Desmitificación de la historia de México

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Durante décadas, la historiografía mexicana, y por ende la imagen que los mexicanos construimos sobre la historia de nuestro país se elaboró sobre propósitos meramente políticos, muy alejados de la verdad científica que asegurara una imagen más acorde con la verdad, o cuando menos, no tan falsa. Preferimos la utilización de la historia a su comprensión, con el objeto de sostener determinada ideología, asegurar el patriotismo o fortalecer una nacionalidad naciente y perpetuamente amenazada por enemigos eternos externos o internos, de suerte tal, que no tenemos empacho en recurrir, ante tales propósitos o intereses, a la creación del mito, a la difusión de la leyenda, e incluso al sostenimiento de la mentira.
Quiero recordar dos anécdotas que no hace mucho ocurrieron en nuestro país. Bajo el gobierno del presidente López Portillo recordarán los habitantes del bellísimo barrio de Coyoacán se colocó una escultura en bronce de buenas y armoniosas proporciones: un soldado español del siglo XVI, una india sentada, y en medio, adelantándose al curioso espectador, un niño desnudo. Para cualquier observador imparcial el monumento representaba el surgimiento del mestizaje mexicano, fruto de la unión del español y la india. Sin embargo, la colocación de la escultura provocó una acalorada y vigorosa reacción entre pseudo-intelectuales de izquierda y políticos afines.
Muy a tono con la historiografía oficial asentada en una pedagogía secular se afirmó que el español representaba a Hernán Cortés, el terrible conquistador y fundador de Coyoacán y México, y que la india era la Malinche, prototipo de traidora a «la causa indígena». En la polémica que se siguió a estos comentarios nadie vio, ni quiso ver, y sí todos olvidaron al niño. O quienes lo recordaron lo hicieron únicamente para afirmar que había sido el fruto de una relación violenta y por tanto culposa, que había que ocultar.
Los argumentos esgrimidos en contra de la permanencia de dicho monumento nos recordaron entonces a los que, en su momento, se dirigieron en contra de la figura de Cortés, a raíz del descubrimiento de sus restos mortales en la iglesia del Hospital de Jesús en los 40, y que tuvo como inmediata y visible consecuencia, entre otras, la iconografía cortesiana pintada por Diego Rivera. Finalmente, ante el alud de críticas y oposiciones, las autoridades confinaron la escultura y ahí está todavía al último rincón de un olvidado parque colindante con el río Churubusco.
Epopeya a costa de la verdad
De la otra anécdota fui testigo y protagonista. Ocurrió en 1986 al conmemorarse el bicentenario del natalicio del general Guadalupe Victoria, primer presidente de México. Con este motivo se organizó una serie de conferencias en el Recinto Parlamentario del Constituyente de 1856, ubicado en el Palacio Nacional. Uno de los ponentes, el maestro Carlos Herrejón, disertó sobre el principio y el fin de don Guadalupe Victoria y se esforzó, en su semblanza, por comprender la humanidad de un héroe indiscutible.
Precisamente por este esfuerzo brindó, a quienes lo escuchábamos, una imagen real y humana del personaje, y por lo mismo, no exenta de manchas ni contradicciones. Herrejón rescataba al hombre y desde la humanidad de éste nos hacía comprensible y digerible al héroe; éste bajaba del pedestal, del monumento, para colocarse junto a nosotros. Su figura, lejos de devaluarse ante los oyentes ganaba en reconocimiento y admiración: Victoria, nos dábamos cuenta finalmente, había sido un hombre más que, desde esta humanidad, se había levantado gracias a cualidades humanas que no divinas a la altura de un héroe, digno del homenaje y de la loa que se le brindaba.
Al término del discurso de inmediato saltó de su asiento uno de esos historiadores oficiales, diputado y senador perpetuo que ha medrado del presupuesto a costa de ensalzar y mentir; uno de esos autores para quienes la historia es un arma y la mentira su parque. La crítica no se hizo esperar. ¿Dónde preguntó quedaba la imagen de don Guadalupe Victoria, primer presidente de la república federal, después de la lectura de un discurso que mostraba aun hombre que al final de su vida había aceptado la república centralista?
La consigna era clara: había que mantener el mito a toda costa, el héroe lo era precisamente por lo inmaculado, intachable, congruente y decidido, por mantener una misma postura política toda su vida; era, por lo tanto, imposible sospechar siquiera que hubiera apoyado el centralismo político que hacia 1835 se instauró en nuestro país. Si así hubiera sido, no se justificaba ni el homenaje ni la estatua recién develada frente al Congreso de la Unión.
La conducta del pseudohistoriador era comprensible: recogía una larguísima tradición dirigida a separar al hombre del héroe con el propósito de preservar en un nicho inmaculado la existencia de alguien muy superior a cualquier mortal. La grandeza del Estado, de la patria y la nación así lo exigían; la epopeya debía ser mantenida a costa de la verdad. Como humano, en cambio, no valía para normar la conducta de los mexicanos. Visto como hombre de nada servía.
Como en tantísimas ocasiones, la defensa del héroe se hizo bandera y consigna. Herrejón, pues, no sólo se había equivocado sino había tenido la temeridad de afrentar un símbolo sagrado. Ante la dialéctica, el discurso engalanado, la pasión y el tono autoritario y dogmático del apologista, me levanté y, a mi vez, le pregunté si no sabía que Guadalupe Victoria, primer presidente federal en 1824, había sido uno de los firmantes de la Constitución centralista de las Siete Leyes en 1836. Se hizo el silencio y el organizador dio por concluida la sesión.
A estas anécdotas todos podríamos añadir una y otra más; recuérdense los célebres decretos echeverristas por los que se declaró oficialmente a Ixcateopan altar de la patria por ser el lugar donde descansan los supuestos restos mortales de Cuauhtémoc, y al general Vicente Guerrero consumador de la independencia mexicana.

