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Belleza, voz de la verdad en la poética de José; Lezama Lima

La obra del escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976) es, aun en los círculos más enterados de Hispanoamérica, una especie de rareza literaria. La difusión de su producción poética, narrativa y ensayística no han podido disminuir el asombro de los lectores. Desde el temprano poema Muerte de Narciso (1937), hasta el volumen póstumo Fragmentos a su imán y, sobre todo, sus novelas Paradiso y Oppiano Licario, el autor muestra un monumental barroquismo. Sin apenas moverse de su sillón ¾ cobijaba su voluminosa humanidad en su casa habanera de la calle Trocadero¾ emprendió una labor que parecía imposible: conciliar fantasía y rigor, historia y fabulación, fe y delirio, en la voluntad de configurar lo que él llamó un Sistema Poético que debía configurar una teleología, un destino salvador para la Isla.
POETA-FILÓSOFO
En su presentación del primer número de la revista Orígenes, vocero fundamental de su pensamiento y de sus compañeros de generación – Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego-, escribió: «un país frustrado en lo esencial político puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza. Y es más profundo, como que arranca de las fuentes mismas de la creación, la actitud ética que se deriva de lo bello alcanzado».
La «vuelta a los orígenes» se manifiesta a lo largo de la obra de Lezama Lima no sólo como un acarreo de elementos culturales para fundamentar un sentido último de la existencia nacional, sino también como un re-pensar toda la filosofía anterior para hacer de ella un vital cimiento para su sistema poético; su propuesta de solución parte de la recuperación del «poeta-filósofo», tal y como aparecía en la antigüedad. Hay una cierta añoranza de los presocráticos cuando enuncia: «Volvemos a las definiciones primeras. Volvemos al descubrimiento de las cosas, de las cosas eternas. De las cosas que necesitan el vacío absoluto que las aísle» y frente al causalismo aristotélico o al ordenado racionalismo cartesiano, preconiza un método poético: «aplicándose dos cosas comparadas a una consecuencia improbable, nacimiento de la espuma de la nada poética».
No se trata de sustituir los tratados filosóficos por poemas al estilo de Lucrecio, sino de «la aplicación del arte como verdad última», tópico para el que encuentra como antecedentes «la calogathia (sic) de los griegos, la gracia de los cristianos y también aquella otra gracia de la pereza andaluza o del romano ocio comendador». Es decir, se ubica en el linaje de Sócrates y Platón; los teólogos cristianos desde san Pablo, y los estoicos, particularmente Séneca y Marco Aurelio.
POESÍA: DESCUBRIR LAS COSAS
En su artículo Conocimiento de salvación, el poeta señala que «frente a las cosas tenemos un apoderamiento progresivo: el conocimiento, y una condenación regresiva: el tiempo», según él, el conocimiento poético es nombrar, descubrir las cosas, por lo que la palabra sólo es eficaz en función de la evocación que es, en última instancia, «un verídico escamoteo de la cosa por su nombre» y este conocimiento poético es la posibilidad de adentrarnos en «un mundo enemigo o aún no descubierto», de ahí que la poesía tenga tanto de experimentación como de penetración «a los más reservados estratos de la sustancia» y se convierta en una «síntesis de la sustancia y el devenir», semejante a la que intentó formular Leibnitz en su sistema filosófico.
Dos desafíos tiene el hombre para alcanzar este conocimiento salvador que le otorgará una perfección, un descanso en lo trascendente: el tiempo que «le retrotrae a la caída, al pecado original, a la angustia por la cercanía de la muerte» y el espacio en el que debe crecerse «desde la forma elemental del grito hasta la cabal conjuración de la plegaria». Conocer es, para él, sustraerse de la terrible fluencia temporal para llegar a la inmutable esencia de las cosas, esto implica un «apetito cognoscente», una voluntad que enfrenta al mundo de lo cambiante, es el desafío de «penetrar como conquistador en la suprema esencia», es ese proceso que, con una gota de humor, subyace en un poema de esa misma época, Ah, que tú te escapes:
Ah, que tú te escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
(…)
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.
INFLUENCIA FILOSÓFICA Y MÍSTICA
Múltiples influencias gravitan sobre el pensamiento del creador: lecturas dispersas del pensamiento prefilosófico – fragmentos de los egipcios, babilonios, etruscos, la Biblia – ; lecturas fragmentarias de filosofías orientales, particularmente de la India y China – sus escritos están colmados de referencias al taoísmo y al confucianismo- ; y un conocimiento bastante amplio del pensamiento clásico. Cita con asiduidad a Aristóteles, Platón, Heráclito, Parménides, Zenón de Elea y Séneca. Una de las obsesiones de su sistema será la ruptura con el causalismo aristotélico, al que opone lo incondicionado poético y el azar, que serán la base de sus personalísimas categorías de «vivencia oblicua», «hipertelia», «súbito».
Del pensamiento cristiano, tanto patrístico como escolástico, pareció tener un conocimiento abundante, pero fragmentario. Le es familiar el san Agustín de las Confesiones, tanto como el Tertuliano que dijo de los dogmas de la Encarnación y la Resurrección: «lo creo porque es absurdo», frase que Lezama reitera para reafirmar lo trascendente que escapa de la verificación de los sentidos y sirve para oponerse al fatalismo de la causalidad. De la Escolástica conoce la Summa Theologica, de santo Tomás de Aquino, y tiene información básica sobre los escritos de san Buenaventura, Alberto Magno y Raimundo Lulio.
