Participación. Por una democracia con adjetivos

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Fue el padre de la democracia liberal -Juan Jacobo Rousseau- quien advirtió en su tiempo, al observar al pueblo inglés: <<Se figura ser libre y se engaña mucho; no lo es sino durante la elección de los miembros del parlamento; en cuanto éstos resultan elegidos, el pueblo es esclavo o no es nada. En los breves momentos de libertad hace tal uso de ésta que bien merece perderla>> (1).
Alexis de Tocqueville, por su parte, va al fondo de las contradicciones de la democracia liberal cuando dice: <<Los pueblos democráticos, que han introducido la libertad en la esfera política, al mismo tiempo que aumentaban el despotismo en la esfera administrativa, han sido conducidos a singularidades bien extrañas. Si se trata de dirigir los pequeños negocios donde el simple buen sentido puede bastar, se estima que los ciudadanos son incapaces; si se trata de conducir el gobierno de todo el Estado, confían a estos ciudadanos inmensas prerrogativas, haciéndolos alternativamente los juguetes del soberano o sus amos. más que reyes, pero menos que hombres>>.
Y, así, ese momento paradójico no es más que una ficción; pues, como añade Tocqueville: <<Es difícil de concebir cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a sí mismos, puedan dirigir bien a los que deben conducirles; y no pueden hacernos creer que un gobierno liberal, enérgico y prudente pueda surgir jamás de un pueblo de esclavos» (2).
Cerca del totalitarismo
Nunca está más cerca de la dictadura un sistema político que cuando se va convirtiendo en una democracia aparente. Y en forma correlativa, la tentación irresistible del tirano es hacer creer que el pueblo lo aclama, que le pide ser gobernado por él.
Es bien sabido, por otra parte, y coinciden en ello un gran número de ensayistas, que los defectos y los riesgos de un régimen político democrático son enormes. Que muchas veces la tolerancia y las libertades cívicas permiten -o acaso fomentan- el desarrollo político de los enemigos de la misma democracia.
De alguna manera, podríamos decir con Tocqueville que <<en nuestros contemporáneos actúan incesantemente dos pasiones contrarias; sienten la necesidad de ser conducidos y el deseo de permanecer libres. No pudiendo destruir ninguno de estos instintos contrarios, se esfuerzan en satisfacerlos ambos a la vez: imaginan un poder único tutelar, poderoso, pero elegido por los ciudadanos, y combinan la centralización con la soberanía del pueblo, dándoles esto algún descanso. Se conforman con tener tutor. Pensando que ellos mismos lo han elegido. Cada individuo sufre porque se le sujeta, porque ve que no es ni un hombre ni una clase, sino el pueblo mismo, quien tiene el extremo de la cadena. En tal sistema, los ciudadanos salen un momento de la dependencia, para nombrar un jefe y vuelven a entrar a ella>> (3).
<<La historia política del último medio siglo nos muestra el fracaso de la “democracia aparente” como defensa contra la concentración del poder en manos del Estado. Messner lo señala: El baluarte moral que en las democracias liberales de Occidente debiera constituir la responsabilidad moral de los ciudadanos para con sus derechos de libertad, ha probado su falta de fiabilidad en la democracia de masas>> (4).
Hay algo entonces, en el esquema torético de la democracia desadjetivada, directa y popular, que le impide conciliar el ideal democrático con la justicia social y el bien común.
Primeramente, quiero llamar la atención sobre la pretensión -muy extendida en nuestros días- de convertir a la democracia electoral en la forma adjetivada de la legitimidad del orden político.
La expresión de la voluntad mayoritaria -con todo lo importante que es de por sí- es, en realidad, una voluntad personal hipostasiada que pierde coherencia y credibilidad en forma proporcional a la amplitud del objeto sobre el que se pronuncia. Es decir, que cuando todos opinan de todo (y pretenden decidirlo), es difícil pensar que lo hacen con prudencia y más difícil aún aceptar que lo hacen con responsabilidad. Mientras más lejano es el objeto más anónimo es el sujeto que opina.
Al contrario, el consenso mayoritario se sustancia como algo valioso y efectivo cuanto más concreto y cercano es el objeto sobre el que se consulta. No sólo la opinión es aquí más fundada sino que existe un vínculo entre los sujetos y el objeto de la consulta, lo que constituye la base de la responsabilidad y el compromiso.
El ideal democrático liberal -una vez expresada la voluntad mayoritaria- es objetivar esta expresión y constituirla en la fuente suprema del orden jurídico y político. Este es el origen del poder y la fuente de legitimidad más radical en el orden constitucional de la mayoría de las democracias occidentales.

