Un genio abierto a lo espiritual

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Un profesor alemán de piano, para animarme a profundizar en las obras del Clave bien temperado, me contó que, cuando acudía a visitar al gran Backhaus, ya entrado en años, lo encontraba siempre interpretando a Bach. Un día se decidió a preguntarle por qué el gran intérprete de Beethoven y Brahms concedía ahora esta primacía al cantor e Leipzig. El pianista contestó con acento íntimo: Cuando usted sea mayor, hará lo mismo. Volverá a Bach.
Para comprender la grandeza inigualable de Bach, se requiere madurez. Sus contemporáneos lo admiraron, ciertamente, pero no adivinaron toda su valía. En sus años de plenitud se convirtió en un extraño, para las gentes de su época. Su gran testamento musical. El arte de la fuga, tuvo una acogida glacial, y el editor vendió las planchas a peso. La monumental Pasión según San Mateo. Fue descubierta un siglo después de su estreno cuando Mendelsohn, consiguió ofrecer una versión digna de la misma.
Las personas muy dotadas advirtieron en las obras de Bach una capacidad formativa singular. Mozart se sintió enriquecido de forma emocionante cuando descubrió a Bach, y buena prueba de tal magisterio es el estilo adoptado en el kyrie de su Requiem. Brahms leía ávidamente las partituras de Bach según las iba publicando la Sociedad Bach. Estos ejemplos se multiplicaron, y hoy día es común admitir que, por encima del vaivén de las modas, las tendencias y oscilaciones estilísticas de cada época, el sobrio Juan Sebastián Bach constituye el magisterio musical por excelencia.
Su prestigio es tal que inspira incluso patentes exageraciones, como la cometida por un organista de la catedral de Colonia que, tras interpretar una tocata de Bach al órgano me susurró al oído: Esto es música; todo lo que se escribió para órgano después de Bach es pura spielerei, puro tocar por tocar. Yo sugerí como tímida protesta, que existe un Mendelsohn, un Cesar Frank, un Charles Widor. El sin atender a estos nombres, agregó paternalmente: Con el tiempo me dará la razón.
Confluencia de dos mundos
Comparaciones al margen, lo indudable es que nuestra época sitúa a Bach en una cima indiscutible e inigualada, como el gran creador y el decisivo maestro. ¿A qué se debe esta capacidad de magisterio?
La respuesta tendría que ser muy matizada y amplia. Baste aquí sugerir una de las razones más poderosas. Bach es una fuente de enseñanzas porque en él confluyen el mundo antiguo y el moderno y logran una síntesis admirable. A pesar de su apego al terruño y su poca afición viajera, Bach se mantuvo al tanto de las grandes corrientes artísticas de su tiempo y a través suyo penetró en las raíces de la ‘estética que Occidente heredó de Grecia. Todas las categorías estéticas griegas están asumidas con extraordinario vigor por Bach: la armonía (proporción y medida o mesura), la simetría, la integridad de partes, la unidad en la variedad, la repetición…
Bach, como buen barroco, repite ciertos motivos, insiste en ellos una y otra vez, no con el fin de volver mecánicamente sobre lo mismo, sino de fundar ámbitos expresivos. Al modo como un claustro monástico reitera las columnas para fundar un ámbito de andar sosegado, rítmicamente mesurado y adecuado a la contemplación, Bach, en la Misa en si menor, nos hace oír la frase: el in terra pax, treinta veces con objeto de inmergirnos en un campo de paz, no de martillearnos el oído con una frase del todo familiar. El lenguaje poético encarna aquello que expresa, no sólo la dice y comunica.
Lo que Bach desea expresar no es únicamente su gusto y su admiración por el orden y la armonía, la simetría y la integridad de partes, la uno en lo diversidad y la preclaro o resplandeciente. (Sabemos que para los antiguos, la belleza se define como el esplendor del orden). Estas condiciones son para él, el medio transparente en que debe hacer acto de presencia el mundo que valore y apele en el nombre de una vida creadora, bien colmada.

Belleza y trascendencia

La vida del hombre se plenifica, según Bach, en la esfera sobrenatural. Ello explica que, aun siendo un hombre amante de todo lo bello que ofrece la existencia humana, haya sentido una fuerte nostalgia por la hora de la muerte como tránsito hacia la vida perdurable. Ven, dulce muerte, exclama en una conocida canción, en la que se entreteje una fina sensibilidad para la belleza sensorial y el anhelo del mundo invisible abierto sólo a la fe. Es impresionante la figura de este hombre vertido con ardor al cultivo de la belleza que se transmite por los sentidos y atenido primordialmente a la trascendencia.
Esta seria versión hacia el más allá explica que el ropaje pietista de muchas de sus obras religiosas no produzca una impresión empalagosa, de sentimentalismo superficial, y podamos los hombres de épocas adustas, como la presente, seguir oyendo y reviviendo año tras año sus Pasiones como un proceso dramático que pide participación.
La vida natural y la sobrenatural no constituían para Bach un dilema que le obligase a optar por una u otra. Su robusta y sana naturaleza espiritual le permitió hallar un equilibrio y entregarse a ambas vertientes de la existencia a velas desplegadas. De esta integración se deriva la emotiva expresividad de sus obras, incluso las menos comprometidas en apariencia con un contenido espiritual determinado.
En casos, Bach se entrega a un trabajo de orfebrería musical, saca todo el partido posible a un tema y muestra las posibilidades que encierra en orden a montar diversos tipos de fugas y cánones según las distintas tonalidades. Alguien podría verse inclinado a pensar que se trata de bellos juegos de salón, de virtuosismos artesanales y malabarismos técnicos que se agotan en una mera función didáctica. No obstante, si oye tales obras con la debida atención y sin prejuicios, observa que las obras más densas de tecnicismo se hayan auroleadas con un nimbo poético. Poesía es instauración de ámbitos expresivos que revelan lo más profundo del alma humana.

