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— La encíclica está dirigida a los obispos y, a través de ellos, a teólogos y filósofos. Pero ¿su mensaje puede interesar a todos?

— Sin duda, es una invitación a pensar en la verdad, que está muy en sintonía con una necesidad que se observa en todos los ámbitos. Al hombre de la calle, sobre todo si se mueve en el ámbito de la cultura, esta encíclica le dice que, si no piensa él, la filosofía le vendrá dada, aunque no se entere: a través de los eslóganes, las ideas del momento, las modas. Al final acaba imponiéndose cierta ideología, que es una especie de filosofía simplista sobre la que no se reflexiona.

— ¿Y este mensaje encontrará eco entre pensadores y filósofos?

— Como filósofo, debo decir que esta encíclica me ha sorprendido porque no existe un documento pontificio donde se dé tanta importancia a la filosofía, de modo desarrollado y explícito. Ni siquiera la Aeterni Patris de León XIII llegaba tan lejos. Pienso que será bien recibida incluso entre no creyentes porque el Papa nos invita a todos a pensar. Es como una llamada de atención ante una situación de crisis del pensamiento y de la cultura.

DOBLE CRISIS

— ¿Cómo se podría explicar, sintéticamente, esa crisis a la que la encíclica quiere hacer frente?

— Por un lado, se ha dado una crisis en el uso de la filosofía por parte de la teología. Desde hace varias décadas, la teología tiene cierta tendencia a apoyarse en las diversas ciencias humanas, pero no tanto en la filosofía. El Papa desea que los teólogos empleen una filosofía adecuada para expresar los contenidos de la fe. Sin una correcta racionalidad filosófica, la teología podría entenderse mal.

Por otra parte, buena parte de la filosofía contemporánea está atravesando una fuerte crisis: ha empequeñecido sus horizontes y no se atreve a plantearse las cuestiones esenciales de la vida. Parece que se desconfía de la capacidad racional del hombre para responder a los grandes interrogantes. El Papa dice que hay que superar esa «falsa modestia» para redescubrir la auténtica sabiduría filosófica.

El Papa se lamenta de que, después del Concilio Vaticano II, el estudio de la filosofía haya caído un poco en descrédito, aunque parte de la culpa la tenga la misma auto-debilitación de los filósofos. La metafísica es una mediación necesaria en la investigación teológica y es importante para la solución de fondo del problema hermenéutico, de la interpretación. En definitiva, el documento subraya la importancia de la filosofía en la formación cristiana y en el pensamiento teológico.

— ¿A qué se debe ese «abandono» de la filosofía por parte de la teología?

— Simplificando las cosas, se podría decir que después del Concilio Vaticano II se puso el énfasis en el texto bíblico, en ir a las fuentes, a la tradición patrística, dejando de lado el «andamiaje» filosófico. Era algo conveniente en aquel momento, porque –generalizando un poco– en los seminarios a veces se hacía una filosofía más bien rancia y era preciso renovar las perspectivas. Pero la importancia de trabajar teológicamente en cercanía al texto bíblico no significa abandonar la filosofía, pues la visión filosófica es siempre necesaria, lo queramos o no, para entender las cosas. Y así se acaba a veces leyendo la Escritura a partir de ideas filosóficas que se toman prestadas de filósofos de diversa orientación, o de lo que está en el ambiente, o de otras ciencias. Pero no siempre esas perspectivas son adecuadas para expresar las realidades de la fe.

CREATIVIDAD FILOSÓFICA

— ¿Y cuál es el modelo de filosofía que propone el Papa?

— Impresiona la gran relevancia que Juan Pablo II concede a la filosofía, hasta el punto de que llega a afirmar que es una de las tareas más nobles de la humanidad. Al mismo tiempo, la encíclica es muy respetuosa con la autonomía de la filosofía: no la absorbe en la teología, le reconoce sus propias reglas. Tampoco propone una determinada escuela y afirma que no compete al Magisterio subsanar lagunas o carencias filosóficas. El Magisterio debe intervenir, eso sí, cuando algunas ideas filosóficas discutibles amenazan la recta comprensión de la Revelación.