Dictadura de la mayoría

La soberanía nace originariamente en el pueblo.
Es la teoría del contrato social que pasando por Hugo Grocio, Pufendorf, Hobbes, Spinoza y Locke se exalta y universaliza en Rousseau, al ser aceptada como la tesis política de la Revolución Francesa y pasar, por este conducto, al derecho constitucional contemporáneo.
El Contrato Social tiene su precedente en el <<Discurso sobre el progreso de las ciencias y de las artes>>, presentado ante la Academia de Dijon doce años antes que aquél.
<<El hombre en estado de naturaleza es bueno y libre, pero al constituirse en sociedad, con la aparición de la propiedad privada, se contempla aherrojado. Hay que averiguar la fórmula por la que cada asociado al reunirse en colectividad se encuentre protegido por éste en su persona y bienes de manera que, al obedecer, no obedezca más que a sí mismo y quede tan libre como antes>>.
<<EI ciudadano aislado es soberano e independiente y sólo por el concierto de todas y cada una de las voluntades individuales puede agruparse válidamente en sociedad, lo que se efectúa suponiendo que cada hombre entrega al conjunto la totalidad de sus derechos, que se califican de inalienables, para que la sociedad que aparece se los devuelva garantizados mediante la voluntad general; la que se expresa por la mayoría numérica, que no es la suma de las voluntades particulares, sino la de un ente nuevo, el Estado, y que necesariamente significa el bien de todos y al que la mayoría debe someterse espontáneamente, reconociendo su error y obedeciéndose, paradójicamente, a sí misma. Por principio, no puede haber interés en el cuerpo social que sea contrario al individual de sus miembros y éstos, por tanto, no tienen que tomar garantías contra ellos mismos>> (5).
<<Aún más, la filosofía política del liberalismo democrático al objetivar como principio supremo del orden social a la voluntad general establece la dictadura de la mayoría y lo hace en términos de una violencia extrema, con el fanatismo del ideólogo. Decía 1.1. Rousseau, “cualquiera que se niegue a obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo, lo cual no significa otra cosa sino que se le forzará a ser libre”. Es menester toda la claridad de la lengua romance para hacer sentir el choque de estas dos palabras: forzar y libre>>.
<<Así es que habiendo establecido Rousseau la dictadura de la mayoría, para justificar esta dictadura acaba por afirmar que la mayoría es infalible>> (6).
Lo cierto es que el valor de la representación jurídica y política de la persona humana es siempre relativo y limitado. En todo caso ha probado su utilidad como mero instrumento o ficción del derecho y de la política para re-presentar, ejercer un mandato, tutelar un derecho, pero nunca puede extra-polar su sentido y convertirse en la <<forma objetivada>> de la ética social, en la fuente del derecho por antonomasia o en la legitimidad más radical del poder político.
Conviene insistir en el tema de la representación porque es éste uno de los pilares ideológicos de la democracia liberal. Y aunque el tema es radicalmente jurídico, <<ha adquirido un desarrollo conceptual tan amplio que es difícil encontrar un campo del pensamiento al que la idea de la representación no haya prestado múltiples servicios conceptuales (…). Porque la relación presencia-ausencia es general y constante (…) pero su función sustitutiva puede producir el efecto de la identidad de lo distinto, un aliud pro alio, pero siempre en relación con un tercer término: un destinatario de la representación, espectador de la presencia del representante. En este sentido, el algo representante es siempre un intermediario (…)>>.
<<En conclusión, no sólo la idea de un mandato, sino la misma idea de representación resulta desorientadora para aclarar hoy el hecho político de que, en toda sociedad civil, unos sean los que gobiernan y otros los que obedecen. De lo que en verdad se trata, no es de representación popular, sino de aceptación popular>> (7).
Devolverle a la democracia -latu sensu- su sentido original de simple forma de gobierno -en muchas ocasiones viable y práctico- nos coloca en la necesidad de practicar una revisión a fondo del esquema ideológico de la democracia liberal, tal y como ahora se entiende.

