El capitalismo mexicano hacia un modelo económico realista

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Los análisis sobre las culturas capitalistas no deberían arrancar de actitudes ideológicas o sociológicas de la economía global ¾ como las que han caracterizado a nuestros últimos gobiernos¾ sino desde la fuente misma de esas culturas; esto es, la empresa y el management, pero no entendidas como disciplinas científicas, sino como el producto, el fruto del carácter o modo de ser ¾ cultura precisamente¾ de quienes hacen y dirigen la empresa.
Cuando nuestros gobernantes acepten los muchos Méxicos que conforman al país y planeen modelos económicos para cada distinto tipo de «cultura mexicana», estarán en condiciones de propiciar un modelo económico mexicano de desarrollo, menos espectacular que el de la economía global, pero más realista e igualitario.

LOS PRINCIPALES MODELOS DE CAPITALISMO

A propósito de la edición de la extraordinaria obra Las siete culturas del capitalismo (Hampden-Turner y Trompenaars, 1995) Carlos Llano sugería averiguar qué tipo cultural de capitalismo es el nuestro, o al menos qué similitudes y diferencias guarda con el que aplican los siete países reseñados en el libro; cuál ofrece mayores probabilidades de éxito y cuál sería la ruta factible para México.
En nuestro país se debate la necesidad de cambiar el modelo económico, pero las alternativas son difusas e ininteligibles; no se sabe bien qué se quiere cambiar y a qué se quiere cambiar. Es necesario averiguarlo, de lo contrario, hablar de cambio de modelo económico es caer en un lugar común, en un desánimo generalizado y en un desconcierto improductivo.
Llano destaca en su artículo dos puntos que considero importantes. Primero, la separación que el capitalismo occidental ha hecho de cultura y economía. «Uno de los graves problemas de Occidente y de su capitalismo, es haber separado economía y cultura, haber abierto la grieta entre la economía y el hombre, entre las técnicas económicas y la antropología». Y segundo, siete rasgos que suponen siete estilos de capitalismo:
1. El modo de establecer las reglas y de identificar las excepciones, que configura el dilema cultural universalismo versus particularismo.
2. El modo de enfrentarse con la organización: considerando analíticamente cada parte o viéndola bajo la perspectiva de una armonía globalizadora, que respondería al dilema metodológico análisis versus integración.
3. La diversa manera de enfrentarse con los grupos o comunidades de individuos, que a su vez da pie a la consideración de dos polos axiológicos opuestos: individualismo versus comunitarismo.
4. Las guías o criterios más importantes de acción por parte de la empresa nos ponen en contacto con dos grandes modos de trabajo: orientación hacia dentro versus orientación hacia afuera.
5. Los procesos que acontecen en las empresas, a los que contemporáneamente se les imprime cada vez más velocidad, señalan también dos géneros de empresas según se considere el tiempo como secuencia versus el tiempo como sincronización.
6. Las formas de hacer empresa varían dependiendo del status en que se coloca a las personas. Para unas empresas la posición se gana con resultados; para otras, deriva de varias condicionantes ¾ edad, experiencia, titulación académica, antigüedad en la empresa¾ no necesariamente vinculada a los resultados: status conseguido versus status asignado.
7. El valor predominante en la relación de las personas en la empresa: la homogeneidad (se asumen como iguales y se diferencian por su eficacia) o la heterogeneidad (se distinguen por su nivel jerárquico). Es decir: igualdad versus jerarquía.
Hacia el final de su artículo, Llano precisa la ubicación económica de los grandes países capitalistas: «podría decirse que Estados Unidos e Inglaterra se ubicarían en el lado izquierdo de estos parámetros (es decir, la dirección de empresas sería universalista, analítica, individualista, orientada hacia las operaciones internas, con un punto de vista secuencial de sus procesos, atenta a resultados y valorando la igualdad) mientras que Japón y Alemania en ese orden se encontrarían en la parte de la derecha de los extremos alternativos (sus empresas particularistas integradoras, comunitarias, sincrónicas, etcétera). En una posición intermedia y variable hallaríamos a las empresas holandesas, francesas y suecas».
LA IDENTIDAD MEXICANA
Ahora que conocemos al menos en parte el panorama del capitalismo en el mundo, tratemos de encontrarle un lugar a México. Para ello habrá que revisar brevemente la complicada naturaleza del mexicano; con ese fin me remito a un atinado texto de Luis Xavier López Farjeat sobre este problema.
Más que de identidad, debe hablarse de volkgeist o espíritu de un pueblo. La historia de nuestra identidad empieza con la fusión entre cristianismo e indigenismo propia de la Colonia.
Quiero resaltar dos elementos que describen acertadamente el espíritu del mexicano el simbolismo y la pluralidad cultural y luego analizar sus repercusiones en su forma de ser.
