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Gran parte de las contradicciones en las que ha incurrido el capitalismo y los modelos económicos, bajo los que se rigen las naciones, se deben a la errónea comprensión del hombre, casi siempre reduccionismos sobre su verdadera naturaleza. Los modelos económicos modernos algunos sustentados en la división del trabajo y otros en una supuesta equidad en la distribución de la riqueza contribuyeron a conformar la sociedad actual, donde el desarrollo tecnológico y científico impresiona por su eficiencia y utilidad.

Desde los primeros modelos liberales franceses que, con la bandera de laissez-faire, proponían la naciente economía de mercado, hasta los últimos ajustes de las políticas monetarias y fiscales, los modelos han debido pasar una doble prueba: la eficiencia económica en el sentido de Pareto y la eficiencia antropológica, si se puede llamar así.

Los Estados y la concepción de la división del trabajo en nuestras sociedades deben atender esa eficiencia antropológica sustentada en un concepto verdadero del hombre, de lo contrario pondremos al hombre al servicio del Estado y de esa división del trabajo y no al revés.

Esto se refleja también en el papel del Estado en el sector económico. La actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario, supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues, garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente. La inseguridad, junto con la corrupción de los poderes públicos y la proliferación de fuentes impropias de enriquecimiento y beneficios fáciles, basados en actividades ilegales o puramente especulativas, obstaculizan seriamente el desarrollo y el orden económico.

Por esto, necesitamos un pilar, un norte que nos oriente al momento de dirigir y tomar decisiones, para que la realidad que desarrollamos a través de nuestros actos sea cada día más adecuada a las verdaderas necesidades del hombre moderno.

CRECIMIENTO ECONÓMICO, PROGRESO Y SOLIDARIDAD

Según los pensadores políticos ilustrados del siglo XVIII, la sociedad es un «contrato»: un efecto de libres voluntades en vistas a la mejor convivencia y en aras de la defensa de los derechos particulares. Esta idea sugiere que la sociedad es una construcción de los hombres y que de ellos depende su estabilidad, dinamismo y progreso: su desarrollo.

Hay que aclarar que la sociedad no nace, estrictamente hablando, del efecto de un contrato concertado libremente por los actores humanos que la conforman, es una consecuencia de la propia naturaleza humana, puesto que el hombre nace y vive en sociedad. Sin embargo, la concreción de esa sociedad sí se construye con el concurso de la libertad humana y los patrones culturales de las circunstancias histórico-sociales de cada época, pero esta razón de ser de la sociedad es efecto y no causa del modo de ser del propio hombre.

Podemos afirmar que el hombre es al mismo tiempo origen y fin de la sociedad. El mundo social es por y para él. Si la sociedad se vuelve en su contra traiciona la finalidad para la que ha sido creada y conservada. De acuerdo a esto ¿podemos acaso realizar o permitir acciones que destruyen al hombre, o por lo menos impiden su crecimiento moral y cultural? El desarrollo de las naciones depende en gran medida de la ética y valores que se asuman.

EL DESARROLLO EVOLUCIONA

La noción de desarrollo surgió en los años cincuenta cuando el mundo comenzó a percibir cierto grado de responsabilidad por el subdesarrollo de un conjunto amplio de áreas geográficas y de la pobreza de sus habitantes. A principios de los sesenta, las Naciones Unidas emitieron el Informe de las Naciones Unidas sobre la primera Década del Desarrollo en un clima ilusionado y optimista. El desarrollo se definía como un proceso mediante el que la renta o producto nacional aumenta de forma continua en términos reales. Más tarde la llamada «progresía», de moda al final de la década, afirmaba que esa definición se refería al crecimiento económico; el desarrollo tenía aspiraciones más altas: crecimiento más transformaciones estructurales. Estaba en su esplendor el llamado estructuralismo, sobre todo en Latinoamérica y concretamente en Santiago, donde sobresalía la influencia del CEPAL, foco del pensamiento iconoclasta con gran poder difusor de ideas «leftistas». La matización «desarrollo sobre crecimiento» se convirtió en slogan. Este descubrimiento, fruto de una imaginación no muy fértil por cierto, mostraba la preocupación social frente a la tecnocracia.