Bellos mitos, enormes falsedades

Nuestra historia está llena de bellos mitos y enormes falsedades, avalados por una historiografía más preocupada por afirmar posturas políticas que por la verdad. Esta actitud no es nueva; es más, se encuentra en los inicios mismos de nuestra vida independiente: los insurgentes y el mismo Iturbide proclamaron, al anunciar la independencia, que liberaban a una nación sojuzgada durante 300 años.
Según esta concepción no hacían otra cosa sino dar la libertad a un ente político y nacional que hacía 300 años se había constituido y al cual, por una terrible fatalidad, se le impidió continuar su libérrima existencia en 1521. Es decir, hacia 1821 se pensó y creyó que México existía antes de la llegada del español y se negó lo que precisamente había ocurrido durante esos años: la formación de una nueva nacionalidad que para entonces reclamaba su derecho a existir y sostenerse.
La actitud era comprensible y se explica en 1821; ante el imperativo de lograr la independencia había que recurrir a cualquier elemento que legitimara nuestro derecho a ser independientes, no importando que se acudiera al mito, la leyenda o incluso a la falsedad: a México la dominación española no le había añadido ni quitado nada, y en 1821 aparecía nuevamente para proclamarse, ante la asombrada Europa, como la nación más privilegiada del universo.
Pero si en 1821 se justificó una historiografía con estos propósitos (como la de Carlos Ma. de Bustamante, el gran creador de la mitología mexicana), en 1992 no se explica ni justifica que continúe haciéndose e incluso avance una visión tan distorsionada de lo que realmente ocurrió, a menos que los mexicanos sigamos con la necesidad de mitos, leyendas y mentiras para fortalecer nuestra propia imagen.
Tan terrible es pensamos nuestra realidad, tan decepcionante y pesimista que lo mejor es continuar viviendo alrededor de héroes sin mancha, de gestas sin par y de hazañas inimaginables.
Durante todo el siglo XIX vivimos alucinados por una historiografía patriótica y patriotera, llena de mitos y mitotes, de buenos y malos que sirvió no hay lugar a dudas para afirmar la nacionalidad mexicana. El mito cumplió cabalmente su función y ahora podemos admirar enormes monumentos al Pípila y al Niño Artillero, por sólo mencionar a unos cuantos.
Lo grave es que convertimos la alucinación en realidad. El mito se creyó a pie juntillas y da miedo superarlo. Tal vez nos espanta vernos desnudos de leyendas y gestas heroicas tanto como nos espantó la desnudez del niño de Coyoacán.

