El diccionario de la tolerancia

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Pocos conceptos sociológicos se han usado con tanta profusión en los discursos internacionales y poquísimos se encuentran tan mal aclarados y entendidos. La tolerancia se ha convertido, como tantas, en una palabra retórica. El año mundial de la tolerancia debería servir, qué duda cabe, para vivirla (con verdadera tolerancia no se daría el penoso, vergonzoso y trágico desastre de Yugoeslavia), pero más aún para aclararla. Tal parece que los intelectuales se han dado más, con motivo de este año, a hablar de la tolerancia que a precisar lo que significa.

Un error histórico
En la recta intelección de esta importante categoría de la convivencia humana se parte de un supuesto histórico equivocado: que la intolerancia aparece en la historia del hombre cuando una doctrina religiosa ¾ el cristianismo, y aun el catolicismo¾ pretende sostener una verdad absoluta ¾ más: trascendente y sobrenatural¾ y la tolerancia nace cuando el moderno racionalismo de la Ilustración defiende los fueros de la libertad religiosa, precisamente en el momento (1753) en que Françoise Marie Arouet, conocido como Voltaire, pone en circulación su Tratado sobre la tolerancia.

Hay en esto no uno, sino varios equívocos.
Por un lado, el notable fenómeno de los mártires pone de manifiesto que el cristianismo, lejos de introducir la intolerancia en la sociedad de su tiempo, la padece, con un padecimiento que no ha sido fácilmente igualado, ni siquiera tal vez en las masacres soviéticas y nazis. Pero, sobre todo, se ignora que la definición y precisión del riguroso concepto de tolerancia (la tolerancia sugiere en algún caso falta de rigor pero su concepto exige una precisión rigurosa), fue definido, de manera que hasta ahora no ha podido superarse, por un fraile ¡dominico y medieval! Dice Tomás de Aquino que “en el régimen humano la autoridad tolera con acierto algunos males para no impedir algunos bienes o para que no se incurra en males peores” y apela para ello a una afirmación hecha por San Agustín ocho siglos antes, que tiene aún plena vigencia: “si proscribes a las meretrices de la sociedad humana, perturbarás las pasiones libidinosas de toda la sociedad”.

No se sabe que la tolerancia de Voltaire, de donde arranca nuestro concepto contemporáneo, es muy poco tolerante. Por un lado, el escrito de Voltaire más que un estudio sobre la tolerancia es un ataque a la intolerancia, a todo fanatismo, y especialmente al fanatismo religioso. Por otro lado, la exaltación poco menos que absoluta de la tolerancia se logra mediante la infravaloración de las verdades absolutas (llámese esta devaluación relativismo, escepticismo, agnosticismo, indiferentismo) pues todas las verdades trascendentes “contribuyen igualmente al bien de la sociedad”, no importando más que esta finalidad utilitaria y no su valor de verdad. Finalmente, siendo para él la tolerancia el bien máximo de la convivencia humana, pone a la religión ¾ cualquier religión¾ a su servicio: las religiones son útiles ¾ pragmáticamente útiles, sirva el pleonasmo¾ para que la tolerancia no se convierta en libertinaje; son un freno ¾ ésta es la palabra que emplea¾ para los posibles excesos de la tolerancia. Pero, además, la tolerancia volteriana es intolerable con el intolerante; no ya con la intolerancia sino con la persona que la sustenta. No deja de ser una paradoja que la consigna principal del autor del Tratado sobre la tolerancia consista precisamente en aplastar al infame, sea quien fuere el o la infame que habría de ser aplastado.

La tolerancia, el bien y el mal
El mérito de la definición de tolerancia de Aquino, a que acabamos de aludir (tolerar es permitir la existencia de ciertos males para no provocar otros y para no impedir ciertos bienes), consiste en hacer compatibles dos instancias que en este momento se encuentran en contradicción: la inequívoca existencia y oposición entre el bien y el mal; y al mismo tiempo la inexcusable tolerancia que en determinadas coyunturas debe tenerse con quien hace el mal. El mal se tolera y padece, y el bien se defiende y difunde. Para ello es necesaria la convicción de que el bien y el mal existen y son discernibles. Ambas realidades ¾ difusión del bien y tolerancia del mal¾ se complementan autolimitándose: la defensa y difusión del bien tiene su límite en la autonomía de la persona, que debe también defenderse, como un bien que es: por ello no puede coaccionarse para que la persona acepte contra su conciencia el bien que defiendo y difundo, y ¾ en salvaguarda de esa autonomía de su dignidad¾ tolero y padezco que él defienda y difunda el mal, siempre que a su vez la defensa y difusión del mal, que tolera mi tolerancia, no perturbe la autonomía que yo, igualmente, poseo para difundir y defender el bien.

Esto puede aún sostenerse hoy día: Robert Spaëman ha dicho recientemente que la tolerancia es “el único modo de hacer consonantes los bienes comunes de una sociedad y los derechos inalienables del individuo”. La sociedad tiene bienes comunes y universales que deben respetarse, pero el individuo posee igualmente derechos inalienables que se deben salvaguardar. La tolerancia no se entiende del todo del solo lado de los bienes universales ni del solo lado de los derechos individuales, porque es el equilibrio entre ambos.

Tolerancia, autorización y permiso
La definición de tolerancia dada por Tomás de Aquino incluye sobriamente el verbo permittere, permitir (Deus permittit aliqua mala fieri in universo: Dios permite que acaezcan males en el universo, para que no se impidan bienes mayores o se sigan peores males).

Pero la tolerancia, contemporáneamente entendida, no distingue entre cometer, autorizar y permitir. No se trata ya de que los males se cometan al amparo de la tolerancia, pues una ley elemental de la ética humana, que aún rige al menos teóricamente en todas las civilizaciones, nos impide obrar el mal para conseguir bienes o evitar males (ley que se expresa sucintamente, como todos saben, diciendo que el fin ¾ bueno¾ no justifica los medios ¾ malos¾ ). Pero tampoco se trata de autorizar que se hagan males, sino sólo de permitirlos.

