Salvar el empleo

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Puede decirse que proteger la planta productiva es proteger el empleo, porque solo las empresas sólidas y eficientes pueden mantener y acrecentar el empleo. Y también puede decirse que proteger al empleo es proteger a la planta productiva, porque las empresas necesitan que la gente trabaje para que pueda adquirir bienes o servicios. En pocas palabras, la gente es productora, trabaja para producir, pero también es consumidora, trabaja para consumir.

Espiral sin fin

A pesar de los contratiempos, si bien no puede afirmarse que la situación económica ha mejorado, sí se puede decir que “ha desempeorado”. La disminución relativa de la inflación, del tipo de cambio y de los intereses, y la reactivación de la Bolsa, así lo han indicado. Pero subsisten los efectos nocivos de la devaluación, la drástica disminución del crédito externo, aumento desorbitado de algunos costos, clima de incertidumbre y desconfianza, y sobre todo, el impacto brutal de todo ello a nivel microeconómico.
Algunas empresas como las mineras y en general las que exportan, están saliendo adelante. Pero millares ¾ muchas de ellas ya en situación crítica por la competencia de una apertura indiscriminada y demasiado rápida y por un tipo de cambio sobrevaluado¾ hoy pierden dinero, se descapitalizan, dejan de cumplir sus compromisos o cierran. Y ello se debe, por una parte, a que deben dólares o tienen que pagar intereses muy altos o no les pagan sus clientes, y por otra parte, las ventas se han desplomado, en muchos casos drásticamente.
También para las personas, la situación es grave. Además de la contención salarial, los problemas de las empresas dan lugar a suspensiones y despidos. Y la contracción de la demanda en general, a un desempleo creciente. Todo esto desemboca, muchas veces, no solo en estrechez y sufrimientos, sino aun en verdaderas tragedias personales y familiares.
Los problemas de los empresarios se convierten en los problemas de quienes pierden el trabajo o no pueden conseguirlo. Se instala una espiral diabólica: no tenemos crédito, no podemos pagar intereses altos, no producimos, reducimos gente, no hay consumo, no nos compran, no vendemos, quitamos gente, no vendemos… y así, al abismo.
Es evidente que las medidas amargas son indispensables para sentar las bases a fin de iniciar la recuperación relativamente pronto. Sin embargo, la situación es tan grave que se corre el riesgo no solo de daños irreversibles a una buena parte de la planta productiva (están desapareciendo miles de empresas), sino por el daño económico y moral a gran cantidad de empresarios y la irritación y rebeldía de muchos de ellos, y de millares de desempleados, que no pueden conseguir trabajo o que han perdido el suyo.
Números de alarma
La Cámara Nacional de la Industria de la construcción informó que la actividad de la construcción cayó 37% durante el primer trimestre de este año, respecto al mismo período del año pasado. Y en ese lapso, también las ventas de mercancías en términos reales de los establecimientos comerciales, en las tres áreas metropolitanas del país, registraron una caída de 20%. Las ventas de camiones en el primer trimestre del año cayeron 53% y las de automóviles nuevos un 69%.
El Secretario del Trabajo, Santiago Oñate, afirmó recientemente que la desocupación es hoy el principal problema del país; existen 6 millones de desempleados y se espera que este año aumenten en 700 mil. Luis Felipe Barrón, del Centro de Investigaciones para el Desarrollo afirma que debido a la crisis que enfrenta México, desde diciembre pasado, uno de cada tres mexicanos que no es pobre, lo será.
Si tomamos en cuenta el rezago de empleo que se ha venido arrastrando, y la necesidad de crear 800 mil nuevos puestos de trabajo para atender la demanda de los que tienen que incorporarse a las filas del empleo, no hay duda que el esfuerzo para resolver este problema es descomunal.
Se espera que la recuperación pueda comenzar a principios de octubre, pero no hay duda que por las presiones y conflictos que pueden desatarse, los próximos meses serán críticos.
