Cultura y plenitud

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Me he permitido calificar esta celebración de reinauguración, ateniéndome a aquellas palabras de Goethe cuando advierte que <<se camina no sólo para llegar sino para seguir caminando>>. Toda reinauguración, todo recomienzo, posee mucho de fascinante y misterioso, por lo que contiene de logro y reto, plenitud y expectativas; porque encierra, simultáneamente, el gozo de la conquista ya realizada y el sabroso agridulce de nuevas y desconocidas aventuras.
Reinauguración en la difusión -en este día alegre- de esa cultura que inteligentemente recibida, críticamente asimilada, libremente aceptada y responsablemente vivida, se ofrece a cada uno de los lectores, con el sano propósito de ayudarle en su personalísima tarea de alcanzar la plenitud vital.
Cultivo de contenidos
<<Si el hombre -dice Basave- es constitutivamente afán de plenitud sustancial, el fin de la educación -y con ella, de la cultura- es la plenitud de la naturaleza humana>> (1). Lograr la conquista de la libertad interior y espiritual a que aspira todo hombre por medio del conocimiento y la sabiduría, la buena voluntad y el amor: <<la libertad que despierta y fortalece el sentido de las obligaciones y responsabilidades personales y sociales>>, como lo señala Maritain (2). Vista así, la cultura que se propone transmitir Istmo, es lo más alejado a la simple acumulación erudita y estéril de datos y noticias; pretende, más bien, una <<estructura cognoscitiva y ética>> (3). <<Contenidos que nos vitalizan y, de nosotros, reciben su vitalidad y vigor. Conocimientos que se hacen, en nosotros, carne y sangre, vida y espíritu>> (4). Sólo como broma se puede aceptar aquello de que la cultura sea <<eso>> que nos queda una vez que olvidamos todo lo que habíamos aprendido.
Desde luego que la cultura es mucho más que <<eso>>.
Sabemos que el término <<cultura>> se deriva del verbo latino colere, que significa <<cultivar>>, desarrollar, ayudar a crecer, hacer fructificar; así, el término comenzó con un empleo metafórico. Fue Cicerón, en sus Tusculanas, quien escribió que: <<lgual que una tierra sin cultivar, por buena que sea, si se abandona sólo produce abrojos, el espíritu del hombre necesita ser cultivado para producir los frutos que le son propios>>.
En un sentido subjetivo, es decir con respecto a la persona, la cultura es un proceso y resultado. Proceso porque es una labor: la ejercitación de sus facultades espirituales, a fin de que produzcan cada vez más abundantes y mejores frutos; resultado, en cuanto se trata del carácter de la persona cultivada que ha desarrollado su buen juicio, buen gusto y sentido crítico, como lo expresa Ibáñez-Martín (5).
Por otra parte, en sentido objetivo, el concepto de cultura significa <<la suma de las creaciones humanas acumuladas en el transcurso de los siglos>>, tal como lo expone Alvear Acevedo (6). En este último sentido, la cultura admite la consideración en distintos niveles y aspectos, como cuando hablamos de la cultura helénica o renacentista, o bien cuando aludimos a la cultura musical, estética o religiosa; o más reductivamente aún, cuando nos referimos a la mayor o menor cultura que ha adquirido determinada persona.