Los pensadores tradicionales contraponían el pensamiento agustiniano  – volcado hacia la interioridad y la mística, de raíz platónica- con el tomista – nutrido de Aristóteles y destinado a conciliar razón y fe-. Por el contrario, José Lezama Lima se muestra afín al espíritu de introspección que marcó el pensamiento occidental desde Pascal hasta Kierkegaard, y por ello se acerca con avidez a las búsquedas en lo oscuro del yo, mas no le resulta ajeno el empeño casi arquitectónico del autor de la Summa de explicar los mayores misterios con un riguroso mecanismo lógico, pero manejado con sensibilidad de contemplativo y de poeta.
A pesar de todo esto, y sin olvidar que Lezama sostuvo siempre su condición de escritor católico, su pensamiento se mueve con una libertad que rebasa con mucho la ortodoxia religiosa. Su manera de fundir filosofía, teología, mito y poesía, su libre uso de los conceptos e inclusive su peculiar manera de citar de memoria o con traducciones tan libres que muchas veces cambian el sentido del pasaje – además de la fantástica asociación de ideas provenientes de sistemas muy distintos- , alejan a Lezama tanto del neotomismo de Maritain como del existencialismo cristiano de Marcel, y más todavía de la visión cuasi fundamentalista de Claudel. Sin embargo, lo acercan por un lado a místicos que desarrollaron su itinerario con sumo desprendimiento de las convenciones escolásticas, como santa Teresa y más recientemente Simone Weil, y por otro a los solitarios defensores de la subjetividad como Kierkegaard.
RESISTENCIA A LA FUGACIDAD DEL TIEMPO
Para el pensamiento lezamiano, el mito, sumergido en un mundo prelógico, es la base de la «causalidad metafórica» en la poesía, mas no hay una relación de precedencia entre poesía y mito, sino una complementariedad que les permite formar una resistencia, conformar una imagen arrebatada a la fugacidad del tiempo. Poesía y mito conforman una nueva naturaleza, una imago que es la realidad actuante de lo imposible y ésta puede encarnar en la historia.
Para refutar a Martin Heidegger, Lezama escribió en su ponencia Sobre poesía, presentada al Congreso Cultural de La Habana: «Superación de la frase de Heidegger: el hombre es un ser para la muerte. ¿Y el poeta? Es el ser que crea la nueva causalidad de la resurrección».
Este descenso a la imagen estaba asociado, en el mito griego, con la visita al mundo de las sombras para hallar lo que ha sido arrebatado a la luz; es la ruta de Orfeo y la de Odiseo, que pasan por la profundidad infernal; en el cristianismo tiene un sentido de purificación y rescate, evidenciado en el descenso de Cristo al lugar de los muertos antes de la Resurrección. El poeta tiene la misión de Orfeo-Cristo, salva al mundo de la angustia, aporta un sentido y una esperanza. En enero de 1966, el poeta escribía a su hermana Rosa: «Para mí ya ha sucedido todo lo que podía tocarme: el advenimiento de Cristo y la muerte de mi madre. Pues creo ya haber alcanzado en mi vida esa unidad entre los vivientes y los que esperan la voz de la resurrección, que es la eterna contemplación».
El arte funciona para él como una resistencia; en su ensayo Las imágenes posibles, nos habla del intento humano de vencer una resistencia tomándose a sí mismo como cuerpo y verificando «tomar posesión de una imagen», pero la imagen «crea una sustancia poética, como una huella o una estela que se cierran con la dureza de un material extremadamente cohesivo»; lo que asegura el ser de la imagen es su particular diferencia con el cuerpo, su «enemistad» que forma otro cuerpo. El reto de esa otredad es el que otorga grandeza a todo empeño humano, así lo evidencia su poema Resistencia:
No caigamos en lo del paraíso recobrado, que venimos de una resistencia, que los hombres que venían apretujados en un barco que caminaba dentro de una resistencia, pudieron ver un ramo de fuego que caía en el mar porque sentían la historia de muchos en una sola visión. Son las épocas de salvación y su signo es una fogosa resistencia.
El poeta es aquel que con tenacidad estoica anda por el abismo, se aventura en lo oscuro, resiste más allá de toda lógica, confía, y su propia vida gana sentido, deja un signo para los otros hombres. Así lo testimonia de manera parabólica en su Rapsodia para el mulo:
Su don ya no es estéril: su creación
la segura marcha en el abismo.
Amigo del desfiladero, la profunda
hinchazón del plomo dilata sus carrillos.
Sus ojos soportan cajas de agua
y el jugo de sus ojos
– sus sucias lágrimas-
son en la redención ofrenda altiva.
El poeta-filósofo, negado y olvidado en vida, nos ha dejado una advertencia que se resiste a la muerte: es necesario volver a lo fundacional, asumido a la vez como revelación de la más alta belleza y como perfeccionamiento del hombre en el ejercicio del bien; esta recuperación de la kalokagathia de los griegos exige un equilibrio entre vida y cultura:
Sabemos que cualquier dualismo que nos lleve a poner la vida por encima de la cultura, o los valores de la cultura privada de oxígeno vital, es ridículamente nocivo, y sólo es posible la alusión a ese dualismo en etapas de decadencia. En época de plenitud, la cultura, dentro de la tradición humanista, actúa con todos sus sentidos, tentando, incorporando el mundo a su propia sustancia. Cuando la vida tiene primacía sobre la cultura, dualismo sólo permitido por ingenuos o malintencionados, es que se tiene de ésta un concepto decorativo. Cuando la cultura actúa desvinculada en sus raíces es pobre cosa torcida y maloliente.

istmo review
No. 386 
Junio – Julio 2023

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