Dos pasados, un presente

Durante el siglo XIX la historiografía nacional avivó las pugnas habidas entre liberales y conservadores y legó una visión de nuestra historia poco crítica y parcial.
Tan cierto es esto que en nuestro lenguaje cotidiano ratificamos día con día esta visión estática de la historia de México, sin asumir una posición crítica frente a frases como nos conquistaron, nos dominaron, los españoles destruyeron lo que éramos, y otras similares que revelan una psicología colectiva propia de dominados y denuncian una actitud falsa, fruto de una pedagogía dirigida por el triunfador y dotada en su contenido de elementos eminentemente políticos.
¿Qué indican los vocablos éramos, nos, o fuimos sino la prueba plena de que desde 1821 a 1992 no hemos avanzado nada, colectivamente hablando, frente a nuestra historia?
No niego la utilidad de este tipo de historia escrita, a quien Luis González ha denominado «historia de bronce» y Cicerón «Maestra de vida». Es, a no dudarlo, pieza clave en el fortalecimiento del patriotismo de cualquier nación y vehículo eficaz y grato para la educación cívica de niños y jóvenes. Dice González, «no cabe dudar de su eficacia como especie de predicación moral y como promoción del espíritu patriótico».
Lo cuestionable es que dicha concepción se erija en el único modelo del quehacer historiográfico y pretenda imponer la verdad desde la esfera del poder, más que servir de ejemplo y enseñanza al gobernado. Cuando la historia de bronce pretende monopolizar la interpretación de lo acaecido en nuestro pasado, no sólo frena el desarrollo intelectual sino, lo que es peor, paraliza la visión que los hombres se forjan de su propia imagen, negándoles la posibilidad de descubrir entre sí valores desconocidos y fuerzas ignoradas.
Los mexicanos, por el contrario, rechazamos una visión dinámica de nuestra historia, más acorde con la realidad y más favorable a nuestra comprensión como entidad cultural, política y espiritual, única e irrepetible en la historia universal.
Con un claro sentimiento de culpa no superado nos regodeamos en la visión de un pasado indígena idílico que sólo en parte nos pertenece, y nos negamos a forjar otra, si no optimista, cuando menos realista de nosotros mismos. Si fuimos antes de la conquista o durante la conquista, es cosa que cualquier persona por poco inteligente que sea puede fácilmente negar; sin embargo, no es sencillo entender la construcción del mexicano como producto de un larguísimo proceso que quizás aún en nuestros días no está del todo concluido.
La historia nos condiciona y forma, pero lo hace cotidianamente y nunca nos congela en una determinada forma de ser. Entendidos como proceso o si se quiere como resultado de un proceso resulta obvio concluir que esos trescientos años de dominio hispánico, y el siglo y medio de vida independiente, han sido no sólo importantes sino esenciales para construirnos como mexicanos, para ser lo que somos, únicos y distintos, ajenos ya tanto al pasado indígena como al medioevo español pero nutridos por ambos.

Lo mejor de América y Europa

Las versiones parciales y falsas de la historia, de nuestra historia, amén de congelar nuestra posibilidad de ser mejores nos llenan de pesimismo, lo mejor fue lo que pasó, lo ido, lo que no se repetirá; el futuro, en cambio, se presenta como repetición de la frustración sufrida por la pérdida de un paraíso indígena o colonial que verdaderamente marcó nuestra felicidad dentro de la historia. El fracaso, la derrota, la crisis presente, se hacen explicables en la medida en que allá atrás, en el tiempo, algo o alguien nos impidió ser lo que ya éramos.
El porvenir, lo único que señala con seguridad y certidumbre, es la continuación de la pugna, la permanencia del maniqueísmo paralizante, la prolongación de la discusión o del debate inconcluso, en aras del triunfo definitivo de Cortés o de Cuauhtémoc, Hidalgo o Iturbide, Juárez o Miramón, Díaz o el PRI; de un triunfo que, sospechamos, nunca se decidirá en favor de nadie.
Así, preferimos solazarnos en las desventuras, masacres y lágrimas vertidas en 1521, en la injusticia de la encomienda y en los horrores de la inquisición, y hacemos énfasis en las deficiencias de una cultura peninsular que no nos supo conducir al progreso material y tecnológico, y llegamos incluso a lamentar la presencia hispánica en nuestro suelo para añorar, en ocasiones de franca depresión, el modelo anglosajón, a todas luces más feliz, aparentemente. No nos preocupamos siquiera por analizar si efectivamente lo que creemos, o nos dijeron que ocurrió, sucedió verdaderamente; o si el propio conocimiento de la historia nacional corresponde a una correcta interpretación historiográfica.
Siempre lo he dicho y ahora lo repito: siento profunda envidia por los profesores de historia de nuestras primarias y secundarias. ¡Qué poder de convencimiento! ¡Qué formidables creadores de mitos indestructibles! iQué manera de forjar un panorama que ni la ciencia, ni la edad, ni el conocimiento, destruirán jamás!
Maestros de escuela privada u oficial que jamás nos enseñaron, ni recordaron siquiera, que en nuestros orígenes se encuentra un doble y magnífico legado del cual somos herederos: por un lado lo mejor de las culturas mesoamericanas que alcanzan su plenitud entre los pueblos maya, zapoteca, azteca y tarasco, y por otro, de la cultura europea en su feliz tránsito entre el medioevo y el renacimiento, representada por la Castilla del siglo XVI. De lo mejor de América y de Europa provenimos, y lejos de mostrar el orgullo que a todas luces nos corresponde por tal motivo, preferimos vernos ante el espejo de la derrota y la humillación, de la bastardía y la traición.