Pelucas empolvadas

A propósito del sentido objetivo de cultura, me parece que conviene hacer algunas advertencias: en ocasiones se pretende establecer, indebidamente, una separación radical entre naturaleza y cultura, como si el hombre no formara parte de la naturaleza y como si la cultura no fuera una obra libre.
Tampoco resulta razonable oponer, como a veces se hace, incluso tajantemente, los conceptos de cultura y civilización, referido el primero a los logros humanos en el terreno de las llamadas <<humanidades>>; y reservado el concepto de civilización a las realizaciones de los hombres en el campo del progreso material o tecnológico, como si fuese privativo de las áreas técnicas y como si en toda máquina, aparato, utensilio, modificación geográfica o en todo sistema electrónico o cibernético no hubiera ahí más espíritu humano que simples materiales. Esta oposición injustificada es lo que ha provocado la llamada <<guerra entre las dos culturas>>: la humanista y la técnica.
También resulta erróneo identificar la cultura con los medios para su difusión y transmisión: teatros, cines, libros, etcétera. Por eso resulta que el hecho de leer mucho, asistir con frecuencia a las salas teatrales o devorar <<celuloide>>, a nadie garantizan cultura y, mucho menos, plenitud existencial.
Igualmente resulta indamisible el intento de separar, teórica o prácticamente, cultura y vida, como si aquélla -la cultura- fuera tan sólo un artificio antinatural, suntuario y sobrepuesto a la realidad vital como careta de lujo o peluca empolvada.
Es lo que convierte a la cultura en algo postizo, irreal y objeto de pedantería. Esto no quiere decir que debamos identificar, tampoco, cultura y cotidianeidad: no todo lo que hace el hombre pasa, de modo automático, a convertirse en cultura. En este sentido, no es cierto que todo libro, disco, pieza teatral, canción, etcétera, sean necesariamente cultura. Los productos culturales son aquéllos que el tiempo y las distancias se encargan de decantar. Si no, a la cultura le ocurriría lo mismo que a mucha de la llamada <<música popular>>, cuya principal característica es que por muy poco tiempo es popular.

