Apuesta en favor del riesgo

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1975

A nadie hay que invitarle a su propia casa, aunque tampoco está de más ayudarle a descubrir rincones que le son, por acostumbrados, inéditos. Escribo pensando en quienes no son filósofos ni desean serlo, e incluso en quienes se irritan ante la impertinencia de gente tan molesta, siempre presente en cualquier reunión a la que no ha sido invitada. Quizás sea una pérdida de tiempo detenerse a excusar la propia presencia, pero no todas las perdidas de tiempo son del mismo calibre; hay algunas que merecen la pena. Y dado que los filósofos no pueden justificarse por su productividad, están obligados a defender el ocio de que disfrutan, mostrando la beneficiosa incomodidad de la reflexión filosófica. Casi todas las justificaciones de una profesión recurren a señalar una nueva enfermedad que sólo ellos son capaces de curar. Cualquier apología tiene que crear su patología correspondiente. En el caso de la filosofía esta justificación es un poco más dificil porque al diagnóstico de los males no siempre le sigue una receta convincente.
Sólo me cabe esperar que la declaración de incompetencia farmacológica encuentre un auditorio indulgente y consiga convencer a alguien de que toparse con los Iímites
es una experiencia que enriquece a una sociedad orgullosa de su plena competencia.
EN BUSCA DE UNA PROFESIÓN PERDIDA
Podría parecer un eufemismo propagandístico hablar de la filosofía como aventura y prometer riesgos y emociones a cuantos quieran asomarse a ella. Nuestra época no parece especialmente propicia para la reflexión; estamos bajo una fuerte presión económica -hay que ser competitivos, se dice-, y la filosofía parece más bien inclinada a la  colaboración gratuita y a la ociosa improductividad. Todos estamos sometidos a la necesidad de conseguir un empleo, y la búsqueda de un puesto de trabajo deja en segundo plano la indagación de la verdad. El pensamiento sin reglas ni estrategias, que no calcula ni aporta beneficios, se encuentra perdido en el mercado. Huye despavorido ante cualquier maquinaria, planificación o exigencia de rendimiento. En el tren de alta velocidad de nuestra civilización, la perplejidad del filósofoes similar a la del aldeano que se asustara y tirara continuamente del freno de emergencia, sin ser capaz de dar después una explicación convincente al revisor. Otros profesionales se mueven con impertérrita competencia en el mundo real y saben hacer perfectamente la declaración de la renta, arreglar un enchufe o preparar un viaje. Frente a tan envidiable destreza se encuentra la inseguridad de los filósofos, que parecen estar siempre en búsqueda de su profesión perdida, como si un policía de la unidad de rendimientos o el fiscal contra la vagancia pudieran exigirle en cualquier momento una justificación de su improductividad.
Ahora bien, ¿tiene algún sentido calificar como aventura la aparente pasividad filosófica? La filosofía es en la actualidad un asunto de funcionarios y un departamento más en esta sociedad de la división del trabajo. Pero tiene algo de nómada y aspira secretamente a sabotear la departamentalización del saber, a meterse donde no la llaman y a cuestionar la propiedad privada de los medios de producción cultural. La filosofía no niega la especialización, pero tampoco se resigna sin más con ella. Quizá no disponga ya -como en un tiempo pretendió orgullosa de un concepto acabado y completo del mundo, ni de una piedra filosofal que reúna plenamente lo disperso, pero sí tiene “una idea de que algo debe mantenerse de ese concepto” . Esto puede sonar intempestivo, en un momento en el que la universidad parece haber dejado de ser universitas para convertirse en mera suma de facultades especializadas. La filosofía es elemento perturbador de agitación en el campus de la pacífica indiferencia; sabotea en cuanto puede la coexistencia
de los especialistas que se ignoran mutuamente; provoca el enfrentamiento donde percibe una excesiva compartimentalización. En la tensa relación por ella misma introducida, en esta “lucha de las facultades” -tanto en el sentido kantiano como en el meramente administrativo-, la filosofía encuentra su elemento vital, su terreno propicio como autorreflexión de las ciencias dispersas y la sociedad escindida.
LOS MALOS TIEMPOS SON BUENOS TIEMPOS
Una de las rupturas que la filosofía no se resigna a contemplar como definitiva es aquélla según la cual lo interesante es irreflexivo y lo aburrido es racional; que la pasión y el goce están fuera de la razón. mientras que el ejercicio de la inteligencia es una disciplina insoportable. Hace ya más de un siglo que Hegel se rebeló contra el dualismo entre lo que llamaba intereses sin cientificidad y cientlficidad sin intereses. a lo que Schopenhauer denominó el dualismo entre la Staatsphilosophie (la filosofía funcionarial, de jerga y secta, aislada de la vida e incontaminada de todo aquello que realmente nos preocupa) y la SpaBphilosophie (el pensamiento que paga su disfrute con el precio de entregarse atado de pies y manos a la incoherencia). La filosofía puede hacerlo con mayor o menor fortuna, pero aspira a reunir gozo y seriedad, rigor y comprensibilidad, vida y reflexión, fundamento y variación. No se resigna a tener que elegir entre la verdad abstracta o la vida irresponsable.
