La melancolía democrática

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Cuando se contemplan los cambios acelerados que están teniendo lugar en los ámbitos de la política y de la cultura, la reacción suele ser de perplejidad. En la era de la levedad, la política ha dejado de ser el escenario de un enfrentamiento, las ideologías -o lo que de ellas queda- han suavizado sus perfiles, la dialéctica amigo-enemigo apenas vale para entender nuestra sociedad. Se impone la necesidad de reflexionar, de buscar nuevas referencias y abandonar los parámetros obsoletos. El pensamiento es más lento que la historia, aunque habría que preguntarse de qué sirve llegar más pronto que otros a un falso lugar y hacer el ridículo más estrepitoso. Cabe, por supuesto, ignorar los cambios y ahorrarse el esfuerzo de comprender su sentido. Pero si uno quiere aclararse con lo que pasa y actuar políticamente, de nada sirve desentenderse del curso de las cosas.
Es lógico que la velocidad produzca vértigos y mareos, a los que es mejor hacer frente que resistirse a aceptar que el mundo ha cambiado. Estamos en un mundo nuevo que nos obliga a continuas revisiones mentales.
Una de las apreciaciones más urgentes consiste en caer en la cuenta de que tanto el comunismo como el antifascismo -que fueron hace no muchos años las condiciones elementales de la conciencia democrática e imprescindibles para abatir las dictaduras- ya no son útiles para comprender y, sobre todo, para actuar en la situación actual. A la desaparición del enfrentamiento derecha-izquierda, se añade además la pérdida de confianza en la posibilidad de controlar racionalmente la creciente complejidad social.
Saludable para la reflexión, la complejidad mal digerida es mortal para la acción. A menudo es también una excusa de la pasividad. La noción de complejidad se ha convertido en el nuevo fetiche intelectual para consagrar nuestra impotencia: como todo es complejo, no hacemos nada.
Victoria como derrota
En la era del optimismo democrático, en plena marcha gloriosa y triunfante de la democracia liberal, Pascal Bruckner ha puesto con gran lucidez el acento sobre algunas paradojas de las nuevas democracias y ha advertido que la melancolía democrática es la tonalidad dominante de nuestra época. Habiendo dejado de ser subversiva, dado que ni amenaza a algún poder, ni poder alguno la amenaza, la cultura occidental también ha dejado de hacer la historia. Y es que, de hecho, en nuestra cultura de ecologismo generalizado, no parece haber otra cuestión que la de proteger y mantener las instituciones.
Quizás nos encontremos ante una victoria que parece una derrota, o a lo mejor es que no hay un triunfo que no coseche, de paso, alguno que otro fracaso. Podríamos insistir en las celebraciones, pero el triunfalismo ciega la visión de la realidad e impide mejorarla. Cualquier psicólogo sabe que hay una cosa peor que desear algo y no tenerlo: tenerlo y ya no desearlo. La mentalidad del hombre satisfecho probablemente esté en el origen de los actuales desencantos. Es la enfermedad de haber ganado y los traumatismos que lleva consigo la paz. Así parece haber ocurrido con nuestras democracias: que han perdido en coraje lo que han ganado en fuerza y seguridad.
La actual situación política se levanta sobre una peculiar novedad: la desaparición del enemigo. Es posible que todavía la inercia mantenga un lenguaje bélico pero, de hecho, la afirmación de la pro- pia identidad por oposición aun enemigo manifiesto es una actitud residual. Freud decía que siempre es posible unir a algunos hombres a condición de que haya otros dispuestos a recibir los golpes.
La presencia de un enemigo común refuerza una solidaridad elemental. Ahora bien, ¿qué pasa cuando el enemigo desaparece o se difumina? Pues que también pierde su fundamento la propia identidad. Se encuentra ante una situación paradójica, como la descrita por Roger Vailland: <<Ya no sé contra quién combato. No se puede hacer la guerra por el único placer de reencontrar la fraternidad del combate>>. No es extraño, por consiguiente, que la distensión favorezca el pluralismo de las sociedades. Pero la desaparición de la hostilidad lleva necesariamente aparejado un debilitamiento de los vínculos sociales y, tarde o temprano, conducen a una ruptura de la organización disciplinaria coercitiva.
