Crimen y castigo: una novela de ciencia ficción

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A quienes se estacionan en lugar prohibido

Héctor Zagal y Roberto Rivadeneyra
¿Cómo nos arreglamos joven?
Un viernes por la tarde Roberto y yo, chilangos puros como cariñosamente nos llaman nuestros compatriotas conducíamos el coche a tres kilómetros por hora en la avenida Insurgentes, rumbo a Cuernavaca. Un trailer de doble caja intentaba dar vuelta a la derecha. Un microbús subía y bajaba pasaje en el segundo carril. Cientos de automóviles se aferraban desesperadamente al claxon. Los valet parking («parkinson») de los restaurantes cercanos ocupaban el primer carril como estacionamiento («Prohibido estacionarse» rezaba un disco en un poste).
El tráfico: infernal y lento como un trámite burocrático. Pequeños burgueses al fin y al cabo, culpamos de inmediato a la izquierda, a un grupo de manifestantes o a los eternos opositores. Error. El problema eran algunos semáforos descompuestos, precisamente en el cruce con Río Magdalena. Es menester hacerse cargo de la situación: Insurgentes, con cincuenta kilómetros de longitud, es columna vertebral del Distrito Federal. Los «tamarindos», policías de tránsito con uniformes color café, gritaban, lloraban, ordenaban, imploraban y tocaban desesperadamente el silbato. Nadie hacía caso. Conductores de «peseros», señoras elegantes y bien maquilladas, taxistas, la multitud toda ignoraba con mayor o menor descompostura a los guardianes del orden. Muestra patente de la diferencia entre poder y autoridad. La placa y la gorra dan autoridad, no poder. Otro asunto si hubiesen sido «judiciales». No seamos cerriles, en México el favor de algunas autoridades (no todas) tiene precio. La tarifa de ciertos policías es baja: depende del lugar, la circunstancia y el infractor.
Estacionarse durante la temporada grande en la Monumental Plaza de Toros de la Ciudad de México, en lugar prohibido, es barato. Cada domingo nuestro hígado sufre la negligencia de patrullas y grúas. La entrada a un concierto en la ladera este del Palacio de los Deportes cuesta cincuenta pesos (cuando el boleto pagado en taquilla vale el triple). Con un tamal de elote era posible ingresar al exclusivo estacionamiento de una plazuela colonial. Claro, si se trata de un ejecutivo de renombre, el agente de tránsito debe agachar la cabeza y disculparse ante el infractor, no digamos si van guardaespaldas de por medio y una credencial de Senador. Admiramos las virtudes de muchos guardianes. Los hemos visto morir defendiendo la propiedad de un mal agradecido por un sueldo miserable. Desgraciadamente, al lado de tales héroes, convive un enjambre putrefacto de corruptos.
Las cartas sobre la mesa: la corrupción de los cuerpos policíacos es la punta del iceberg de una sociedad sin ética ciudadana y un Estado sin valores democráticos.
Receta para formar un mal policía:
1. Pagarle poco: que arriesgue la vida por unos pesos.
2. Proporcionarle ejemplos de corrupción política, reforzados con corrupción moral. Combinación perfecta: una patrulla custodiando un table dance (burdel camuflado) propiedad de un politiquillo.
3. Utilizarlos como instrumentos políticos: matar estudiantes, escoltar juniors borrachos, organizar marchas contra los incorruptos…
4. Darles impunidad: que violen, roben y maten sin temer a la ciudadanía.
5. No legislar la manera de demandar, castigar y embargar al Estado. ¿Es posible demandar al gobierno federal o a una alcaldía? ¿Cómo cobro la negligencia de un semáforo mal puesto o los daños ocasionados por torpeza de un funcionario público?
6. Convertir al Poder Judicial en larga mano del Ejecutivo. La policía será servidora privada y no pública. Montesquieu a la basura.
La tentación fascista
Sin autoridad moral y armados, muchos policías latinoamericanos son reflejo del status quo de la república: lo público convertido en particular. Es la expropiación del cacareado bien común por unos cuantos pesos (o millones de dólares), «secundum sapum, petram», decía Cicerón, «Según el sapo».
