Sabines: poesía para peatones

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Dicen que la gente del norte es muy franca. No sé si se pueda generalizar tanto, pero lo que es en literatura, hay un crítico regiomontano que no se tapa la boca. Amigo de Octavio Paz, no le incomoda decir que en su libro Corriente alterna, «no hay corriente». Puede despedazar, por postizo, un poema fallido de Xavier Villaurrutia. O decir que «Siete de espadas [de Rubén Bonifaz Nuño] es un libro importante porque es una equivocación importante de un poeta importante». Dice que nuestro himno nacional, más que marcial, parece marciano, porque nadie lo entiende y nadie hace las cosas que allí se cantan (como aprestar el acero y el bridón). Lo que opina acerca de Jaime Sabines mucha gente lo piensa, o lo tiene revuelto entre sus opiniones sin forma, o hasta lo dice, pero nadie lo pone en letra impresa.
En su libro Leer poesía, Gabriel Zaid (Monterrey, 1934) recoge una breve reseña del poemario Yuria, que Jaime Sabines publicó en 1967. El texto remata con eso que encuentro tan consabido como callado: «El libro es desigual, como todo lo de Sabines. Hay algunos poemas de una inocencia infame, por ejemplo el que empieza: “Cantemos al dinero”. ¿Qué importa? Se pueden tirar las cuatro quintas partes de la obra de Sabines y el resto sería aún (y quizá más) imponente».
Con esa quinta parte que le queda, con sus doscientos gramos bajo el brazo, Jaime Sabines tuvo suficiente para convertirse en un poeta excepcional. La gente que llenó la sala principal del Palacio de Bellas Artes en 1996, durante el homenaje a Sabines por sus 70 años, y las dos mil personas que no pudieron entrar y lo oyeron recitar sus poemas a través de una pantalla en la explanada de Bellas Artes, ¿no se habrán equivocado de concierto? ¿No se habrán confundido con el reencuentro de Menudo, Timbiriche o Flans? ¿Y entonces por qué se sabían los poemas de memoria y los gritaban, como se gritan las canciones en un concierto de rock? La cantidad de gente que conoce a Jaime Sabines, que lo quiere, ¡que lo lee!, es sorprendente para un país como México… y para cualquier país del mundo.

DIFÍCIL FACILIDAD

En una encuesta callejera, un muchacho de unos 20 años responde a la pregunta: ¿por qué es tan popular la poesía de Jaime Sabines? «Porque es fácil, ¿no? Como su poema, el de “Tu cuerpo está a mi lado/ fácil, dulce, callado”. No digo fácil porque sea chafa, sino porque el arte es sencillo y así lo entiende Jaime».
Horal se llama su primer libro, de 1950; Horal, también, el poema con que abre. No se parece mucho a lo que escribió después, pero es un buen poema (de los que caen dentro del Quinto Real) y un buen ejemplo de «lo sencillo» que describió nuestro joven esteta desconocido:
El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada.
«El poema de Horal nació en una noche de insomnio; por fin había logrado quedarme dormido, cuando de repente desperté, tomé mi cuaderno y comencé a escribir: El mar se mide por olas… Terminé de escribirlo, apagué la luz y me volví a dormir. Al otro día ni me acordaba de lo que había escrito. Lo leí, me gustó y así se quedó, sin ninguna corrección. Tal vez no tenía la suficiente experiencia, pero esa frescura es parte de mi vida, una limpieza e ingenuidad que no vuelve a repetirse».

