¿Jaque mate a la universidad?

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La sociedad actual es eminentemente activa. Desde esta óptica se corre el riesgo de juzgar y analizar el rol y la esencia de los centros de educación superior. Sin embargo, la misión de la universidad no se agota en la esfera de lo útil y mensurable, ni tampoco en la generación de profesionales eficientes que contribuyan al desarrollo de las empresas que los contratan. Su compromiso es con la sociedad en su conjunto, independientemente del número de estudiantes, de las carreras que pueda ofrecer, de su aspecto jurídico-administrativo o de su capacidad económica. Éstas y otras características pueden influir en la consistencia de sus servicios, pero en modo alguno cuestionar o anular su misión cara a la sociedad.
A nuestra sociedad post-industrial le interesa ordenar a sus fines ¾ economía globalizada, mercado, libre competencia, productividad, resultados cuantificables…-  a las instituciones educativas. Éstas, en rigor, ni fabrican ni producen… forman personas, que en la universidad implica el cultivo del intelecto. El para qué y cómo se apliquen los conocimientos es potestad absoluta del egresado. Por tanto, la universidad debe ser eficiente por ella misma y no en función de las necesidades de uno o más sectores productivos de la sociedad. En consecuencia, conviene afirmar que la técnica no tiene por qué producir forzosamente unos efectos determinados en una dirección concreta, sino que depende de la actitud del hombre y de cómo él la utilice. El futuro no está determinado tecnológicamente. La técnica por sí sola no va a traer de manera necesaria ni un progreso en la comprensión de la realidad, ni un reforzamiento de los vínculos sociales, si no encuentra un sujeto libre e inteligente y toda una cultura produciendo ese desarrollo tecnológico, sustentándolo y reorientándolo cuando las circunstancias así lo exijan (Carmen Innerarity). En efecto, si el hombre está detrás de la técnica y de la economía, a la universidad no le competen como tal esos campos. Lo práctico y experimental le conviene al particular, sea una persona o un ente productivo. A la universidad le corresponde lo universal, lo teórico. Desde esta perspectiva se «comunica» con los alumnos y la comunidad en general.

LA UNIDAD DEL SABER

Con buen criterio, Ortega y Gasset afirma que la enseñanza universitaria está integrada por tres funciones: la transmisión de la cultura; la enseñanza de las profesiones, y la investigación científica y educación de nuevos hombres de ciencia. Todas ellas, al mismo tiempo, descansan en una principal actividad: el quehacer intelectual que informa la dinámica de la universidad. Al hablar de intelectual no me circunscribo al método o análisis propio de los estudios superiores. Me refiero, además, a orientar los saberes hacia sus orígenes, es decir, al conocimiento de los primeros principios y de las primeras causas. El rigor intelectual permite descender a las «profundidades» de una determinada rama del saber. La honradez intelectual, por su parte, acicatea para trasponer los linderos de la verdad particular para confrontar su coherencia con la Verdad.
En la sociedad, por la misma naturaleza, se advierte una división, una especialización de los saberes. En la universidad, por su misma esencia, se debe tender más bien hacia la unidad del saber. Desde esta vertiente, no sólo aportará profesionales idóneos, sino que también podrá remansar y canalizar los saberes para ofrecerlos en forma asequible, atrayente y sugestiva a la sociedad entera. Es en el terreno de las ideas donde germinan las concepciones, los puntos de vista y las opciones que conducen a toda sociedad. ¡Qué mejor labrador que la universidad para cultivar, abonar, limpiar y podar ese campo tan vital para la sociedad!
«La mayoría de los hombres recogemos lo que se ofrece a nuestra consideración, pero sin analizarlo; de este modo, nos vemos convertidos en realizadores prácticos –  y pasivos – de lo que los pensadores han ideado para nosotros. La colectividad de ideas se forma, en cierto modo, sobre la base de las ofertas de una minoría de autopensadores» (Rafael Gómez Pérez). La universidad, por detentar la responsabilidad de cultivar y formar intelectuales, no puede sustraerse – por justicia – del compromiso de ofrecer a la sociedad ideas claras y firmes sobre el universo; convicciones positivas sobre lo que son las cosas y el mundo, sobre el ser humano… en una palabra, le compete proponer caminos y un norte a su medio circundante.
Mediante lo propio de ella – la cultura, la comunicación y la enseñanza – , puede contribuir a que los miembros de la sociedad civil puedan conseguir con relativa facilidad y plenitud su propia realización. De esta manera, la universidad, desde su esfera intelectual, cumple una función social de primer orden.

JAQUE A LA REINA

En una partida de ajedrez, no bien comenzada, perder la reina es continuar el juego con la amenaza de una «anunciada muerte súbita».
A la universidad le puede estar ocurriendo algo similar. Entregar la «reina» de las ideas, del discurso y análisis teórico, de la investigación científica, del diálogo y del debate cultural –  aún sabiendo del valor que ellas tienen en sí mismas – , es «jugar» sometidos al riesgo eminente de que lo meramente tecnológico, productivo y práctico, especificados en los distintos sectores de la sociedad, le hagan «jaque mate».
La universidad tiene un ritmo propio, una cadencia singular que se acompasa con el quehacer intelectual. El ajetreo diario, que reclama operaciones y resultados inmediatos, encuentra su curso en la actuación y en el hacer. Por tanto, los resultados que a la universidad se le pueden reclamar están más en la línea de la exigencia académica que haya impreso en la preparación de los estudiantes al término de su proceso.

EXIGIRLE PAN, CUANDO LO SUYO ES LA HARINA

La universidad no es responsable directa de la situación por la que atraviesa un determinado país. Más bien, por quererla conducir, por exigirle «pan cuando lo suyo es la harina», ha ido perdiendo perspectiva para aportar, desde su propia óptica, alternativas y posibilidades para el desarrollo del país. El poder que otorga el asignar recursos no debería maniatar –  en rigor, no es un problema de montos o cantidades, sino de criterio y principios –  el desenvolvimiento de las instituciones educativas, más bien debería facilitarles o allanarles el camino para que cumplan su misión. Tampoco el mercado, en este caso, es un buen rector.
Las universidades, hijas de este tiempo, deben reencontrar su misión volviendo a su raíz: «la universalidad». De igual modo, deben desprenderse de aquellas obligaciones o cargas adjetivas que con el paso del tiempo asumieron con resultados o­nerosos para su propio quehacer.
Finalmente, si la universidad contribuye al bien común a través de la formación de profesionales y enriqueciendo la cultura, les corresponde a la sociedad y al estado facilitarle las condiciones necesarias para que cumpla y siga cumpliendo su misión. Más allá de este lindero es tentar contra su autonomía y contradecir el axioma principal del liberalismo: «los precios los regula el mercado». ¿Por qué será que este principio no se aplica a la educación? ¿Será porque el ente gubernamental sabe que es allí donde se forman personas y cuajan las ideas?

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