Lo desconocido y el misterio

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Los primeros recuerdos de mi infancia no son recuerdos de hechos o de deseos, sino sobre todo de un vacío. ¿Cómo se puede recordar el vacío? Por su misma definición, el vacío manifiesta aquello que no es. El vacío es ausencia. Y la ausencia a la que me refiero es la ausencia de sueño.
He sufrido de una forma de insomnio precocísima y prolongada por años. La idea de que se apagara el sol ha obsesionado mi infancia. Me fijaba alrededor y veía a las personas vivir en un estado de absoluta inconsciencia. ¿Era posible que ninguno se percatara de la amenaza que pendía sobre la tierra? ¿Era posible que todos se fueran a dormir y durmieran de verdad, con la cabeza hundida en la almohada, sin saber de la ausencia destructiva que gravaba en torno a su cama?
De vez en cuando, para habituarme a la oscuridad, hacía algunas pruebas de día: daba vueltas por la casa con los ojos cerrados, palpando las cosas, rozándolas para convencerme de que, también en las tinieblas, continuaban existiendo. Pero las tinieblas que me había impuesto eran solamente mis tinieblas, unas tinieblas que podía interrumpir en cualquier momento, no las tinieblas del universo.
En la larga oscuridad de mis noches comencé a ver esqueletos. Danzaban alegres en torno a la sala usando las cortinas como en un teatro. Aparecían, desaparecían, reían, haciendo crujir las mandíbulas, y me llamaban.
Por esto no quería irme a dormir.
¿Con quién podía hablar de estas cosas? En ningún rostro lograba percibir la nota de terror ansioso que había en el mío.
Conocía cada minuto de la noche, cada minuto tenía su propio sonido, cada instante tenía una forma de susto diverso. Era la primerísima hora de la noche, aquélla en que los niños ya estaban en cama, pero los adultos de la casa no. Se escuchaban todavía los radios, los televisores, las voces más altas de una disputa. Todavía pasaban muchos automóviles bajo las ventanas y sobre el ruido de los motores sobresalía el sonido no lejano de las campanas de una iglesia.
Ésta era la noche todavía posible. Pero después estaba un confín invisible. Como los actores de una comedia, uno después del otro, los habitantes de la casa desaparecían en sus propias habitaciones, en la calle no circulaban más coches y, a intervalos siempre más lejanos, pasaba sólo algún autobús. Escuchaba su esfuerzo en la subida, el cambio de velocidad y, poco después, el silencio.
Había un enorme líquido oscuro que envolvía y callaba cada cosa. Quedaban sólo las campanas, pero su sonido no me confortaba. Los esqueletos amaban aquellos retoques, eran su partitura, danzaban sobre las puntas, repitiendo: «Morirás, morirán todos».
Quizá ahora, si un niño manifestara estos temores, se recurriría inmediatamente a un psicólogo, a cualquiera que fuera capaz de aplacar el ansia con los caminos de la razón y del conocimiento.
El temor a las tiniebles, se dice, es irracional, fantasear con esqueletos es cierta cosa que roza en las patologías morbosas.
¿Pero es precisamente así? ¿O es ante todo el deseo de seguridad y de comprensión de nuestra cultura que nos lleva a negar el natural temor que atenaza al hombre, a partir del nacimiento de su conciencia?