— Pero la encíclica sí destaca el papel de la filosofía griega.

— El Papa da mucha importancia a la tradición en la Iglesia. No me refiero en este caso sólo a la Tradición Apostólica, sino también a la tradición filosófica cristiana: la Iglesia, durante veinte siglos, ha asimilado y purificado lo que tenía de bueno y verdadero la filosofía greco-latina, hasta el punto de que dispone de un bagaje de conceptos realmente adecuados para expresar las verdades de la fe. Eso es una riqueza de la que no se puede prescindir. Pero no se trata de una actitud inmovilista: el Papa invita a que teólogos, filósofos y todos los hombres y mujeres que trabajan en el campo del pensamiento hagan otro tanto con los elementos positivos que hoy están presentes en las distintas culturas.

— ¿En qué lugar se sitúa la figura de Santo Tomás de Aquino?

— Juan Pablo II presenta de nuevo la figura de Santo Tomás de Aquino como modelo de unión armoniosa entre fe y razón, y como ejemplo de apertura mental. El Doctor Angélico instauró un diálogo fecundo con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo, demostrando con los hechos lo que él mismo sostenía: que había que recibir la verdad viniera de donde viniera, sin prejuicios. En la Iglesia, Santo Tomás sigue siendo un maestro del pensamiento y un modelo del modo correcto de hacer teología. Pero el Papa no menciona ni privilegia una determinada escuela filosófica, como tampoco lo hizo la encíclica Aeterni Patris, aunque este documento de León XIII provocó un reflorecimiento de la filosofía tomista, que fue muy positivo en la historia de la Iglesia.

UNA APUESTA POR LA RAZÓN

— Si el Papa no privilegia ninguna escuela, ¿cuáles son las condiciones que pone a la filosofía para que pueda servir para expresar la fe?

— Destacaría dos de esas condiciones: la apertura a la verdad realista, trascendente y universal, comprometedora; y el carácter metafísico que debe tener la filosofía. La capacidad metafísica del hombre, ese poder ir de los fenómenos al principio trascendente, el Papa la encuentra expresada al inicio de la Epístola a los Romanos, cuando el Apóstol habla del conocimiento natural de Dios. Una filosofía del ser puede llegar a las estructuras ontológicas, causales y comunicativas de la realidad. Y además, la metafísica no debe verse en oposición a la antropología, porque la persona es un ámbito privilegiado para el encuentro con el ser.

Por eso, una filosofía que negara la posibilidad de un sentido último y global de la vida, que rechazara la pregunta por el sentido de la existencia –como hacen el fenomenismo, el relativismo y el historicismo–, sería inadecuada y errónea. Son muy agudas las apreciaciones del Papa sobre el nihilismo: el olvido del ser lleva al olvido de la verdad y así se quita el fundamento de la vida del hombre. Todo se vuelve fugaz y el hombre se hace incapaz de compromisos definitivos. Con esto se borra la imagen de Dios que tiene el ser humano y se le lleva a la destructiva voluntad de poder o a la desesperación y soledad. Si se quita la verdad al hombre, es ilusorio querer hacerlo libre. Todo esto se puede leer explícitamente en el documento del Papa.

— Con esta encíclica se tiene la impresión de que ahora es el Papa el que cree necesario defender la razón, aunque en el pasado esa «razón» haya sido con frecuencia arrogante y haya provocado dolores de cabeza al mismo Magisterio pontificio.

— En otros tiempos, la Iglesia tenía que combatir las arrogancias del racionalismo. La razón de los filósofos se sentía autosuficiente: idealismo, humanismo ateo, iluminismo, neopositivismo, etc., pretendían explicarlo todo. Pero en los últimos tiempos se advierte más bien la depauperación de la razón filosófica. Se ve la insatisfacción del Papa ante un ambiente cultural sin convicciones últimas, que se limita a merodear por verdades parciales y fragmentarias, cambiantes y a veces opuestas. Es el eclecticismo de la «razón débil». Critica el Papa la postura filosófica de eludir sistemáticamente las grandes cuestiones, y de quedarse solamente en análisis formales o históricos. O la idea de que la filosofía no ofrecería nunca respuestas definitivas a los grandes problemas humanos. Alude también a cierta versión de la post-modernidad, entendida en la clave nihilista de que la vida humana se desarrolla en un horizonte donde el sentido está ausente, donde sólo tiene vigencia lo fugaz y provisional.