Intimidad y diálogo

La auténtica cultura presenta, por lo menos, tres hechos incuestionables. El primero, que toda forma cultural tiene su génesis más radical en el espíritu humano, en el lugar de la vivencia totalmente íntima como lo expresa Dürr: <<Ahí, donde el hombre conoce, decide y ama; en cuyo seno se da, con carácter de exclusividad, la experiencia de los bienes y valores de la existencia y la estimación del peso de unos frente a otros>> (7).
<<EI pensamiento es, esencialmente, contraste de visiones y el diálogo constituye su indispensable vehículo>> (8). Pensar es entrar en diálogo abierto y sincero con el mundo y con los demás. El hombre vive y convive en el gran escenario del mundo material y social; sólo mediante el diálogo el ser humano puede satisfacer sus ansias de ser cada vez más él -ser un <<sí mismo>>-, a la par que logra ser con los demás y asemejarse a ellos; ser solidario y semejante.
Sólo así, siendo <<un-sí-mismo-semejante>> (9), el hombre, como pensante, puede convertirse en creador, receptor y transmisor de bienes de cultura que a su vez le permitan acercarse a su mayor plenitud. Esta es la perenne condición dialógica del pensamiento.
El segundo de los hechos antes sugeridos se desprende naturalmente del anterior y es, también, el obligado carácter dialógico de la cultura. Se precisa delinear con claridad los términos que hagan posible todo intento serio de construir y difundir cultura; antes que nada <<la consideración seria del objeto que se quiere definir, ir hacia él, dialogar con él; siempre será el objeto, lo que sirva de medida al conocimiento y no la sola impresión subjetiva de quien establece las relaciones afirmativas o negativas>> (10). Sólo este diálogo permite fijar términos verdaderos, lo cual no siempre resulta fácil ni cómodo, porque definir de alguna manera también es definir-se; y esto requiere, generalmente, sinceridad, ausencia de prejuicios, estudio y esfuerzo. Precisar con verdad y atenerse a ello, es comprometerse, tomar partido, sentirse obligado, <<lo cual a veces es muy molesto y a menudo resulta fastidioso por todo lo que implica de responsabilidad y congruencia>> (11). <<Culturizar>>, es decir, hacer cultura, transmitir cultura y hacerse cultura, es un verbo que sólo se conjuga en plural.
Por eso no es verdadera ni noble la cultura que se gesta en la sola subjetividad, cerrada al diálogo, y que aspira, inmanentemente, a permanecer en sí misma, como pretende la <<cultura de la subjetividad>> -que llamo así aunque sólo sea de modo provisional-, que es la cultura preconizada por la ideología modernista; ni la cultura hermética de las <<élites selectas>>, reservada egoístamente para unos cuantos iniciados; ni esa otra cultura acelerada y caduca, <<constreñida a la aplicación técnica, industrial o comercial, empujada a la síntesis por exigencias de la rapidez del proceso productivo, que tarde o temprano acaba evitando la responsabilidad y los riesgos del diálogo y del debate, haciéndose así formularia y dogmática>> (12), porque es una cultura que no define términos, sino que sólo admite suposiciones, y este sentido de incertidumbre hace más eficaz para el hombre moderno la aceptación pasiva de nuevas fórmulas.
Y así, los hombres renuncian a juzgar; buscan sólo la diversión que les proporciona esa cultura, una diversión que acaba por aburrirlos. Es una cultura que tiene miedo a que los hombres piensen.
Algunos espíritus románticos, han creído hallar la solución al problema provocado por la cultura de la subjetividad, presentándola no como una industria, sino como un arte. <<El arte -dicen- tiene la felicidad para el hombre, porque el arte no se juzga: se siente>>. Pero resulta que ese arte tampoco libera a los hombres de su malestar, ya que este nuevo y extraño arte <<no puede decirles nada verdadero: no puede imitar a la naturaleza porque ésta ya no existe, es sólo apariencia; no puede expresar el yo, porque éste es fenómeno también fraccionado en múltiples instantes; este arte no puede tampoco proporcionarle ideales: es un arte inhumano, que oscila entre el frío cerebralismo y los balbuceos instintivos>> (13).
Por eso se entiende que estas formas patológicas de cultura, por lo que tienen de subjetivismo, industrialismo y arbitrariedad, sean constantemente blanco de numerosos y justificados reproches.
Subjetividad: cárcel del profeta
Y del choque, a veces violento entre inmanencia y trascendencia, entre tradición y progreso, entre adaptación y revolución, la situación <<resulta ser cada vez más confusa. La cultura, cansada de este caracoleo, ya no sabe hacia qué rumbo dirigirse, no opta ya ni por la revolución, ni por la adaptación, ni por el pasado ni por el presente. Se decide más bien a trabajar árduamente en la planificación del porvenir, y es así como tenemos a toda una inmensa pléyade de futurólogos, prospectivólogos, ociólogos y recreólogos de la cultura del mañana, que predice, anuncia, prefigura, profetiza, prevé y adivina>> (14). Son los que, sustrayéndose al diálogo con la auténtica cultura, cometen la osadía de ir dando los resbaladizos pasos <<del que no quiere oír nada, no quiere ver nada y, finalmente, sólo ve y oye lo que quiere, lo cual constituye, en definitiva, un proceso imperceptible: la mente obstinada acaba haciendo encajar las cosas con sus ideas, en lugar de adaptar el pensamiento a las cosas>> (15).
Para quien se niega a dialogar con la realidad natural y con la realidad cultural, es imposible lograr la plenitud que busca. Se autocondena a permanecer encerrado en una -rara pero frecuentísima- forma de subjetividad extrema. Una subjetividad que se tiene a sí misma como único objeto de contemplación, análisis y fundamento. Subjetividad autofundada y autofundante, que pretende vivir al margen de toda verdad y de toda norma; subjetividad <<tautológica>> -como la llama Millán Puelles-, en cuanto se tiene a sí misma como único objeto de pensamiento y en ese pensamiento pretende conocer todo lo demás, según el planteamiento cartesiano del cual arranca la aventura de la modernidad; subjetividad que también pudiéramos calificar de <<tautoestésica>>, en cuanto que tiene a su propio sentimiento como única y omnímoda realidad, y que pretende ser autónoma en su saber, obrar y vivir, según el planteamiento russeauniano.
Subjetividad que no llega a la plenitud porque, aunque se cree libre, es simplemente aislada; no es plena, sino sencillamente <<hinchada>> y se empeña exaltadamente en considerarse semejante a Atenea, quien según el mito griego, nació sola, madura, perfecta y sin madre, de la cabeza de Zeus.
Esta subjetivdad, a fuerza de encerrarse en sí misma, termina por zanjar toda posibilidad de pensamiento y cultura, por ahogar en sí todo lo humano y, por ende, invalida cualquier intento de plenificación.