El desarrollo económico es, ciertamente, necesario, pero insuficiente para una concepción integral y rectamente moral del desarrollo. La historia demuestra que, mientras esto no se aclare, no se avanzará en la distribución de riqueza, porque aquellos que alcancen bienestar económico perderán de vista la solidaridad social. La desigualdad entre países ricos y pobres es hoy mayor que a principios de los años 60, según informe anual de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo (UNCTAD), publicado en Ginebra en 1996. Esta problemática reclama la participación de todos y al buscar soluciones salta a la vista que, cualesquiera que éstas sean, requieren esfuerzos de ajuste con los sacrificios inherentes. Parece justo que los países más dotados acepten un peso mayor que los más desprovistos.

SOLIDARIDAD, TAREA URGENTE

El principio de solidaridad afecta a individuos y grupos intermedios, entre ellos, las empresas de negocios. Son solidarias cuando no se oponen al verdadero desarrollo, que viene dado con las exigencias propias del ser humano y está en su naturaleza específica. Esto prohibe instrumentalizar a unas personas en aras del desarrollo económico o la prosperidad material de otras. El verdadero desarrollo no consiste en acumular riquezas o disponer de mayores bienes y servicios, si esto se obtiene a costa de muchos y sin considerar la dimensión social, cultural y espiritual del ser humano.

La influencia de la empresa en la vida social no se reduce solamente a crear empleo y a generar y distribuir riqueza. Los productos suministrados, su promoción y publicidad, el ritmo de vida creado en la actividad empresarial, su incidencia en la política y en el medio ambiente son también aspectos importantes, lo mismo que los patrocinios que ejercen las empresas en colaboración con gobiernos e instituciones sociales.

Afortunadamente, los organismos internacionales comienzan a percibirlo. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), recoge en un informe la positiva experiencia de liberalización de algunos sectores económicos en varios países. Según la OCDE, la reducción de las trabas reglamentarias es particularmente importante para las pequeñas y medianas empresas (PYMES), que representan el 40 y el 80%, respectivamente, del empleo. En Europa las PYMES han producido en los últimos años casi todos los nuevos empleos estables. Y si las empresas son el marco de trabajo de millones de ciudadanos, es claro su papel preponderante en la formación y desarrollo de sus empleados. Por otro lado, surgen organismos de voluntariado como las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), despertares de personas que se rebelan ante la ética del hedonismo y las injusticias sociales, ayudando a marginados, capacitando a desempleados, resolviendo adopciones, problemas de escolarización, etcétera.

Ante todo esto, sólo queda ponernos a trabajar para construir una plataforma social donde las personas puedan desarrollarse libremente en su dimensión espiritual. Como Popper dice:

«El futuro está abierto de par en par. Depende de nosotros. De todos nosotros. Depende de lo que nosotros y muchos seres humanos hacemos y habremos de hacer; hoy y mañana y pasado mañana. Esto significa para nosotros una gran responsabilidad».

ÉTICA: EXIGENCIA INHERENTE A LA DIRECCIÓN DE EMPRESAS

La ética no es sino la formulación de las exigencias de la naturaleza del hombre y no «un asunto que tenga que ver con la conciencia individual, como propugna el deontologismo. Tampoco es algo que se ocupa de las reglas para resolver conflictos de intereses, sopesando los resultados que proporcionen mayor satisfacción a mayor número de gente, como defiende el pragmatismo o consecuencialismo». La ética busca el perfeccionamiento integral del hombre; no pretende coartar la acción humana sino potenciarla.

Al respecto, Carlos Llano afirma: para que una regla de conducta determinada pueda considerarse como expansión o como restricción del hombre, es preciso partir de un concepto del ser humano. En primer término, adquirir la convicción de que el hombre responde a la idea de una naturaleza determinada y no es el producto causal de las fuerzas aleatorias de la evolución biológica.