Es importantísimo entender ¾ porque ahí se encuentra la vértebra del conflicto¾ que tolerar el mal no significa que el mal se convierta entonces, por magia de la tolerancia, en algo bueno. Sigue siendo malo, y por eso sólo se tolera o permite. Autorizar, en su sentido más extremo, significa dar autoridad a alguien para que haga algo. Y permitir, también en su sentido límite, tiene el sentido de no castigar. Podrán darse circunstancias en que la frontera entre el autorizar y el permitir pueda llegar a hacerse muy sutil, pero el discernimiento será más fácil si se mantienen vivos en la conciencia del hombre los significados extremos del dar autoridad, por el lado de autorizar, y no castigar del otro lado. Esto explica por qué los partidarios del aborto tienen tanto cuidado en hablar de la despenalización y no de la autorización del aborto.

Tolerancia y proporción
A propósito: ¿no será válido despenalizar, esto es, permitir el aborto, para evitar los evidentes males que se siguen de su prohibición o penalización? La tolerancia no sólo requiere de la distinción entre el bien (el bien no se tolera, sino que se auspicia) y el mal (si no fuera mal no sería tolerado, sino auspiciado;sino además el de una objetiva proporción entre los bienes y los males. Éste es otro punto de los aciertos entrañados en la breve e insuperable definición tomista de la tolerancia: se permite el mal para evitar males mayores o para no anular superiores bienes. La proporción es aquí importante. El permitir cualquier mal, por cualquier razón, es precisamente el permisivismo, cuya fronda hace impracticables los caminos de la sociedad contemporánea, y confunde las sendas de la tolerancia.

Inspirémonos, como siempre, en la acción de Dios: ¿por qué permite Dios que el hombre cometa acciones malas?, ¿por qué permite que la cizaña crezca junto al trigo? Porque al arrancar ahora la cizaña se corre el peligro de arrancar el trigo, ¡y lo que queremos es que haya trigo, no que no haya cizaña! De la misma manera, el único modo de conseguir que el hombre no ejerza acciones malas, es el privarle de la libertad de hacerlas. Se conseguiría un buen comportamiento del autómata, no del hombre. Así traslada San Agustín sus propias cavilaciones a las presuntas cavilaciones de Dios: “pensó que los hombres serían mejores servidores si libremente le servían”; es preferible que haya males con tal de que se salve la libertad.

No es ése el caso del aborto: si se admite que el embrión es vida humana ¾ y no hay modo de no admitirlo sin transgredir el sentido científico y el sentido común¾ , con la tolerancia de su muerte no podríamos evitar males mayores (¿qué mayor mal que la muerte intencional de un inocente?), ni podrían salvarse mayores bienes (¿qué bien mayor que el procurar la subsistencia de un ser humano inerme?).

Tolerancia y relativismo
Esto nos introduce en el meollo de la cuestión. El concepto moderno de tolerancia parece basarse en el indiferentismo o el relativismo: esto es, en la convicción de que no hay bienes absolutos, que deban defenderse por encima de todo, ni verdades objetivas, en las que no me esté permitido ceder. La tolerancia fincada en el relativismo es herencia indudable de Voltaire, para el que es absurda la pretensión de quien juzga que posee la verdad. El relativismo es, en fin de cuentas, un subjetivismo: no hay bienes ni verdades absueltas (esto es, ab-solutas) de su relación conmigo. De modo y manera que la verdad y el bien lo son sólo en la medida de la relación que yo guarde con ellos; es decir, en el grado en que yo considere aquello como bueno o como malo, como verdadero o como erróneo. Para decirlo al modo del relativismo, no deberíamos personalizar: no es bueno o verdadero lo que yo considere como tal, sino lo que considere como tal cada uno. Claro se ve que, si hay tantas verdades y bienes como individuos, la tolerancia es el valor absoluto válido para todos. Pero, ¿nos salva la tolerancia del caos que se genera por este giro antropológico? Si el bien y la verdad no me trascienden, sino que arrancan de mí, ¿quién me defenderá del atropello de los que consideren que mi mal es su bien? ¿No será la tolerancia el derribo, desde su inicio, de toda eventual defensa?

Si no hay verdades ni bienes absolutos, la tolerancia se convierte, curiosamente, en producto espurio del egoísmo humano. En efecto, si mi verdad es equivalente a la tuya, ¿por qué debo tolerar tu verdad, que es diferente de la que yo sustento, y en cambio no defenderla y difundirla como si fuera la mía? Se me diría que debo tolerarla porque los demás tienen el derecho de sostener sus propias verdades. Esto está muy bien dicho, pero no es lo que yo pregunto. Lo que yo pregunto es: ¿por qué debo sostener mi verdad y tolerar tu verdad si las dos, la mía y la tuya, tienen, por definición, total equivalencia? La única razón que puede darme el relativista es que yo no tolero mi verdad, sino que la sostengo, la defiendo y la difundo, y en cambio no sostengo ni defiendo ni difundo la verdad del otro, sino que la tolero, por la sola y mera razón de que la primera verdad es mi propia verdad y la segunda es la verdad ajena. La tolerancia se ha convertido, así, en el énfasis del egoísmo: a la verdad del otro la tolero, y a la mía no la tolero sino que la afirmo y defiendo. Se ve que la tolerancia del relativista se encuentra a un paso milimétrico de la intolerancia más peligrosa, puesto que tiene su origen en el egoísmo, sostenido como principio.