NOCHE, TINIEBLAS, SILENCIO

Dice el Siracide: «Un gran afán le ha sido dado a cada hombre, un yugo pesado grava sobre los hijos de Adán, desde que salen del seno de la madre hasta el día de su retorno a la madre de todos. Sus pensamientos y la trepidación del corazón manifiestan la espera del día de la muerte También todo lo que reposa en la cama, el sueño de la noche turba sus pensamientos. Reposa poco y es como la nada; también en el sueño se fatiga como en el día, porque se trastorna con la visión de su corazón que huye como si estuviera frente a la guerra».
En efecto, de mis sueños breves y atormentados me despertaba extenuada, y este extenuarme no desaparecía durante el día: se transformaba en una presencia. La presencia de la muerte que aguarda a cada criatura para arrastrarla a su remanso del polvo.
La noche, las tinieblas, el silencio y el terror que me inspiraban no eran otra cosa que este sentido de la caducidad.
¿Qué sentido tiene vivir, si todo debe terminar? me preguntaba ya a esa edad.
Los ojos, las miradas de los adultos, no inspiraban la fuerza y el coraje para hacer preguntas. Había ya bastantes incomprensiones entre el mundo de los grandes y yo como para inventar nuevas. Y después, en el fondo, ya había obtenido una respuesta en una ocasión:
«Estás demasiado sola, por eso te vienen todas estas ideas absurdas».
Entonces, por la noche atormentaba a mi hermano mayor.
«¿Cuándo nació el sol?», le preguntaba.
«¿Y cuándo las estrellas?».
«¿Y cómo es posible que la luz sobre la tierra venga y luego se vaya como la de una lamparita?».
«¿Y a dónde van las personas cuando ya no están?».
«¿Y los esqueletos son buenos o malos?».
«¿Y cuando nosotros nos hagamos esqueletos, seremos todavía hermanos?».
Él trataba de responder con paciencia, al menos hasta cierta hora. Después protestaba diciendo:
«¡Basta! ¿Por qué no duermes un poco?».
Sentía que en el existir se encerraba un gran misterio. Un misterio aparentemente ignorado por todos. Un misterio cuya percepción me hacía extremadamente frágil.
La contemplación de cualquier forma de vida me llevaba directamente y sin mediación a percibir la desaparición: estarían muertos, desvanecidos en la nada, los gatitos que la gata amamantaba tan tiernamente; estaría muerta la gata, así como estaría muerta mi madre.
El futuro estaba lleno de las emboscadas del dolor. Emboscadas a las cuales, ya en el frío, parecía imposible resistir.
Si se daba la muerte, ¿qué sentido tiene la vida?
¿Y por qué existe la vida?
Dice el Libro de la Sabiduría: «Breve y triste es nuestra vida. El remedio no está en el fin del hombre, ni se conoce ninguno que haya regresado de los Infiernos. Por casualidad hemos nacido y, después de muertos, será como si no hubiésemos existido: humo es el soplo en nuestras narices y la palabra es una chispa en la palpitación de nuestro corazón, desaparecida la cual, el cuerpo se tornará ceniza y el espíritu se dispersará como un aire ligero». Palabra de la Biblia. Palabras que sin embargo atención vienen atribuidas a los impíos. El impío no sabe ver el misterio. Aquello que existe es el consumo de cada instante, porque los instantes tienen un término y es necesario aferrarlos antes de que se desvanezcan, haciéndonos hundir en la nada.
«La muerte no es jamás aquello que da un sentido a la vida y en cambio es aquello que le corta su significado», escribe J.P. Sartre en El ser y la nada.
Éste podría ser en un cierto sentido el epígrafe de nuestro siglo.
Negar el misterio del origen es la característica principal de quien no cree. El ateísmo no es sólo negación del sentido de Dios, sino también, en el fondo, negación del hombre, porque rechazando la parte misteriosa, lo reduce a una moldura plana, a una forma de extrema limitación y pobreza (extremadamente limitada y pobre). Y es quizá precisamente esta extremada limitación que exalta el orgullo y la presunción. Se conoce una tajada irrisoria de la realidad o del ser y se confunde esta tajada con la totalidad.
«El principio de la filosofía es el maravillarse», decía Aristóteles. Pero el hombre moderno ya no es capaz de maravillarse y es éste el signo más grave de una pobreza interior exaltada y sacralizada por la banalidad del pensamiento común. «Dios está muerto y el hombre por fin es libre El hombre desciende del simio Es la casualidad la que hace acaecer las cosas El bien y el mal no existen, son sólo impresiones individuales» y así siguen adelante los párrafos con sus precocinados del pensamiento que son ahora la esencia misma indiscutible de nuestra cultura.
¿Cómo se formó esta anestesia del sentimiento de la maravilla?
¿Por qué ahora desde hace unos seis, siete años, los niños tienen el aire de pequeños sabihondos disgustados y escépticos, capaces de explicar todo, pero totalmente incapaces de probar aquel breve sobresalto interior que es el estupor?
Creo que esta condición nace de la certeza de contar ya con todas las respuestas, que cada cosa sea comprensible y explicable según leyes precisas de causa y efecto. Cada acción provoca una reacción y la reacción, a su vez, provoca una nueva acción. En estos concatenamientos no hay espacio para el misterio, no hay espacio para la sorpresa.
Y quizá bastaría observar una sola jornada de una vida cualquiera con una mirada y con una mente libre, para darse cuenta que todo es sorpresa y que, mucho más frecuentemente, lo imprevisto subvierte todos los planos.