¿Está todo perdido? Más vale que no. La solución se repite continuamente: la democracia. Tristemente, no pocos sectores de la burguesía y la clase media piden un dictador como Hitler (¡los hemos escuchado!). Mano dura es la solución contra la delincuencia: guillotina, flagelaciones, mutilaciones, hogueras. Crasa equivocación. La violencia en México es fruto del secular autoritarismo, arbitrario e irracional. El desprecio sistemático por la ley y el orden son padres de la delincuencia. No culpemos a la incipiente democracia.
¿Podemos cambiar?
Poco servirá la palabra «democracia» si no sabemos cómo utilizarla. ¿Cómo lograr que la democracia minimice la corrupción?
1. Saber, antes que nada, que la democracia no es una varita o un conjuro mágico. Rehacer el estado de derecho requiere años de continuado esfuerzo, al menos tantos cuantos hemos tardado en destruirlo.
2. Atomizar el poder. La alta concentración de autoridad legal y moral en un individuo, partido o institución tiende a adquirir formas de paternalismo, despotismo, autocracia. Cualquier consultor de empresa sabe que una dirección excesivamente fuerte y concentrada (incluso carismática) corre el riesgo de devenir en dictadura. La monarquía absoluta ayudó a Francia mientras se consolidaba como Estado, después la cabeza de Luis XVI fue un estorbo.
3. Desarrollar mecanismos para que los tres poderes se vigilen constantemente. El poder enferma y quita sentido de realidad. Un diputado maldiciendo al Ejecutivo en pleno Congreso es unpolite; un Poder Legislativo haciendo fila para el besamanos de un servidor público es peor que un majadero.
4. Promover la alternancia de partidos en el poder. Todos se vigilan entre sí. En las economías altamente desarrolladas (excepto Singapur) la alternancia es un hecho normal. La economía de EUA no se cae si pierden los republicanos o los demócratas.
5. Retroalimentarse. Los plebiscitos tienen muchos inconvenientes como procedimiento para aprobar leyes; no obstante, son un termómetro. Un gobierno sano debe someterse periódicamente al examen de popularidad. El caso de Charles de Gaulle es ejemplar: el General, salvador de la República francesa, supo escuchar el non de su pueblo y se retiró.
6. Proteger sistemática y «obsesivamente» los derechos humanos. La plutocracia y la manipulable opinión pública se queja frecuentemente de las comisiones de derechos humanos. ¿Han caído los quejumbrosos en manos de delincuentes con uniforme? Latinoamérica goza de un terrible historial de atrocidades: desde «tehuacanazos» (agua mineral introducida a presión por la nariz) hasta métodos impensables por el Marqués de Sade. Es mejor salvar al inocente que ejecutar al culpable. En cualquier caso, todos, incluso el secuestrador «Mochaorejas» merece un juicio justo (valga la redundancia). ¿O preferimos la ley de la selva? La justicia es ciega. Respetemos al Ombudsman.
7. Promover la cultura del reclamo. El «amarillismo» de los medios de comunicación y la «caza de escándalos» no son la mejor opción, pero son preferibles a la pasividad. El protagonismo de los mass media es cuestionable; la complicidad del silencio es condenable.
8. El papel crítico de los intelectuales. Sócrates se definía a sí mismo como «tábano encima del caballo ateniense». La tarea de la intelligenza no debe ser ni exclusiva ni preponderantemente crítica. No obstante, si los intelectuales no critican, si no limitan al poder con las armas de los argumentos, ¿quién hará tal tarea? Criticar no es gritar; es argumentar y analizar. Dialogar es pensar; no repetir retórica vacía y erosionada. ¡Cuidado! Una universidad excesivamente comprometida con el Estado o la empresa corre el riesgo de convertirse en servidora dócil de las instituciones políticas y económicas. Paradójicamente, los universitarios medievales se percataron de ello: independencia del rey y del obispo. Los intelectuales siempre deben construir: aunque en ocasiones levantar un rascacielos supone cavar muy profundo y demoler otro edificio.
Democracia: el cáncer de piel no se cura con mertiolate y vendoletes. Mucho menos en un día.

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