El arte de administrar las finanzas personales

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Un empresario o ejecutivo profesional debe plantearse, en las diferentes etapas de su vida personal y familiar, la conveniencia de resolver sus necesidades materiales futuras y, si es posible, ir constituyendo el patrimonio personal y familiar.
Finalizar los estudios e iniciar la vida profesional coincide con la constitución de la familia. Se piensa, entonces, en ahorrar para pagar el departamento o la casa, adquirir uno o dos coches pequeños (o no tan pequeños) y la plétora de electrodomésticos cuantos más mejor, para aligerar la carga de trabajo.
Pasados unos años, cuando ya se pagó mucho de eso, se piensa en un automóvil mejor o en una casa más grande porque han llegado los niños; y se empieza a pagar un terreno en el campo, para alejarse de la contaminación. Muchos deciden canalizar su ahorro para iniciar empresas pequeñas, como sideline business por desarrollar. Otros deciden invertir en divisas, mercados de dinero o de capitales. No hay edades específicas, ni perfiles típicos.
Aun en un país como el nuestro, en que hemos sufrido unos 16 años de recesión inducida por el gobierno, acompañada de una variada gama de tasas de inflación, la propensión al ahorro y a construir un patrimonio no han desaparecido del todo.

TENDENCIAS NATURALES: AHORRAR Y GASTAR

Existen dos aspectos correlacionados con el patrimonio personal: la actitud hacia el ahorro y el gasto.
Se ha estudiado y hablado mucho de la fuerte propensión al gasto y la débil o nula tendencia al ahorro que padecemos los mexicanos. Y no me refiero al nivel de subsistencia, o inferior a ésta, en el que se encuentra un alto porcentaje de nuestros compatriotas; sino ¿cómo se puede hablar de acumular riqueza cuando miles y miles de mexicanos están en situaciones de extrema pobreza?, ¿qué hacer para ayudar a resolver las injusticias socioeconómicas de nuestro país, a niveles micro y macro?
Urge trabajar en ese sentido. Sin embargo tampoco postulo, ilusoriamente, como solución y mucho menos como única solución a los problemas de pobreza de México y del mundo tomar las riquezas de los ricos, por vías pacíficas (impuestos, etcétera) o por vías violentas (confiscación, robo, revolución social, etcétera). No afirmo, asimismo, que los actuales sistemas económicos del mundo estén verdaderamente enfocados a sacar de la pobreza a muchos ciudadanos.

Quisiera destacar dos realidades:

  1. Parece que -desgraciadamente- siempre existirá pobreza y tendremos que buscarle soluciones, sobre todo cuando ésta se origina en la injusticia y no en la holgazanería o el derroche sin control.
  2. En la naturaleza humana (respecto al uso de los bienes materiales), existe una tendencia natural al ahorro y, a la vez, otra tendencia natural al gasto.

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles estudia profundamente el comportamiento humano al exponer y analizar lo que llama virtudes éticas, como características connaturales al hombre. No enumeraré todas. Me limitaré a mencionar que la persona al poseer, manejar y administrar riquezas, desarrolla virtudes o vicios; él entiende por «riquezas» todo aquello cuyo valor se mide en dinero.

TENER POR TENER

Vayamos de menos a más. Empecemos por la postura de ahorrar y acumular riquezas.