FRENTE AL MISTERIO

Ha sido ésta la segunda etapa de mi recorrido. El estupor. Las respuestas que obtenía del saber escolar no me satisfacían lo suficiente.
A los siete u ocho años comencé a mirar el entorno y mientras más observaba, más preguntas se volcaban en mi mente. Caminaba por la calle y veía las hierbas romper el asfalto, las veía crecer y florecer y a los insectos y las mariposas posarse sobre la corola. Las veía en medio de las piernas de los paseantes, en medio de los tubos de escape y me decía: ¿Quién les da la fuerza? ¿Esta fuerza extraordinaria que hace romperse al asfalto? ¿Por qué, luego de crecer, nos ofrecen también esas minúsculas florecitas a nuestra vista?
Mientras más observaba la naturaleza, más me iba encantando por todo lo que acaecía en torno a mí, más se alejaban los esqueletos, se volvían un recuerdo de una edad frágil, una edad en la cual no era entonces posible deducir las cosas de aquello que se manifestaba en el entorno. Lentamente los colores y las formas de la naturaleza han absorbido mi sensibilidad y mi inteligencia, alejando la oscuridad de las noches de insomnio.
Muy pronto he tenido un frenético deseo de saber, de conocer, de clasificar. No sentía ningún interés hacia la poesía, hacia las narraciones fantásticas o hacia la literatura, como quizá se podría imaginar. Las únicas cosas que me apasionaban, de modo obsesivo, eran las formas de la naturaleza, la riqueza de los colores, la variedad de los modos de existir. Esta variedad y esta riqueza provocaban y provocan en mí continuos sobresaltos de estupor.
Si todo fuese solamente una necesidad de volver a llenar los nichos ecológicos, por ejemplo de pájaros, bastarían quinientos o seiscientos. Y en cambio existen millares. Millares de insectívoros, millares de granívoros, millares de rapaces carnívoros. La misma cosa se podría decir de los insectos, de los mamíferos, de las especies vegetales.
En nuestro universo atemperado, estamos habituados al grisáceo de las palomas, a las libreas oscuras de los mirlos, a aquellas opacas de los pasteros. Plumajes adaptados a nuestro clima y nuestra vegetación; formas que, en su propia modestia y discreción, no pueden provocar gran estupor. Mas si descendemos a contemplar los coloreadísimos colibríes o los papagallos de las zonas tropicales, las aves lira, las grandes mariposas amazónicas, nos damos cuenta que la primera actitud de lo creado es la belleza y que se trata de una belleza signada por la gratuidad.
¿No es esto, quizá, una invitación al estupor? Si todo es causa y efecto, ¿cómo se explica la belleza? ¿Y la variedad de formas con la cual esta belleza se manifiesta? ¿Que tipo de signo es la belleza?
Además de ser gratuita, la belleza tiene otra característica fundamental. Existe sólo en virtud de la luz. Es la luz la que hace explotar las semillas y reclama las plantas hacia lo alto, es la luz la que estimula las hipófisis y pone en movimiento las hormonas para favorecer, en el tiempo justo, el acoplamiento de las especies.
Es la luz la que hace verde esmeralda el plumaje de los colibríes. Y es también la luz la que hace existir bajo nuestros ojos la infinita variedad de las cosas.
«Hágase la luz», dice el Génesis. «Y hubo luz. Dios vio que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas».
Naturalmente la belleza y lo impredecible de la vida está siempre delante de nuestros ojos, pero ya no somos capaces de verla.
Durante la adolescencia amaba hacer largos paseos solitarios. Me gustaba andar por la montaña o caminar a lo largo de la ribera del mar. Me daba la impresión entonces que aquella grandiosidad, aquella apertura de horizontes remitían de modo inequívoco a la grandeza de Aquel que había creado el universo. Pero en aquella vastedad, pasado un cierto límite, también se corría el riesgo del extravío.

