La empresa postmoderna

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Bajo la presión de los grandes cambios por los que el mundo está atravesando, la empresa y sus dirigentes trabajan desde hace varios años en la transformación de las organizaciones, y claman, quizá sin tener clara conciencia de ello, por un nuevo paradigma, un marco de referencia totalmente distinto para visualizar y entender los negocios, que lleve a la humanidad más allá de la era industrial.
En este proceso se ha presentado una curiosa circunstancia: la empresa, por razones puramente pragmáticas, se ha convertido en la primera institución social que se ha hecho cargo de los cambios culturales del futuro, anticipándose así al protagonismo que suelen tener en ellos otras instancias.
Hay pocas obras, en la literatura de negocios, que al señalar los cambios o proponer nuevos modelos caigan en la cuenta de este protagonismo de primer orden que la empresa está teniendo en la transformación del mundo contemporáneo. Este es el caso de la más reciente obra de Carlos Llano intitulada El postmodernismo en la empresa.
Protagonismo del mundo vital
Se trata, para decirlo con palabras de Lorenzo Servitje, prologuista del libro, de “todo un tratado para entender el nuevo entorno económico, social y cultural de nuestro país y también el internacional…” y del que “se pueden sacar valiosas orientaciones para entender mejor el mundo de hoy y obrar en consecuencia”.
El autor nos propone una descripción del fenómeno cultural del postmodernismo partiendo de un análisis de su antecedente inmediato –la modernidad– con relación al cual se define a sí mismo. La modernidad es descrita por Carlos Llano con arreglo a la pretensión de la humanidad de haber alcanzado la mayoría de edad de la razón. Esta mayoría de edad se plasma a sí misma en dos rasgos: el economicismo y el racionalismo, cuyas principales manifestaciones institucionales están representadas por el Mercado y el Estado, con la añadidura de la influencia persuasiva de los medios de comunicación social.
Precisamente el postmodernismo se presenta como una reacción para la cual “ni el Estado, ni el mercado ni los medios de comunicación son lo central para el hombre”.
Llano advierte que la sociedad moderna, al reducirse a Estado, Mercado e Influencia de los medios de comunicación colectiva, ha marginado del protagonismo de la vida social al mundo vital, ese mundo que brota de las personas y de sus relaciones primarias. En esas instituciones la persona sólo es tenida en cuenta como sujeto de reglamentos, ventas o consumo de información. Pero ese modelo social de la modernidad se ha resquebrajado bajo los límites impuestos por la misma realidad, y con él los modelos de la empresa –institución típicamente moderna– también se desmoronan.
Retorno a la persona
Carlos Llano hace notar, para sorpresa del lector, que la empresa ha sido la primera institución en reaccionar, remitiéndose a ese mundo vital para recuperar las fuentes de energía que brotan de las personas y de sus relaciones originarias. Tradicionalmente anclada en la técnica y la economía, la empresa dirige hoy su atención al humanismo, entendido éste como el conjunto decantado de verdades sobre el auténtico modo de ser del hombre. Es en este conocimiento donde se está gestando una nueva sensibilidad en la empresa, que puede ser descrita como el “rostro humano” que la empresa adquiere al buscar hacer compatible su naturaleza con la del modo propio y natural del ser de los hombres que la constituyen.
El retorno a la persona es, para el autor, un fenómeno implícito en la importancia concedida por la empresa a la llamada cultura de las organizaciones. Hoy es comúnmente admitido que el centro de la empresa está constituido no por los edificios, ni las máquinas, ni las reglamentaciones jurídicas, sino por la propia manera de ser de la corporación, por su cultura o, si se prefiere, por ese modo diferencial de actuar compartido por el conjunto de personas de las que se compone la empresa. De aquí surge la prioridad que sobre el producto e incluso sobre el cliente mismo han adquirido las personas que integran la empresa.
Para Carlos Llano, antes que organizar a los individuos, el director de empresas tiene como tarea primordial la de infundir en ellos el sentido de pertenencia, que va más allá del aspecto de la propiedad de la empresa en forma de capital: es la impregnación de cultura, que consiste en lograr que asuman la responsabilidad de la misión de la empresa por parte de todos los que la forman. Que los individuos que integran una empresa la tomen como algo propio comporta, a su vez, que las organizaciones mercantiles readmitan al hombre real dentro de ellas. Esto es lo que sitúa a la empresa en los planteamientos de la postmodernidad, que consiste en un esfuerzo de reivindicación de esos valores interiores o espirituales del ser humano que la modernidad, en aras de una racionalidad desencarnada, marginó.