Desahogo creativo

Querer basar el pensamiento, establecer la cultura y toda propuesta de plenitud en tan delicuescentes cimientos, resulta del todo punto imposible; sería tan absurdo y contraproducente como el suplicio de Tántalo, aquel pobre desgraciado a quien todo intento por alcanzar su objetivo lo alejaba dramáticamente del mismo. Un hombre apresado en esta cultura de la subjetividad -de esta subjetividad superexaltada-, por erudito y habilidoso que sea, en la medida en que se enclaustra en su propio pensar y en su propio sentir, pierde el sentido común y, según el decir de Wendell Holmes: <<La cultura es una buena pieza de mobiliario para decorar un primer piso, siempre que haya sentido común en la planta baja>> (16).
Con todo esto, la actividad y creatividad humanas se transformarán en glorificación del subjetivismo deliberadamente desatinado, y la cultura ya sin verdades y sin normas, se convertirá -para decirlo con palabras de Chesterton- en una infinita adición de excepciones sin ninguna regla. A partir de esto, no resulta nada extraño el que André Bretón haya podido decir en su Manifieste du surréalisme, que se trata ahora de alcanzar: <<la ausencia de todo control ejercido por la razón… de puro automatismo psíquico…; ser creativo significa entonces hacer algo para desahogarse, para crear…>> (17). Y fue así como en algunas universidades empezaron a proliferar los cursos de <<desahogo creativo>>.

Ángeles irresponsables

La inglesa Ann Hartle ofrece un retrato del hombre moderno, creador de esta cultura de la subjetividad: <<EI hombre contemporáneo es consciente de si mismo como un centro individual de autoconsciencia para el cual incluso sus propias acciones son en cierto modo ajenas. Cuando el hombre contemporáneo habla de “encontrarse a sí mismo” quiere decir que tiene que mirar dentro de sí, ponerse en contacto con un sujeto interior que supone que está allí dentro de él. La enajenación, en su sentido más profundo, ha llegado a significar la separación del individuo respecto de su “verdadera personalidad”… La felicidad, en estos términos, es más bien como un estado de ánimo o sentimiento, un “ser uno mismo” que sólo se refleja (de manera imperfecta y distorsionada) en las propias acciones. La presuposición es que la persona interior es buena, pura, pero invisible a los demás: si pudiera uno tan sólo desnudarse de todo lo que le rodea el “centro”, lo que quedaría seria bueno y digno de amor>> (18).
Es decir, un sujeto interior siempre bueno, puro y angelical; y, por otro lado, un <<yo>> exterior, que actúa hacia afuera y del que yo no soy responsable. Ruptura total de la unidad de vida: entre vida privada y vida pública, entre ser y parecer; ya nada es verdad y, como dice Zaratustra: <<Si nada es verdad, todo está permitido>>. A partir de ahora, ¡la verdad ha muerto, viva la opinión! La ciencia, según esto, ya no será más <<el conocimiento cierto de las cosas por sus causas y demostraciones>>, sino simplemente <<un sistema mental de datos que guardan entre sí la debida congruencia>>, independientemente de la realidad porque, según acuerdo unánime, la realidad ya no existe. La verdad es reducida a opinión. <<Acostumbrado a ser etiquetado como un “estar-ahí”, “un-estar-arrojado”, un “otro”, un “surgimiento”, un “ego puesto en relación animal”, etcétera, el hombre se ha vuelto insensible a esas querellas verbales>> (19) y a ese relativismo intelectual que por todas partes ha sembrado la euforia de la opinión subjetiva y, por tanto, relativizante, que viene a constituir un panorama <<cultural>> -por llamarle de alguna forma- inestable, inseguro, veleidoso y movedizo que, de ninguna manera ayuda a la plenificación de nadie, antes bien fracciona y disuelve al hombre en un mar de incertidumbres e irresoluciones.