Democracia participativa

Por consideración del orden social como la comunidad natural de hombres -racionales y libres- admite de suyo la participación consciente y voluntaria de los hombres en todo el esquema social.
Es propio de los seres sociables por naturaleza la construcción deliberada del tejido social, participando de manera directa o indirecta en la convivencia con los demás.
El derecho de la sociedad en general, y del individuo y las asociaciones en particular, a participar en la vida política del país, constituye uno de los derechos fundamentales de la persona. Se trata aquí de una tendencia natural del ser humano que necesita participar en la comunidad para remediar sus necesidades más primarias, lo mismo que para lograr el pleno desarrollo de sus potencias más altas.
La participación es -siguiendo a Juan Vallet de Goytiso- <<una interacción que confiere a la multiplicidad, un cierto sentido de unidad funcional superior. Produce, pues, una armonía de lo múltiple con lo uno, de modo tal que sin romper la unidad de éste tampoco destruye aquella multiplicidad. Esa es la condición necesaria de la verdadera participación>>.
<<No hay participación cuando en lugar de interacción hay dialéctica entre los elementos múltiples o entre éstos y la unidad integradora>>.
<<Tampoco la hay, si lo múltiple desaparece absorbido en la unidad superior, pues, por definición, la participación requiere una multiplicidad armonizada hacia un fin común>>. Por eso, la multiplicidad se diluye en una nueva unidad colectiva cuando se pretende que el conjunto de elementos múltiples gobiernen la totalidad de un modo general, y entonces, paradójicamente, la participación real desaparece sustituida por una pseudoparticipación que se limita a discutir en una asamblea y, al final, a emitir un voto para formar una pretendida “voluntad colectiva”, o simplemente para designar uno o varios representantes comunes, ya sea con mandato imperativo o bien sin él.
La verdadera participación, como armonía de lo múltiple con lo uno, requiere diversidad de competencias en la unidad superior y de cada elemento de la pluralidad. Competencia que de modo natural es determinada dinámicamente por el llamado principio de subsidiariedad, que va fijando la competencia que corresponda a cada cuerpo social más amplio para suplir o complementar lo que sus elementos integrantes no pueden realizan (8).

¿Amos y esclavos?

Hasta aquí, podemos obtener una conclusión de gran importancia en relación al doble aspecto del principio de subsidiariedad.
En el primero, el principio actúa en sentido negativo, indicando a los elementos superiores de la sociedad (especialmente al gobierno) los límites de su intervención, constituyéndose así en un freno natural del estatismo, las oligarquías y la manipulación desde arriba.
En el segundo sentido, la subsidiariedad actúa de abajo hacia arriba, en forma positiva, promoviendo la participación máxima posible de los elementos inferiores de la sociedad en la unidad superior.
La subsidiariedad en el primer sentido, restrictivo o negativo, ordena y jerarquiza a la sociedad política al tiempo que ayuda a la realización de la justicia distributiva.
En el segundo sentido -positivo o de abajo hacia arriba- la subsidiariedad promueve la participación de la sociedad en el poder político y realiza la verdadera esencia de la democracia participativa.
La democracia participativa es -al contrario de la democracia liberal abstracta y sin adjetivos- un sistema político de gobierno con el pueblo organizado, lo que de suyo, supone ya el gobierno en nombre de y para el pueblo, pero sobre todo, con la participación activa del pueblo.
Lo que no cabe en este concepto es el tutelaje oligárquico de las masas en abstracto. Medios de comunicación, economía, educación y cultura, tradiciones, etcétera, corren en armonía de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba en el diagrama socio-político.
El gobierno deja de ser algo privativo y ausente o lejano a las mayorías. Todo el orden social tiene al tiempo una labor privada y pública. Se destruye la dicotomía entre gobernantes y gobernados y, sobre todo, se desvanece la tentación milenaria de hacer de esa dicotomía una dialéctica de amos y esclavos.
El desarrollo político de una nación puede entonces ser medido por los ámbitos plurales de participación directa de los individuos en la gestión social y la institucionalidad de esta participación en cuerpos intermedios naturales.

(1) ROUSSEAU, Juan Jacobo. El contrato social. Editorial Porrúa. Colección <<Sepan cuantos>>, no.13. México. 1974.

(2) DE TOCQUEVILLE, Alexis. La democracia en América. Fondo de Cultura Económica. México. 1975, pág. 634.
(3) Idem, pág. 634.
(4) VALLET DE GOYTISOLO, Juan. Más sobre temas de hoy. Editorial Speiro. Madrid. 1979, pág.353. 1979, pág. 353.
(5) DE MIGUEL, Raimundo. Democracia: poder y representación. Editorial Speiro. Madrid. 1979. pág. 593.
(6) PLONCARD D’ ASSAC. Rousseau, Marx y Lenin. Editorial Tradición. México. 1974, pág. 7.
(7) D’ORS, Alvaro. Ensayos de teoría política. EUNSA. Pamplona. 1979, pág. 239.
(8) VALLET DE GOYTISOLO, op.cit., pág. 217 y ss.

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