EL VÉRTIGO DE LO INFINITO

Y es quizá, precisamente por reacción a este extravío, que comencé a volver la mirada hacia lo pequeño, más aún a lo minúsculo.
«Mira estas semillas de acelga», dice sor Irene a Walter, en la parte final de Anima Mundi. «Mira como son desgraciadas, más aún, decididamente feas. Si uno no supiera qué son, francamente podría pensar que serían los excrementos de cualquier pequeño roedor. En cambio aquí, en estos pocos milímetros cúbicos de materia, está todo. Hay energía escondida y el proyecto de un crecimiento. Las grandes hojas verdes que en junio sombrean la tierra del huerto, están ya todas aquí dentro. Muchas personas se emocionan frente a los grandes espacios abiertos. Las montañas o los mares. Solamente así se sienten en comunión con el respiro del universo. A mí me sucede lo contrario. Son las cosas pequeñas las que me producen el vértigo del infinito».
Al explorar las bases de la materia, las trazas químicas y físicas de la vida, el vértigo del infinito aparece inmediato. ¿Cómo es posible que en las charcas primordiales las primeras macromoléculas se hayan concatenado casualmente? ¿Cómo es posible que a partir de aquellas simples formas hayan nacido las dobles hélices de proteínas y aminoácidos que han formado y forman todas las especies existentes? La ballena tiene un DNA suyo así como lo tiene el saltamontes, lo tiene el minúsculo filamento del líquen como la encina. Y lo tiene el hombre.
Cada hombre tiene uno que es sólo suyo. En aquel filamento está inscrita la voz de sus abuelos y el color de los ojos de los abuelos de sus abuelos; la altura; la forma de las manos; el talento para las matemáticas, mayor que la inclinación artística; el temperamento y la predisposición a las enfermedades y muchas otras cosas que todavía ignoramos. El DNA en suma es la impronta de nuestra vida, ahí dentro están inscritas las vías que podremos recorrer.
He dicho «podremos» y no «deberemos», porque estoy convencida de que la forma genética nos da solamente una indicación de nuestra vía y está en nosotros, pues, con nuestra conciencia, con la participación de la voluntad, el forjar esta vía del modo evolutivamente mejor.
¿Y cómo no ver en nuestra unicidad un proyecto que nos llama por nuestro nombre? ¿Y llamándonos, nos hace portadores y responsables de un misterio?
Este misterio ¿puedo llamarlo misterio de la vida? es un misterio también más grande que el de la muerte. El hecho de que nosotros seamos, que vengamos «llamados» a existir, tiene una fuerza que supera y derrota la precariedad. Desde luego, conviene decir que si nosotros somos, si estamos vivos, de ningún modo puede verdaderamente existir la muerte.
El pensamiento corriente tiende a confiar todo a la casualidad. ¿Pero qué cosa es la casualidad?
Aquello que acaece por casualidad es aquello que acaece sin algún proyecto. Dos moléculas «por casualidad» se atraen, así como dos personas se encuentran y «por casualidad», «por la simpatía de sus propias moléculas», se enamoran. «Por casualidad» aquel óvulo suyo y aquel espermatozoide suyo se encuentran y «por casualidad» de este encuentro se formará otro ser viviente, que «por casualidad» tendrá los ojos azules del abuelo y amará la botánica como el padre del bisabuelo.
En la casualidad todo viene por la asociación de condiciones fortuitas. No hay proyecto, no hay elección, sino una inevitable suma de movimientos casuales que sin embargo, cosa extraña, se repiten con absoluta perfección desde el inicio del universo.
Ahora, yo soy una persona muy desordenada. Si no aplico la voluntad, en breve tiempo el espacio en torno a mí se transforma en un verdadero y propio caos. Dejando por tanto las cosas «a la casualidad», inconscientemente creo un desorden. Para transformarlo en orden tengo necesidad de cumplir una elección y un acto de voluntad: los libros de zoología de una parte, los lápices de colores por otra, las mallas en el cajón y los sacos en el armario.
La casualidad por tanto crea desorden y la voluntad crea orden. Y me parece bastante evidente que en el universo hay un cierto orden.
En hebreo, la lengua de las Sagradas Escrituras, la palabra «casualidad» no existe. En la lengua italiana, «casualidad» deriva del verbo «caer». Pero caer indica un movimiento de lo alto hacia lo bajo, según las leyes de la naturaleza, y no un movimiento horizontal. No caigo de derecha a izquierda, ni de este a oeste.
«Causa misteriosa y remota de acontecimientos humanos»: así definía Pietro Bembo la casualidad en 1500.
Misteriosa y remota. Cualquier cosa por tanto que no conozcamos y nos preceda en la existencia.
Así, al final, la casualidad no viene a ser otra cosa que otro nombre del «misterio». Pero un nombre que, a diferencia de «misterio», aquieta las conciencias y hace sentir particularmente aguda la enérgica resistencia de los prejuicios y las cadenas que, por centenares de años, han cortado las alas a la naturaleza creadora del hombre.
Si todo sucede por «casualidad», ¿qué importancia tienen mis elecciones, por qué jamás me debo fatigar en el crecimiento y en el desarrollo de mis mejores partes? Si somos arrojados «por casualidad» sobre la tabla de la vida y «por casualidad» somos barridos por ella, ¿qué sentido tiene todo el hacer que está en medio?
Una vida, vista «por casualidad», es una vida suspendida entre el aburrimiento y la angustia del fin. Es una vida sólo aparentemente libre, porque la libertad verdadera es sentirse libre del temor a la muerte.
No descubrir un abrirse de sucesivos horizontes en el avanzar de nuestra vida lleva al ser humano a aferrarse confusamente a las cosas menos importantes; todas aquellas cosas, al menos momentáneamente, simulan un enraizamiento: éxito, dinero, seducción, poder.
Éstos son los valores dominantes de nuestro tiempo y muchas personas viven siguiéndolos afanosamente. Pero vivir en esta dimensión quiere decir vivir divididos. La división no es un camino sino una finta de camino, un callejón ciego.