Nadie puede ahorrar si no tiene algo qué ahorrar. En nuestras sociedades, es común que desde niños nos fomenten la tendencia al ahorro. La familia y las escuelas proporcionan alcancías para ahorrar monedas. También se abren «libretones» en los bancos para que el ahorro produzca intereses; así, desde niños se aprende que el dinero genera dinero y, a partir de ahí, nace nuestra propensión al ahorro o al gasto.
Ahora bien, existen países, culturas y sistemas económicos que propician el ahorro al máximo y que desarrollan mecanismos, cada vez más perfectos y eficientes, para manejar esos ahorros en bien del desarrollo económico nacional. Los mercados de dinero y capitales de la economía norteamericana podrán ser admirados o criticados, pero no hay duda de que, sin ellos, Estados Unidos no hubiera llegado al desarrollo actual.
Frecuentemente, la postura extrema referente a la acumulación de riquezas sin medida es motivada no por una virtud, sino por el vicio opuesto. Si ahorrar es bueno, acumular grandes riquezas, sólo por el placer de poseerlas, es codicia.
Existen codiciosos inmorales que, por el excesivo afán de tener, caen en excesos referentes al origen de esas riquezas prostitución, narcotráfico, secuestros…. Toman de donde no deben o lo que no deben; en el caso de los gobernantes, se convierten en tiranos injustos si despojan a la población y en impíos si despojan a las iglesias. Hay quien busca esas riquezas en el juego y quien da con ellas en los robos y asaltos.
Encontramos el clásico caso del avaro que codicia las riquezas mientras más, mejor, pero no tolera ni la idea de desprenderse de ellas. Qué bien lo retrató Dickens en el Scrooge del Cuento de Navidad. Esto no es virtud, sino vicio.

CUANDO EL DINERO QUEMA LAS MANOS

Está el caso opuesto: aquellos que no resisten poseer riquezas sin gastarlas. ¡Qué bien se siente -y ésta es una postura muy mexicana- cuando hay qué gastar y puede gastarse! Se desea tener o ganar mucho, para poder gastar mucho.
La sociedad actual está configurada para inducir al gasto. Entran por ojos y oídos todo tipo de productos atractivísimos. Se premia a los anuncios y comerciales más exitosos al impulsar las ventas. Es la sociedad de consumo donde somos consumidores adictos.
El ejemplo extremo y clásico que retrata esta postura, es el del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32): pidió al padre su parte de la herencia y se marchó a una ciudad lejana, derrochó su patrimonio en placeres y vicios hasta arruinarse; acabó cuidando una piara de cerdos y comiendo algarrobas como ellos. A este vicio de gastar sin medida se le llama prodigalidad.
Quien cae en él, difícilmente se detendrá y, en su afán de seguir gastando por ejemplo en el juego tomará, sin escrúpulos, dinero de fuentes innobles o ilegítimas. Existen, también, casos en los que reparten sus riquezas entre aduladores(as) y entre quienes les procuran placeres; por eso se vuelven licenciosos.
Entonces, ¿es posible la virtud respecto a la adquisición y disposición de las riquezas? ¿Existe el término medio, que en las virtudes no es medianía, sino un máximo?

EL JUSTO MEDIO: DAR CONVENIENTEMENTE

La virtud para ambos vicios es la liberalidad. El liberal usa bien el dinero, gasta y da el dinero. Eso presupone que para ser liberal habrá que tener dinero, ya sea por herencia, ganancia o cualquier otro origen legítimo como el hallazgo.
Señala Aristóteles que «es más propio del hombre liberal dar a quienes se debe, que recibir de donde debe y no recibir de donde no debe». Y ¾ añade¾ hacer el bien y realizar acciones bellas acompaña al dar. He aquí la gran diferencia que hace al hombre «liberal»: gasta, sí, pero da más de lo que gasta.
El liberal no descuida sus bienes personales: los cuida porque quiere ayudar por medio de ellos a otros, por tanto, administra bien sus posesiones y, si sabe hacerlo, las acrecienta, pero su afán es dar. ¿A quién?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cuánto?, ¿por qué?:

  • A quien o quienes convenga.
  • Cuando convenga.
  • Donde convenga.
  • Cuanto convenga.
  • Por una causa o causas cuanto más justas y nobles, mejor

