaxistas, análisis necaxistas y discusiones necaxistas. Concluye, entonces, que el México entero sigue con pasión los avatares de los Rayos.

La explicación de tal fenómeno es relativamente simple. Lo que ocurre es que el algoritmo ha «decidido» protegerlo; lo rodea de personas que piensan como él, sienten como él y celebran las mismas victorias. Mi amigo no vive en México. Vive en la República Digital del Necaxa.

Nos reímos de él, porque el fútbol (sobre todo si uno le va al Necaxa) visibiliza ciertos absurdos. Sin embargo, todos corremos el mismo riesgo.

El americanista puede llegar a creer que el país entero es americanista (Dios no lo quiera). El morenista puede pensar que todo México apoya a Morena. El opositor puede convencerse de que todos sus vecinos están hartos del gobierno. El empresario puede imaginar que a todo mundo le interesan la deducibilidad fiscal de las prestaciones laborales. El académico puede creer que a la nación entera le preocupan las becas postdoctorales.

Las redes sociales poseen la extraordinaria capacidad para hacernos sentir acompañados. Y también tienen la temible capacidad para hacernos olvidar que existen quienes piensan distinto de nosotros.

Por eso, cuando finalizo una conferencia sobre política mexicana de coyuntura, me gusta hacer una recomendación que no siempre es bien recibida. Animo a los oyentes a seguir deliberadamente en redes a diez personas que piensen de manera muy distinta a nosotros. Les sugiero revisar las publicaciones de diez personas cuyas posturas políticas nos enojen. No para discutir con ellas. No para insultarlas. No para convertirlas. Simplemente para recordar que existen otros puntos de vista y que nuestro algoritmo no es el mundo.

Esta recomendación, aparentemente trivial, es en realidad una forma de resistencia.

Durante siglos, la política se construyó en plazas, parlamentos, cafés, universidades, sindicatos, iglesias y sobremesas. Tales espacios tenían algo en común; nos obligaban a convivir con personas distintas. Personas de carne y hueso y cada una de ellas con sus particularidades, convicciones y manías. Tras la discusión en el café o en el salón de clase, uno solía terminar convencido de la genialidad de las propias ideas, pero difícilmente se podía ignorar la existencia del otro. El vecino incómodo, el colega impertinente o el cuñado insoportable cumplían involuntariamente una función cívica fundamental: recordarnos que la sociedad es plural.

La tecnología digital está modificando esa experiencia. Nunca habíamos tenido acceso a tantas voces y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil atrincherarnos entre personas que piensan igual que nosotros. El resultado es una sutil forma de aislamiento. Vivimos permanentemente conectados y, al mismo tiempo, cada vez más encerrados en pequeños clubes ideológicos. Necaxistas digitales.

León XIV ha señalado tres riesgos asociados al desarrollo de la inteligencia artificial. Los tres tienen implicaciones políticas profundas. El primero es la falsa objetividad. El segundo es la sustitución de la comunicación auténticamente humana. El tercero es la facilidad con que obtenemos resultados sin esfuerzo. Los tres riesgos se alimentan mutuamente.

EL ESPEJISMO DE LA OBJETIVIDAD

La inteligencia artificial suele expresarse con seguridad. Responde con frases ordenadas, tono equilibrado y apariencia de neutralidad. Ello genera una ilusión peligrosa: creer que porque una respuesta suena objetiva necesariamente lo es.

Algo parecido ocurre con los algoritmos. No suelen mentirnos de forma abierta. Proceden de una manera más sofisticada. Seleccionan. Criban. Filtran. Nos muestran ciertas opiniones y ocultan otras. Destacan algunas preocupaciones y minimizan otras. Construyen un paisaje intelectual donde nuestras ideas parecen más comunes de lo que realmente son.

La falsa objetividad consiste precisamente en confundir una muestra con la totalidad, una perspectiva con la realidad completa. El problema no es que veamos algo falso; el problema es que dejamos de ver lo demás.

En política, las consecuencias son inmediatas. Cuando dejamos de encontrarnos con la diferencia, terminamos por considerarla una anomalía. El opositor ya no parece alguien que interpreta los hechos de otra manera, sino alguien que vive en otro planeta. Así como el universo digital del necaxista es una anomalía para el americanista, así en el universo digital del izquierdista, el opositor de derecha es una excepción (y viceversa). Buena parte de la polarización política contemporánea tiene su origen en esta navegación sesgada por las redes. El algoritmo consolida nuestros prejuicios y los eleva a la categoría de ciencia.

Las personas no se han vuelto más malvadas o más irracionales. Pero si cada una recibe una versión distinta del mundo, acaba creyendo que esa versión es el mundo. Y eso destruye los cimientos de la convivencia social y política.

EL ADULADOR PERFECTO

El segundo riesgo señalado por León XIV me parece todavía más inquietante.

La inteligencia artificial puede sustituir ciertas formas de comunicación humana. No, la IA no es mejor conversadora que nosotros, pero sí es más cómodo hablar con ella que con un humano.

Durante siglos los gobernantes sensatos han temido rodearse de aduladores. El adulador elimina la fricción. Nunca contradice. Nunca cuestiona. Nunca introduce una duda incómoda. Escucha con atención, asiente con entusiasmo y confirma nuestras intuiciones, sean falsas o verdaderas.

