¿Fin de la Geografía?

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A medida que nos acercamos al fin del segundo milenio, nadie necesita que le recuerden los pasmosos cambios que han tenido y tienen lugar en la geopolítica, la geoeconomía, la tecnología, la ideología, los modos de la producción, las formas de vivir y la cultura. En el presente siglo, la tecnología ha pasado del caballo y la carreta al auto y al camión; del obús a los misiles de crucero; de la máquina de escribir a la computadora, etcétera. Y a pesar de ello, hay una similitud entre el principio del siglo y el momento actual que es difícil de explicar. Como dice Godfrey Hodgson, «el siglo termina como empezó: con optimismo, o tal vez con una fe ingenua en el poder de la tecnología para generar riqueza y brindar prosperidad a todos en un sistema económico global».

A LA VELOCIDAD DEL SONIDO

La reestructuración fundamental de la producción, las finanzas y las comunicaciones que ha tenido lugar más o menos en la última década, ha deteriorado las fronteras nacionales y la soberanía nacional desde fuera. Al parecer, a ella siguen de manera simultánea dos tendencias contradictorias: la integración y fragmentación de los estados. Profundas mareas de sentimientos nacionalistas y regionales, y poderosos intereses globales financieros y de mercado parecen estar circulando en direcciones opuestas. Y aun así, si bien hay angustia y una sensación de desconcierto a propósito de los cambios de proporciones cataclísmicas del pasado reciente, también se percibe un sentimiento de oportunidad y esperanza acerca del futuro.
En Occidente hay analistas que han anunciado, algo prematuramente, el fin de la ideología y el «fin de la historia». Es un hecho que, durante generaciones, hombres y mujeres han abrigado la expectativa de encontrar en el estudio del pasado una clave para descubrir un significado, un sentido de ubicación y una idea del futuro. A pesar del ingenuo triunfalismo de Francis Fukuyama, el hambre de historia de la sociedad se está apaciguando. Nuestras experiencias sugieren que la historia se resiste curiosamente a dar respuestas directas.
Los protagonistas de la nueva revolución de la información proclaman ahora «el fin de la geografía». Por supuesto, Bill Gates es el rey sin corona de la era de la computadora personal. El impacto de la supercarretera de la información es tal, que circule uno por ella o no, la mayoría de nosotros ya ha sido tocado por el Internet de una u otra manera. Para cualquier fin práctico, la revolución cibernética ha abolido la distancia y ha hecho insignificante el espacio. Según afirmó Kiran Karnik, del Discovery Channel, al dictar la conferencia de la Vikram Sarabhai Foundation hace tiempo: «Nuestras transacciones implican hoy en día el intercambio y movimiento de datos, imágenes y sonidos, y no tanto de bienes físicos Viajando a la velocidad del sonido, estas corrientes de datos garantizan que, al menos teóricamente, no estamos más que a un segundo de distancia de cualquier persona que esté en cualquier lugar de la tierra».

«TECNOLOGÍAS DE LIBERTAD»