Convención de sin razones

Se trata de conocer más y más cosas, sin importar lo que las cosas sean, y <<viene el frenesí de la información, una información parcelada y precipitada por exigencias de la rapidez en la producción y distribución; información que llega al hombre inmerso en la economía del consumo, al cual se sugiere -dice Eco- constantemente a través de la publicidad, las transmisiones de televisión y las campañas de persuasión que actúan en todos los aspectos de la vida cotidiana; aquello que debe desear y cómo obtenerlo, según determinados procedimientos prefabricados que le eximen de tener que proyectar arriesgada y responsablemente>> (20). Y como esta cultura de la subjetividad se apoya, <<en los pintorescos mitos, creencias y símbolos que ella misma crea partiendo de las inagotables fuentes que constituyen los mass media, de éstos extrae todo lo que gusta y, naturalmente, todo es hecho para gustar, porque ésta es la única forma de mantener a las masas en su condición de inferioridad y servil y hacerles creer así que las cosas van bien de ese e modo.
<<El subjetivismo se mantiene gracias a la antirrazón, cuya arma principal es la opinión que todo lo vence, pues ella misma se halla por encima de la verdad y la falsedad, provocando así el advenimiento de la “omnisciencia”, gracias a la cual, el sujeto moderno expresa lo que él cree ser su propia verdad y el interlocutor cree escuchar aquello que él quiere que sea verdad. El viejo dicho de Mirabeau “todo hombre tiene derecho a enseñar lo que sabe”, ha sido al fin completado y, de ahora en adelante habrá que decir que “todo hombre tiene derecho a enseñar lo que sabe… incluso lo que no sabe”>> (21).
Basta con que alguien, no importa quién, exprese su idea, tampoco importa cuál, a condición de que ésta sea personal, subjetiva y sincera, para que brille la verdad espontánea, fácil y pura… La nueva forma de razonar es ésta: <<Pienso que las cosas son así, quiero que las cosas sean así, luego, las cosas son así>>. ¿No es esto lo que se escucha a diario en tantos programas de radio y televisión? Como que por obra de magia se opera la metamorfosis: a fuerza de desearlo sinceramente, el mito se convierte en hecho, la fantasía en realidad, el error en verdad y haré el necio en sabio. Por eso fácil es que se han visto anunciados, en algunas universidades extranjeras, cursos como éste: <<La filo-psico- socio-.tecno- pedagogía de la creatividad en la escuela elemental y media>> (22;después de esto, ya nada nos puede hacer sonrojar.
Y muchas veces son también clases, coloquios y simposia, además de radio, televisión y prensa, <<los escenarios cotidianos de esta cultura, en los que se exponen preceptos del orden de creo que, opino que, estoy convencido de que, tengo la impresión de que, siento que, etcétera. Es la vieja querella entre razón y fe, entre conocer y creer>> (23).
Algunos, justificadamente alarmados, han supuesto que la solución a este maremagnum pudiera estar en el trabajo de equipo: <<Pensar en grupo, juzgar y escoger en grupo>> como garantía de verdad, pero esto tampoco es posible en tanto que, con demasiada frecuencia, los intentos de interdisciplinariedad se conviertan sólo en un intercambio de monólogos, al modo como lo expresó Fichte: <<Toda convicción mía es exclusivamente creencia, y procede del sentimiento y no de la inteligencia. Sabiendo está, no voy a discutir más… pues la fuente de mi convicción está por encima de toda disensión>> (24).
Sin embargo -podría objetar alguien escandalizado-, nunca como ahora se ha hablado tanto de respeto a la opinión ajena y de libertad de opinión. En efecto, pero en gran parte, ese respeto viene a expresarse más o menos así: <<“Tu tienes la razón, como yo, que también la tengo”; o bien, “dame la razón y yo estaré de acuerdo contigo”; o más aún: “considera que mis opiniones son verdaderas y yo haré lo mismo con las tuyas”. Este “respeto” resulta fácil, cómodo y pacífico, mientras no toque el tema del rejuego del poder de cualquier tipo, porque entonces, muy “respetuosamente” también, se pasa al fanatismo: “Yo estoy en la verdad y tú en el error. Cuando tú seas el más fuerte, tendrás que tolerarme, pues tu deber es tolerar la verdad. Pero cuando yo sea el más fuerte, tendré que perseguirte, pues mi deber es perseguir el error>> (25).
Es que la cultura de la subjetividad <<ha bebido también en la copa de la demencia y, embriagada y enloquecida por el gusto de lo irracional, ¿quién sabe si volverá a recobrar su sano juicio?>> (26).

