De cómo se vacia la tolerancia

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Creo que no hemos adquirido el hábito de reflexionar sobre lo que leen nuestros estudiantes de enseñanza media. Es natural. Entre los nada extraños golpes de timón de los gobiernos en educación, los docentes terminan por hartarse y, al margen de los programas oficiales, ensayan sus propios métodos. Por eso ha dejado de extrañarnos que a cada generación le asignen un distinto libro de texto. Esta práctica, al mismo tiempo orgánica y clandestina, produce a veces buenos resultados. Pero en otros casos tiene los efectos de un bombardeo.
Este es el caso de un librito que tengo ahora entre manos. El texto se presenta como una nueva versión de las reglas para dirigir el espíritu. Esta intención, laudable en sí misma, y en cierto modo comprensible por la rutina impuesta en la lógica del bachillerato, se estropea por los medios que usa nuestro autor. En medio de todas las reglas y consejos útiles para el arte de razonar que ofrece, se infiltran subrepticiamente algunas torpes falacias; y algunos ejemplos, si se toman en serio, corren el riesgo de destruir cualquier argumentación posible. Como no estoy dispuesto a hacer publicidad positiva o negativa, y una referencia explícita terminaría inevitablemente por hacer lo uno o lo otro, he optado por llamar a este libro simplemente Azul, y a su bienintencionado autor, Simplicio. Pero juro que el libro existe, y el argumento que reproduzco es, literalmente, exacto.

En un determinado momento, nuestro autor expone como un argumento válido el siguiente:

“Si usted estudia otras culturas, entonces comprenderá que hay una diversidad de costumbres humanas. Si comprende que hay una diversidad de costumbres humanas, entonces cuestionará sus propias costumbres. Si cuestiona sus propias costumbres, entonces se volverá más tolerante. Por lo tanto, si usted estudia otras culturas, entonces usted se volverá más tolerante”.
Aunque el razonamiento hipotético es perfecto, me parece que el subrayado es problemático. Uno puede cuestionar mucho sus propias costumbres y no dejar de ser un cabeza de chorlito, digno rival de mula de curato; o por el contrario, uno puede ser tolerante sin tener que poner en duda muchas de sus costumbres. En todo caso, la cláusula hipotética es conflictiva, y lleva además, sin quererlo, por una curiosa pendiente.
Asumiendo que es hombría de bien ser tolerante (cosa que habría que discutir en otro momento), alguien puede sentirse tentado a extender el radio de aplicación del consejo y poner en duda no solo las costumbres, sino todas las convicciones. Alguien puede llegar a pensar que lo mejor es hacer dudar a todo mundo de sus convicciones. Después de conseguir este objetivo, nadie tendría convicciones de qué dudar, y la tolerancia, entonces, se habría afianzado. La tolerancia germinaría en el terreno donde nadie puede apoyar los pies, donde todas las convicciones han sido socavadas. Entonces, todos náufragos, uniríamos nuestras manos solidariamente y nos sostendríamos unos de otros para flotar en el inmenso mar de las dudas. Bonito cuadro. Pero el hecho es que las cosas no necesariamente son así.
Creo que dudar de las propias convicciones (aunque sea con la laudable intención de ser tolerante) es una práctica que termina por minar, a la larga, la capacidad misma de ser tolerante.
Dos lecturas de la tolerancia
La palabra tolerancia vuelve el recuerdo a las cruentas guerras de religión que dieron origen a la Europa moderna en el siglo XVI. Entre los excesos cometidos por ambos bandos (católicos y protestantes), los partidarios de la neutralidad optaron por proponer un régimen en que la autoridad civil no respaldara a ninguno de los dos rivales, y que las controversias religiosas no liquidaran las haciendas ni dañaran a las personas.
A este primer sentido, digamos “político”, de la tolerancia siguió uno más “intelectual”. El librepensamiento y la crítica a la religión cristiana en el siglo XVIII engendraron la segunda “tolerancia”: la tolerancia del escéptico, la tolerancia de quien defiende que para ser tolerante se deben poner en duda todas las propias costumbres y convicciones. Y el modelo de Simplicio parece ser este último.
La democracia moderna, según algunos de sus defensores, debe apoyarse en este concepto restrictivo de tolerancia. Dado que los hombres son considerados agentes conscientes, libres y responsables, debe permitírseles el ejercicio de estas facultades de acuerdo a cierto principio de autonomía intelectual. Kant pensaba que el lema de la Ilustración era el: atrévete a pensar por ti mismo; pero algunos de sus lectores piensan que esta máxima equivale a: niégate a saber, destruye las convicciones propias y ajenas.
Simplicio y sus compañeros parecen querer reducir el principio de tolerancia a esta torsión destruccionista del lema kantiano. Llevada hacia el extremo, esta postura prescribiría eliminar todas las convicciones que tengan pretensiones de verdad y rechazar, como contrarias al espíritu democrático y de tolerancia, a quienquiera que las defienda. Esta postura extrema parece inspirar ciertos discursos actuales sobre la “tolerancia”.
Me parece, sin embargo, que para defender el principio de tolerancia no se necesita llegar a este punto. El principio de tolerancia tiene al menos dos lecturas posibles, una fuerte y una débil; y las ventajas de una sobre otra no son despreciables.
La lectura fuerte tendría por máxima:
1. No debe darse por cierto conjunto alguno de creencias, y no se puede aceptar doctrina alguna que lo proponga.
La lectura débil, por el contrario, tendría por máxima:
2. No puede imponerse a nadie doctrina o creencia alguna (aunque sea verdadera) por medio de la fuerza.
Estos principios son esencialmente distintos. Sin embargo, un lector extremista de Simplicio comete la falacia de pasar, inválidamente, de la máxima 2 a la máxima 1. El respeto por la conciencia de los demás (expresado en el principio débil de la tolerancia) no implica necesariamente suponer que todas las convicciones son igualmente dudosas (principio fuerte de la tolerancia;y al revés, dudar rígidamente de todas las convicciones puede implicar un cierto tipo de intolerancia, pues lleva a prohibir prestarles asentimiento. Una vez más, llevado al extremo, solo habría enemigos de las convicciones ajenas, y la única “convicción” sobreviviente sería que no hay convicciones. Y dudo mucho de que esto sea un tipo de tolerancia.
Hay cierta reticencia del “tolerantismo” (la versión fuerte del principio de tolerancia) hacia las posturas calificadas como “fanáticas”. Aparte de que el significado de este término (fanático) es sumamente ambiguo (y habría que dedicarle tiempo en otra ocasión), no creo que los temores del “tolerantista” estén completamente justificados. Un fanático intolerante (como pueden ser incluso algunos defensores del principio fuerte de tolerancia) comete otra falacia, que consiste en confundir dos planos en: la verdad de la doctrina y el asentimiento que se le presta. Así, el fanático piensa que puede coaccionar a alguien a aceptar la doctrina que considera verdadera porque es la verdadera. Y en el aspecto práctico, en nada se distingue esta coacción de la que ejerce el “tolerantista” contra los que no piensan como él. Y esto aunque el tolerantista crea (paradójicamente) que lo que dice no necesariamente es verdadero.
El problema de fondo del fanático (dicho sea por adelantado) no es la verdad ni la fuerza de sus convicciones, sino qué es lo que hace con ellas frente a los demás. Lo malo del fanático no es el celo, sino que ejerce un celo sin caridad.
El fanático intolerante (o tolerantista) debería entender una tercera máxima aplicable a nuestro caso:
3) La aceptación de una convicción debe implicar el respeto por la persona de quien no la tiene.
Esta última reflexión nos lleva más lejos. Si mis sospechas son verdaderas, la tolerancia no es una virtud epistémica, algo que perfeccione la inteligencia de quien la ejerce, sino moral: es un tónico de la voluntad. Es una virtud práctica relacionada con la justicia. Si por justicia entendemos el dar a cada quien lo suyo, lo suyo de cada quien es, en primer lugar, su persona y lo que piensa. Y no podemos meternos allí y obligar a nadie a cambiarla. Si, por el contrario, es justicia el respeto por las libertades del otro, la primera de esas libertades se ejerce en su pensamiento. Y uno no puede meterse allí a violentar las cosas.
Las versiones política e intelectual del principio de tolerancia pretenden defender la intimidad y autonomía del individuo. Creo que la lectura débil del principio de tolerancia deja intacto este aspecto, pues reconoce que lo más íntimo y privado de cada hombre es su propia conciencia, y en ella no puede interferir coacción alguna. Pero este respeto no puede llevarnos a cometer la falacia del tolerantista, que descarta cualquier género de convicciones, sino a entender que quien no acepta una doctrina no debe ser persuadido por la fuerza sino por los argumentos. Y una vez más, aparece la necesidad de una cultura de la argumentación como fundamento de las relaciones humanas. Porque, finalmente, hablando se entiende la gente.
Un corolario de todo esto es que parece que solo pueden ejercer la tolerancia o bien los que tienen convicciones y comprenden que no es fácil que todos las entiendan y compartan; o bien los que piensan que solo tenemos creencias razonables, pero que podemos intercambiarlas para decidirnos por la que parece mejor. Y en los extremos, fuera del terreno, se quedan los obcecados en sus dudas o en sus certezas. Quizá estos se eliminarían fácilmente de nuestro juego, si tan solo aprendiéramos a conversar y dejáramos de hablarnos a gritos. Porque, habitualmente, son estos últimos los que hacen más escándalo y se hacen oír; pero eso no implica que sean buenos conversadores.
Finalmente, a pesar de todo, en este asunto de la tolerancia debe contarse con la libertad humana: alguien puede tener a la mano todos los argumentos, y sin embargo, no querer aceptarlos.
La dieta de pimienta
Uno de nuestros intelectuales (típicamente de los nuestros, vivaracho y de anteojos profundos) defendía hace poco “el derecho a no creer en nada”. Como persona que es, tiene derecho a ejercer esa creencia. Pero eso no le da derecho de burlarse de certeza alguna, como tampoco da derecho a su rival de burlarse de sus torpes dudas. Con el mismo argumento del “derecho a no creer en nada” (es decir, ningún argumento) podría defenderse el derecho a creer en algo.
Los vértigos a que pueden sucumbir Simplicio y sus seguidores tienen algo de tragicómico. Es querer abrir tanto la manga hasta terminar rompiéndola. A fuerza de querer ser razonables terminan sucumbiendo a la sofística de la irracionalidad. Tentación a la que sucumben casi todos los sarcásticos juegos volterianos. Los juegos volterianos son divertidos si se toman como un juego; porque la ironía, la pimienta de las obras de Voltaire, es la vitamina que anima las conversaciones. Lo malo del volteriano es que se toma en serio su ironía. Como si alguien quisiera sobrevivir a base de comer solo pimienta.

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