México: nuevo e irrepetible

Se nos replicará: esto es secuela de una conquista brutal, de un choque injusto, de una dominación atroz; y los calificativos y epítetos podrán sumarse hasta lo infinito: degradante, terrible, cruel, inhumana, etcétera. Sí, de acuerdo, pero así fue, así pasó y no podemos cambiarlo. No está en nuestras manos modificar un sólo segundo del tiempo ido. No nos está permitido variar la historia; lo que al hombre le corresponde es modificar su comprensión y conocimiento sobre el pasado, interpretar el hecho consumado y recrearlo en el presente a través de su inteligencia y capacidad moral. Y en estas tareas los mexicanos hemos preferido una comprensión, interpetación y recreación a todas luces pesimista, denigrante y falsa de lo ocurrido.
No es posible negar la violencia, pero sí podemos preguntarnos, ¿nada más hubo brutalidad en la génesis de nuestro mestizaje? ¿Y qué de aquellas relaciones afectuosas, e incluso amorosas, que existieron entre españoles e indígenas y que dieron por fruto un mestizo que lo mismo amó a uno que a otra? ¿Por qué siempre vernos como hijos de la violencia y no del amor tal y como lo quiso expresar la escultura censurada?
Nadie, ni en la escuela, ni en el discurso oficial, ni en el hogar, y menos en la historiografía tradicional, han reparado en las estrechas relaciones de convivencia que debieron darse entre un pueblo y otro: nadie nos habla de las alianzas entre indios y españoles, o de los conflictos entre pueblos indígenas, y se tiende a minimizar la llegada del Amor al nuevo mundo y de su aceptación plena y consciente por parte de miles de indígenas.
Y esto me recuerda otra anécdota: como es sabido, con motivo de la visita de Su Santidad a México en 1990, fueron beatificados varios indígenas conversos, Juan Diego y los niños mártires tlaxcaltecas. Pues bien, cabe recordar la reacción de quienes siguen pensando en un México hecho y derecho existente hace ya más de cuatrocientos años: los mismos beatos fueron considerados pura y simplemente como traidores a los indígenas y, lejos de merecer loas y altares, debieron ser tachados de infamia por abjurar de sus culturas tradicionales y aceptar la religión del dominador, imperialista y conquistador.
No repararon esos autores, por otra parte blancos y barbados que enarbolan la bandera indigenista sin mandato previo de los propios indígenas, que con la plena aceptación de la muerte por la misma fe, esos indígenas empezaban a consumar un hecho único e irrepetible en la historia universal: el surgimiento de la mexicanidad. Juan Diego y los niños beatos fueron denostados, una vez más, por ser simplemente mexicanos, es decir, por ser nuevos e irrepetibles. Por ver al padre o a la madre, se negó nuevamente al crío. ¡Qué fácil resulta referir la mexicanidad a momentos y circunstancias donde francamente no pudo darse y qué difícil es comprenderla en todo lo que ontológicamente representa!