ATREVERSE A HABLAR DE LA VERDAD

— Aunque señala esos errores y limitaciones, el tono que usa el Papa se diría que es sustancialmente positivo.

— Pienso que aquí está la «provocación» del Papa, porque dice que la «fe» provoca a la filosofía. En el fondo, lo que hace es animar a los filósofos a ser filósofos, a atreverse a conocer y a hablar de la verdad, y a no ponerse metas demasiado modestas. Señala una situación deprimida de mucha filosofía actual, pero lo hace de modo optimista, diría que casi juvenil. Ciertamente el pensamiento humano tiene sus límites y Juan Pablo II lo señala expresamente. Por ejemplo, cuando afirma que ninguna forma histórica de la filosofía puede pretender abarcar la totalidad de la verdad o dar una explicación acabada y exhaustiva del ser. Pero no desea que el hombre se encierre en sus límites.

— ¿Le invita a mirar hacia arriba?

— Hacia arriba y hacia el fondo. Es muy original en este documento la idea de que la fe cristiana «provoca» al hombre a trascenderse a sí mismo y a dirigirse al infinito. Toda la encíclica realmente gira en torno a esta idea, que ilustra con referencias a los Padres y Doctores de la Iglesia, en particular San Agustín, San Anselmo y Santo Tomás. La Revelación introduce en la historia una verdad universal e invita así a la razón humana a no detenerse, a ir mucho más allá de los horizontes estrechos –culturales, lingüísticos– en que se había quedado. El Papa reconoce el valor, por ejemplo, de la analítica del lenguaje y de la hermenéutica, pero pide a los filósofos que no se queden en el mero modo de decir o que no se remitan indefinidamente de interpretación a interpretación. Les invita a que vayan a la verdad de las cosas mismas y a las cuestiones de fondo.

«FEEDBACK» ENTRE FE Y RAZÓN

— ¿Esto explica que las relaciones entre fe y razón no se vean como dos momentos consecutivos –hasta aquí llega la razón, a partir de aquí comienza la fe–, sino como «dos alas» que deben trabajar juntas?

— Sí, Juan Pablo II subraya este carácter de «circularidad» o feedback: la razón ayuda a recibir la fe cristiana, pero se trata de la razón metafísica y dialogante, que ya de por sí está abierta no sólo a la verdad sino a la fe humana. Y la Revelación, a su vez, interpela al hombre, y hace que su comprensión se apoye también en la verdad racional.

Un punto muy sugestivo, que ayuda a entender esto, es el que señala el Papa cuando considera dos aspectos del hombre: un ser que busca la verdad y, al mismo tiempo, un ser que vive de creencias. Todo hombre busca la verdad, pero una verdad definitiva y que dé sentido a su vida. No se trata, sin embargo, de una búsqueda racionalista o intelectualista. El hombre es también «quien vive de creencias» y esto es de notable valor antropológico. Muchas veces el fiarse de una persona, llega a decir el Papa, es antropológicamente más rico que la pura evidencia racional, que podría tener uno solo por su cuenta. Cuando explica la fe, lo hace en este contexto: la fe es fiarse de otras personas con las que tenemos amistad y a las que reconocemos su verdad. Por aquí entra la fe, sin fideísmo: la fe en la Verdad que es Cristo.

— Y de la armonía entre fe y razón, el Papa da el salto a las relaciones entre filosofía y teología.