El rumor de la Creación

El Clave bien temperado, La ofrenda musical, El arte de la fuga, las Invenciones y tantas otras obras presentan una apariencia de ejercicio escolar. Se dijera que Bach ha remansado aquí su inspiración de altos vuelos para consagrarse a tareas docentes, orientadas al ejercicio de la disciplina y el adiestramiento de los intérpretes.
Toma un tema, se adentra en él, lo muestra en sus mil caras, y avanza tenazmente sobre él como un río que se desliza pacientemente hacia su meta sin más pretensión que la de mantenerse en la existencia. Asistimos aun rumor incesante, pero este rumor, como indicó con bella imagen el gran Goethe, se asemeja al rumor de la creación en los días del Génesis.
La marea de sonido que Bach hace sonar en nuestros oídos como un oleaje siempre renovado no nos somete a una serie monótona de instantes iguales; nos eleva a un mundo de temporalidad superior. Por eso no nos pro- vaca tedio, sino sereno entusiasmo. No se olvide que la llamada vida eterna no se caracteriza por su falta de temporalidad sino por un modo de temporalidad superior al mero decurso de instantes huidizos. El secreto de la Estética musical radica, sin duda, en el análisis a fondo de los distintos modos de temporalidad que puede sugerir y plasmar la música. Las obras de Bach nos dan luz suficiente para plantear debidamente esta sugestiva cuestión.
La carga expresiva que confiere Bach a sus obras de corte más formal nos permite aunar las diferentes vertientes de su producción. Ninguna de sus obras se cierra en sí, ni es puro juego de formas. Visto en rigor – como nos enseña la Estética y la Hermenéutica actuales -, el juego es fundación de ámbitos expresivos bajo el cauce de ciertas normas. Bach se consagra al juego de la creación artística, pero en este juego queda albergado todo su afán de vivir la vida en plenitud. La vida plena es encuentro, y todo queda elevado, transfigurado y redimido si se le ve como una forma de encuentro. Así, con todo realismo puede Bach despedirse del Jesús muerto con un sencillo gute nacht (buenas noches), dicho con todo el cariño casero de quien se despide para ir a reposar.

Chorros de luz

Este sincero y tranquilo trasvase de un plano de la vida a otro explica en buena medida el carácter pictórico de muchos pasajes de las obras de Bach, cuajadas de símbolos e imágenes. Un compositor de su talla, capaz de abrumar con su capacidad de resolver problemas técnicos, no se desdeña a movilizar recursos que cualquier principiante puede juzgar ingenuos. Nada es despreciable para Bach si es natural, si está enraizado en la vida cotidiana. Sea un gesto de dolor, un suspiro, unos pasos inquietantes en la noche, una exclamación jubilosa, el tintineo de la lluvia o el goteo de un llanto desconsolado. No trata Bach de imitar ciertos sucesos naturales sino de asumir sus valores musicales en temas particularmente expresivos y, como tales, poéticos.
Bach no deseaba pintar con música sucesos humanos; quería instaurar ámbitos expresivos en los que se pusiera al trasluz el modo de existencia perfecta que él anhelaba. Al atender por igual a lo sensible ya lo metasensible, consigue un singular equilibrio, lleno de una forma de inquietud que es búsqueda de lo que da paz y no degenera por ello nunca desasosiego.
Contemplada de esta forma la música de Bach, se descubre que sus características básicas no son paradójicas sino perfectamente lógicas. Bach está anclado en el orden clásico y abierto a la expresividad moderna, opera con el rigor de un matemático y ahonda en la realidad humana con el tesón implacable de un espíritu místico; es reposado y a la vez enérgico, se complace en los desarrollos técnicos y gusta elevarse a las alturas de lo trascendente.
Asume la mejor tradición griega – que toma el justo medio como módulo de perfección- y da cuerpo expresivo a la cosmovisión cristiana que considera la excelencia del Ser infinito con canon de autenticidad. Bach desde su rincón provinciano, asume las dos fuentes del gran río que forma el arte musical de occidente: Por eso pudo culminar una época y abrir otra, que no por azar roturaron sus mismos hijos.
Bach es una figura de encrucijada pero no constituye un mero tránsito. Es una cumbre desde la que se divisan dos vertientes que alcanzan en ella su cima y su máxima gloria.
Ello explica que volvamos siempre a Bach y que en, la edad madura encontremos en su obra un lugar de reposo, es decir, un hogar espiritual. Hogar -focus- era para los latinos el lugar donde arde el fuego. Bach nos enseñó a unir el amor ardiente a la obra de arte bien hecha y el cultivo de la belleza.
Tarea de la Estética actual es sin duda revalorar la emotividad, bien entendida, y cultivar sin reparos la belleza. Para llevar a cabo este doble quehacer y dejamos iluminar un día y otro por los chorros de luz que ella desprende.

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