La inteligencia artificial corre el riesgo de convertirse en una especie de adulador universal. Ciertamente, puede corregir errores y ofrecer objeciones. Pero está diseñada para colaborar, no para convivir. La convivencia humana es más compleja. Implica negociar, soportar interrupciones, enfrentar desacuerdos y aprender a formular mejor nuestros argumentos.

La convivencia exige soportar el mal aliento del interlocutor y nos exige mantener la atención del otro con sonrisas, chistes o regaños. Hay una dimensión corporal de la conversación que solemos olvidar. Las personas no sólo intercambiamos argumentos. Leemos gestos, silencios, titubeos y miradas. Una negociación política no ocurre entre ideas abstractas; ocurre entre cuerpos presentes. El otro se sienta frente a nosotros, ocupa espacio, nos interrumpe, nos incomoda y, en ocasiones, nos convence. La vida pública siempre ha tenido algo de teatralidad porque la presencia física forma parte de la persuasión.

Las personas reales somos difíciles. Gracias a ello resultan tan valiosas.

Un amigo nos contradice. Un alumno se distrae, bromea y plantea una pregunta incómoda. Un colega encuentra una grieta en nuestro razonamiento. Un adversario político nos obliga a reconocer límites y matices. La auténtica democracia depende de esas incomodidades.

Por eso me preocupa una tendencia cada vez más frecuente entre los jóvenes. Muchos experimentan una ansiedad genuina ante una llamada telefónica. Prefieren escribir. Prefieren enviar mensajes. Prefieren cualquier modalidad de comunicación que reduzca la incertidumbre del encuentro directo.

Una llamada telefónica todavía conserva algo imprevisible. Una conversación cara a cara conserva mucho más. No podemos editar nuestras respuestas ni corregirlas antes de pronunciarlas. Tenemos que reaccionar en tiempo real y asumir las consecuencias de lo dicho.

No es nostalgia. Tampoco una condena generacional. Es simplemente una observación. La negociación se aprende negociando. La conversación difícil se aprende conversando. Y la política no surge de la coincidencia, sino del encuentro entre perspectivas distintas.

LA DESAPARICIÓN DE LA ESPERA

El tercer riesgo señalado por León XIV es quizá el más silencioso: la facilidad.

La inteligencia artificial ofrece resultados inmediatos. Resume libros, redacta correos, organiza información y propone soluciones en cuestión de segundos. Sus ventajas son evidentes y sería ridículo negarlas.

Sin embargo, toda tecnología que elimina una dificultad elimina también una experiencia asociada a esa dificultad. La técnica nos ha hecho más fácil la vida. No me parece mal; pero, en ocasiones, el esfuerzo forma la voluntad, la inteligencia y el cuerpo. Como dice mi colega Enrique Siqueiros, si no ejercitamos el músculo social, nuestra capacidad de convivir se atrofia.

Antes había que buscar más, esperar más y preguntar más. Había que recorrer bibliotecas, llamar por teléfono, tocar puertas y aceptar la posibilidad del fracaso. Muchas de esas molestias desaparecieron. Ganamos eficiencia. Pero también perdimos ciertas oportunidades de aprendizaje.

La política pertenece al mundo de las actividades lentas. Los acuerdos requieren tiempo. Las reformas requieren discusión. Los consensos exigen paciencia. La negociación es, por naturaleza, un proceso imperfecto y demorado.

Cuando nos acostumbramos a obtener resultados inmediatos sin mucho esfuerzo, comenzamos a calificar cualquier demora como un defecto. Y entonces la deliberación democrática empieza a parecernos una pérdida de tiempo.

Queremos respuestas rápidas donde se requieren largas conversaciones.

RECUPERAR LA PLAZA PÚBLICA

No propongo una cruzada contra la tecnología. Sería tan inútil como prohibir la imprenta.

Yo utilizo la inteligencia artificial cotidianamente. Me ayuda a buscar información, ordenar materiales y explorar alternativas. Las redes sociales me permiten acceder a personas e ideas que jamás habría conocido de otro modo.

El desafío consiste en evitar que las herramientas sustituyan el encuentro con otros seres humanos.

La convivencia física sigue importando. Importan las universidades, los cafés, las escuelas, los parques, los restaurantes y todos aquellos espacios donde personas distintas comparten tiempo y conversación.

Cuando convivimos, descubrimos algo elemental: el otro existe. Y cuando el otro existe, nuestras certezas comienzan a moderarse.

Mi amigo necaxista probablemente seguirá convencido de que una inmensa mayoría silenciosa de mexicanos comparte su pasión por los Rayos. Tal vez sea mejor dejarlo en paz. Todos necesitamos alguna ilusión para sobrevivir.

Lo preocupante es que la tecnología puede convertir esa ilusión privada en una condición colectiva.

La falsa objetividad, la sustitución de la comunicación humana y la facilidad de los resultados apuntan en la misma dirección: reducir nuestro contacto con la realidad. Y la realidad tiene una característica incómoda que ningún algoritmo ha logrado eliminar. El otro existe. Y casi nunca piensa como nosotros.

(Y para escribir este artículo utilicé IA, leí libros, tomé notas y revisé algunas de mis propias conferencias. La IA me ayudó a ordenar ideas y explorar posibilidades. Pero no pudo sustituir aquello que dio origen a mi texto: años de conversaciones, clases, debates, comidas, desacuerdos y experiencias personales).

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No. 26 
Febrero – Marzo 2025

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