3a. Edad: redescubrir un tesoro

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Aquella frase escuchada en reiteradas ocasiones: «El hombre nace, crece, se desarrolla y muere» ha sentado base para entender el período evolutivo biológico del ser humano. Pero, lamentablemente, poco ayuda a comprender el sentido biográfico del hombre. Su vida es mucho más que una mera pasantía evolutiva. La vida de la persona es una gran tarea que se va realizando y especificando en orden a las diferentes circunstancias y que sólo termina con la muerte… salvo la opinión contraria de nuestra sociedad consumista y utilitaria, donde la vida fenece cuando ya no produce renta.
Las Naciones Unidas han denominado 1999 el Año Internacional de las Personas Mayores. Suele ocurrir que cuando algo se ilumina de modo especial es porque la oscuridad es su característica principal. Es verdad que la expectativa de vida es cada vez mayor, gracias al avance de la ciencia. También es cierto que hay visos de mejores sistemas de jubilación que permiten cierta independencia económica que atenúa la sensación de sentirse «carga» para la familia y la sociedad. Tampoco se pueden soslayar los intentos por ofrecer «casas de reposo» (en mi tiempo les llamaban asilos), acondicionadas como hoteles de no pocas estrellas que incluyen actividades para aligerar el tedio propio de las horas sin contenido. Es probable que se me queden en el tintero otras alternativas que nuestra sociedad ofrece a las personas de la tercera edad. Si es así, pido excusas. Mi interés no es presentar una lista de acciones en pro de los ancianos. Si las acciones no responden a unos principios, poco efecto duradero tendrán.
Mientras la sociedad (y cada uno de nosotros) continúe empecinada en privilegiar algunos atributos del hombre en vez de acoger respetuosamente a la persona en toda su dimensión y dignidad, los ancianos formarán parte de unos programas que hay que atender y no serán parte integrante de aquélla.
Habituados a valorar sólo el «hacer productivo», no concebimos el sentido y el espacio que debe ocupar una persona «improductiva» dentro de una comunidad determinada. Sin mala intención de verdad lo digo se opta por establecerle unos confines físicos aunados a ciertos prejuicios que a la larga resultan más atentatorios. Volvemos a lo mismo: la persona vale por lo que es y no necesariamente por lo que hace.
La sociedad enarbola, con sacrosanto orgullo, la juventud, la salud, el físico y el ser útil. Si uno cuenta con estas características, los dioses del presente milenio lo han bendecido: es un H. E. (Hombre de Éxito). Pero si la juventud comienza a desvanecerse, a pesar de los avances médicos; la salud a quebrantarse para dar paso a la enfermedad o al dolor; el físico esbelto a sufrir los embates de las «llantitas» y del cansancio; y por último, si la empresa cierra o si prefiere a un jovencito dispuesto al trabajo largo por una paga corta…, ese hombre o esa mujer se deprime añorando épocas pasadas, contemplando desde su ventana que la vida agitada y febril sigue, pero en los otros. Sin embargo hay que decirlo con fuerza, él tiene todavía una tarea que cumplir, todavía puede aportar. ¿La sociedad está apta para aprovechar lo que ese hombre o esa mujer pueden darle?

UN CIELO ARTIFICIAL

Confieso que en la empresa donde trabajo fui el último en afiliarme a una AFP. Una de las razones es que considero que uno debe tener libertad para vérselas con la solución de su futuro y no acatar lo que el gobierno decide por uno. Finalmente el sentido común primó y accedí a recibir a la promotora. Después de escucharla decir pacientemente que gracias al nuevo sistema podría al jubilarme viajar por las inefables islas del Caribe, vivir como un buen burgués en continuas e ininterrumpidas vacaciones y más argumentos por el estilo, le pregunté, sin ocultar mi irritación: «¿Sabe lo que deseo para mi vejez?». La dama me miró sorprendida mientras le informaba que quería morir trabajando. El negocio se cerró en pro de los beneficios de la promotora, pero por otras razones ajenas a lo que ella pretendía. La anécdota sirve para demostrar lo poco que se comprende la vejez. ¿Por qué hacer turismo y tomar el sol en una cómoda silla en una playa; se supone que debería ser el cielo de los ancianos? ¿Por qué se les aturde con actividades intensas, con sensaciones de corta duración, para que luego, al volver la vista, ellos perciban su extraña pero original soledad?
Decía algún pensador que el hombre alcanza la plena madurez a partir de los cincuenta años, edad en que la serenidad y la objetividad le permiten comprender la realidad de las cosas y conocer a los demás en sus necesidades y posibilidades. Sin embargo, esas capacidades de reflexión y comprensión se desaprovechan con una facilidad espectacular por una sociedad que en poco estima la experiencia, el sentido común, la prudencia y sobre todo el silencio.
Es verdad que por razones biológicas, a la madurez de la tercera edad no siempre le acompaña la salud física. Pero en los casos en que coincidan, ¿no sería conveniente sacarle buen partido en una serie de actividades que miren al bien común? Para comenzar, la presencia de los abuelos en los hogares, no sólo es compañía y ayuda, sino que también ellos se erigen en los continuadores de la tradición familiar y cultural. Además, amortiguan las consecuencias del «obligado» quehacer febril de los padres, mostrando a sus nietos el valor de las cosas sencillas y cotidianas de la vida. En suma, les enseñan que en la vida no todo es programado, rentable y productivo, también hay espacio para el juego, la imaginación, el afecto, el berrinche y para la risa furtiva ante una travesura infantil. Si el buen Estado en vez de gastar una abultada suma de dinero en construir y mantener asilos, entregara una «subvención» para aquellos que tienen a sus padres en casa, la sociedad, en corto plazo, tendría otro rostro.
Más que recetas, lo que se impone es un cambio de mentalidad. Somos seres con historia, con pasado, presente y futuro. La tercera edad es el pasado en el presente, la raíz de una sociedad que se mueve obstinadamente en el terreno fangoso del presente.
Las canas, decía mi madre, son signos que distinguen a una persona que ha vivido para que nosotros podamos vivir bien. Sin su huella honda y firme, qué difícil sería el presente para cada uno de nosotros. En todo caso, es de bien nacidos ser agradecidos. Gracias padres, y a través de ellos, gracias a todos los hombres y a todas las mujeres de la tercera edad.

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