Cómo ser estadounidense sin dejar de ser mexicano

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1942

En el amplio salón del hotel se encontraban algo más de mil doscientas personas. La señora Sagrario se acercó a mí y me comentó:
«Ellos solamente son los delegados de sus comunidades. Nuestra asociación representa a unas 250 mil familias, únicamente en el Estado de California».
Ésa era sólo una de las muchas sorpresas que me encontraría en la ciudad de Los Ángeles.
Hace unos meses realicé un viaje a los Estados Unidos, para impartir una conferencia dirigida a padres de familias migrantes. La experiencia fue mucho más interesante de lo que hubiera podido imaginar.
Colaboro, en Guanajuato, en la dirección de un departamento que desarrolla proyectos para la difusión de valores humanos. La oportunidad del viaje surgió por la relación que guarda mucha gente de estas tierras, radicada ahora en los Estados Unidos, con su entidad de origen. Existe, incluso, una representación del estado de Guanajuato en varias ciudades estadounidenses. Fueron los guanajuatenses del «otro lado», quienes me invitaron.
Me puse en contacto con uno de los organizadores: Franc Uribe. Nacido en México, vive en el vecino país desde que tenía algo menos de diez años. Aunque siempre conversamos en español, el acento, a sus casi cincuenta años, era el de cualquier turista «gringo» que uno encuentra en las playas mexicanas. Me envió el programa de la 20th Conference of Migrant Parents. La reunión duraría tres días, comenzando un viernes a las 9 de la mañana. Dada esta circunstancia, decidí viajar el jueves para participar desde el inicio. Yo no sabía que las actividades del viernes eran exclusivas para los organizadores. Anoto el hecho, porque me permitió conocer cómo trabajaba el Concilio de Padres, conformado por los dirigentes de cada zona en las que se organiza el Estado de California para la educación. La mayoría son campesinos o llegaron como tales, pero dirigen una asociación inmensa y complejísima: personas mucho más preparadas que los campesinos en este lado de la frontera, organizan esta actividad año con año, desde hace dos décadas, y han logrado adelantos significativos en el terreno educativo para la comunidad hispana. La primera pregunta que me surgió y me repetí a lo largo de la estancia en California fue: ¿qué es lo que hace a estos campesinos mexicanos diferentes a aquellos que permanecen en nuestro país o no han podido salir de él?
Naturalmente no es el aire de California (desde el avión, la ciudad de Los Ángeles parece tan contaminada como la de México). Creo que la respuesta se encuentra en varios factores: tienen más dólares, eso es innegable, pero no basta. Se encuentran en un país que ha creado todo un sistema para alentar y promover la organización de grupos humanos (debo reconocerlo pese a cierta animadversión hacia nuestros vecinos). Aunque a los anglosajones no les agrade que la comunidad hispana, particularmente la mexicana, crezca y se desarrolle, no pueden impedirlo, en realidad están obligados a prestarles ayuda. De esta manera, en la organización del encuentro, estaba involucrado un numeroso equipo del Ministerio de Educación, aportando secretarias, recepcionistas, traductores, dinero, computadoras y al propio Franc Uribe, que con su acento californiano (de algún barrio angelino), fungía como coordinador general. Otro elemento que se suma, tal vez uno de los más importantes, es la preocupación sincera y profunda de los miembros del Concilio por prepararse en todos aspectos. Pero, aun así, tal vez no podría entenderse el fenómeno si no tomáramos en cuenta un factor más: los mexicanos, como grupo, se sienten amenazados y tienen que unirse, de manera eficiente y eficaz, en un terreno adverso.
Sin conocerme, me recibieron con un enorme entusiasmo por el simple hecho de ser un representante del gobierno de Guanajuato que asistía para colaborar con ellos. Hasta cierto punto, se saben solos.
En la reunión hubo sesiones plenarias, conferencias y talleres simultáneos. En estos últimos, se impartían temas relacionados con la educación formal y la que puede y debe darse en el hogar. En la primera jornada, todos y cada uno de los miembros del Concilio, coordinaron un taller. Esto se hace con una doble finalidad: obligarse a estudiar y preparar un tema, y dar ejemplo a los otros padres, pues cada asistente deberá reproducir, en su comunidad, la experiencia vivida en el Congreso. Abordaban temas tan diversos como «La autoestima y las relaciones de pareja», «Cómo sacar el mejor provecho de Internet», «El cuento como herramienta para preservar el idioma» y «Las nuevas disposiciones del Ministerio de Educación en materia de becas», entre otros muchos.
Mi charla, en concreto, versaba sobre la formación en valores humanos, tema al que prestaron enorme atención debido a la preocupación que sienten al estar inmersos en una sociedad tan permisiva y aun corrompida. Esto explica que, pese a las estrictas medidas de orden en el Congreso, hubiera un sobre cupo en el salón. Casi la mitad de los asistentes escuchó de pie la conferencia entera. Como la plática se llevó a cabo al mismo tiempo que otras, me solicitaron que la repitiera para que otros padres tuvieran oportunidad de escucharla. Es evidente que sienten un vacío en lo referente a formación ética.
Por su parte, las sesiones simultáneas no tenían una finalidad expresamente educativa. Se invitó, como oradores, a personajes distinguidos de la comunidad hispana que alentaron el trabajo de los asistentes. Con sus discursos, también ilustraban o pretendían orientar el desenvolvimiento de la comunidad. El tono y el contenido político, en varios de los oradores, fueron claramente manifiestos. Uno de los participantes fue el entonces gobernador de Guanajuato, Vicente Fox Quesada. Participó también el líder de una de las organizaciones campesinas más grandes de California; el presidente de Univisión, señor Enrique (Henry) Cisneros; un candidato al Congreso y orador por parte del Partido Demócrata, señor Villarragosa, y el propio Presidente del Concilio, señor José Camacho.
Algunos participantes insistieron en que la educación debe ser la base para fincar, con solidez, el crecimiento de los hispano-parlantes y su influencia social. No ocultaron sus intenciones de conquistar espacios de participación política; aspiran a aumentar su representación en el Congreso del país, conseguir la gubernatura de los Estados con población mexicana e incluso la Presidencia de la Nación. Para muchos podrá parecer descabellado, tal vez hasta risible, pero el hecho es que ellos lo plantean seriamente, como meta en pos de la que toman medidas que consideran necesarias.
Ya son casi 32 millones de hispanos. En Los Ángeles, uno de cada cuatro habitantes es de origen mexicano. En California rebasan los 11 millones. Son personas que llegaron a trabajar y a eso se dedican; generan mucha riqueza. Sus aportaciones se han convertido en la primera fuente de divisas para México: alrededor de 80 mil millones de dólares al año. Naturalmente, también dejan en Estados Unidos una cantidad considerable en dinero, además de subsidiar, con mano de obra barata (y frecuentemente sin prestaciones), los productos que trabajan. Parece evidente, pues, que hay ventajas para los dos países y que el «problema» de los migrantes es, ante todo, un tópico político que se esgrime según convenga.

