El liderazgo de Matsushita

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«Desde ningún punto de vista tenía el aspecto de un gran líder. Los primeros retratos de Konosuke Matsushita revelan a un joven serio cuyas orejas sobresalen como las alas de un avión. Jamás llegó a medir más de un metro sesenta ni a pesar más de 67 kg. A diferencia de su rival, Akio Morita, de Sony, no era ni carismáticamente bien parecido, ni reconocido a nivel internacional. A diferencia de la mayoría de los políticos occidentales conocidos, no se destacaba por su oratoria pública, y en sus últimos años, su voz comenzó a tornarse cada vez más frágil. Rara vez hizo despliegue de habilidades intelectuales manejadas a la velocidad de la luz, o creó un ambiente cálido para su auditorio mediante anécdotas divertidas. Y sin embargo hizo lo que hacen todos los grandes líderes: motivó a grandes grupos de individuos para mejorar la condición humana». Así inicia John P. Kotter un libro centrado en la figura de Konosuke Matsushita, quien fuera llamado «el grande».
Este singular visionario al estilo de la figura de Gandhi, a quien podrían adjudicársele características similares, supo levantarse del entorno adverso, llevar a su empresa a uno de los primeros lugares (antes de la segunda guerra mundial) y lograr el tan conocido «milagro japonés».
Pocos títulos, en la literatura empresarial, remiten a la vida, anécdotas, luchas y sufrimientos del hombre que existe detrás del empresario. Ése es, precisamente, el mérito de este libro: colorear el entorno de uno de los principales impulsores del trabajo empresarial japonés, dentro de Asia y el mundo entero; el lector encontrará una obra de gran valía no sólo si está interesado en el ámbito administrativo, sino en encontrar un modelo de lucha y superación personales. A través de doce capítulos desgraciadamente con una traducción defectuosa, el autor nos guía por la vida, pensamientos y logros de Matsushita: los frutos de sus vigorosas ideas y acciones lograron hacer de su empresa la más grande, a nivel mundial, en productos de consumo; una organización que, el año pasado, llegó a tener una ganancia de 65.000 millones de dólares.
Ya lo dice Kotter, «la leyenda de Konosuke Matsushita es mucho más que una historia de los negocios. Se trata de cómo vencer una enorme adversidad y sacar fuerzas del trauma. Es acerca de los cimientos morales de los grandes logros. Es acerca del crecimiento extraordinario que es posible incluso en la edad adulta».