En efecto, si por el camino de la verdad absoluta y de la tolerancia al error puedo llegar a un equilibrio, por el camino de la verdad sólo relativa y la tolerancia puedo llegar a la tiranía. (Parece indiscutible que el dictador Robespierre, durante el despotismo de la libertad o la época del terror, se inspiró en las ideas de Rousseau y Voltaire).

Ya sabemos lo que ocurre cuando alguien considera que su verdad debe imponerse sobre la de los demás (porque ésta es precisamente su verdad: que “su verdad debe ser impuesta”) y tiene poder para hacerlo. Si yo, serbio, considero bueno que los bosnios deban ser extinguidos ¾ y parece que estoy muy cerca de considerarlo¾ y si toda verdad es verdadera para cada uno, ¿qué defensa tendrán los bosnios?, ¿qué defensa tuvieron los judíos en tiempos del nazismo?, ¿no era la verdad del racista tan verdadera como la de cada uno? Bien pronto se ve que el relativismo tiene que entrar en retroceso y admitir que hay al menos una verdad universal que debe ser respetada por todos, so pena de extinción: la defensa de la vida humana, de la dignidad de la persona. Y esta verdad es universal y absoluta: porque no hablo de mi vida humana, sino de toda vida humana; ni de mi persona, sino de toda persona: el relativismo se ha desvanecido.

Tolerancia y democracia
La ausencia de un conjunto de verdades inamovibles no puede ser suplida con la democracia. La democracia no es capaz de hacer el milagro para que, por fuerza de votación, lo malo se convierta en bueno y en verdadero lo falso. ¿Habrá alguna diferencia para los bosnios asesinados si su muerte ha sido o no decidida por una parlamentaria mayoría serbia?, ¿tendrán algún consuelo al saber que su muerte ha sido decidida mayoritariamente? Cuando se confunde la verdad con el error, lo bueno con lo malo, se arruinan el pluralismo y la democracia. Como lo dice claridosamente Rafael Termes, “para que todas las opciones privadas sean igualmente válidas, ninguna debe ser verdadera. Ésta es la triste consecuencia del relativismo o pluralismo mal entendido: sin verdad que sirva de punto de referencia, nada es mejor ni peor”.

Estamos hablando de un conjunto de verdades. En realidad, para que no hubiera relativismo, habría de admitirse que hay, que se dan, que existen, bienes verdaderos, con independencia de la momentánea consideración personal y humana. Con ese convencimiento, nos abocaríamos a la tarea de buscar esas verdades, y de encontrarlas, porque hay algunas que están muy a la vista. Más aún, si no partimos de esa aceptación, no podríamos entendernos entre nosotros. Es el mismo Termes quien le dice a un interlocutor que no coincide con él en absoluto: “no tengo más remedio que concluir que, si ambos no estamos equivocados, él tiene la razón o la tengo yo; lo que, ni por cortesía, puedo admitir es que los dos tengamos razón”. Lo que podría hacerse es tolerar que el otro piense como lo hace pero no admitir que está en la verdad. Porque el principio de no contradicción es una de las verdades absolutas que han de respetarse si queremos relacionarnos como seres inteligentes. ¿Qué otras verdades hemos de aceptar universalmente para vivir en sociedad? Incluso quienes no aceptan verdades absolutas sino sólo reglas de discusión o procedimientos que deben respetarse en cada caso, están aceptando una larga lista de cosas: “aceptan ¾ dice Termes¾ que todos los seres que intervienen en la búsqueda del consenso son seres racionales y personas dignas; aceptan que todos admitirán los límites que impone la convivencia; aceptan que cualquier persona, por el hecho de serlo, está inclinada a respetar las decisiones justas, etcétera”.

Relativismo e intolerancia
Octavio Paz, en su penúltima obra, Itinerarios, admite, con exceso de bonomía respecto del relativismo, que “nos ha dado muchas cosas buenas y la mejor entre ellas ha sido la tolerancia, el reconocimiento del otro”. Pero esta inicial actitud positiva no le impide presentar al relativismo como una felix culpa que nos ha traído venturosamente la tolerancia, pero que arrastra una cauda de males inocultables. Estamos, pues, así, de nuevo, frente a la tolerancia tomista (que brota de la consideración del bien y del mal, de lo verdadero y lo falso) y la tolerancia volteriana (que nace del relativismo universal: todo es relativo, y por ello debemos tolerarnos ¾ excepto con el intolerante¾ ). Para Paz, en efecto, el relativismo universal es contradictorio: “ningún relativismo puede ser universal sin dejar de ser relativismo”, pues al menos sería verdad absoluta que todo es relativo. Por esto mismo decía Ortega que el relativismo es una doctrina suicida. Y sigue Paz: “me doy cuenta de que el relativismo ¾ aparte de su intrínseca debilidad filosófica¾ es una forma atenuada y en cierto modo hipócrita del nihilismo. Nuestro nihilismo es solapado y está recubierto de una falsa benevolencia universal. Es un nihilismo que no se atreve a decir que lo es”. En presunta independencia o ignorancia mutua, hay aquí un coincidente casual consenso en pensadores de muy diversa raigambre. Se trata de una venturosa coincidencia occidental, desde tres puntos cardinales: el sajón, el germano y el latino. Poco antes de que el Nóbel mexicano dijera que la cultura de hoy (en que “triunfa un relativismo universal”) esconde un nihilismo atenuado, recubierto de benevolencia, William Pftaff (International Herald Tribune, 1993) y Robert Spaëman (Universidad de Colonia, 1993) denominaron a este nihilismo epidérmico, nihilismo vanal, que podría llamarse, si no fuera pleonasmo, nihilismo anodino: no es que el hombre carezca de sentido, sino que al hombre contemporáneo le importa un bledo el buscárselo, y prefiere vivir como si no lo poseyera.