Las filosofías que fundan la estabilidad de la naturaleza humana en algún aspecto externo tienen consecuencias prácticas (por ejemplo, quienes ven al hombre meramente como agente económico, el famoso homo oeconómicus, o quienes sugieren que es mera materia, un poco más evolucionada o, peor aún, que es un producto). Octavio Paz, en La llama doble, afirma: «La persona humana ha dejado de ser el trasunto de la divinidad, ahora también deja de ser un resultado de la evolución natural e ingresa al orden de la producción industrial: es una fabricación. Esta concepción destruye la noción de persona y así amenaza en su centro mismo a los valores y creencias que han sido el fundamento de nuestra civilización y de nuestras instituciones sociales y políticas». Y señala como causa de gran parte de los problemas: «el ocaso de la noción de persona en nuestras sociedades ha sido el principal responsable de los desastres políticos del siglo XX y del envilecimiento general de nuestra civilización».

Tomando en cuenta que la empresa es actualmente uno de los sectores sociales responsables del desarrollo integral de los ciudadanos, me parece de vital importancia analizar la acción directiva responsable a su vez de la formación del carácter de sus dirigidos firmemente apoyados en un concepto correcto del hombre. La acción directiva como una actividad que emana del entendimiento práctico, trata de clarificar la situación actual de la empresa y proyectarla hacia el futuro. Pero en nuestras sociedades carecemos de un desarrollo que plenifique al hombre porque en muchos directores de empresa falta un concepto correcto del hombre.

El concepto del hombre que un director tiene, influye de manera determinante en su manera de dirigir. La ética está profundamente enraizada en una correcta antropología. Carlos Llano hace explícita esta dependencia: el primer paso para que la empresa pueda implicar en sus actividades un comportamiento ético, es el asumir y comprometerse con una idea definida del hombre, demostrativamente verdadera.

RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LA EMPRESA

Muchos autores contemporáneos subrayan la importancia del factor humano en el mundo económico. George Gilder, miembro del Centro Internacional de Política Económica y del Instituto Lehrman, afirma que los motivos de los hombres no pueden ser exclusivamente egoístas (como proponía Adam Smith, idea que heredó al negociante capitalista y quizá el germen de la falta de ética en el modelo económico), deslindados de valores tan fundamentales como amor, caridad, esperanza, amistad… que parece que cuando hablamos de éstos, habláramos de cosas ajenas a la causa del capitalismo, entendido como un sistema amoral basado en el interés propio. Gilder defiende la unidad vital del hombre: «el capitalismo no es, ni puede ser, amoral. La prosperidad que trae el capitalismo se deriva de los mismos valores que producen la prosperidad humana en todas nuestras relaciones individuales y familiares. En otras palabras, no se puede separar la vida económica de la vida familiar y espiritual; forman una unidad».

Gilder coincide con la afirmación del profesor de la Universidad de Cambridge, Charles Hampden-Turner quien, buscando las causas de la riqueza de los siete países más desarrollados, encontró que lo definitivo en la creación de riqueza son los valores que subsisten detrás del trabajo realizado, al mismo tiempo que acusa a la ciencia económica de haber perdido la perspectiva real de la actividad que estudia.

La disciplina económica ha estado tan ocupada con la contabilidad y el detalle, que ha perdido de vista uno de los componentes, casi inconmensurable, que hace posible toda la actividad económica: las relaciones humanas.

Detrás de toda transacción económica está el ser humano que escoge las alternativas, fija las prioridades y se guía por sus valores.

Afirma también que la creación de riqueza es, en esencia, un acto moral: ético. Niega que sea consecuencia del avance científico. La creación de valores o de riquezas es un acto moral. Y por lo tanto, si la ciencia económica, se considera una disciplina exenta de valores, omite el verdadero fundamento de toda empresa.