APRENDER LO SABIDO

Hijo de un inmigrante libanés, que fue a dar a Chiapas como oficial del ejército carrancista, Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, en 1926. Durante la secundaria escribió sus primeros poemas y al terminar la preparatoria se trasladó a México para estudiar medicina. Desde el primer día supo que jamás sería médico, pero por miedo a defraudar a su padre permaneció tres años en la carrera. Regresó un año a Tuxtla, a trabajar en la mueblería de su hermano Juan (quien más tarde sería gobernador de Chiapas), y volvió a México para ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras.
En esos años se formó el poeta. Tuvo maestros como Julio Torri, Agustín Yáñez y Julio Jiménez Rueda. Se metió de oyente a las clases de José Gaos y Eduardo Nicol. Entre sus compañeros estaban Alejandro Rossi, Rosario Castellanos, Fernando Salmerón, Ramón Xirau… Leyó a Neruda, a García Lorca, a Juan Ramón Jiménez; quedó maravillado con el Ulises de Joyce, cuyo impacto recuerda como «una influencia formativa que se traduce en una gran alegría, en una gran libertad de escribir. No en escribir a la manera de Joyce, ¡no!, escribir con el jugo y la alegría, en la libertad de Joyce. Son autores que no te dejan copiar su estilo, sino intentar su libertad».
Hay poetas que encuentran una libertad inventiva: ponen las cosas fuera de su sitio y dicen: tu falda de maíz o­ndula y canta/ tu falda de cristal, tu falda de agua (Paz). O bien: La Primavera dice/ que se pondrá una corbata mía/ para desembarcar/ en la dulce playa de tu filosofía (Pellicer). Sabines, en cambio, no tiene entre sus preferencias la metáfora, no desarma y rearma el mundo en busca de imágenes nuevas; él extrae de un fondo oscuro sus poemas, saca agua del pozo, cava en sí mismo para llegar hasta lo que nos pertenece a todos: su libertad es comprensiva. La sorpresa en sus poemas no aparece en forma de «primavera con corbata», porque en Sabines el lector aprende lo que ya sabía. Su escritura tiene un sabor entre el hallazgo y el recuerdo; guarda la sorpresa del que se reconoce.
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)
NADADORES DE OFICIO
El lector de poesía y el poeta son como nadadores. Saben conducirse en un medio extraño, saben flotar y hacer movimientos que resultan curiosos para un animal terrestre. Disfrutan sentirse en otra atmósfera, bajo una presión distinta. Y mal que bien se desenvuelven. Ni el lector de poesía ni el poeta son seres de otro mundo: al fin y al cabo ¿a quién le parece raro que alguien sepa nadar?
Ahora, hay diferentes estilos de nado. Unos le hacen al pez vela, que no sé cómo nade pero me imagino que va tranquilo y desenfadado, viento en popa. Otros prefieren las técnicas conocidas y nadan de pecho o de dorso. Hay quien hace ballet acuático. Sabines nada tipo náufrago, pero es un maestro en su estilo. Su poesía navega hondo y en la superficie: en lo profundo de un mal, de un daño, pero en la superficie líquida de la palabra. Combina la ligereza de su expresión con un regusto a leño viejo, arraigado, húmedo, carcomido. Al nadar, Sabines se sumerge, desciende a lo profundo de la experiencia, de los sentimientos, a esa región espesa y poco clara que se conoce mejor por inmersión que por intelección. Pero vuelve a la superficie, ordena sus pecios y los entrega en forma de poema.
En cuestiones de nado, lo mismo que en poesía y en casi todo, lo mejor es mantenerse cerca de los que saben. Uno trata de patalear como ellos y se va a dar sus vueltas, pero siempre es bueno quedarse un momento observando: «Sabines dice Gabriel Zaid tiene una poderosa capacidad para sentir cosas que nadie había sentido, para dejarse llevar por emociones primitivas y primigenias que sólo oscuramente daban rostro, hasta que este bárbaro tuvo la fatalidad de ir a dar precisamente a la boca del lobo, de luchar contra las fauces de sombras devoradoras, de ver su muerte cara a cara y mostrárnosla».
Sabines adopta la cadencia y la prosodia de esas emociones oscuras, y las deja salir con naturalidad y con arte, como en su poema Lento, amargo animal:
Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Como lo exige el poema, Sabines se va despacio: repitiendo la letra «a», amortiguada por la letra «m», en el primero verso se acuesta como una bestia cansada; en el segundo va dejando «eses» por el camino; en el tercero desata poco a poco el nudo con una enumeración, y en el cuarto, sin pausa, suelta una frase larga y ambigua (¿quién pedía a Dios?, ¿el nudo?, ¿qué le pedía?).
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte
y que en todo momento descubrimos.
Amargo como esa voz… ¿Habría convenido un mejor adjetivo? No: la repetición era lo único que cabía. Después, un «prenatal» y un «presubstancial» que dan forma a lo que no tiene forma. Y en seguida tres actos de lo primitivo y primigenio, de lo enteramente anterior y que sin embargo llevamos dentro.
Lento desde hace siglos,
remoto nada hay detrás,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
Finalmente es la lentitud misma prolongada, reiterada en tres tiempos y adormecida en sílabas que retardan su pronunciación: «lejano, lejos, desconocido. Lento, amargo animal…». Para cuando termina el poema, la bestia pace con toda su furia entumecida.