Y es aquí como se ve, con meridiana claridad, que la tolerancia volteriana, hongo ¾ venenoso o benéfico¾ que brota del turbio relativismo universal, termina siendo intolerante. El relativismo que impera hoy es intolerante con el que admite verdades absolutas que dan sentido a su existencia. Se le obliga culturalmente a ser vanalmente nihilista; y, en caso de no serlo, se le denomina precisamente intolerante, dogmático, fundamentalista…

Ninguna intolerancia debe ser admitida; pero, puestos a ser intolerantes, parecería más lógico serlo con quien quiere desperdiciar su vida en una nihilista vanalidad y no con quien quiere darle sentido y misión a su propia vida y a la de los demás. ¿Éste sería el infame que habría de ser aplastado? Me pregunto en mis peores momentos si hay una intolerancia mayor que la de impedirme vivir como si mi vida tuviera sentido; si hay intolerancia más profunda que la de pretender arrebatarle a alguien el sentido de su vida.
Octavio Paz, por laberintos diversos, desemboca finalmente en un concepto de tolerancia que, como el de Aquino, no sólo no prescinde, sino que se apoya en el discernimiento del bien y del mal. “Arriesgo una hipótesis: tal vez una de las causas de la progresiva degradación de las sociedades democráticas ha sido el tránsito de valores fundados en un absoluto, es decir, en una metahistoria, al relativismo contemporáneo”. Pero, entre líneas, puede verse que la vigencia de ese absoluto metahistórico no es incompatible ni con la democracia ni con la tolerancia. Éstas no requieren que todo sea relativo, sino que lo absoluto, aun siéndolo, no se imponga a los demás por medio de la fuerza: “La tolerancia implica que, al menos en la esfera pública, nuestras convicciones religiosas y morales no sean obligatorias para todos, sino solamente para aquellos que las comparten con nosotros”.

Esta hipótesis arriesgada por Paz es, en cambio, una tesis definitiva del Concilio Vaticano II: que los hombres “actúen según su propio criterio y hagan uso de su libertad responsable, no movidos por coacción, sino guiados por la conciencia del deber”.

No obstante, la presencia del nihilismo escala niveles de enorme trascendencia pública: en nuestro país, en nombre de la tolerancia se prohibe en la escuela estatal la enseñanza de toda religión. ¿Qué tolerancia es ésa? Basándose en el principio válido y admitido de que no debe imponerse una religión determinada, se impone el mandato de no enseñar ninguna. ¿No nos mostraría la tolerancia múltiples caminos y sistemas para evitar tanto la imposición de una religión como la proscripción de todas?, ¿no es acaso el arrancar el destino trascendente del hombre, y hacerlo desde la niñez indefensa, la peor, por totalitaria y profunda, de las intolerancias? Si para no imponer a un adolescente una profesión determinada se le ofrecen diversas opciones en su bachillerato, ¿no cabría optar por diversas vías en busca del propio destino metafísico o incluso la de la negación de todo destino futuro?

Tolerancia y fundamentalismo
Acabamos de tropezar con el hecho sociológico de que hoy a quien sostiene convicciones firmes, que considera como verdades absolutas (pretensión volteriana absurda), se le llama intolerante y fundamentalista. No cabe duda de que el fundamentalismo implica intolerancia. Pero, ¿es intolerancia la firmeza de convicciones? A nadie se le escapa que en la respuesta a esta pregunta nos jugamos la solidez de los valores que vivimos, los que los vivimos. Hay una emergente tendencia contemporánea que responde a ese nihilismo vanal con un insistente retorno a los valores clásicos y básicos. Ha de saberse que este retorno a lo básico no es identificable con el fundamentalismo. El fundamentalista, sí, sostiene convicciones determinadas y no acepta negociar con ellas: a lo que nada debe objetarse, puesto que hay convicciones no negociables. Pero lo que define al fundamentalismo no es sólo la tenencia de una convicción firme: se caracteriza por su inflexibilidad estática. En sentido contrario, el cristianismo se ha señalado a lo largo de la historia por su dinámica interna: no pretende que el mundo sea como es, aunque llegara ¾ como llegó¾ a hacerse cristiano, sino mantenerlo cristiano en su continuo devenir otro distinto (Etienne Gilson). Finalmente el fundamentalista mantiene una actitud que le lleva a imponer sus convicciones a los demás, incluso haciendo uso de la fuerza física, actitud que Octavio Paz y la declaración conciliar, cada uno por su lado, acaban de señalar como el meollo de la intolerancia.

Ante el lamentable deterioro de los adictos al nihilismo vanal (sólo el placer y el consumo tienen sentido), el fundamentalista opta por un retorno, pero retorno a un sistema totalitario de la peor catadura, no por ser materialista y económico, sino ideológico y expansionista, con expansionismos de guerra santa.

Tolerancia e igualdad
Nuestra propuesta ¾ la de la recuperación de los valores básicos del hombre sencillo¾ , en cambio, quiere dar un amplio espacio a la tolerancia. El nihilismo vanal, que es la forma contemporánea del relativismo, confunde la tolerancia con la indiferencia, la tolerancia con la igualdad. La sociedad liberal tiende a decolorar los méritos de la tolerancia. El derecho a la tolerancia se va transformando en derecho a la igualdad axiológica. Todos los valores son equiparables desde el mero momento en que haya uno solo ¾ uno solo es la minoría más absoluta¾ que los sustente. Esto se ve con prisma de aumento en los puntos álgidos de nuestra actual sociedad: la drogadicción, el homosexualismo, la pornografía…

Una cosa es que se tolere la postura individual del drogadicto, del libertino, del alcohólico y del gay, por fuerza de la dignidad de toda persona, y otra cosa es que sus comportamientos se erijan en encarnación de valores generalizables en el conjunto social. No han de confundirse los conceptos de pluralismo y tolerancia con la indefinición ética. Sin convicciones firmes y verdaderas, se diluyen la seriedad de la vida y la fuerza de los valores, que se convierten en postulados insostenibles, precisamente porque resulta igualmente posible sostenerlos todos a la vez, aunque sean contradictorios.