Suave Patria, revela tu verdadera historia

Aun cuando nos negáramos a aceptar la «visión de los vencidos» como la única de la historia mexicana, no es inútil reflexionar sobre la supuesta utilidad de dicha visión, y no está de más pensar sobre el lastre que ella ha representado para impedirnos ver hacia adelante. No, definitivamente no nos hemos reconciliado con nuestro pasado, continuamos viendo atrás y no hacia el futuro, y puede ocurrirnos lo que les pasa a quienes sólo miran así: se convierten en estatuas de sal.
Los mexicanos seguimos sin resolver el gran dilema de nuestros orígenes -Cuauhtémoc o Cortés- sin querer ver el resultado del choque o del amor, como se prefiera: el mestizo, el hijo negado en Coyoacán, y negado mil veces en nuestra realidad sociológica y en nuestro lenguaje cotidiano.
«iQué triste no provenir de una relación lícita!»: la ridícula lamentación se perpetúa y difunde en los siglos ya los cuatro vientos. Y digo ridícula porque, puesto a pensar, imagino a los españoles lamentándose del hecho de que romanos, visigodos, árabes, y quién sabe qué más pueblos, los invadieran y destruyeran; o figurarnos a los franceses desgarrándose aún las vestiduras por la invasiones francas, burgundias y visigóticas, o a los ingleses añorando un período anterior a las invasiones normandas.
¡No hay ninguna seriedad en un manejo de la historia así! y sin embargo nosotros y ahora sí nosotros, lo hemos hecho desde nuestra independencia, repito, apoyados en una historiografía a todas luces parcial e interesada.
No hace mucho, uno de los mayares historiadores mexicanos contemporáneos indicaba, a mi gusto, el correcto camino que en un futuro cercano podríamos intentar transitar, en un ensayo que lleva el sugerente título: Suave Patria revela ya tu verdadera historia. Creo que gracias a los esfuerzos de él y de otros historiadores comprometidos, viejos y jóvenes, no con la política ni el poder sino con México, y de varias instituciones formadoras de buenos historiadores, se puede contrarrestar una manía ya en exceso popularizada que parece tomó nuevo impulso en el 500 centenario de no sé ya qué cosa: ¿descubrimiento? , ¿conquista?, ¿encuentro?, ¿sojuzgamiento?
Baste la prueba que de unos años para acá nos ofrece la celebración del 12 de octubre: concebido en su origen como una fiesta del mestizaje otra vez, de lo nuestro, de lo que somos, ahora ese día es causa de polémicas y enfrentamientos verbales; por la mañana flores a Colón, por la tarde insultos e injurias por provocar, con su hazaña, la destrucción de lo que fuimos y que hoy nuevamente pretendemos volver a ser. Como si la historia pudiera regresar, como si el tiempo, pudiera borrarse.

Reconciliación con nuestras raíces

Frente a estas actitudes hostiles, agresivas y peyorativas, buena parte de la historiografía mexicana reciente anuncia una nueva aurora: la superación de un pasado falseado y la reconciliación con nuestro propio ser; se avizora en el trabajo cotidiano de historiadores serios, honestos y veraces, el niño de Coyoacán como imagen de lo que somos, para bien o para mal, e independientemente de a legitimidad de su origen; desnudo, avanza sin complejos a encontrarse con el espectador, es decir contigo, ansioso tal vez de poder saltar a tu lado para hacerte más fácil el transcurrir diario. Atrás quedan, orgullosos de ser lo mejor de su época, In hombre y una mujer que, sin voltear hacia un pasado de sangre y fuego, ponen la mirada en el porvenir del niño.
Una historiografía construida sobre la base de la crítica de fuentes, del correcto manejo de las reglas de la heurística y de la hermenéutica comprometida, no con el mito que ya no requiere, sino con el presente lleno de sudores, de llanto y también de risa de quienes habitamos y nacimos en esta parte del planeta. Una historiografía que se da el lujo de comprender el mito pero que no se sirve de él, y que prefiere asumir ante todos el compromiso que señalara O’Gorman hace años: el dulce amor del historiador por su patria.
El gran dilema que se nos presenta a todos al finalizar esta centuria, el reto colectivo a superar es si podremos aceptarnos, identificarnos o descubrirnos en la imagen que esta nueva historiografía aporta: si podremos superar el trauma de nuestra historia; si nuestra inconfesada y culposa bastardía la trastocaremos por una herencia riquísima que, por volear al pasado, no hemos sabido descubrir del todo, ni siquiera podido percatarnos que nos pertenece en propiedad.
Esta labor, es verdad, es tarea inicial del historiador, pero su aceptación o rechazo será responsabilidad de todos. La respuesta la darán los años y sin duda se reflejará en lenguaje coloquial de nuestros hijos.

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