México. Claros, oscuros y claroscuros

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Winston Churchill -hombre de grandes frases porque tenía gran capacidad de observación- respondió a quienes pensaban, tras ganar la Batalla de Inglaterra, que pronto terminaría la segunda guerra: “Esto no es el fin. Tampoco es el principio del fin. Es, si acaso, el fin del principio”.
Tampoco es una crisis sólo económica o financiera, por más que haya empezado así. Es política en el más alto sentido: de definición histórica de un país. Vivimos una época estelar y riesgosísima. No es tiempo de sucesos anormales pasajeros, sino apenas el principio de un profundo período en que veremos mucho más: un nuevo ciclo histórico, de profundidad semejante a la independencia, la reforma y la revolución. Este ciclo, ya extinto, vive una transición hacia una nueva gran etapa del México independiente. Quevedo lo dice así:
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto;
soy un fue, y un será, y un es cansado

Un nuevo día por llegar

Los albores de un desconocido futuro aparecieron y seguirán creciendo entre fuego disperso, estallidos y violencia, dolor y muerte, sentimientos encontrados y devaluaciones, confusión y esperanzas mudas que se asoman a cuadros de luces y tinieblas, esperanzas y temores. Surgen los más variados fantasmas y espectros; el peor de ellos ha resucitado: el lenguaje de la violencia como expectativa al alcance de la mano. Hablamos de ella, la tememos, demasiados soñadores la justifican, y muy pocos -implacables y eficaces- la practican. Junto con estruendosos balazos en las lomas taurinas, las citadinas y las lacandonas, apareció algo tan inesperado e inoportuno como la muerte: la devaluación y su terrible secuela.
Un nuevo día, que nadie ha visto, está por llegar. Al quebrarse las antiguas transparencias, la deslumbrante luz impide ver perfiles que antes parecían nítidos. Aparecen nuevos escenarios cuando sale el sol entre las nubes e ilumina el suelo; nuevos panoramas se perfilan en planos de sombras. Nadie sabe si se hará más noche o habrá luz. Apenas se sugieren claroscuros que dan luz a unas cosas y ciegan a otras, como un claro en el bosque del mundo; no vemos la luz sino los árboles, y si cambia la luz, cambia el bosque, las conductas y las actitudes. En ámbitos de ceguedad y luz interpretamos al mundo.
Chocan dos ópticas (no los equívocos “izquierda y derecha”) que hacen apreciar cosas distintas y actuar de maneras contradictorias. México se revuelve entre ambas inclinaciones y la lucha amenaza con incendiarnos. La disyuntiva reta a toda imaginación, inteligencia y valor.
El futuro se construirá en una de dos direcciones hacia donde apuntan los claroscuros que aparecen ante los confusos ojos mexicanos. Hay trasfondos históricos profundísimos cuyas severas consecuencias todos viviremos. ¿A dónde vamos? No podemos saberlo, pero sí identificar dos vías contradictorias que guerrean en Chiapas y ahora en el Congreso, en las callas y plazas, en la prensa y en las conciencias: un camino de regreso a las tradiciones de cerrazón y desconfianza, se enfrenta a uno de apertura a grandes espacios; el cobijo de la tribu, o una sociedad abierta a sí misma y al mundo; una apertura hacia el futuro frente a una tendencia de quietud y estabilidad. La tendencia ancestral neozapatista y premoderna, aferra a la gente a la tierra y las tradiciones de las culturas y etnias, y se opone a la apertura. En momentos así mucha gente busca entendimiento en ideas sencillas, que fácilmente se van a los extremos. Entre la tribu y la cerrazón, y la apertura al mundo, hay un espacio de conflicto que, si no se resuelve pronto, amenaza con incendiarnos.

El choque del nacimiento

Ambas formas contradictorias de interpretar al mundo aparecen con más claridad en épocas de definición y de peculiar profundidad histórica.
Popper dice así lo que pretende con su libro La sociedad abierta y sus enemigos:
“La civilización no se ha recuperado plenamente del choque de su nacimiento – la transición de la sociedad tribal o cerrada, y su sumisión a las fuerzas mágicas, hacia la sociedad abierta, que libera los poderes críticos del hombre. Intenta (la obra) mostrar que el choque de esta transición es uno de los factores que han hecho posible el surgimiento de movimientos reaccionarios que han tratado, y tratan aún, de derrumbar la civilización y regresar al tribalismo. Sugiere que, lo que llamamos ahora totalitarismo, pertenece a una tradición que es tan vieja o tan joven como nuestra propia civilización”.
Desgraciadamente tenemos poca experiencia de libertad, democracia y apertura; y mucha de cerrazón. El mexicano, que ha vivido por siglos bajo gobiernos impositivos y autoritarios, no tiene experiencia práctica y suficiente de las consecuencias de la libertad en sus infinitas manifestaciones. No sabe, por ejemplo, que en otros lugares los padres pueden decidir sobre los planes de estudio de sus hijos o sobre las escuelas disponibles. Muy pocos tienen experiencia de lo que implica un negocio propio, y nadie de entre ellos que maneje su negocio dentro de la ley, lo hace con sencillos y razonables trámites e impuestos (la experiencia de negocios es que estar dentro de la ley es, forzosamente, algo difícil, complicado e improductivo). El mexicano disfruta de libertades individuales básicas que no hay en lugares como Cuba o el África negra, pero sin duda tampoco hay experiencias que viven todos los días los habitantes de países como Hong Kong, Estados Unidos o Chile: respectivamente, la libertad de pagar impuestos muy bajos con facilidad de cálculo y tramitación, la de establecer negocios con facilidad y rapidez, y la de elegir un organismo de ahorro, de seguridad social y hasta de sindicato.

Ambición y paz

No hemos vivido eso; suena teórico y quizá absurdo para quien sólo ha conocido gobiernos impositivos y absolutistas. Mucho más conocido es que se ofrezca mantener la rectoría estatal sobre la economía y hablar de sectores estratégicos, o por contra, sólo oír conceptos muy genéricos con poca conexión con la realidad como “justicia social”, “democracia”, “libertad” o “neoliberalismo”, que se prestan a gigantescos equívocos y no ayudan a inventar posibilidades viables y sus consecuencias. Suenan del todo desconocidas e ilusorias las manifestaciones de la libertad: pura ideología, y de esta forma, se pierde la oportunidad de una vida provechosa, productiva y creativa.
México no puede salir adelante si sólo se aferra a las conocidas tendencias de la visión cerrada, que dentro y fuera de Chiapas, sólo ofrecen dos actitudes: resignación que no reconoce los caminos y posibilidades abiertas, o resentimiento que no acepta lo real, y mucho menos perdona los agravios recibidos. El resentimiento sólo puede explotar de una manera: la violencia. Nada de eso podrá construir posibilidad alguna para los mexicanos. Lo único que podría operar hacia un futuro de mejores realidades será el perdón por lo pasado y que no tiene ya remedio alguno; sin esa actitud no puede haber paz. Y por otra parte, una serena y apasionada ambición por conseguir lo que sí es posible. Tanto el perdón como la ambición apuntan hacia el futuro; la paz también.

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