Con ello nos introducimos en el espinoso asunto de otra página del diccionario de la tolerancia: el concepto de la intransigencia respecto de lo verdadero.

Tolerancia e intransigencia
Puy Muñoz nos hace ver cómo en el entramado social debe darse cabida al hecho de que la verdad es una y excluyente (esto es, excluye la verdad de la proposición opuesta), y por eso frente a los derechos de la verdad ha de valer el principio de intransigencia. Pero, al mismo tiempo, se ha de aceptar que la estimación cognoscitiva humana, por la naturaleza misma limitada del hombre, es varia y parcial. Ante este hecho, ha de valer el principio de tolerancia, precisamente por la variedad y parcialidad de las estimaciones humanas.

Articula así Puy Muñoz el principio de intransigencia o­ntológica (del ser de las cosas), en virtud del cual han de defenderse y difundirse los derechos de la verdad una y excluyente, junto con el principio de tolerancia gnoseológica (del conocer de las personas), que da cabida a las diversas estimaciones humanas acerca de la verdad o­ntológica, incluso en el caso de que aquellas estimaciones sean erróneas.

De acuerdo con el principio de tolerancia a cualquiera le está permitido difundir lo que considera verdadero. Por ello mismo, el principio de intransigencia no capacita a imponer la verdad, aun cuando fuera absoluta.

La interrelación de ambos principios (hay verdades absolutas, aunque nuestra estimación pueda ser parcial) no tolera el error a costa de la verdad, porque todo ser humano se encuentra moral e internamente obligado a llegar a la verdad absoluta, aunque se le tolere socialmente que no lo logre. De esta manera se margina el gran peligro de la tolerancia: que gracias a ella lo malo se tome por bueno y por verdadero lo erróneo.
La tolerancia se hace necesaria en virtud de la dignidad de la persona, pero también por causa de la falibilidad de esta. Si el hombre no pudiera equivocarse práctica o teóricamente, no requeriría de la tolerancia. Por eso, tolerar el error, insistimos, no es considerar la equivocación como acierto, sino tener en cuenta que en determinadas circunstancias reprimir el error sería un mal más grande que permitirlo. La permisión del error es, pues, considerada no como virtud sino, precisamente, como mal menor. En esto también difieren la tolerancia del Aquinate y la tolerancia de Voltaire.

Tolerancia y falibilidad
En aquellos casos en que, para una determinada persona, su error es invencible, la persona que está en el error no será inculpada, pero el error sigue siendo error, por mucho que disculpemos de él a la persona. En la moral católica la tolerancia se encuentra íntimamente conexa con la conciencia moral errónea invencible: aunque debamos exculpar al que yerra involuntariamente, no podemos dar por verdadera su equivocación. El que se lleva del estacionamiento un automóvil ajeno creyendo que es el propio, no será moralmente culpable, pero no por eso hay un cambio real en la factura de propiedad del automóvil.

La tolerancia no mina los fundamentos de la verdad, sino que se limita a hacer posible la convivencia. Al afirmar con fuerza análoga la intransigencia o­ntológica y la tolerancia gnoseológica no colocamos a la tolerancia en la cumbre de los principios sociales pero damos cabida al principio de solidaridad, según el cual todos estamos obligados moralmente a procurar (no a coaccionar) que nuestro prójimo salga del error, lo mismo que estamos obligados nosotros a no incurrir en él. Por ello, es muy importante retener, otra vez con Puy Muñoz, que para defender la tolerancia no es en modo alguno necesario sostener, como se sostiene hoy generalmente, que:

a) todos los sistemas de juicios son igualmente verdaderos (relativismo)
b) todos los sistemas de juicios son igualmente falsos (escepticismo)
c) los principios supremos son incognoscibles por el individuo (agnosticismo personal) o por la comunidad (indiferentismo social).

Estas afirmaciones no son, como también se cree, condiciones de la posibilidad democrática. Al contrario, Michael Novak ha mostrado recientemente que uno de los cuatro principios que sostienen la democracia en cualquier sociedad es que la verdad importa. Incluso quienes no creen en Dios admiten la diferencia entre la verdad y la mentira. El relativismo no es democrático, porque si no hay verdad, el entendimiento, la razón, el diálogo, no cuentan. Sólo queda apelar a la voluntad. Cuando no es la verdad la que impera, la voluntad se impone, que es la alternativa totalitaria.

Intransigencias y concesiones nobilísimas
Pensamos que Josemaría Escrivá de Balaguer, gracias en buena parte a la extraordinaria difusión de su libro Camino, ha introducido de manera generalizada en la cultura del cristiano actual de un modo asequible y práctico, el convencimiento de que la verdad y la caridad no son contrarios que deban conciliarse, sino absolutos vitales que el cristianismo hace fácilmente compatibles y armónicos. Por eso puede afirmarse, con él, que la caridad nos lleva a concesiones nobilísimas y la verdad a intransigencias nobilísimas también. La intransigencia, en efecto, deriva de la persuasión de la verdad del propio ideal, en el que ni por amistad se puede ceder, como tampoco por amistad se concedería que dos más dos son cinco.

Pero esta intransigencia no es intemperancia y ser intransigente no es lo mismo que ser cerril, porque se debe, sí, ser intransigente en la doctrina y en la conducta, pero blando en la forma.

La caridad, además, nos lleva a un atractivo rejuego de transigencia e intransigencia: transigencia para las miserias ajenas e intransigencia para las propias.

¿No estamos aquí hablando del reverso, en el cristiano, de lo que es el anverso en el relativismo? En éste, siendo todas las opiniones equivalentes, defiendo las mías y tolero las ajenas; pero aquí se nos insta a ser tolerante con las miserias ajenas, al tiempo que intolerante con las propias.