— Como se ve, este documento está muy lejos de plantear una oposición dialéctica entre la fe y la razón. Son, efectivamente, las dos «alas» que permiten volar al ser humano. Las relaciones entre fe y razón, en definitiva, se ven de un modo dinámico. La fe sana al hombre de la debilidad racional que le vino del orgullo y del pecado. La fe sobrenatural hace ver a la razón que tiene que ir mucho más allá todavía, que debe superarse a sí misma. La fe cristiana despierta en el hombre ese deseo natural de saber, del que hablaba Aristóteles. Y, por este motivo, el documento se opone a la separación entre filosofía y teología que se produjo en la época moderna. Precisamente lo que más critica de las filosofías de los últimos siglos es la pérdida de la armonía vital con el saber teológico, que es tan propia de la tradición cristiana.

Una razón sin la fe se empobrece y agosta, y al final naufraga. La fe sin la razón se reduce a sentimiento, o a mito y superstición. A los teólogos el Papa les incita a razonar sirviéndose de la filosofía. Y a los filósofos, a que filosofen en sintonía con la fe cristiana, sin merma de la autonomía del método filosófico. Si el filósofo excluye el contacto con la teología, al final se va a sentir tentado de adueñarse de lo que dice la fe cristiana, como han hecho algunos filósofos modernos.

LA VERDAD NO ES INTOLERANTE

— Antes ha aludido a las relaciones entre verdad y libertad, y ha subrayado que si se quita la verdad al hombre se le quita también la libertad. Cabría preguntar: ¿por qué es necesaria la verdad para la libertad?

— Este es un aspecto que la encíclica toca más de pasada, porque ya salió ampliamente en la Veritatis splendor. La relación entre verdad y libertad quizás la podríamos entender mejor con un ejemplo: hoy está claro que una persona que no tenga acceso a la información no puede hacer nada y estará a merced de los demás. Algo parecido se puede decir sobre la necesidad de la verdad para ejercer la libertad. Sin la verdad radical, que tiene que ver con el sentido de la vida, la libertad humana no encuentra modo de ejercerse. Sólo si sé para qué estoy aquí y adónde voy podré moverme de un modo u otro. De lo contrario se llegará a la «crisis de sentido» que menciona la encíclica, o a la manipulación tecnológica que, sin la verdad, el Papa advierte como una amenaza muy seria.

— Otra idea de la encíclica es que conocer la verdad no favorece la intolerancia, sino que es condición de diálogo. Alguno podría objetar con la idea de que «si yo ya tengo la verdad, me sobra el diálogo».

— Me parece que es importante distinguir diversos planos, porque hay una tendencia a ver este tema exclusivamente en su vertiente política. Eso es importante, pero no todo es política en la vida. En primer lugar, estar convencido de la verdad no es de por sí fuente de intolerancia: un científico que hace un descubrimiento no se vuelve intolerante, sino que intenta convencer a sus colegas, con argumentos, de ese descubrimiento. No tendría sentido que quisiera imponerlo, porque la verdad se recibe entendiéndola. Un cristiano tiene que transmitir el mensaje del Evangelio atrayendo la inteligencia y la voluntad de los demás: la fe no puede imponerse a nadie.

— Otra cosa, sin embargo, es la actividad política.

— Que es el plano en el que se mueve la tolerancia. En un parlamento pueden encontrarse personas con distintas concepciones de la vida, que les lleven a querer tomar decisiones contrastantes. Hay que intentar que todos estén convencidos de ciertas verdades naturales fundamentales, tarea evangelizadora a largo plazo. Una democracia sin ciertas convicciones de base no puede sostenerse y acaba corrompiéndose. También con el relativismo se puede ser muy intolerante, porque hay decisiones inevitables, y no decidir nada es una forma de decidir. Si convencer a los demás de las verdades trascendentes es difícil, eso sólo significa que este mundo no es el paraíso.

Volviendo a la encíclica: ver la insistencia del Papa en la verdad como una posible amenaza de autoritarismo es incorrecto. Por otra parte, Juan Pablo II dice explícitamente que la verdad no sale del consenso, sino de la adecuación a la realidad objetiva. El consenso es útil en la política, pero de por sí no «produce» la verdad. Se puede llegar a un consenso equivocado, incluso en cuestiones técnicas.