Pero los malos tiempos son siempre buenos tiempos para la filosofía, a la que se le puede permitir una única vanidad: la de ser una especie de espectadora de naufragios
o superviviente de catástrofes. El filósofo es un personaje que sabe esperar y, sobre todo, sabe esperar al cadáver de su enemigo, el hombre hábil, práctico, satisfecho y seguro de sí mismo. La filosofía no es más astuta que los triunfadores oficiales, pero tiene la suficiente vejez a sus espaldas como para saber que el éxito es la antesala de algún fracaso, que la seguridad no es tan duradera como promete y que, tarde o temprano, el hombre se ha de enfrentar a algún tipo de catástrofe, ya sea bajo la forma de perplejidad, desorientación o pérdida de sentido. Este es el momento que la filosofía aguardaba secretamente para vengarse del sarcasmo con que era despreciada por los traficantes del éxito. Las preguntas filosóficas surgen, decía Heidegger, en medio de una gran desesperación, cuando “todo peso quiere desaparecer de las cosas y se oscurece todo sentido”.
INQUIETUD PUESTA EN EJERCICIO
La pregunta filosófica elemental -¿por qué el ser y no más bien la nada?- no es tan abstracta como pudiera parecer. En muchas ocasiones nos hacemos preguntas de este estilo: siempre que nos encontramos con algoque podría o debería ser de otra manera, cuando protestamos, cuando descubrimos un error o cuando nos arrepentimos. La filosofía surge desde la impotencia y el desconcierto, desde la sopresa y el asombro que despierta en nosotros la experiencia de que el ámbito de lo posible es más amplio que el de la necesidad. La filosofía es la inquietud puesta en ejercicio. ¿Por qué no más bien la justicia, la compasión, la transparencia, la sencillez que sus contrarios? Quien es capaz de una pregunta semejante ha roto con la molesta obligación de decir a todo que sí, de ser un abogado de lo existente, un pequeño conservador. El asombro  puede ser también indignación. Es precisamente entonces cuando surge el salto de la cotidianidad a la interrogación filosófica.
La filosofía nace como experiencia de la dificultad, contra la “terca regularidad” (Heidegger) de las cosas. No hace más ligeras o fáciles las cosas de este mundo, sino más pesadas o difíciles. Señala Kierkegaard que se decidió a hacer filosofía al caer en la cuenta un día de que todo el mundo se dedicaba a hacer que las cosas fueran más fáciles y se le ocurrió dedicarse a procurar todo lo contrario. La filosofía no es una descarga, prefiere la pesadez. Por eso, una invitación a la filosofía tiene la paradójica tarea de facilitar el estudio de su objeto haciéndolo más denso. Quien no haya experimentado este vértigo ante la ligereza de lo real, quien no haya sentido indignación ante la banalidad o sufrido algún tipo de ceguera sin conformarse con ella. ése no entenderá la superflua necesidad de la filosofía.
EL MAL FILÓSOFO
Hay un tipo de filosofía al que no me atrevería a invitar a nadie. Me refiero a la filosofía como astucia intelectual y como destrucción de la ingenuidad. Voy a ilustrar este modo de hacer filosofía recurriendo a la ópera de Mozart Cosi fan Tutte. La trama de esta historia es bien conocida. Dos jóvenes son convencidos por don Alfonso -modelo de filósofo astuto, calculador y maduropara que sometan a sus novias a un singular experimento: simular un viaje militar de larga duración para, tras arrancar de sus prometidas una seria declaración de fiel espera, volver disfrazados con el fin de seducir cada uno a la novia del otro. En el libreto que para Mozart escribió Lorenzo da Ponte, don Alfonso recoge a la perfección el espíritu ilustrado. la pretensión de someter todo a prueba y experimentar incluso en aquellos campos que para una mirada ingenua son más propios de la confianza que de la racionalización.