Se atisba que esta intransigencia respecto de la verdad y transigencia con las personas, nos coloca en una posición de 180 grados frente a la violencia derivada de una supuestamente inevitable lucha de clases, secuela comunista aún vigente en México. El comunismo con su pretensa lucha de clases, partera de la historia, perseguía terminar con el hombre que hacía el mal ¾ y lo logró en varias decenas de millones, durante la época de Stalin¾ en tanto que en la doctrina cristiana se nos insta a terminar con el mal que hace el hombre, pero precisamente ¡para salvar al hombre! No hay que aplastar al infame sino a la infamia.

La intransigencia con el error y la transigencia con el que yerra es una máxima secular del cristiano, de acuerdo con la lapidaria consigna de Agustín de Hipona: diligite homines, interficite errores: acabad con los errores, pero amad a los hombres.

Tolerancia, opinión y respeto
Otra de las desviaciones contemporáneas es pensar que, si hemos de tolerar los errores, declarados como tales, más aún son tolerables las opiniones, en las que la posibilidad de error está todavía en suspenso.

Según la filosofía tradicional, se encuentra en estado de certeza quien se halla seguro de que su afirmación es verdadera. Y en esa misma filosofía tradicional se define la opinión como el asentimiento a la verdad de un juicio con temor de la verdad opuesta. No hay en la opinión un rechazo seguro de la posibilidad contraria, que pudiera tal vez ¾ y queda así un residuo de duda¾ ser verdadera, lo que significa, de alguna manera indirecta, que no se ha asumido por completo la alternativa elegida, por cuanto cabe que quizá ¾ permitiendo ese resto de duda¾ pudiera resultar falsa.

Hay asuntos en los que al hombre no le cabe saber, porque no puede; pero le está permitido (y aun exigido) estimar, calcular, anticiparse… Pertenece, en efecto, a la razón de ciencia afirmar que es imposible que lo que se sabe sea en realidad de otra manera, mientras que pertenece a la razón de opinión considerar que lo que se estima como verdadero puede ser en realidad distinto.

Se ve con claridad que:

a) hay verdades científicas (esto es, que constituyen un conocimiento cierto basado en razones seguras), al punto que no pueden ser impunemente negadas, sin que el sujeto quede atrapado en contradicción con otras verdades elementales y consigo mismo. Así, el ser no es el no ser, el todo es mayor que la parte, los ángulos internos de un triángulo equivalen a dos ángulos rectos, el bien debe procurarse y el mal evitarse, constituyen verdades ciertas sobre las que no cabe opinión, sino certeza, bien porque su objeto es evidente de suyo, bien porque ha podido hacerse evidente mediante demostraciones ya conocidas y seguras.

b) Hay, en cambio, verdades, sobre las que cabe que, en un determinado punto de nuestra existencia, no estén revestidas aún de personal certeza. Tal puede ser, por caso, el hecho de la existencia de Dios la cual, para alguno, por circunstancias que no podemos analizar aquí, puede no ser, o no ser aún, una verdad cierta. Pero tratándose, como se trata, de una cuestión fundamental para el propio destino, el individuo no debe mantenerse en un estado de opinión (menos aún de duda), sino que habrá de procurar ¾ por razones noéticas y por razones morales¾ allegarse la certeza que le falta.

De parecida manera, poseemos sólo una opinión acerca de la composición molecular del agua y podríamos mantenernos en ese simple estado, mientras no nos viéramos en la coyuntura de resolver, por nuestra situación, circunstancia, oficio o cargo, un problema estrechamente relacionado con tal composición molecular. Si no lo hiciéramos así, nuestra postura sería equiparable a lo que se llama ignorancia debida y vencible (la falta de certeza, sea en la opinión, sea en la duda, sea en el error, constituye una suerte de ignorancia, por lo que implica de falta de conocimiento).

c) Finalmente hay verdades que no serán nunca objeto de certeza, porque corresponde a su estructura noética el pertenecer al ámbito subjetivo de la opinión, pues se trata de verdades que no tienen más valor que el subjetivo. Éste sería el caso de la proposición acerca de la calidad de Rafael como pintor comparada con la de Miguel Ángel ¾ o de Picasso comparada con la de Van Gogh. Procurar que este género de opiniones se convierta en certeza entrañaría una especie de dogmatismo implícito, y en el orden social imponer tal tipo de opiniones es propio de la tiranía.

En referencia con la opinión y la tolerancia se dan, así, tres tipos de verdades que han de distinguirse con claridad:
a) Verdades que son objeto de certeza y no pueden serlo de opinión so pena que el individuo entre en contradicción con otras verdades fundamentales evidentes, que sería tanto como entrar en contradicción consigo mismo (esto es, del entendimiento con el entendimiento).

b) Verdades que no son para mí aún objeto de certeza pero acerca de ellas mi inteligencia no ha de descansar hasta que lo sean (por deber de mi oficio en la comunidad o por deber de mi oficio inexcusable de hombre).

c) Verdades que no son objeto de certeza, y la inteligencia haría muy mal empecinándose en que lo sean. Debe tenerse criterio para permanecer en el estado de opinión en que se encuentran. Cuando hablamos de opiniones, en el sentido fuerte del vocablo, nos referimos precisamente a los juicios de este último rango, los que por su estructura, dijimos, pertenecen más al ámbito del sujeto que del objeto.

Determinado así el ámbito de la opinión, parecería que toda opinión, justamente por su dimensión subjetiva y no definitiva, habría de ser objeto privilegiado de nuestra tolerancia: debo tolerar la opinión ajena. Pero si bien se mira, tolerar ¾ sufrir, padecer, soportar¾ la opinión ajena, no sería por ser opinión (ya que, al serlo, no sabemos si está equivocada) sino por ser ajena. Se descubre de nuevo aquí el egoísmo del relativista disfrazado de tolerancia: la opinión ajena debe soportarse por ser ajena, por no ser mía. Si la tolerancia es un mal menor, aquí el mal menor sería el otro (e incluso el mal mayor, porque el infierno, dirá Sartre, son los otros).

