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Los empresarios son hoy los nuevos mecenas, los visionarios que entienden la cultura como el mejor recurso para apostar al elemento más valioso de la empresa y la sociedad: la persona.
Hasta donde sé, ninguna empresa cultural ha sido negocio, o dicho eufemísticamente, toda empresa cultural requiere mucho espíritu emprendedor y poco espíritu de lucro. Desde sus orígenes, la alta cultura ha estado sellada por los números rojos. El primer filósofo de Occidente, Tales de Mileto, ante el riesgo de morirse de hambre por las magras ganancias que le dejaba la teoría, optó por complementar sus ingresos ejerciendo prácticas monopólicas. Tales de Mileto fue, simultáneamente, padre de la filosofía y padre del monopolio. Sócrates vivió “de la gorra” y Platón de la fortuna familiar. Aristóteles, más inteligente, vivió del presupuesto (de Alejandro Magno). Mozart anduvo siempre escaso de dineros; Miguel Ángel tampoco llevó una vida holgada; Caravaggio y Haydn conocieron la pobreza, y Rembrandt la conoció mejor cuando murió en la ruina. El matemático Niels Abel fue de pobre cuna y pobre llegó al sepulcro, y Kipling carecía de efectivo y tuvo que pagar unos servicios médicos con el manuscrito de El libro de la selva.
Los talentos que no pasaron estrecheces tuvieron una fuente alterna de ingresos: Hegel se pegó como lapa al Estado Prusiano y Shopenhauer vivió, sin ningún escrúpulo, del dinero que heredó de su padre. El mismo Marx no murió de hambre gracias a las utilidades de una fábrica que Engels tenía en Inglaterra. Los museos y las universidades -desde el Louvre y La Sorbona hasta el Metropolitan y la UNAM- han dependido del mecenazgo de reyes y aristócratas, de empresarios y de gobiernos. Casi me atrevo a afirmar que ninguna institución cultural decente tiene números negros por sus utilidades (hasta Harvard recibe donativos).

INEXPLICABLE, ESTRAMBÓTICA Y COMPLICADA

Este carácter deficitario de la alta cultura no es fácil de explicar. Por un lado está el hecho -patente, doloroso e innegable- de que los intelectuales suelen ser bastantes torpes para cuestiones prácticas, lo mismo para elaborar un estado financiero, que para comprar un boleto de avión. Basta ver la contabilidad de alguna de las instituciones culturales dirigida por intelectuales para constatar esta habilidad -verdaderamente proverbial- de llevar a la quiebra cualquier negocio. Mi abuela -a sus 90 años- tenía más capacidad de marketing que Beethoven en la plenitud de su genio.
Por otra parte, los intelectuales son proclives a la autosuficiencia. Hace años el filósofo mexicano Carlos Llano -a quien tanto admiro por su condición dual de intelectual y financiero- me previno sobre los riesgos de la cultura. La inteligencia es frecuentemente estrambótica, rara, excéntrica, conspicua, vanidosa y complicada (siento decirlo, pues yo pretendo ser intelectual). Y no es cuestión sólo de “fachada” externa (colita de caballo, arete y sandalias), sino todo un modo de vida.
Pero no todo es “meaculpismo”. La alta cultura es deficitaria porque es eminentemente crítica. Ya Sócrates autodefinió su función en Atenas como la del tábano que no deja descansar el caballo. O expresado en términos más nacionales, los intelectuales son como chinches que no pueden dejar de enchinchar. El intelectual critica al gobierno, al empresario, a la sociedad, a los extranjeros y a los otros intelectuales. Incluso cuestiona la necesidad y existencia de la misma cultura: sólo a un intelectual se le ocurre preguntar si la cultura es algo bueno y si es adecuado el concepto de alta cultura. Y a nadie le gusta pagar para ser criticado. En su papel de Pepe Grillo (“la buena conciencia”) o de enfant terrible (“la mala conciencia”), el intelectual es como la mosca en la sopa, o peor aún, como la cuenta en el restaurante de lujo.

EL MOTIVO FUNDAMENTAL

Íntimamente ligado al espíritu crítico del intelectual, está su afán de independencia. El intelectual gusta de ser libre, de carecer de vínculos que comprometan su pensamiento. Así como un abogado o un administrador ponen a disposición de otro sus conocimientos con todo gusto, un intelectual es remilgoso para hacerlo. El intelectual quiere ser su propio jefe y por ello gusta de actividades marginales en la sociedad. Sin embargo, en un mundo tecnocrático urgen hombres que den sentido a la praxis, que se detengan a reflexionar, que impidan que la vorágine y el frenesí de transformación anulen las raíces del pensamiento.
Además, en México, un país con menos siglos de historia que la Universidad de Oxford, con una mínima tradición científica, con un pavoroso analfabetismo, con un patético hábito de lectura, las empresas culturales tienen un papel -un role, para decirlo con un anglicismo- insustituible. Un país sin una cultura -y la cultura por antonomasia es la cultura impresa- está llamado a convertirse en una enorme república bananera (o petrolera), en un gigantesco burdel tropical, en un surtidor de mano de obra barata, en una enorme playa para hippies y jubilados, poco más. Pero el motivo fundamental para justificar la actividad cultural es que la cultura es como cabeza de hiedra. Por mucho que se corte, surgirá una y otra vez. La cultura es connatural al hombre y siempre habrá algún ocioso que se afane por ir más allá de la pura práctica.
No hay pretexto que valga. Durante la primera y segunda guerra mundial se continuaron publicando en Europa libros de filología griega, historia carolingia, teología escolástica y filosofía idealista. ¿Por qué vamos nosotros a dejar de publicar ante una crisis? (que yo sepa, todavía no bombardean ni las Lomas ni las unidades del INFONAVIT). Hoy se buscan mecenas para la cultura, que en esta época se llaman “anunciantes”; empresarios que apuesten a apoyar la cultura de este México en crisis.

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