Llegamos así al meollo. El liberal gasta bien en sus propias necesidades y en las necesidades de los suyos, pero no se detiene allí, desea contar con un patrimonio que le asegure la vejez y el retiro o jubilación; que le sostenga contra los gastos médicos mayores y que resuelva lo más posible el futuro de los suyos. Eso está bien, y si se puede, debe hacerlo. Pero si es verdaderamente liberal, existe en él un impulso de dar a los demás. El avaro tiene el impulso contrario: no dar. El pródigo tampoco lo tiene, sólo quiere derrochar.
En el liberal nace y crece otra virtud difícil de vivir -incluso, muchas veces, es desagradable vivirla inicialmente- , se llama desprendimiento o pobreza de espíritu.
Estar desprendido significa no poner el corazón en los bienes materiales que se poseen y se utilizan y, por lo tanto, estar siempre dispuesto a desprenderse de parte o de todos estos bienes materiales, si así conviene.
Para dar, hay que tener una motivación: el amor a los demás, la compasión ante sus carencias y sufrimientos, la solidaridad con sus necesidades, el deseo de realizar algo grande, bueno o bello, que perdure; el anhelo de financiar iniciativas de beneficencia, etcétera.
Lo más fácil es dar por amor. Después, por compasión o sentido de misericordia. Luego, por solidaridad, y al final, por sentido del deber.
Debemos entender por liberalidad el buen uso de la riqueza. Es liberal quien se sirve lo mejor posible de los bienes que posee. Ello presupone: adquirirlos, custodiarlos, administrarlos, gastarlos y donarlos bien.
Lo más propio del liberal es:

  • dar a quien conviene y de donde conviene;
  • recibir de donde conviene y no recibir de donde no conviene.

Toda esta virtud descansa en el principio ético general: haz el bien y evita el mal. Por eso pertenece a la liberalidad hacer antes el bien, que recibirlo.
Todos sabemos que es más fácil no tomar que dar. Por avaricia, es evidente que estamos menos inclinados a dar lo propio que a no tomar lo ajeno. No tomar lo ajeno es parte de la justicia. La liberalidad, al dar a quien no hay obligación de dar, supera a la justicia.
Finalmente, se puede comprobar que aquellos que dan se hacen amar pronto y fácilmente, incluso más que otros dedicados a servir a sus semejantes; su servicio es dar.
Volviendo a los motivos, quien tiene motivos honestos para dar, dará con alegría, placer y sin tristeza, tendrá felicidad. El verdadero liberal siempre se excede en la dádiva. Pero no es más liberal quien da más, sino quien da más según su fortuna o patrimonio. La mayor liberalidad no está en el número y cantidad de dádivas, sino en la disposición interna o espiritual del que da. ¿Cuánto hay que dar para que sea virtud? Ya lo decía la Madre Teresa de Calcuta a un conocido político: Hay que dar hasta que duela.
¿QUIÉN ES MAGNÍFICO?
Es el momento de hacer referencia a una virtud que supera a la liberalidad: la magnificencia. Magnificencia es la grandeza en la liberalidad y la excelencia de la obra en la grandeza.
Parece absurdo hablar de esto cuando hay tanta pobreza en el mundo y tantas injusticias socioeconómicas. Pero un análisis histórico nos describiría lo que antes mencionaba: pobres siempre ha habido y, probable y desgraciadamente, siempre habrá. No se puede afirmar, en cambio, que todas las épocas de la historia se distinguieran por las magníficas obras que nos heredaron. Sin embargo, recordemos algunas: Egipto, Grecia, Roma, el medioevo, el renacimiento, la época de los Luises. Allí brilló lo grande, bien hecho, bello y duradero.
Los siglos XIX y XX destacan más por el desarrollo industrial, el progreso tecnológico y la lucha por el bienestar económico más generalizado. Pero es poco lo bello y perdurable. La investigación médica es brillante. Sin duda, gracias a las leyes de las matemáticas y de la física, a veces se logran algunas obras bellas, como el Concorde o el Golden Gate Bridge. Sin embargo, vale la pena visitar el Museo Moma de Nueva York para ver el cambio; existe toda una sección de artefactos que ahora se consideran piezas de museo por su diseño: un teléfono, una licuadora, un celular… (Tal vez algún día veremos, ahí, un par de tennis de Michael Jordan). Es una pena. A nuestra época le falta magnificencia.
¿Quién es magnífico? El que es capaz de percibir las proporciones de una obra magnífica y, a la vez, capaz de gastar grandes sumas armoniosamente.
La obra magnífica, digna del gasto magnífico, debe ser buena, bien hecha y bella, además de grandiosa. El magnífico gasta con alegría, placer y soltura; considera cómo resultará su obra más hermosa y espléndida.
Pero hay dos peligros al gastar en grande:

  1. El no aconsejarse de personas adecuadas puede dar al traste con la obra: hacerla vulgar y de mal gusto; es decir, grandota y fea.
  2. No se es magnificente aunque se disponga de riquezas, por tacañería. Es el caso del mezquino; quiere, necesita o se ve obligado a realizar algo grande, pero ahorra en lo que no debería; vigila demasiado las cuentas y los presupuestos (siempre son mal hechos;no termina los detalles; no corrige los errores, o los corrige mal, y acaba a medias algo que pudo ser magnífico. Mezquinos, lamentablemente, existen muchos, y son los que dejan verdaderos monumentos a la fealdad.

Lo magnífico es grande, bello, admirable y perdurable. Y, a la vez, es necesario aclarar que la actitud interior determina la magnificencia de muchas obras, aunque en éstas se gaste poco, relativamente. Así las califica la historia, en forma paralela a las obras en que se gasta en grande.
…LLEGA A SER DIGNO DE HONOR
La virtud que es capaz de emprender y realizar grandes cosas es la magnanimidad.
El magnánimo es digno y capaz de realizar cosas grandes y va al extremo en la grandeza pretendida. Siempre busca hacer lo que conviene, al proponerse una tarea. Por ser magnánimo llega a ser digno de honor, como los héroes, descubridores, santos, fundadores de obras magnas y algunos grandes políticos. Sabe exponerse a peligros, aun a costa de su vida, si la obra es conveniente y buena.
En cuanto a los beneficios:

  • Está dispuesto a realizarlos, no a recibirlos.
  • Devuelve con exceso lo recibido.
  • Recuerda el bien hecho antes que el recibido.
  • No necesita de nadie y está siempre pronto a ayudar.
  • Lo que hace, poco o mucho, es grande.
  • No es propenso a la admiración, ni a hablar de sí mismo.
  • Jamás se lamenta. Se ocupa de conseguir lo necesario, especialmente recursos económicos y colaboradores.
  • Sus movimientos son lentos, su hablar es pausado y con voz grave.

Hay dos situaciones opuestas y, por tanto, viciosas:
a) Por exceso: el hinchado o inflado.

  • Quien siendo indigno, se juzga digno de grandes cosas.
  • No se conoce. Es más bien necio.
  • Si emprende algo grande, fracasa y queda en evidencia.
  • Cuida mucho su porte exterior y sus vestidos.
  • Cuando la fortuna lo favorece, anhela publicarlo.
  • Se compara constantemente con los magnánimos.

b) Por defecto: el pusilánime.

  • Pretende cosas menores de las que es digno, porque sólo se juzga digno de ellas.
  • Se desprende de bienes de los que es digno.
  • No se conoce. No es tonto sino retraído.
  • Se aparta de emprender cosas bellas, como si fuera indigno de ellas.

Es propio de la naturaleza humana generar, gastar, acumular, ahorrar, administrar, invertir y derrochar o perder riquezas. Algunos nacen con una clara y fuerte inclinación al ahorro y acumulación de riquezas, y otros con una fuerte propensión al gasto, incluso algunos llegan al derroche. Nuestro uso y/o abuso de las riquezas o bienes, generará en nosotros cualidades, virtudes o vicios.

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