El profesor Hampden-Turner observa que los que verdaderamente han generado riqueza, no se han basado en la teoría económica, son hombres que integraron en sí mismos valores. «La ciencia de la economía es una teoría reconstruida en el claustro académico a partir de los logros alcanzados en otras partes. Uno de los motivos por los cuales la ciencia económica no ha inspirado a los generadores de la riqueza, es que carece de valores».

Antes de que la ética cobrar importancia en el ámbito norteamericano, se pensaba que negocio y ética no se mezclan, tal como el aceite y el agua. El negocio tiene sus propias reglas y objetivos, mientras que los conceptos, estándares y juicios éticos, son inadecuados o inaplicables al contexto de la decisión económica.

Pero esta dicotomía nunca ha sido ni es verdad. Si los lazos del negocio son racionales y coherentes, debe ser una institución económica basada en un fundamento moral; es decir, que las partes de las decisiones económicas puedan encontrar lazos confiables, y la sociedad, que recibe la actividad económica, conserve y goce de los frutos de su actividad y tolere su existencia continuada.

Leonardo Polo, miembro del Comité Directivo del Seminario Permanente «Empresa y Humanismo» de la Universidad de Navarra, señala el error de estudio y de acción y por lo tanto el perjuicio causado cuando la economía prescinde de la ética: «Se suele afirmar que los negocios son los negocios; y hay que responder: los negocios no son los negocios, sino que lo negocios son los negocios si son éticos. Y si no son éticos no son negocios sino malos negocios, pues no hay una autonomía de la actividad económica; si se acepta esa autonomía se aliena al ser humano: si se apodera de él, lo arranca de sus propias raíces, pues justo lo que tiene que ver con la radicalidad de la acción humana es la ética. La ética no es una cataplasma. No es moralina: la ética es algo sin lo cual las otras regularidades destrozan al ser humano. Y no pasan a ser tales independizadas irregularidades sino aplicaciones incoherentes de la libertad».

Al planear un modelo para una actividad humana, no podemos dejar de considerar a los actores. La economía satisface sólo una parte del conjunto de necesidades humanas. La naturaleza humana demanda satisfactores que rebasan las posibilidades de un simple esquema económico. Según el ser del hombre, serán sus demandas: como ser corporal, surgen necesidades corporales entre ellas se clasifican las económicas, como ser espiritual, exige un ambiente que propicie la mejora personal en el plano moral. Y así como lo inferior se ordena a lo superior en orden jerárquico, así las necesidades del cuerpo deberán ordenarse a la parte más noble del hombre, a su parte espiritual. Por lo tanto, los modelos económicos deben constituirse éticos desde su origen para lograr establecer una constante ética que sustente a todas las personas involucradas: poderosas o indigentes. Ésta es una de las mayores responsabilidades sociales de la empresa.

UN DESARROLLO MERAMENTE ECONÓMICO ESCLAVIZA AL HOMBRE

La empresa, principal promotora de desarrollo, debe mirar no sólo al avance tecnológico, sino al desarrollo humano de sus miembros, comenzando por el director, de quien depende la personalidad de la empresa. Llano señala la desproporción de ambos campos: el desarrollo, como mera aplicación o explotación de la investigación tecnológica, depende a su vez del desarrollo de las capacidades directivas, que se vislumbra como la clave del progreso de la actividad empresarial, más todavía que el desarrollo tecnológico. El presente exige un desarrollo del saber prudencial de la acción directiva, correspondiente y proporcional al saber científico (progreso tecnológico). La dificultad para lograr esta proporción y correspondencia consiste, precisamente, en que el desarrollo tecnológico depende del avance de la ciencia positiva, cuyo objeto la materia sigue leyes estables y universales; en tanto el desarrollo de la acción directiva depende del avance y profundización de la ciencia del hombre, de la antropología, cuyo objeto es el individuo espontáneo y libre, que se resiste a ser tratado con los métodos de las ciencias positivas. Esta desproporción entre los avances prácticos tecnológicos y los prácticos directivos constituye el más grave reto de la sociedad contemporánea.

