México florido y espinudo

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Cada vez que surge el tema recurrente de nuestros mitos, nuestra historia e idiosincracia, mi mente vuela de inmediato a ese pequeño capítulo de las memorias de Pablo Neruda que titula México florido y espinudo. No encuentro ideas más hermosas que las que brotaron del corazón, más que de la pluma del poeta chileno, después de haber vivido por unos años, en la década de los cuarenta, en esta tierra de volcanes.
Transcribo aquí unos cuantos párrafos que, como pinceladas impresionistas, nos introducen al tema que en nuestra sección de polémica intentamos ahondar:
«México con su nopal y su serpiente; México florido y espinudo, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y creación, me cubrió con su sortilegio y su luz expresiva». (…)
«México, el último de los países mágicos; mágico de antigüedad y de historia, mágico de música y geografía. Haciendo mi camino de vagabundo por esas piedras azotadas por la sangre perenne, me sentí inmenso y antiguo, digno de andar entre tantas creaciones inmemoriables. Valles abruptos atajados por inmensas paredes de roca; de cuando en cuando colinas elevadas recortadas al ras como por un cuchillo; inmensas selvas tropicales, fervientes de madera y de serpientes, de pájaros y de leyendas». ()
«Las manos de los mexicanos, como la de los chinos, son incapaces de crear nada feo, ya en piedra, en plata, en barro o en claveles». ()
«Lo pintoresco envuelve de tal manera los dramas mexicanos que uno vive pasmado ante la alegoría». ()
«Pero todo lo mágico surge y resurge siempre en México. Desde un volcán que le comenzó a nacer a un campesino en su pobre huerto, mientras sembraba frijoles. Hasta la desenfrenada búsqueda del esqueleto de Cortés, que según se dice descansa en México con su yelmo de oro cubriendo secularmente el cráneo del conquistador».
«Y la no menos intensa persecución de los restos del emperador azteca Cuauhtemoc, perdidos desde hace cuatro siglos, y que de pronto aparecen aquí o allá custodiados por indios secretos, para volverse a sumergir sin tregua en la noche inexplicable».
«Y no hay en América, ni tal vez en, el planeta, país de mayor profundidad humana que México y sus hombres. A través de sus aciertos luminosos, como a través de sus errores gigantescos, se ve la misma cadena de grandiosa generosidad, de vitalidad profunda, de inagotable historia, de germinación inacabable».

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