EL CAMINO INTERIOR

El hombre dividido de su destino de redención es un hombre ciego, un hombre que gira en torno a sus días sin conseguir jamás llegar a alcanzar su plenitud y los concluye con el sentimiento de la desilusión.
¿Qué cosa ha sido la vida? Una carrera y un afán continuo cuya meta, al final, se ha revelado que no es nada.
«Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Eclesiástico 1,2).
¿Pero no será quizá una vanidad creerse superior al misterio e ignorarlo?
Este siglo se ha propuesto como el siglo de las grandes liberaciones del hombre. Para hacerlo volar a su justa altura, el cielo ha sido vaciado y la tierra ha sido llenada de paraísos fácilmente alcanzables.
Pero un cielo sin Dios está pronto a poblarse de ídolos. El ídolo de la ideología, el ídolo del poder y de la posesión, el ídolo de la realización de sí mismo. Y, en tiempos más recientes, los ídolos del espiritualismo, de la adoración de las benignas y misteriosas fuerzas del cosmos, quizá con las cuales es posible ponerse en contacto y a partir de las cuales se tiene la certeza de obtener rejuvenecimiento.
El espiritualismo reconoce el misterio pero lo domestica según su propia voluntad, creando la ilusión de la paz interior, la ilusión de la comprensión, la ilusión de una vida superior y destacada de las otras vidas.
La difusión de las corrientes espiritualistas es un signo importante porque indica un difuso cansancio del materialismo, de las divisiones y las luchas. Pero se trata, una vez más, de un callejón ciego, porque consiente en creer a todo lo increíble a través del recorrido de placenteros rituales y positivas realizaciones personales.
El recorrido espiritual tiene bien distintas asperezas, no se contenta con fórmulas fáciles ni con gratificantes promesas, sino que prosigue siempre en subida, siempre luchando contra nuevos obstáculos.
El camino interior conduce a la libertad y es el camino de quien tiene el coraje de alzar la vista hacia el cielo y reconocer la propia debilidad y la propia fragilidad; de quien, en la debilidad y en la fragilidad, siente su nombre pronunciado fuerte y, a este nombre, responde: «¿Quién me llama? ¿Quién conoce mi destino?».
Entonces se descubre que junto al Yo existe también un Tú. Esto es la oración.
En este punto nace la unidad del camino.
De aquel camino siempre igual y sin embargo siempre extraordinariamente diverso que conduce a existir en la libertad, en la verdad y en la conciencia de ser hijos de un Padre amoroso.

(Tomado de Studi Cattolici. 463, 1999. Traducción de Ignacio Ruiz Velasco N.)

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