Don Alfonso justifica este imperialismo filosófico con una frase de regusto cínico: in ogni cosa ci vuol filosofia (en todo se necesita filosofía). Pero una filosofia asi entendida destruye aquellos espacios en los que -como en el amor- no es licita la sospecha y la desconfianza. Intentar asegurarse la fidelidad de una voluntad libre es incompatible con el amor a un ser libre. Equivale a pensar que la posesión de una mujer es como la propiedad privada de los medios de producción. En el enfado de Fernando y Guglielmo, al comprobar el éxito de su equivoco experimento, hay un regusto de amargura, como una comprobación de que han jugado con cosas con las que no se juega y que su astucia se hatornado en fracaso, del que ellos son tan responsables como ellas. La conclusión de don Alfonso es propia de su espiritu descreído y no gustará demasiado a las feministas: natura non potea fare I’eccezione, il privilegio de creare due donne d’altra pasta. Seguir la invitación del astuto filósofo es aceptar el prejuicio de las regularidades implacables que destruyen los espacios de libertad personal. Don Alfonso es un maestro del cálculo, pero un mal filósofo porque no hace otra cosa que confirmar lo que ya sabía. Quien sólo busca confirmaciones se incapacita para hacer descubrimientos.
APOSTAR A LA REALIDAD
La filosofía sólo es competente para una cosa: para reconocer su propia incompetencia (Odo Marquard). La cuestión crucial, a la hora de justificar la filosofia, me parece pues que podría quedar formulada de la siguiente manera: ¿es importante que en una sociedad haya quien recuerde de vez en cuando los límites de nuestra competencia? Un filósofo asi entendido no sería nada parecido a un funcionario de la humanidad, a un fontanero de la historia o a un mecánico del gran curso del mundo, sino alguien que hostiga la conciencia satisfecha, que de tantas y tan variadas formas se disfraza en nuestra civilización. La aventura filosófica es una apuesta en favor del riesgo y la vulnerabilidad.
De entre las muchas definiciones que pueden darse de este viejo oficio, la que más me gusta es: filosofia como vulnerabilidad. Porque la filosofia es más un modo de atender que de entender. Rasgos propios de esta vulnerabilidad habitual serían, entre otros, los siguientes: ser consciente de que es más interesante lo que nos sorprende que lo que nos da la razón; hacer menos ruido y cultivar el silencio atento; demorar las respuestas y evitar sobre todo la precipitación; tener flexibilidad mental y practicar esa gimnasia del espíritu consistente en escuchar; desconfiar de la seguridad ostentosa; no sentirse incómodo ante preguntas que uno no sabe responder pero tampoco puede rechazar; aprender a sacar mito del propio desconcierto; huir del enquistamiento en sus variadas formas: intelectual, moral o político; estar a gusto en la inquietud, a la que
Schopenhauer consideró como la que mantiene en movimiento el perpetuo reloj de la filosofía; dejarse invadir por una incorregible curiosidad; crecer en capacidad de admiración proporcionalmente a la extrañeza de lo admirado; saber que la antítesis más rotunda del filósofo es el vendedor. En suma: permanecer siempre vulnerable ante la realidad.
ANDAR LOS CAMINOS
Me parece que esta manera de entender la filosofía recoge lo que ha sido de hecho el motor de sus mejores expresiones (en las que se incluirían, por consiguiente, también
aquellas en donde grandes clarividencias se mezclan con fiacasos estrepitosos). Es una actividad que sólo está al alcance de quien tiene un gusto –en cierto modo algo masoquista, lo reconozco- por la inseguridad y que es capaz al mismo tiempo de obtener algún provecho del riesgo de la perplejidad. Cuando se hace filosofía la desprotección
es casi absoluta; uno va con lo puesto y con menos aún, si se pudiera. «El hombre -decía Kant en un curioso escrito acerca de los terremotos- no ha nacido para erigir
refugios perpetuos sobre el escenario de la vanidad» . La metáfora de la catástrofe sirvió a Kant para estimular el nomadismo y la emigración, para desconfiar de lo que tiene apariencia consistente. Una metáfora que es también invitación a la aventura filosófica. Hacer filosofía es subir a un escenario móvil y resbaladizo, en que lo más probable es hacer el ridículo, aventurarse en el «vasto y tormentoso océano» de la especulación, en el que nada está asegurado y el fiacaso es siempre posible. Para Kant, la  area primordial de la filosofia no consiste en proporcionar respuestas positivas a las preguntas que el hombre se plantea acerca del mundo, sino más bien en poner a prueba las respuestas que se le ofrecen (Nietzsche señalaba algo parecido al decir que lo que le gustaba hacer con los caminos no era preguntar por ellos, sino andarlos, comprobar si en verdad conducían a donde prometían). La filosofía, lejos de representar una cómoda huida hacia el refugio de la abstracción, es una ofensiva contra los conceptos meramente pensados. Su trabajo comienza allí donde la razón se muestra satisfecha, se instala en la comodidad, exhibe orgullosa sus éxitos y -utilizando una gráfica expresión icantiana- «pare desde sí misma». cerrándose a la confrontación con lo real, buscando los datos oue confirman sus ocurrencias (lo cual es, dicho sea de paso, terriblemente fácil), en lugar de arriesgarse a fracasar en un rotundo desmentido por parte de la verdadera realidad.

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