Michael Camdessus, director del Fondo Monetario Internacional, ha dicho que las posibilidades de reducir el desempleo con la sola ayuda de la recuperación económica son escasas. Hagamos ahora caso omiso de los factores macroeconómicos que han afectado la competitividad y la propia supervivencia de la empresa así como al empleo, y veamos qué factores han contribuido a ello dentro de la misma empresa.
Inversión al “estilo americano”
Gabriel Zaid, en un libro reciente, afirma que el período 1988-1994 fue un “sexenio improductivo” porque la inversión fija bruta aumentó un 54%, pero el crecimiento del producto bruto fue solo de 18% y el empleo formal de 4%. Dice que se invirtió “al estilo americano”, con grandes dosis de capital y poca gente, y que la falla estuvo en ignorar la calidad de las inversiones, no menos importante que la cantidad. Obvio es decir que la necesidad de un uso racional del capital, que es un recurso escaso, es imperativa para los países en desarrollo como el nuestro.
El rezago en la conversión y modernización de las empresas es en parte causante de su situación actual. La tendencia de muchas empresas a la baja capitalización y al excesivo endeudamiento también ha contribuido a ello.
Pero un factor aún más importante es la falta de una mentalidad verdaderamente empresarial. Necesitamos personas con un genuino espíritu empresario y no simples negociantes: personas con visión de futuro, imaginación, perseverancia, voluntad de asumir riesgos calculados, preparación técnica, administrativa y financiera, capacidad de conciliar recursos y esfuerzos de mucha gente.
En cuanto al desempleo, alguien ha dicho que, a menudo, muchas empresas se encuentran empujadas a reducir su personal en proporciones mayores de lo razonable, con las consiguientes pérdidas de gente ya capacitada, indemnizaciones y aun desmoralización del personal restante.
Por su cuenta y riesgo
En un ensayo titulado Aspectos sociales de la creación de empleo, Carlos Llano señala que los análisis que explican las causas del actual desempleo generalizado en muchos países, proceden de la exigencia de una seguridad excesiva y desproporcionada en el empleo, y que el deseo de asegurar que no exista desempleo es lo que, paradójicamente, ha provocado que lo haya.
Hoy, por la flexibilidad, rapidez y competitividad que se pide a las empresas, estas ya no pueden ofrecer la seguridad tradicional: “el trabajo de por vida”, al que la gente generalmente aspira. La empresa y el mercado exigen un desempeño suficientemente productivo. “Una seguridad no respaldada por el rendimiento es ¾ valga la paradoja¾ una seguridad insegura”. Y el binomio anterior de lealtad-seguridad ha de trocarse por el de confianza mutua-participación.
Consecuentemente, quien trabaja en una empresa tiene que crear efectivamente su propio valor agregado, si quiere permanecer en ella. Y esto implica “un nuevo trato” entre la empresa y su personal.
Este apremio para que cada uno trabaje ¾ ocupe el lugar que ocupe¾ como si lo hiciera por su cuenta y riesgo es una auténtica revolución social, y dos valores se imponen ¾ en la empresa y su personal¾ para realizarlo: el espíritu creativo y el espíritu asociativo. El espíritu creativo en donde cuenta sobre todo la persona, quien tiene posibilidades casi ilimitadas y que pugna por llegar a mucho partiendo de poco. Y el espíritu asociativo, en el que cuenta especialmente la comunidad, espíritu que destierra la relación adversaria y que potencia los esfuerzos personales en una fecunda sinergia.
Estas consideraciones ante el fenómeno del desempleo ¾ afirma Llano¾ han de hacernos ver que la empresa no es solo un negocio que debe salvarse antes que todo, sino también una comunidad de personas que debe salvarse antes que nada, siguiendo la enseñanza de Juan Pablo II que subraya la primacía de la persona sobre el capital y del hombre sobre las cosas.