Inconsolables y desamparados
Es evidente que con enemigo se vive, en cierto modo, mejor, o con más facilidad. Sin el imperialismo, las guerras coloniales, el nazismo, el comunismo, sin todo su cortejo de errores, jamás habría germinado en nosotros la aspiración al pluralismo. El antitotalitarismo ha sido una escuela de vigilancia y clarificación. Sus cruzadas movilizaban a los individuos, frenaban la apatía inherente a las sociedades de la abundancia y ofrecían un cierto proyecto colectivo. Nos encontramos ante el fin de la política dura. clara y trepidante. Se suele decir que en un país bien constituido no hay nada más monótono e insípido que su política interior. Habrá que irse preparando para ese feliz aburrimiento que resulta de haber sustituido los mecanismos de oposición en disposiciones hacia la cooperación.
Pero los ex-combatientes son inconsolables. Desamparados porque ya no tienen contra quién defenderse, desconocedores de la eficacia política de la colaboración, intentarán desacreditar el consenso y la cultura pactista. En vez de presentarlo como una conquista, lo convierten en sinónimo de oculta complicidad, de desinterés por los temas discutidos y obsesión por el poder a repartir. La democracia pone la verdad donde los puristas visionarios no ven más que una fuente de error: en la discordia, limitada y regulada por las reglas institucionales.
Nos costará tiempo acostumbramos a esta nueva situación. La forma de nuestros debates es todavía nostálgica. Todo lo que en el presente nos inquieta o parece amenazante es introducido en alguna categoría ya conocida. Bautizar de <<fascista> o <<bárbaro>> a un fenómeno que se sale de nuestras categorías mentales, por ejemplo, es tanto como poner en terreno conocido lo que realmente ya no sabemos calificar. Es la nostalgia impotente de una época en la que el terreno político estaba claramente delimitado. Adoptamos la postura de la víctima, afortunadamente con un sufrimiento sólo imaginario.
Hay una clara paradoja en estos ritos de descalificación: al anunciar la amenaza de una catástrofe, ponemos a nuestra disposición una lógica de guerra, sin necesidad de renunciar a las comodidades de la paz. A esto se debe la preferencia dada a lo patético frente a la sobriedad. Sobran matices cuando lo que tenemos enfrente es cataclismo universal. Es la comodidad del delirio crítico. Por eso, una de las cosas que habrá que ir desmontando es esa militarización del pensamiento que procedía de la vigilancia antitotalitaria. Porque al final resulta que hay una connivencia entre la imprecación desmedida y la pasividad, que es compatible a la extrema agitación con el extremo letargo.
Secreta complacencia
Así pues, la política se ha hecho cada vez más problemática y difícil. Pero su abandono sería dramático. No habría nada peor que ceder a la desilusión o confundir el progreso con la inercia. Un peligro descartado no es un progreso asegurado. Nuestro gran enemigo es ahora la pasividad, ya sea en su versión triunfalista o derrotista, pues una y otra justifican la apatía, desacreditando incluso la idea misma de la voluntad política. Como si hubiera una especie de método sin esfuerzo para la democracia o como si saber que son libres dispensara a los ciudadanos de ejercitar su libertad. Tan peligroso sería el optimismo ciego como la nostalgia atenazadora. El optimismo no es más que la forma eufórica de la resignación. De lo que se trata es, en suma, de reconocer los límites sin abandonar una decidida voluntad de reformas.
El individualismo democrático ha banalizado la democracia. La utopía de los 90 es una regulación espontánea del sistema democrático, una vez descartadas las grandes amenazas que se cernían sobre él. La democracia se debilita cuando se cree ya alcanzada, si se piensa como una simple sustracción a los despotismos, en lugar de entenderla como una búsqueda ardiente. La democracia no se reduce al sufragio universal; constituye un compromiso pacientemente elaborado entre el liberalismo político y la igualdad social.
La primera condición de la democracia es ser un régimen inacabado por naturaleza. Su fuerza reside en su indeterminación, en su incertidumbre creadora. No hay peor enemigo de la democracia que la democracia misma. Percibimos confusamente que todo está por hacer pero, privados del impulso que nos daría contar con un enemigo exterior, estamos desprovistos de energía. Los grandes combates han acabado, nuestra perfección está cercana a la muerte. Pero los enemigos de la libertad hoy ya no son poderes o personajes identificables, a los que pueda acusarse desde la inocencia, sino más bien hábitos propios a los que no es fácil reconocer, que cuentan con nuestra secreta complacencia.
Recientemente lo señalaba Mario Vargas Llosa al advertir que en el futuro inmediato los desafíos a la libertad en los países democráticos, no serán por lo visto las ideologías totalitarias, ya en avanzado estado de putrefacción, sino unos enemigos mucho más solapados y por eso más difíciles de vencer: el aburrimiento, el hastío, la desorientación cultural y espiritual, la frivolidad, el conformismo y las rutinas en que van languideciendo sus beneficiarios.

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