Durante siglos la historia se ha escrito en la lengua de las pugnas de influencia entre las naciones. Todavía no está claro cuál será la acumulación de poder que habrá de ser el punto focal para el siglo que viene. La información parece perfilarse como la nueva determinante del poder. Según ciertos analistas, el poder «sale fluyendo de un cinescopio» o de una terminal de computadora. El Internet, una red mundial de computadoras que puede explorarse desde cualquier computadora casera, ya es un estado que tiene sus propias reglas y su economía singular.
Conectarse a la Red se argumenta es asombrosamente barato para lo que ofrece. Algunos han llegado al extremo de sostener que el contenido de la Red se ha convertido en un «almuerzo electrónico gratis». Es verdad que el número de personas que flotan por el espacio cibernético aumenta de una manera fenomenal. Pero ¿se puede llevar el Internet a un público consumidor masivo? ¿Podrán los humildes pobladores del «mundo subdesarrollado» alguna vez llegar a usar el Internet? ¿Son las nuevas tecnologías de información «tecnologías de libertad», o más bien una arma de desestabilización y colonización con información?
Vivimos en un mundo donde mil millones de seres humanos viven en pobreza atroz y un número parecido de adultos no sabe leer ni escribir. Vivimos en un mundo cuya energía proviene del sol, pero aun así, cerca de dos mil millones y medio de seres humanos padecen desesperantes carencias de energía para mejorar su existencia. El 45% de la población mundial vive todavía a un nivel de subsistencia elemental sin forma alguna de electricidad, mientras que el 21% de la población se traga el 70% de la producción mundial de energía para fines comerciales. Los pobres y los marginados se sienten aún más marginados en el espacio cibernético. La geografía jamás existió para muchos, y por eso no puede acabar.
Incluso en Estados Unidos hay un número creciente de afroestadounidenses que manifiestan su preocupación de que, como raza, corren el riesgo de ser excluidos de la revolución multimedia. Cerca del 4% de los usuarios de Internet en Estados Unidos son negros. Dado que cerca del 13% del total de la población es afroestadounidense, la estadística implica una enorme sub-representación de parte de ellos en el espacio cibernético. De acuerdo con un estudio reciente, el 37.5% de los blancos tiene computadoras, en tanto que sólo el 25% de los negros posee el mismo bien. El ingreso promedio de los negros es sólo la décima parte del ingreso de los blancos.
Según el líder de los derechos civiles Jesse Jackson, cerca de la mitad de todos los niños afroestadounidenses viven en «calles sucias, familias destruidas, ciudades ruinosas y sueños que no se cumplieron»; mientras, «la mitad de todos los edificios públicos construidos en Estados Unidos durante la última década son cárceles».
Quienes están conectados al Internet y quienes se alejan unos de otros más o menos a la misma velocidad a la que crecen las uñas de un ser humano: la estructura de la sociedad humana es desigual. Los países económica y tecnológicamente más desarrollados hacen causa común para proteger su posición privilegiada. Ello no es sino otra forma de apartheid tecnológico. Y el Internet tal vez sólo sea la institucionalización de burdas desigualdades en el sistema global.
Al tiempo que el Internet recibe el seudónimo de «la tecnología de la libertad» y se lo alaba por su índole igualitaria, la xenofobia popular de los países ricos se encauza a los extranjeros que provienen del Tercer Mundo. Europeos y norteamericanos construyen diques en sus fronteras contra la inundación de los pobres del mundo en desarrollo que buscan trabajo. Al tiempo que la revolución de la información finge integrar al mundo, Occidente impone severas limitaciones a la movilidad de la mano de obra que se desplaza desde el sur hacia el norte.
No cabe duda que la Red significa la promesa de mejor información, comunicación más expedita y la amplificación del sentimiento de comunidad sobre un papel, pero ¿se puede confiar en ella para democratizar sociedades? El contenido y la envoltura de lo que ofrece significarían solamente el monopolio de una sola forma cultural, para tomar prestada la frase de Venturelli. ¿Qué ha logrado MTV? Y en ese sentido, ¿qué ha hecho la cocacolización y macdonalización con las sociedades? Es posible que la homogenización culinaria y la transnacionalización de los patrones en el consumo de bebidas, que los gigantes internacionales se han esforzado por conseguir, haya cocacolizado y macdonalizado al planeta, pero ¿acaso no ha manipulado la totalidad del contexto sociopolítico y ecológico en donde la gente del mundo en vías de desarrollo trabaja, come, bebe y se reproduce?

ALARMA EN EL CIBERESPACIO

Según ciertos analistas, surfear por la red puede ser un excitante pasatiempo, pero está difícil que sea el pasaporte para el futuro. Es más: la congestión del Internet se está convirtiendo ya en un gran problema, y las demoras en el espacio cibernético pueden estropear el mismísimo objetivo que es su finalidad cumplir.
El Internet ha provocado un peliagudo problema para los ricos países petroleros gobernados por sheiks. La alarma ha sonado en el mundo islámico al percatarse de que miles de usuarios de computadora surfean a través de temas proscritos como el ateísmo y la pornografía. La Red está extendiendo la cultura de la pornografía. También se está intentado comerciar con sexo y juegos de azar en el espacio cibernético. Hace poco, Singapur fue el anfitrión de una reunión de países del sureste asiático para presentar un frente común a los «peligros» que representa el Internet.
Jean Guisnel, autor de War in Cyberspace, ha hecho alusión a otro peligro de la guerra de la información. De acuerdo con su libro, los servicios de inteligencia de Estados Unidos y otros países industrializados «surfean por el Internet noche y día, estudian y analizan la información que se mueve por él, envenenan y deforman todo lo que sea posible, saquean bases de datos y correspondencia electrónica, y ponen en peligro la elemental libertad nuestra de comunicarnos libremente». Rebeldes, terroristas, y otras fuerzas enemigas de los estados-nación pueden utilizar la capacidad de conexión del Internet, como al parecer lo han hecho las guerrillas zapatistas en el estado mexicano de Chiapas.
En síntesis: si bien las reformas económicas orientadas al mercado y la revolución de la información han obligado a los estados a integrarse más estrechamente, es una paradoja que esas mismas fuerzas hayan fortalecido fuerzas aislacionistas que fomentan un resurgimiento del nacionalismo y la pugna étnica. ¿Y qué sucede en la sociedad estadounidense? A pesar de que Martin Luther King se afanó por la libertad por medio de la integración y aceptando los valores y la forma de vivir de los blancos, los líderes negros de hoy recalcan su derecho a ser distintos, a ser algo aparte. La fragmentación contemporánea del mundo y la afirmación de una identidad aparte, entre la gente de diversas sociedades, son un producto del desencanto postmoderno hacia la idea de progreso. (Traducción: Heriberto Rubio).

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