VERDADERAMENTE MEXICANOS

Lo que sí resulta preocupante para los norteamericanos, es el rápido crecimiento de esta población. Las familias mexicanas son mucho más numerosas, tienen más hijos. Pero, además, miles de adultos siguen llegando diariamente.
Llama la atención la forma en que estos mexicanos distinguen el concepto de Nación del concepto de Estado. La diferencia la conocen por la práctica, no de manera teórica. Entienden por Estado, fundamentalmente, la organización política de las personas que comparten un territorio determinado. Esto no implica unidad de lengua, de sangre, de costumbres y tradiciones, de creencias; éstos son elementos que pertenecen al ámbito de la Nación. Señalaba Chesterton: «La nacionalidad existe. (…) La nacionalidad es algo como la Iglesia o como una sociedad secreta; es un producto del alma y de la voluntad humana; es un producto espiritual. Pero hay hombres en el mundo moderno que lo pensarían todo y lo harían todo antes de admitir que alguna cosa concreta sea un producto del espíritu».
La nacionalidad no se identifica necesariamente con la inclusión en un Estado. Uno de los ejemplos más claros es el del pueblo judío, que preservó su identidad pese a no contar con organización política ni territorio. El Estado judío cumplió recientemente sus primeros 50 años, pero los judíos, como pueblo, han estado presentes y han participado activamente después de la diáspora obligada por el Imperio Romano hace casi dos mil años.
Escribía Víctor Andrés Belaunde: «La Nación no es sólo un producto geográfico, ni un conglomerado económico, ni una estructura política; es una integración humana animada de un espíritu nutrido de las mismas tradiciones y orientado hacia los mismos destinos».
Muchos mexicanos del «otro lado», siguen siéndolo aunque adopten la ciudadanía norteamericana. En el congreso de padres de familia solían hablar de saber ser mexicanos en los Estados Unidos. El señor Villarragosa recomendaba regularizar la residencia y adoptar la ciudadanía, para influir en política y preservar la identidad; ser legalmente estadounidenses para seguir siendo mexicanos.

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