GUSANOS QUE EMITEN LUZ

Los tres poemas que he citado (el último no está completo) pertenecen a Horal. El lector tiene que andar buscando su Quinto Real: mirar con cuántos poemas se queda de La señal (1951;averiguar si se entiende con un libro-poema como Tarumba (1956;si coincide con el mismo Jaime en que Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) es su mejor libro. Dos antologías circulan por las librerías para facilitar esta labor: Nuevo recuento de poemas, de la editorial Joaquín Mortiz, y Antología poética, del Fondo de Cultura Económica. Hay una selección de su poesía amorosa, a cargo de Mario Benedetti, y dos libros de arte con sendas antologías: el primero, Uno es el hombre, con fotografías de Daisy Ascher y acuarelas de José Luis Cuevas, es muy bonito; el segundo, Jaime Sabines (algo sobre su vida), de Carla Zarebska, es una joya.
Yo soy de los que no se entienden con Tarumba, esa especie de alter ego de Jaime Sabines, pero me gustan mucho las circunstancias en que surgió este libro. Después de tres años en la Facultad de Filosofía y Letras, tuvo que dejar la carrera: en 1952 su padre sufrió un accidente y Jaime no pudo regresar a tiempo a las clases. Se quedó en Tuxtla Gutiérrez hasta 1959. En 1953 se casó y se hizo cargo de la tienda de telas «El Modelo», que le dejó encargada su hermano Juan. Fueron años difíciles, porque el joven poeta no se sentía en su elemento vendiendo dos metros de manta y un algodón estampado para delantal.
«Ahora reconozco que esos años terribles me enseñaron muchas cosas; la humildad, a ser cualquier gente, aunque en el fondo supiera que yo era antes que nada un poeta. Ya había escrito Horal y La señal, me sentía gran promesa de la literatura mexicana, me lo habían dicho en la prensa y en otros lados, y de pronto me enfrento con la realidad; me quería casar, formar una familia y no tenía más que la tienda de ropa que me dejaba mi hermano. Me sentía humillado y ofendido por la vida, ¿cómo era posible que estuviese en aquella actividad, la más antipoética del mundo? Después de dos o tres años comencé a ser humilde, a decirme: que se vaya al carajo el poeta».
Pero el poeta no se fue a ninguna parte; más bien se quedó detrás del mostrador y, en la trastienda, donde tenía su casa, escribió Tarumba. Entonces tomó forma esa unidad que es lo más entrañable que tuvo Jaime Sabines. Se diluyeron los límites que pudiera haber entre el poeta y el hombre, y quedó el chiapaneco dado a la ternura, a la cólera y al buen humor, lo mismo en su vida que en sus poemas; amigo del trago en ésta y en aquéllos; malhablado en su casa y en sus libros. Sabines no fue un Poeta, de ésos con mayúscula, un Vate, sino un hombre común, débil y fuerte: hombre de todas las luchas del hombre común.
Hablando sobre él, Germán Dehesa narra más o menos lo siguiente:
«Una vez, una señora le escribió a un pintor italiano diciéndole que tenía inmensas ganas de conocerlo, que después de ver su San Sebastián había quedado sacudida, y que quería conocer al autor de una obra tan fabulosa. El pintor le respondió una carta que decía: “Estimada señora, ¿está usted enterada de que existen unos gusanos que emiten luz? Bueno, pues ya conoció usted la luz: dispénsese de conocer al gusano”. ¡Lo maravilloso de Jaime dice Dehesa es que no hay diferencia entre sus poemas y su persona! Se puede estar tan a gusto con sus poemas, como pasando las horas con él, “chiquiteando” un whisky, hablando de cualquier cosa».
Jaime Sabines murió de cáncer este 19 de marzo, a punto de cumplir 73 años, acompañado por su esposa y sus hijos. Dicen que fue después de tomarse un café, en su cama, mirando una bugambilia junto a la ventana. No le hubiera complacido que se escribiera con grandes letras: «Murió el poeta», porque no le gustaba que le dijeran así:
Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.

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