Ocio y silencio

En esta coyuntura incómoda entre la verdadera cultura, <<cultura simpliciter>> o simplemente cultura, y la <<cultura de la subjetividad>>, cabe recordar aquel planteamiento aristotélico de que el hombre se realiza -que es tanto como decir se plenifica- en y por la praxis, es decir, mediante su actividad como ser humano. En este sentido, según mi modo de ver, hemos de entender también a Aristóteles cuando dice que <<homo causa sui>>.
La actividad del hombre se desempeña en tres grandes niveles: uno es el nivel de la theorein -para emplear la terminología clásica-, de la contemplación especulativa, gracias a la cual el hombre persigue y encuentra la verdad contenida en el ser de las cosas. Es lo que los antiguos llamaron scholé, otium, el ocio que, según Gilson, <<es una forma de silencio, de aquel silencio previo que requiere la aprehensión de la realidad; solamente oyen aquellos que están en silencio, los que no están en silencio no oyen… Pues el ocio es una actitud receptiva del espíritu, una actividad contemplativa; no sólo es la ocasión, sino también la capacidad de alguien de sumergirse totalmente en la obra de la creación>> (27).
Otro es el nivel de la praxis, en la cual el hombre, convierte el saber teórico en saber práctico para transformar, en primer lugar, su propio ser, para apuntar a un más y mejor, a un mayor y más eficaz despliegue de toda su potencialidad, que es tanto como decir que el hombre avanza paulatinamente a su mayor plenitud.
Añade, a su ser natural, el ser cultural. Es el prodigioso paso del ser, al deber ser; del ser dado, al ser pleno. Adquiere, gracias a esto, una segunda naturaleza y depende de él mismo que esto no sea sólo una superposición artificial. KarI Jaspers lo expresa así: <<Es común a los ideales de formación el sentido de la forma y del autodominio, y también el sentido de que, por el ejercicio, la formación debe transfomarse en una segunda forma, como si todo fuera innato y no adquirido>> (28).
El tercer nivel de la actividad humana es el de la póiesis, mediante la cual el hombre es capaz de transformar también el mundo exterior: de hacerlo más amable, más habitable, más bello, más útil, más funcional. El hombre tiene derecho a perfeccionar el mundo; a lo que no tiene derecho es a devastarlo, ni destruir su propia naturaleza. Theorein, praxis y póiesis se entienden así como la fuente de la cultura y, por tanto, el ámbito de expansión, desarrollo y plenificación del hombre.

La auténtica cultura

Todo esto, ya nos coloca en condiciones de referirnos, por último, al tercero de los hechos antes anunciados -además de la condición dialógica del pensamiento y el carácter dialógico de la cultura- y es el hecho de que todo acto cultural, debe suponer siempre, para el hombre, un trabajo de elevación, de plenificación, en cuanto que reporta -debe reportar- una mejoría vital en la persona, en la sociedad y en el mundo físico. La cultura y su ingreso a ella facilita -a la persona individual y a la sociedad como colectividad- la posesión de un conjunto de bienes y valores que favorecen la mejora cualitativa de la existencia.
Permite que no vivamos como extranjeros en el mundo, enseña a distinguir con tino entre lo bueno y lo malo; ayuda, así, ala formación de un criterio personal y responsable, que en ciencia podemos llamar buen juicio; en arte, buen gusto; en la vida práctica, si prudencia; y en lo moral, honradez. Cierto que, a su vez, dispone para el ejercicio de virtudes -individuales y sociales-, es decir, hábitos inteligentemente adquiridos, libremente actuados y rectamente orientados, así como el cultivo de la dimensión trascendental que comunica, a todo otro propósito, su más radical, absoluta y definitiva justificación y sentido.
Es la auténtica cultura que proporciona el sentido de la realidad, el palpitar del genio humano, <<despierta admiración e invita a la práctica de los más elevados valores científicos, estéticos y espirituales profundos; alcanza de esta forma el “corazón”, que no es a mera subjetividad sino, en el sentido bíblico del término, “el hombre interior”>> (29).
Con este apretado resumen contrastado entre la cultura por antonomasia, la que no requiere de ningún adjetivo que la distinga, y la otra cultura, la de la subjetividad, pretendo presentar a Istmo una felicitación muy cordial y el reconocimiento -que espero en mi caso no se vea afectado por el cariño y la amistad-, de que en cada uno de sus 200 números se destaca de modo evidente, un deseo muy real y eficaz por transmitir los bienes culturales con una decidida afirmación de la persona; porque campea en sus páginas, una genuina preocupación por todos los problemas del hombre y la sociedad; porque aúna a la profundidad teórica de los temas tratados, las necesarias correlaciones con una efectiva sabiduría práctica; todo esto, con el propósito de que la filosofía, las ciencias, la religión, Ias artes, la técnica, la cultura toda, tenga los más amplios alcances, sin reservas de ningún tipo.
Por su parte, cada uno de los lectores de Istmo estará en condiciones de pensar, como sugiere Guardini que: <<esa plenitud de vida sólo puede ser la mía, no la de otro. Por eso el camino a todo lo bueno arranca de mi puesta en juego esencial; y la valentía de la adaptación de mí mismo significa, a la vez, confianza en ese camino>> (30).
Ese es el principio y fin de toda cultura: la fidelidad a lo real; la limpieza y decisión de ser uno mismo y, por tanto, la raíz del carácter. Pasar del yo de la situación inicial al yo de la plenitud; del yo natural, al yo cultural.

