Indigestión televisiva

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Italo Calvino, brillante escritor contemporáneo, a propósito del condicionamiento que sufrimos a través de los medios masivos de comunicación preguntaba en su libro Lecciones americanas: “¿Cómo será el futuro de la imaginación individual en la que solemos llamar civilización de la imagen?”.
Tiempo atrás, la memoria visiva de una persona consistía en su patrimonio de experiencias directas y en un reducido repertorio de imágenes, reflejo de la propia cultura. En el acto de leer un libro, el punto de partida es la palabra y su secuencia nos lleva a la imagen visiva, mientras que en la televisión el principio es la misma imagen televisiva -simultánea- , lo que produce una mayor dificultad para llegar a la expresión verbal. Hoy, los jóvenes tienen una formación cultural muy distinta a sus generaciones precedentes; no tanto por la secuencia lógica de un discurso sino por la rapidez y simultaneidad de la imagen.
Asistimos a la transformación del mundo en imágenes, afirmando una nueva cultura donde la palabra se vuelve fotografía, el libro sólo un dibujo animado y la realidad una representación. Es el surgimiento de un nuevo tipo de inteligencia: la inteligencia simultánea.
Para saber si esto será o no un progreso, todo dependerá del equilibrio con que afrontemos la caótica realidad televisiva de nuestros días. El problema es que la cantidad de imágenes que nos lanzan es tan desmesurada que – inevitablemente- no sabemos distinguir entre la experiencia directa y lo que hemos visto en pocos segundos en la televisión.
Calvino, a este propósito, añade: “La memoria está recubierta por una espesa capa de fragmentos de imágenes, como en un cubo de la basura, por lo que es siempre difícil que una figura, enre tantas, logre adquirir un poco de relieve”.