LOS DIFÍCILES COMIENZOS

Matsushita nace a fines del siglo pasado, en Wasamura, pequeña población japonesa cuya economía se basaba en el cultivo y en el arroz como su principal producto. Último de ocho hermanos, vive sus primeros años de infancia en una relativa tranquilidad, hasta que las apuestas de su padre sumen a la familia en la pobreza y la deshonra. Él mismo, a la edad de nueve, se ve forzado a dejar la casa paterna e ir a vivir a Osaka donde trabaja para su patrón dieciséis horas diarias. A la desgracia económica familiar se suman las dolorosas y prematuras muertes de prácticamente todos sus hermanos y, no mucho más tarde, de sus padres. Quienes conocieron a Konosuke Matsushita, adjudican las repetidas y misteriosas enfermedades que lo atacaron a lo largo de toda su vida, al sentimiento de culpabilidad por ser el único y exitoso sobreviviente. Cierto o no, a lo largo del relato se constata que a los momentos de grandes logros, seguían profundas depresiones físicas y emocionales y, sin embargo, los períodos en que parecía que todo estaba perdido, estimulaban su salud y energía, para resurgir de las cenizas.
Sus trabajos como aprendiz, dentro del concepto de trabajo práctico y constante manejado en esa época, lo capacitan en aquello que hoy forma parte de las modernas pedagogías: aprender haciendo. Este modelo se repite tanto en el primer taller de lustrado, como en la tienda de bicicletas, en la que labora seis años.
Su vida escolar es breve se mencionan sólo dos intentos de corta duración, pérdida que echará en falta en los años posteriores. No obstante, continúa su entrenamiento práctico en el negocio de las bicicletas, hasta que asienta sus ojos en el entonces prometedor mundo de la electricidad. Éste resultó su primer acierto; renuncia a un futuro taller propio con un nivel económico medio y se lanza a lo que será una norma en su vida empresarial: afirmar su independencia, buscando retos que lo hagan crecer a pesar de los riesgos.
Con el negocio de la electricidad empieza a romper normas convencionales. Se trata de una industria joven a la que se mira con temor. Inicia su aprendizaje en la Empresa de Electricidad de Osaka, en 1910, instalando cableados simples; a tan sólo tres meses, se le promueve de ayudante a técnico de instalaciones. Sus labores no son fáciles: requieren grandes esfuerzos físicos pero ofrecen, también, un desafío intelectual ya que muchas técnicas y equipos que hoy conocemos, estaban aún por inventarse. Esto lo adiestra en el conocimiento teórico-práctico de cuatro grandes industrias por desarrollar y en las que, más adelante, tendrá fuertes intereses empresariales: la generación de la electricidad, la transmisión y distribución de electricidad, los artículos electrónicos de consumo y la electrónica industrial.
A los dieciséis años se le asigna un equipo de trabajo y a los diecinueve, maneja proyectos de fuerte envergadura. En esta época y debido a las instalaciones que debe llevar a cabo, conoce a grandes empresarios y comienza a vislumbrar un mundo repleto de lujo, comodidades, seguridades y geishas. La vida, sin embargo, le enseñará a costa de grandes sufrimientos: la felicidad no consiste en poseer todo aquello.
A los veinte años se casa con Munemo, su compañera de toda la vida y a quien se la describe como «competitiva» y de «ideas bien definidas», cualidades que lo impulsarán en los primeros años de formación en la que será, más adelante, su propia empresa. No obstante su matrimonio, se le atribuyen varias amantes, con una de las cuales formará otra familia. Con Munemo tiene dos hijos: una niña, Sachiko y un niño, Koichi, que muere muy pequeño y cuya desaparición es el pretexto último para separarse emocionalmente de su esposa.
En 1917, a resultas de un malentendido con uno de sus jefes en Osaka, Matsushita decide junto con su esposa y tres conocidos más, y con una inversión mínima de cien yens fundar su propia empresa. Ninguno era profesionista de la electricidad, ni tenían estudios formales importantes, pero cuentan con gran empuje y un don especial de trabajo fuerte y dedicado. Empiezan en un espacio reducido. Los inicios resultan difíciles. Durante esa primera época, ofrecen cuatro productos y se topan con la indiferencia de distribuidores y contratistas, así como con obstáculos propios de la elaboración de aquello que fabrican. De hecho, las penurias fueron tales, que de los cinco iniciadores, quedaron sólo tres que decidieron no rendirse.
El primer artículo con el que salieron avantes, mejorando la calidad y entrega de los que ya existían en el mercado, fueron plafones de aislamiento. Gustaron tanto que amplían la fábrica en repetidas ocasiones y contratan mano de obra adicional. De ahí en adelante, se suceden un sin fin de artículos que no constituyen innovaciones excepto uno que otro en el medio. Konosuke piensa que lo que vale para el consumidor es encontrar servicios o productos ya existentes, pero que ofrezcan mejoras y a un costo menor.
El espíritu que siempre anima a la empresa es parte integrante de la forma de ser de su fundador: la atención pronta y gentil al cliente tratando de colocarse siempre en su lugar, para resolver sus necesidades; desde el principio busca estar lo más cerca posible de sus empleados, como de todo el proceso de fabricación y se dedica incluso a los trabajos más humildes. En resumen, quien quisiera trabajar en MEI (Matsushita Electric Industrial), debía asumir su formación en el trabajo duro, el espíritu competitivo y la voluntad de acero.