BASAVE, Agustín. Ser y quehacer de la universidad. Ed Promesa. México. 1983, pág.61.

MARITAIN, Jaques. Citado por BASAVE Agustín. Op.cit. pág.61.
IBAÑEZ-MARTIN, José A. Hacia una formación humanística. Ed. Herder. Barcelona. 1989, págs 70 y sigs.
BASAVE, Agustín, Op.cit, pág.63.
IBAÑEZ-MARTIN, José A. Op.cit., pág.96 y sigs.
ALVEAR ACEVEDO, Carlos. Manual de historia de la cultura. Ed. Jus. México. 1986, pág.7.
DUR, Otto. Educación en la libertad. Ed. Rialp. Madrid. 1971, pág. 53.
GARCIA MORETE, Manuel. Escritos en la libertad. Espasa-Calpe. Madrid. 1975, pág.15
GARCIA HOZ, Víctor. Educación personalizada. Ed. Rialp. Madrid. 1981, pág.15.
MORIN, Lucien. Los charlatanes de la nueva pedagogía. Ed. Herder. Barcelona. 1975, pág.45.
Ibidem.
Cfr. ELIA, Mario. El silencio de los jóvenes. Ed. Marfil. Valencia. 1964, pág.413.
Ibidem, pág.414.
Cfr. MORIN, Lucien. Los charlatanes de la nueva pedagogía. Ed. Herder. Barcelona. 1975, págs.34 y 141.
BERGSON, Henri. La risa. Ed. Espasa-Calpe. Madrid, pág.150.
Citado por MORIN, Lucien. Op.cit, pág.106.
Citado por MORIN, Lucien. Op.cit. pág.161-162.
HARTLE, Ann. El sujeto moderno en las Confesiones de Rousseau. Ed. Fondo de Cultura Económica. México. 1989, pág.16.
MORIN, Lucien. Op.cit., pág.33.
Citado por IBAÑEZ-MARTIN, José A. Op.cit., pág.29.
MORIN, Lucien. Op.cit., pág.58.
lbidem, pág.171.
Ibidem, pág.65.
Citado por MORIN, Lucien. Op. cit., pág.65.
MORIN, Lucien. Op. cit., pág.l05.
Ibidem, pág.97.
PIEPER, Joseph. El ocio y la vida intelectual. Ed. Rialp. Madrid. Pág.45.
Citado por IBAÑEZ-MARTIN, José A. Op. cit., pág.32.
lBAÑEZ-MARTIN, José A. Op. cit, pág.107.
GUARDINI, Romano. La aceptación de sí mismo. Ed. Cristiandad. Madrid. 1977, pág.31.

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