Desde un laboratorio

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Continuamente leemos en la prensa novedades en relación a la ingeniería genética, a la procreación asistida y a las fascinantes posibilidades que nos abre lo que los científicos llaman la construcción del mapa genético de alta resolución.
Parece cercano el día en que sea posible detectar los genes causantes de las enfermedades hereditarias o los responsables del sistema inmunológico; corregir los defectos congénitos por medio de la terapia génica o insertar un gen en las células reproductoras de un paciente para evitar cierta anomalía en su descendencia…
Muchos experimentos o logros de la ingeniería genética, que aún suenan a ciencia ficción, están ya a la puerta de los laboratorios, pero científicos y otros estudiosos saben bien los efectos benéficos o desastrosos que se derivan de conocimientos capaces de modificar la vida humana.
Lo mismo que se podrían prevenir o curar muchos de los 4,500 trastornos hereditarios, se podrían “fabricar” o “inocular” voluntariamente; sería factible traficar con la información genética de personas o comunidades y, en resumen, alterar el patrimonio genético de la humanidad, no siempre para aumentar la dignidad sino también para degradarla.
Los vertiginosos avances científicos y tecnológicos dejan atrás los marcos legales y parecería que las bases morales son insuficientes ante tanta novedad. Muchos científicos apoyan la necesidad de establecer un código ético universal que prohiba los usos indebidos de tan revolucionarios descubrimientos, pero poco se ha logrado entre representantes de distintos países, de organismos nacionales e internacionales y de diversas creencias religiosas.
Hasta ahora no hay consenso sobre ningún conjunto de verdades, carecemos de una base común para la humanidad. El criterio predominante es la eficacia con las consiguientes ventajas para unos y desventajas para otros, y ello sin mencionar los intereses políticos y económicos que alientan cada centro de investigación.
Así como en otras épocas la realidad toda se quiso explicar desde perspectivas filosóficas o religiosas, en demérito de las realidad científica, el peligro actual es querer explicar todo desde el punto de vista científico, reducir la existencia al conocimiento de la ciencias y mostrar pragmatismo ante cuestiones tan esenciales para el género humano.

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