Humanistas pragmáticos

Nuestro autor llama la atención sobre el hecho de que la empresa ha asumido estos planteamientos no por razones de humanismo, sino por fuerza de un realismo pragmático. Efectos tales como la competencia a ultranza, el consumismo y la irresponsabilidad, han orillado a las empresas a revisar no sólo sus sistemas y procesos, sino incluso los principios fundamentales que hasta hace apenas una década constituían el espíritu mismo sobre el que se fincaba toda la actividad de las empresas en general. Así, por ejemplo, el autor pasa a revisión los criterios sobre los que, para la mentalidad moderna, ha venido descansando la eficacia de las organizaciones, y que son los de la competencia y el poder. Llano se detiene a considerar cómo cada vez son más los que piensan de manera diferente y levantan la voz contra la actitud prepotente de quienes defienden el predominio de la competencia y el uso de la fuerza con argumentos de eficacia. Las aspiraciones ecologistas y pacifistas son algunos de los fenómenos sociales aducidos para ejemplificar esa resistencia contemporánea a aceptar, como únicos valores de eficacia, la contienda y el predominio del más fuerte.
Frente a los actuales criterios dominantes de la competencia y el poder, Carlos Llano señala la colaboración y el servicio como los criterios emergentes de una nueva sociedad. En la empresa postmoderna, estos nuevos criterios se explayan en cinco principios que rigen su actividad: gradualidad (no trabajar por saltos bruscos;pluralismo (muchos modos de progreso y muchas maneras de medirlo;complementariedad (buscar y alentar las diferencias para convertir después lo diferente en complementario;integralidad (capacidad de pensar de manera unitaria una situación multifacética;solidaridad (contrapesar la competencia con la colaboración). Estos cinco principios ennoblecen las características del mundo mercantil y del quehacer político, al hacerlo compatible con el modo propio y natural de ser del hombre.
Llano advierte que, para el caso de la empresa, asumir esos principios supone “desmaterializarla”, lo cual significa que no se le conciba ya como una gran maquinaria servida por hombres, sino como una comunidad de personas que se sirven de instrumentos, instrumentos que son cada vez más conceptuales que mecánicos.

5 puntos de la nueva teoría

Se plantea así una nueva teoría de la empresa, que contrariamente a lo que ha sucedido en otros casos, no nos ofrece lo que la empresa debería hacer, sino lo que las empresas están, de hecho, haciendo frente a los nuevos fenómenos sociales postmodernistas, tales como el ecologismo, el feminismo, el pacifismo o el nacionalismo. Esta nueva teoría se construye a partir de las mutaciones generales más importantes que las empresas contemporáneas están experimentando, y que son descritas por el autor dentro de cinco parámetros: 1) organizativo, donde se observa un declinar en la empresa de los sistemas y procedimientos para dar mayor importancia al carácter de las personas y su cultura; 2) relacional, dentro del que se da mayor atención a la recepción de las comunicaciones que a la emisión de ellas; 3) motivacional, en el que se presenta una disminución de fuerza de las motivaciones centradas en la satisfacción del egoísmo posesivo, en beneficio de las tendencias efusivas del ser humano; 4) ético, en el que las empresas se vuelven más hacia las cuestiones cualitativas, haciendo depender la buena marcha de la organización más de las virtudes de quienes trabajan que de los procedimientos; 5) finalmente el parámetro cognoscitivo, que para Llano es el que implica las más profundas transformaciones en la empresa actual, pues los recursos intelectuales son hoy el principal capital de la empresa, además de que también se ha dado un cambio en cuanto a la especie de conocimiento necesario para la empresa contemporánea: hoy son más decisivos los conocimientos que permiten establecer un diálogo con el entorno cultural de la empresa, un compromiso con metas verdaderamente valiosas y unos criterios para decidir qué información es relevante.
Todos los análisis que Carlos Llano nos ofrece en esta obra discurren en ese doble nivel característico de su pensamiento: el que compete propiamente al acto de dirigir y el que busca la fundamentación antropológica de esa acción. La perspectiva desde la cual ambos niveles se conjugan armónicamente viene dada por su concepto del hombre comprometido con la verdad sobre su ser, y que apretadamente puede ser descrito aquí como el que lo define en función de su dignidad como persona, dotada de libertad y de un destino trascendente.

Reto para hombres de negocios

En el libro se percibe el amplio bagaje cultural de su autor, a la vez que su cercanía experimental con los fenómenos de empresa abordados. Prueba de esto último es que el libro cierra con un interesante capítulo dedicado a encarnar los conceptos vertidos por su autor en la realidad concreta de empresas, cuyos casos son analizados tanto en sus logros como en sus desaciertos. Desfilan así por las últimas páginas empresas como People Express, Hewlett-Packard, Salomon Brothers y la mexicana corporación de Xabre, por citar algunas. En estos análisis son puestas a prueba las características mutantes de la empresa posmoderna, tales como la oposición de la cooperación y el servicio a la competencia y el poder; la de la hospitalidad a lo inhóspito; la del modo de ser propio de una cultura a la deshumanización de los procesos industriales y comerciales; etcétera.
En definitiva, la obra nos presenta el reto que la cultura postmoderna plantea al hombre de negocios: el de superar la esquizofrénica oposición del humanismo y la técnica, mediante una acción de síntesis para la que no puede menos que sentirse bien pertrechada, pues es ése el tipo de acción que, desde una perspectiva pragmática, define la esencia de su actividad como director.

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