En este punto el pensamiento cristiano, precisamente por el altísimo grado que concede a la dignidad humana, ha dado un paso de gigante en favor de la persona. Recuérdese que la tolerancia se refiere a no impedir el mal o el error de otros, pudiendo evitarlo. Por ello, tolerar lo que se considera indiferente u opinable carece de sentido: lo opinable debe ser reconocido, respetado, y no meramente tolerado.

Tolerancia y diálogo
Este respeto es condición imprescindible para que exista el diálogo, y el diálogo es, a su vez, conditio sine qua non para que se puedan sostener inteligentemente opiniones diversas.

El valor formativo del diálogo para la inteligencia tiene un carácter general, pues la inteligencia del hombre, desde la filosofía antigua, fue detectada no en cuanto inteligencia lógica sino, más aún, dialógica. Como ya fue advertido por Wittgenstein, lo que sabe uno sólo no lo sabe nadie. El pensamiento solitario es tan irregular como el hecho de hablar a solas. Pero el diálogo posee, además, un valor específico, como también supieron ya los antiguos, en el campo de lo que puede ser de otra manera, en el de lo mudable y contingente, que es el circuito propio de la opinión. Si en el ámbito teórico científico se requiere sobre todo el rigor de la lógica, en la atmósfera de lo opinable la lógica se ve suplida por el consejo, por la concurrencia de pareceres. Dado que la opinión es una verdad vista desde una determinada perspectiva, con el temor al peso de una perspectiva opuesta, el diálogo se ostenta como necesario para conocer estas otras perspectivas que se consideran de fuerza inferior o no se atendieron, o no se advirtieron.

El diálogo, en este terreno, no corresponde sólo a lo que hoy se llama intercambio de opiniones. Lo más válido de él es la comunicación de los fundamentos racionales de cada una de las opiniones en juego.

Esta comunicación puede no proporcionarnos certeza (la finalidad del diálogo no se reduce a ello), ni siquiera la convergencia unánime, que tampoco es el objetivo del diálogo, válido incluso en el caso de disensión; pero sí puede dar lugar a tres fenómenos que deben subrayarse: el cambio de opinión, el conocimiento de los fundamentos en que se basan otras opiniones diversas de la mía, y la advertencia del valor o falta de mérito de las razones en que mi opinión se basa, contrastada con las de otros. En concreto, una inteligencia no se encuentra bien formada mientras no adquiera la capacidad de cambiar de opinión. Aquí se inhiere el formidable temple moral requerido para buscar sistemáticamente la verdad y permanecer en ella (lo que implica cambiar de opinión cuando se demuestra que no era verdadera la anteriormente poseída).

El diálogo por el que se intercambian los fundamentos racionales de las distintas opiniones sobre un tema, se encuentra íntimamente vinculado con la actitud existencial y social de esa tolerancia que ahora toma la modalidad del respeto. Sin respeto no es posible el diálogo. Pero en el momento actual, en que el hecho de la tolerancia no suele ser bien entendido, el diálogo puede convertirse en un serio obstáculo para la formación del entendimiento. El entendimiento se perfecciona mediante la verdad y sólo mediante ella. Pero si la tolerancia significara que no hay nunca verdades ciertas, y que todas son susceptibles de ponerse en la tela de juicio de la discusión, entonces las posibilidades de perfeccionamiento de la inteligencia quedan canceladas sin salida, y el diálogo resulta palabrería inútil.

El respeto nos impulsa, en cambio, a entender las razones por las que nuestro interlocutor afirma lo contrario. Respeto es comprensión, no asentimiento; es la situación privilegiada que nos permite relacionarnos, en el sentido más amplio del verbo, con quien piensa de distinto modo del nuestro ¾ e incluso con quien está patentemente en el error y entonces el respeto adquiere la modalidad de tolerancia¾ no por obsequio de lo que piensa, sino de su persona, que siempre es merecedora de todo el respeto, a título de persona. Ha de discernirse bien, por tanto, entre el respeto con las personas por un lado y por otro la admisión de que todo puede ser verdadero, bastando sólo que haya alguien que lo proponga independientemente de las razones en que se apoye.

Tolerancia y estadística
Pero en el momento actual el criterio de verdad no es ya la manifestación patente de las realidades sobre las que juzgamos, sino la mayoría. La vehemencia de las opiniones, en la que se apoyaba el hombre decimonónico, se ha sustituido ahora por su número. La democracia, que es un sistema para convenir la manera de reglar nuestra convivencia, se transforma así en su reverso: en el totalitarismo de la verdad; pues la verdad no se produce por la mera suma de lo opinable. Nunca una opinión, por numerosa y popular que sea, puede convertirse en verdad, debido a ese sólo hecho: la verdad no se origina a partir de la publicidad o la propaganda, como se llegó a decir en tiempos del nazismo. La mayoría puede ser ahora el fenómeno social más intolerante. El sol no dejó de moverse cuando Copérnico demostró el heliocentrismo: era ya inmóvil antes de que los habitantes de la tierra lo supiéramos.

El imperio de la estadística es uno de los modernos obstáculos para la consecución de la verdad, que la inteligencia sólo desarrolla pensando por sí misma, o, dicho negativamente, su perfeccionamiento no es el producto de la acumulación de los conocimientos u opiniones obtenidos por los demás. E incluso puede llegarse, por ese camino de la estadística, a aberraciones monstruosas tanto en el nivel teórico como en el nivel práctico. Tal ocurre con el hombre medio, de Tonquelet: si las estadísticas suecas señalan que durante un año se producirá un determinado número de asesinatos, los delincuentes que privasen de vida en Estocolmo a un número de ciudadanos englobado dentro de aquella cifra, no deberían considerarse asesinos, pues ya estaban estadísticamente predeterminados a dar muerte a ese mínimo de personas: verdadero asesino sería quien privara de su vida a uno más de los previstos; es decir, el que no respetase la estadística.