O dicho de otra manera: los deberes humanos deben verse en cada coyuntura de manera apropiada; la virtud humana y cristiana de la solidaridad se traduce hoy, quizá como nunca, en términos no solo de no suprimir empleos sino en iniciativas para crearlos.
Despido: fracaso empresarial
Por lo que se refiere a la protección del empleo, también en el ámbito de la empresa, es particularmente valiosa la fórmula de Llano al final de su ensayo. Las 6 “Tes”: tamiz, transformación, transferencia, tiempo y tarjeta amarilla, para finalizar, si no hay más remedio, en la triste terminación.
Entiende Llano por tamiz una cuidadosísima selección; por transformación, capacitación, educación continua y valores; por transferencia, traslado a otras actividades; por tiempo, no desesperarse y dar oportunidades de aprender más y mejorar; por tarjeta amarilla, advertencia previa y prudente antes de la terminación.
Puede decirse que un despido abrupto es un fracaso del empresario. Este despido puede aumentar la rentabilidad pero, también, como hemos dicho, puede minar la moral de quienes siguen trabajando.
Medidas concretas para evitar despidos, o al menos aplazarlos, son las semanas incompletas, el anticipo de vacaciones, los descansos sin sueldo, el adelanto de jubilaciones, el paso de un trabajo permanente a uno temporal.
Es encomiable lo que han hecho algunas empresas importantes de Monterrey en esta materia, incluso adelantando escalonadamente los aguinaldos, con una actitud solidaria hacia sus trabajadores, “quienes se la han jugado con nosotros en las buenas épocas”… según lo han dicho.
Es interesante mencionar, a este respecto, lo que hizo la empresa estadounidense Donnelly, fabricante de autopartes, por una baja en la demanda en 1989. Quienes tenían un sueldo anual de 40 mil dólares o más, aceptaron reducciones entre un 3% y un 17% con el fin de no despedir a nadie.
Vale la pena mencionar aquí algo que se conoce poco: el Programa Probecat de la Dirección de Empleo de la Secretaría del Trabajo. Este programa cuenta con 700 mil becas de capacitación para personas desempleadas o que van a serlo. También instituciones privadas, como la Fundación Pro-Empleo Productivo, cooperan con programas para el autoempleo.
Frutos de una buena decisión
En momentos de crisis, como la nuestra, las autoridades recurren a programas de emergencia de trabajos muy sencillos, pero esto se dificulta por problemas de financiamiento, diseño o instrumentación que no son de solución inmediata.
En nuestro país, para este fin, existen ya, gracias al Programa de Emergencia para Solucionar la Crisis, 200 mil empleos disponibles, según lo informado por el Secretario de Hacienda. Por su parte, la Secretaría de Desarrollo Social, ha dicho contar con recursos para dar trabajo a 625 mil personas dentro del Programa de Empleos Temporales.
Entre las medidas empresariales concretas para proteger la planta productiva está el esfuerzo decidido por mejorar la preparación del empresario. México necesita miles y miles de buenos y verdaderos empresarios para salir adelante. Que optimicen sus recursos, descubran nichos de mercado, aprendan a exportar, mejoren sus relaciones con proveedores, clientes y su persona para integrarlos a todos en una proyecto común. Estas son las directrices más eficaces y visionarias de la administración moderna.
A la luz de lo que está ocurriendo es evidente que la única alternativa es la de que todos juntos ¾ empresarios, trabajadores, autoridades y sociedad¾ realicemos esfuerzos inauditos para recobrar la confianza en nosotros mismos y en los demás, luchar denodadamente por la recuperación económica y trabajar y contribuir, así, a la construcción del México que todos anhelamos.
A menos que sea por motivos estructurales, estoy convencido que ninguna empresa que en estos momentos esté ganando dinero, debe despedir gente. Y estoy seguro que recogerá los frutos de esta buena decisión en un futuro no muy lejano.

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