VALORES DE SIEMPRE

Para 1931, fabrican más de doscientos productos divididos en cuatro categorías: artefactos de cableado, radios, lámparas y pilas secas, y artefactos electrotérmicos. Sin embargo, cabe hacer especial énfasis en que siempre le preocupó entrenar efectivamente a su personal, promover su iniciativa y dotar a su empresa de un liderazgo en el desarrollo y presentación de nuevos productos. Su gran sentido de responsabilidad social hacia sus empleados, se hizo patente en multitud de ocasiones, en la mayoría de las cuales optó por ganar menos o incluso arriesgar la empresa, que despedir a uno solo de sus trabajadores.
Realiza un viaje que lo relaciona con una secta religiosa, y aunque no puede decirse que se hizo afecto a reuniones o cultos espirituales concretos, este encuentro cambia su manera de ver el mundo y las empresas, guiándolo hacia un modo más cuidadoso, profundo y vital de concebirlo todo.
Konosuke resulta un individuo completamente fuera de lo corriente. Adelantándose a su época, se enfrenta con realismo y serenidad a la idea de la globalización. Cuando la historia del mundo y de las empresas nos presenta hoy como nuevas, ideas como la importancia de la misión de un consorcio, KM cita valores perennes, como partes vitales del mismo. Y es así como insiste en ciertos ideales: servicio al público, justicia y honestidad, trabajo en equipo para la causa común, un esfuerzo permanente al servicio del perfeccionamiento, cortesía, humildad, armonía con las leyes naturales y gratitud por las bendiciones recibidas. Es, si no el primero, uno de los iniciadores de trabajos de equipo por proyectos y en divisiones especializadas, alentando sobre todo a las cabezas a estar conscientes de que su trabajo no sólo ayuda a mejorar las ventas, sino que contribuye al desarrollo personal de cada uno.
Años especialmente difíciles fueron los del transcurso de la segunda guerra mundial y la postguerra. En los primeros, y a pesar del resultado del conflicto, debe reconocérsele que llevó a cabo aquello que consideró correcto como empresario y patriota. En los segundos, enfrenta las restricciones y mal trato de los vencedores, que casi lo obligan a abandonar su emporio. Sin embargo, vale la pena rescatar el ejemplo de un hombre que consigue sus mayores logros personales y empresariales, no únicamente en su juventud, sino a los sesenta o setenta años. En 1961, suelta las riendas operativas del mando de MEI y se dedica al trabajo de filósofo y educador práctico. Ejemplos de ello, son la creación de la Matsushita International Foundation, que fomenta la mutua comprensión entre Japón y otros países, promoviendo la educación de personal capaz de llevar a cabo esta tarea; la construcción del Pabellón y Jardín de la Amistad Internacional en Osaka; y la creación de un instituto dedicado a estudiar la naturaleza humana en general y a sentar bases sólidas de vida y pensamiento para que, nunca más, Japón se involucre en nada tan suicida como la segunda guerra mundial. Para 1989, año de su muerte, ese instituto daba trabajo a más de trescientas personas e impulsaba interesantes proyectos educativos, editoriales y de investigación. En 1998, se contaban más de 180.000 las personas que habían asistido a los seminarios sobre management.
Toda esta riqueza sólo podía provenir de quien dio por cierto aquel poema de Ullman: «La juventud significa el temperamental predominio del coraje sobre la timidez, del apetito por la aventura sobre el amor a la comodidad… Nadie envejece simplemente por el paso de los años. Envejecemos al desertar de nuestros ideales».
Los tiempos difíciles forman hombres capaces, vigorosos e íntegros. Konosuke Matsushita, a pesar de sus errores, concluye al final de sus días que no es la ciencia por sí misma la que lleva el mundo hacia delante, sino la felicidad, paz y prosperidad que serán realidad gracias a personas con mente abierta, valores y coraje para abordar decididamente los problemas. Las reflexiones acerca de su propia vida hacen que, como él, pensemos: «Con un corazón humilde y una mente abierta, uno puede aprender de cualquier experiencia y a cualquier edad. El que posee ideales grandes y humanistas puede vencer tanto al éxito como al fracaso, aprender de ambos y seguir creciendo».

(Resumen: Ma. Teresa Alvear García).

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