El corazón del problema

El tema de la formación de la persona implica inculcar una especie de pedagogía de la imaginación para la cual los padres no están preparados. Nos acercamos, así, al corazón del problema: la delicada situación que se crea en una familia por culpa de los medios. Resulta difícil resolverlo porque no se crean las condiciones necesarias para afrontarlo; porque no se estudia atentamente el problema; porque se tiende a delegar en la televisión funciones educativas propias de los padres y que abarcan, incluso, los momentos de distracción y convivencia, condición necesaria para el desarrollo de una verdadera amistad entre padres e hijos.
Al extraordinario progreso tecnológico (satélite, fibras ópticas, alta definición, etcétera) no corresponde el mismo nivel de contenidos: la verdad del mensaje no ha seguido el rutilante camino del instrumento. El medio decide si un mensaje pasará o no a la historia.
La fascinación, el embrujo de la imagen puede ser tan persuasivo como para decidir si el hecho es verdader o falso. El medio de comunicación resulta así ser más potente y determinante que la verdad contenida en cada cosa.
El lenguaje de las imágenes en movimiento depende de las leyes del subconsciente aunque tiene buenas posibilidades de superación a través del control consciente. Resulta típico el problema de interpretar qué reacciones provocan escenas violentas – de todo tipo: psicológico, físico, sexual…- , no en los adultos, sino en los frágiles mecanismos de defensa y adaptación de los niños.
Cuando la violencia televisiva es diaria, los niños modifican su visión de la realidad y su proceso de conocimiento. Ciertamente, no todos reaccionan igual ante imágenes violentas o escabrosas, aunque existe una categoría más vulnerable: niños con serias carencias afectivas y poca estabilidad. Peor aún es la situación en los menores de seis años que ven programas para adultos sin tener, naturalmente, una capacidad crítica.
Un precio alto
El desarrollo correcto de la capacidad crítica en el niño está condicionado a la presencia del adulto durante la transmisión de un programa; presencia activa que comente, oriente y guíe.
Es fundamental ayudar a los niños a distinguir realidad y ficción, activar una especie de diálogo crítico con este intruso que, gracias a la fuerza de la imagen, se instala en nuestro hogar y convierte el tradicional círculo familiar en semicírculo. En la raíz de esta indigestión televisiva está la metamorfosis profunda de una sociedad dentro de la cual la familia se ha vuelto, a menudo, agencia de servicios de orden práctico que cancela cualquier otra exigencia intelectual o psciológica en nombre de la prisa, la superficialidad o simplemente la pereza. Desde luego es fácil, para unos padres que trabajan – durante el poco tiempo libre en casa- , recurrir a la ayuda de la televisión para entretener a los hijos por lo menos hasta la hora de cenar. Pero el precio es demasiado caro.
Falta la interacción. El niño absorbe los mensajes que le manda la tele sin dar nada de sí mismo: se nota casi un regreso a la pasividad de los primeros meses de vida. Se empobrece la fantasía, desaparece el placer de la lectura, y esa gimnasia mental que se pone en marcha para imaginar y vivir lo que acabamos de ver. Disminuye el tiempo para el juego, se atenúa la creatividad, se educa en el consumismo. Los nuevos juguetes televisivos electrónicos – carísimos y refinados- , contribuyen activamente al incremento de la telemanía, haciéndose, así, más difícil la búsqueda de los confines entre lo real y lo imaginario.
Consejos optimistas
A pesar de todo estoy convencido que la televisión puede ser un aliado impagable en la educación de un niño, siempre y cuando sus contenidos se mediaticen con la presencia activa de los padres. Algunas sugerencias, dictadas por el sentido común son:
a. Disciplinar el tiempo. Un tiempo de visión dejado a la indecisión y al uso frenético del telemando, no tiene valor ni significado. Es positivo intentar responsabilizar al niño para que no “mate” sino que administre el tiempo.
b. Seleccionar anticipadamente los programas consultando atentamente revistas especializadas. Si la programación no ofrece alicientes, será oportuno contar con una adecuada videoteca de películas, caricaturas y videos. Si son buenos y están bien hechos, a los niños no les importa verlos más de una vez.
c. Explicar, sin dramatizar excesivamente, la violencia de algunos espectáculos. A veces los niños no parecen impresionarse ante ciertas imágenes pero es bueno subrayar que se trata de algo construido, falso.
d. Evitar, si es posible, que el niño esté solo viendo el televisor. Si no es posible hacerle compañía, es oportuno que invite a un amigo para que se acostumbre a comentar y discutir lo que ve.
e. “Jugar” a la televisión. Intentar que el niño repita, con un amigo, algunos juegos y espectáculos para niños propuestos por la tele; desarrollará su capacidad crítica y no olvidará que tiene que ser él quien elige y no prestarse a ser elegido.
f. Sugerir o protestar ante los organismos que tutelan al telespectador, ante otros medios de comunicación, o ante las empresas que publicitan los programas.
g. La agencia educativa-escuela no logra estar al paso con las transformaciones profundas que se verifican en la sociedad post-industrial. Nuestros hijos reciben gran parte de su “enseñanza” a través de la televisión. La escuela está todavía estructurada para un mundo sin televisión de manera que de la televisión no se habla, o se habla mal o con reservas. Ha llegado el momento de ponerse al día y afrontar el problema.
Éstas son sólo algunas sencillas reglas; consejos que vale la pena no olvidar pues, repito, es siempre a los padres a los que toca estar atentos y dar ejemplo del uso correcto del televisor.
El futuro es hoy
Esta responsabilidad no corre toda a cargo de los padres. Necesitamos jóvenes autores, directores, técnicos, productores bien formados moral y profesionalmente. La televisión es uno de esos campos donde más claro se ve que ciencia, tecnología y conciencia son un trinomio inseparable.
Pero, ¿quién es la conciencia, hablando de televisión? Es su dueño el que gobierna y administra, pero sobre todo, quien decide los programas y los realiza. Es cierto que la televisión, y de modo especial la privada, vive gracias a una única entrada que es la publicidad, y esta última llega a los hogares sólo si el público sigue la programación.
También es cierto que la televisión bien usada, con su enorme capacidad de seducir, convenecer y penetrar, puede ser un valiosísimo instrumento de información y formación de la conciencia de naciones y continentes, capaz, sin lugar a dudas, de una verdadera revolución moral. Como el viento para el polen, como el agua para el molino, puede participar con éxito en el proceso de maduración de costumbres dignas de un país.
Se dice que una civilización está acabada cuando es incapaz de generar desconfianza hacia los medios de comunicación. Pero su verdadero fin se concreta cuando, quienes conocen bien los peligros del progreso, no se unen para ir contra corriente, para evitar la mistificación de un instrumento que no es nunca neutral y que corre el riesgo – aunque sea un símbolo del progreso- de retorcerse contra el hombre. El futuro de la televisión está hoy aquí. Depende de nosotros… (Resumen de la conferencia presentada en el I Congreso Panamericano de la Familia. Monterrey, 1994).

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