Cuando las ideas matan

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Sin pasión no se vive. Ciertamente. Sin una “temperatura” que dé sentido a la vida, ésta carece de interés. Lo malo surge cuando nos pasamos de los grados centígrados adecuados y reventamos el termostato. Por eso, en el caso del fanático, decimos que se” acalora”.
Y hay de fanáticos a fanáticos: desde quien sufre un auténtico malestar físico cuando la junta no se realiza a las nueve en punto sino a las nueve y cuatro, hasta quien asesina porque el otro no está afiliado a una idea. También el fanatismo tiene un abanico de colores.
Valdría la pena comprar el boleto al interior de uno mismo y buscar y rebuscar indicios de aquellas ideas que nos obsesionan, que nos impiden comprender esa situación determinada o a esa persona que sentimos tan lejana a nuestro propio parecer. Las ideas fanáticas son ideas ciegas porque en ellas no caben la misericordia, la libertad, el error, la debilidad humana, los límites que componen lo real.
Tal vez, en un principio, las ideas que mueven al fanático tienen un perfil de lo más inocente, pero el acento que arrasa y el énfasis inhumano de que son revestidas las vuelven ideas “peligrosas”. Peligrosas para vivir con ellas, de ellas o a través de ellas. El fanatismo tiene una huella inconfundible que consume cuanto toca.
Harvé Pasqua, en uno de nuestros artículos dedicados a este tema, da con la clave del problema y con un remedio eficaz: “Tomarse demasiado en serio, atenerse al punto de vista personal más que a la verdad, por encima de la libertad de los otros, es síntoma de fanatismo. Todos estamos inclinados a pensar que quienes tienen opiniones contrarias a las nuestras son tontos. Para corregirse de esta necia vanidad hay que saberse reír de uno mismo”.

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