Raíces de poder

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Al llegar la tarde estamos más dispuestos a la reflexión y hacerlo ahora resulta particularmente interesante, bajo la luz rojiza del atardecer del segundo milenio. En este ocaso, han estallado bombas como nunca nadie pensó; se devastaron ciudades por un sinfín de guerras en todo el mundo; el hombre desarrolló alas capaces de llevarlo varias veces más rápido que la velocidad del sonido y naves que incluso lo impulsan fuera del planeta hasta alcanzar la luna en su descomunal salto; se alzaron mil dictadores y, detrás, mil pueblos para acabarlos; los edificios son altos como montañas y los túneles profundos como abismos; se han destruido bosques y acabado con especies que jamás volveremos a ver; los ojos del hombre ya no se detienen en el horizonte, escudriñan toda la superficie de la tierra en busca de noticias; mucho de lo construido es de materia desechable; y se ha generado dinero, grandes cantidades dinero, aunque es poca la riqueza.

Virtud generativa

Cuando la gente habla del poder se refiere normalmente al ejercicio político, a hombres de grandes recursos económicos, potencias militares, al alcance de los medios de comunicación, y sin embargo, no siempre hablan del poder. Ciertamente los políticos, los grandes ejércitos, los medios de comunicación, los grupos acaudalados, tienen cierto poder pero no siempre analizamos qué es el poder, por qué ellos lo detentan y no otros, cómo lo obtuvieron y cómo lo ejercen.
Autos deportivos, plantas de luz, gendarmes, influencias… estas ideas – desde las anotadas en el primer párrafo-, tienen que ver con el poder; en la mayoría de los casos, son manifestaciones de poder, no sus explicaciones. Todas tienen como factor común la posibilidad. El poder es posibilidad de…
Los filósofos hablan de la potencia como lo que todavía no es acto, pero posee la facultad de llegar a ser. Poder y potencia se identifican, así, como aquello que permite, que facilita hacer o generar algo. El poder es virtud generativa. Las anteriores manifestaciones se dan sólo cuando existe la forma, el tiempo y el lugar de poder ser.
Hay muchos factores que dan poder al hombre. Nos concretaremos a uno que, en nuestra opinión, es la mayor fuente de poder a la que humanamente podemos tener acceso. No se trata de dinero, músculos poderosos, cargo público o una ametralladora; aunque no dudamos que todo esto pueda contribuir -y bastante- , no es en realidad lo que marcará la diferencia final. Si todos los hombres tuvieran los mismos elementos, no por eso serían igualmente poderosos.
El poder es posibilidad pero, paradójicamente, éste disminuye si dejamos abiertas las puertas a demasiadas posibilidades. El mayor poder del hombre se da en el ejercicio de su libertad, cuando toma una opción y la persigue sin descanso.
Chesterton escribe: “Nunca admití una utopía que no me dejara la libertad que más estimo: la de obligarme”.
Fecundar el jardín interior
La fuente a la que nos referimos es la libertad de elegir un camino de vida, un ideal que nos rebase, es decir, que nos colme y desborde. El poder de la esperanza. El poder de una visión. El poder del compromiso. Esto es lo que ha llevado a los grandes hombres a concretar sus hazañas. Colón no ofrecía un viaje sino un puerto a dónde llegar.
Muchos piensan que los grandes estadistas, los caudillos más intrépidos, los artistas geniales, los héroes valerosos, obtenían su poder de creer en sí mismos. Esto es un error lamentable. Creer y centrarse en uno mismo debilita más que fortalece. Hay que salir. Aunque, realmente, requerimos de una profunda vida interior; no podremos salir si no hemos sembrado en el centro mismo de nuestro jardín interior la semilla del ideal que perseguimos. Sólo si la alimentamos y dejamos crecer, hasta convertirse en árbol que dé frutos, estaremos en condiciones de superar cualquier barrera y ser hombres con auténtico poder.
En los últimos años hemos sufrido crisis de poder y autoridad en México y el mundo. Y no es que falten gobiernos, incluso dictatoriales, magnates en el ámbito empresarial o armamento de extraordinaria capacidad destructiva. De lo que hemos carecido, y en grandes cantidades, es de fines que den principios para salir adelante. Existen pocos líderes porque no hay auténticas causas a pesar de que, a cada paso, encontramos motivos válidos para emprender una lucha. Los jardines interiores parecen llenos de maleza, de egoísmos trepadores que ahogan los brotes de generosidad. Hay pocos frutos que ofrecer. Nos preguntamos dónde hay un Alejandro Magno, una Juana de Arco, un Leonardo Da Vinci; si analizamos la vida de los seres humanos más notables, encontraremos que estaban conscientes de su papel en la historia, de que tenían motivos – más alla de ellos mismos- para realizar su obra.
Sueños que generan ideales
Durante mucho tiempo la psicología trató de explicar las motivaciones humanas como el producto de las luchas internas por satisfacer necesidades – sobre todo de placer- y las circunstancias externas que amoldaban, en cierta manera, la personalidad del sujeto; tal vez no con esta explicación tan simple, pero el principio es básicamente ése. Incluso grandes pensadores consideraron como válida esta posibilidad; Ortega y Gasset afirmó en este mismo sentido: “Yo soy yo y mis circunstancias”.
El problema fundamental de esta visión, es que no toma en cuenta la influencia del futuro sobre el presente. No concibe que el hombre pueda desear cambiar: no sólo él mismo sino sus circunstancias. La fuerza dinámica del hombre viene fundamentalmente del ejercicio de su libertad. Cuando Adler se refiere al poder, lo hace pensando en la voluntad de dominio, sobre otros claro, no sobre uno mismo.
¿Qué es el hombre?, se pregunta en cambio Viktor Frankl y responde: “Es el ser que siempre decide lo que es. Es el mismo que creó las cámaras de gas, y el que pudo entrar en ellas con la cara en alto y musitando una oración”. Y en otra ocasión señala: “El hombre está siempre orientado y ordenado a algo que no es él mismo; ya sea un sentido que ha de cumplir, ya sea otro ser humano con el que se encuentra. En una u otra forma, el hecho de ser hombre apunta siempre más allá de uno mismo, y esta trascendencia constituye la esencia de la existencia humana”.
Cuando alguien desea darle un consejo a una persona para ser feliz, suele decir: planta un arbol, escribe un libro y cría un hijo. Todo señala hacia afuera, pero implica esa vida interior tan necesaria.
El poder, el auténtico, requiere de fe en la causa que se persigue, esperanza que permite el compromiso para buscarla y amor para entregarse con toda la generosidad. Así que, aun hablando del poder a ras de lona, nos encontramos con virtudes que vienen de arriba.
Al llegar la tarde estamos más dispuestos a la reflexión. Con nuestra crisis de auténtico poder, en el ocaso del siglo XX, tal vez se aproxime una noche oscura. Habrá que dar paso al sueño, que es ahí donde se generan los grandes ideales. De no haber sido por Ícaro no tendríamos ahora forma de volar. Tenemos que soñar y soñar en grande, porque tratándose de nuestro destino no podemos conformarnos con pequeñeces. Los sueños generarán una semilla y la semilla un árbol que dé frutos. Eso diferenciará, finalmente, al débil del poderoso.

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