En resumen, en relación con el respeto y la tolerancia, hemos de asentar que el hombre se ve obligado a opinar, pero:
a) no todas las opiniones son plausibles (sino las que cuenten con un proporcionado fundamento racional;b) ni todo es opinable (como opina el relativismo;c) ni es posible que toda opinión sea elevada al grado de certeza (pues hay un sano pluralismo en el orden de los pensamientos).

Tolerancia y amistad
Nos cuenta Octavio Paz en sus Itinerarios que, cuando se percató de los engaños y falacias del sistema comunista y se retractó de su ideología, se quedó sin amigos. La tolerancia (o el respeto, en el caso de la opinión) no es sólo una actitud intelectual y teorética, sino que, en su plenitud, implica una importante dimensión existencial.

Acabamos de ver cómo la tolerancia puede adquirir la forma intransigente respecto de la verdad en cuestión y la transigencia respecto de la persona que sostiene un error en relación con ella. Con San Agustín habrá que manifestar nuestra renuencia a admitir los errores, pero ello no entraña en modo alguno el rechazo a las personas que los sostienen.

La actitud cristiana de la vida nos dice que es posible ser fiel a la verdad y fiel a la relación amistosa. Estamos hablando de la única religión que se ha atrevido audazmente a postular el amor al enemigo. Porque ninguna persona queda totalizada por ninguno de sus aspectos. El amor de amistad se refiere a la persona toda entera, y la persona es multívoca y poliforme: es el único ser del universo que no puede verse más que abarcando el multicolor caleidoscopio de todos sus matices. ¿Por qué habré de rechazar a un amigo cuando disiente de mí en su ideología? ¿No resulta ridículo distanciarse de una persona por la desavenencia en una opinión deportiva? ¿Acaso no se pueden tener verdaderos amigos más que entre los afiliados a un mismo partido? ¿Debemos pertenecer a la misma profesión para que surja la amistad entre nosotros? ¿No se resiste la persona a ser vista monocordemente bajo el prisma único de cada uno de estos aspectos?

La tolerancia entraña sin duda, intelectualmente, un cierto desapego respecto de la proposición errónea o la conducta equivocada que se tolera, por cuanto que no se asume, ni se autoriza, sino sólo se permite. Pero esta posición en el nivel intelectual no tiene por qué transminarse a los demás niveles de la vida. El subsumir la riqueza de la vida humana en una de sus solas dimensiones ¾ y especialmente en la del entendimiento¾ constituye un totalitarismo existencial tan peligroso incluso como el totalitarismo político. Ya dijimos que ni por amistad, ni por cortesía ¾ como diría Termes¾ podemos admitir que dos y dos no sean cuatro. Pero hemos de añadir que no debemos dejar de ser amigos de quien sostenga que son cinco. Nuestro nivel de amistad no coincide con el de la aritmética.

Al tener en cuenta que toda persona conlleva una complejidad de aspectos, al punto que ninguno de ellos, aisladamente tomado, la define, hemos de destacar por lo menos dos aspectos esenciales de todo individuo humano: el entendimiento y la voluntad. Los hombres pueden querer las mismas cosas, aunque piensen de distinta manera; y coincidir en su modo de entender la realidad aunque tengan metas volitivas diferentes y aun opuestas.

Una de las realidades que me atrajo la mirada en mis relaciones con el Opus Dei fue precisamente el saber que se trataba de la primera institución de la Iglesia que admitía jurídicamente como cooperadores a quienes no fueran católicos, ni aun cristianos. Me llamó la atención precisamente porque hoy, con buena voluntad, suelen considerarse compatibles la disidencia intelectual y la existencial amistad, excepto en el caso de la verdad religiosa. Se ignora el ya clásico aserto de Pío XII: “la afirmación de que la desviación religiosa y moral ha de ser siempre impedida (…) no puede tener un valor de absolutismo incondicionado”.

Quizá se piense así porque es en la religión en donde parece que la tolerancia es más difícil e incluso que la intolerancia es recomendable. En efecto, como lo dicen Martinell Griffé y Puy Muñoz, la religión ¾ más que la filosofía y la política¾ mantiene “en vilo la vida humana en toda su plenitud”. Sin embargo, precisamente porque toda religión entraña una profunda relación de los hombres con Dios, es contradictorio el que sea la religión precisamente quien separe a los hombres entre sí.

La amistad nos lleva a respetar el parecer de los demás ¾ aunque lo juzguemos erróneo¾ en obsequio de la libertad del amigo. Entonces se engendra la tolerancia , que no es ya el perdón gratuito al error, mirado con desprecio desde arriba, sino la postura que hace posible ser fiel a la verdad y conservar al amigo como tal.

Una clara expresión natural de la amistad sería la de una tolerancia reduplicativa: “cuando, consciente y seguro de poseer la verdad, tolero que el amigo adopte con respecto a mí una actitud de tolerancia, como si la verdad estuviera de su parte, y sin admitir que lo esté”.

Pase lo que pase en el turbio mare magnum de nuestras opiniones, hemos de tener la convicción de que es posible conservar una estrecha relación de amistad en el meollo mismo de la divergencia intelectual.

Mientras no pensemos así, mientras no pensemos que no hay ningún infame que aplastar, sino que podemos tender la mano amiga a todo congénere, no habremos traspasado el umbral de la verdadera tolerancia, para quedarnos en el estrecho pasillo de la tolerancia volteriana.

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