En la encíclica Sollicitudo Rei Socialis, el Papa Juan Pablo II apunta una noción de desarrollo: «No sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las Naciones y de los pueblos. Hoy, quizá más que antes, se percibe con mayor claridad la contradicción intrínseca de un desarrollo que fuera solamente económico. Éste subordina fácilmente la persona humana y sus necesidades más profundas a las exigencias de la planificación económica o de la ganancia exclusiva» (nº 32).

El desarrollo de la sociedad debe respetar y promover en toda su dimensión a la persona humana, puesto que el desarrollo es el nombre nuevo de la paz: el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre. En un mundo dominado por la solicitud por el bien común de toda la humanidad, o sea, la preocupación por el «desarrollo espiritual y humano de todos, en lugar de la búsqueda del provecho particular, la paz sería posible como fruto de una justicia más perfecta entre los hombres» (nº 10).

El subdesarrollo de nuestros días no es sólo económico, sino también cultural, político y simplemente humano. Por consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad de hoy no sea, al menos en parte, el resultado de una concepción demasiado limitada, es decir, prevalentemente económica del desarrollo (cfr. nº 15).

Un desarrollo solamente económico no es capaz de liberar al hombre, al contrario, lo esclaviza todavía más. Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre y de la sociedad, en la medida en que no reconoce la existencia de tales dimensiones, no orienta en función de las mismas sus objetivos y prioridades, y contribuye aún menos a la verdadera liberación. El ser humano es totalmente libre sólo cuando es él mismo, en la plenitud de sus derechos y deberes; y lo mismo cabe decir de toda la sociedad (cfr. nº 46).

¿CÓMO MEJORAR LA CALIDAD DE VIDA?

La concepción verdadera del hombre por parte del director de empresa promueve un trabajo directivo acorde con el bien común de la empresa y de la sociedad. Si la acción directiva se orienta a la consecución de los cuatro aspectos del objetivo genérico de la empresa (obtener un valor económico agregado, una compensación humana suficiente, dar un servicio o bien útil a la sociedad y lograr la autocontinuidad de la empresa) teniendo en cuenta un concepto correcto del hombre, impulsará el desarrollo integral.

Esa noción de hombre parte de la realidad misma, de su comprensión dualista: alma y cuerpo. Debemos, en la empresa y fuera de ella, atender siempre a esta unidad constitutiva del ser humano. Esto implica darle el lugar que su dignidad demanda: niveles de sueldo y salario que le permitan desarrollar adecuadamente sus capacidades físicas (materiales) y espirituales; que en el trabajo participe en las decisiones como lo que es: animal racional. Como ser pensante, puede y debe opinar, advertir errores, llamar la atención sobre oportunidades y fortalezas del entorno interno o externo, sugerir iniciativas, ser innovador, etcétera.

Aunque sea un sistema relativamente antiguo, la dirección por objetivos parece que toma muy en cuenta esta forma de ser del hombre y bien llevada esta herramienta administrativa potencia a todos los integrantes de la empresa junto con ella, como lo afirma Peter Drucker: «Lo que la empresa comercial e industrial necesita es un principio de administración que ofrezca todas sus posibilidades al vigor y la responsabilidad individual, así como una orientación común hacia la visión y el esfuerzo, la organización del trabajo en equipo, y la armonización de las metas del individuo con las que son propias del bien común () los administradores actúan entonces no porque alguien quiere que hagan las cosas, sino porque ellos mismos deciden que aquello es necesario, es decir, actúan como hombres libres».

Por esto, el director está obligado a tener una correcta noción del hombre para hacer una organización más productiva, algo que demanda: la sociedad en su conjunto, el gobierno, los propios integrantes de la empresa, los accionistas…

Una antropología directiva más conveniente y propia del hombre, mejorará sustancialmente la hoy llamada «calidad de vida», en términos verdaderamente humanos.