El mexicano es simbolista de origen. Durante la evangelización se le dio rienda suelta a la metáfora como recurso pedagógico. Ese modo de entender la realidad fue definiendo nuestra sensibilidad hasta que lo hicimos propio. López Farjeat señala: «el barroco criollo fue vitalmente simbolista. Y tal parece que nos gustó la metáfora exagerada y la ornamentación recargada. El castellano que hablamos es metafórico. Este espíritu metafórico va más allá de lo lingüístico y lo pictórico. Es festivo y vital».
Además de este espíritu, en México conviven distintas culturas que se reflejan en la esfera individual. «El mexicano reúne una inmensa pluralidad de sensibilidades. Desde nuestros orígenes conservamos de manera notable costumbres y modos de ser de nuestros antepasados indígenas. (…) Somos un pueblo que si bien vive en la inmediatez de los sentidos, también suele pensar que las cosas mejorarán, junto a nuestro pasado indígena hemos sabido sintetizar de manera admirable cualquier cultura que nos llegue. Desde el cristianismo hasta la ilustración, desde el barroco hasta el yanquismo, desde el marxismo al neoliberalismo. Siempre hemos sido un pueblo que mezcla infinidad de sensibilidades. México ha pasado por etapas de afrancesamiento, de españolamiento y, sobre todo, de norteamericanismo. Pero todas esas culturas las hemos modificado». Somos sincréticos: hacemos uno lo diverso.
Esta realidad se traduce en muchos Méxicos. Apunto dos: el «europeo» y el mestizo, el del norte y el del sur. En la tipología que analiza Ernesto Bolio, el primero encuadra más con el hombre nórdico o práctico-ético («aquí hay que hacer A y B y éstas son las reglas»): toma el trabajo como una necesidad; trabaja en solidaridad con otros (comunitarista versus individualista), y tiene un concepto objetivo del tiempo: prevé y planea (sincrónico en la tipología de Las siete culturas).
El hombre mediterráneo ¾ propio del México mestizo¾ concibe el trabajo como algo que debe hacerse para poder disfrutar del descanso; considera al ocio como condición normal y meta de la vida. Tiene un concepto subjetivo del tiempo: prevé y planea poco, y no tiene más necesidad de colaboración y solidaridad con la gente que aquella con los miembros de la familia o el clan.
El hombre tropical ¾ ubicado en el Sur del país¾ no distingue entre trabajo y ocio; vive en un perpetuo presente, carente de previsión y planeación, además de que tiene poco sentido de solidaridad familiar y grupal.
Consideramos ¾ con todos los peligros a los que lleva una excesiva generalidad¾ que el mexicano es una mezcla de hombre tropical y mediterráneo, con ciertos tintes de hombre nórdico al norte del país.
EN BUSCA DEL MODELO MEXICANO
Aplicando las distinciones de Hampden-Turner y Trompenaars, el capitalismo mexicano es individualista salvo en lo que respecta a la empresa familiar¾ , muestra de lo cual tenemos la tremenda desigualdad que ha caracterizado por siglos al país. El mexicano es más integracionista que analista, su concepción del tiempo es sincrónica, trabaja más bien enfocado hacia dentro, es más emotivo que ético, no selecciona a sus individuos entre aquellos que han logrado progresos en beneficio de la compañía. Del mismo modo, nos parece que la empresa mexicana no promueve la igualdad de oportunidades ¾ de ahí la importancia del compadre y del factor de la amistad en la toma de decisiones.
Esto daría como resultado un enfoque capitalista distinto al que ha pretendido implantar, o con el que ha pretendido contar, la generación tecnócrata que ascendió al poder en 1988. No se pueden utilizar parámetros de capitalismo desarrollado o postindustrial (Daniel Bell) en sociedades que no funcionan bajo esas premisas.
Ya en 1950 Frank Tannenbaum había llamado la atención sobre un crecimiento económico basado en el progreso como un fin en sí mismo. México sostenía necesitaba «una filosofía de cosas pequeñas». A la suya se sumaron voces más conocidas, como la de Octavio Paz en El Ogro Filantrópico: «Nuestro país se modernizaba al costo de perderse a sí mismo».
En 1983, Enrique Krauze en Por una democracia sin adjetivos había advertido el riesgo de un crecimiento sostenido predominantemente en el petróleo y en los «grandes proyectos», descuidando la comunidad tradicional, gran error del Presidente López Portillo.
También destacó la voz de Gabriel Zaid, quien aboga por una «producción en masa» con medios de producción baratos al alcance de la gente, en lugar de un «consumo en masa», que siempre tiende a irse hacia las capas adineradas y los sectores improductivos. De ahí que el crecimiento del PIB en los últimos años no se haya reflejado en el bolsillo de los mexicanos, y que la creación de empleos (800,000 el año pasado) no llegue a cubrir los cerca de 1,300,000 empleos que México necesita producir cada año, más los que lleva rezagados por la «década perdida».
Sin embargo, tales voces cayeron en el vacío. Al copiar el modelo capitalista norteamericano sucede que copiamos lo bueno más eficiencia y mejor trabajo¾ , pero a costa de asumir los costos de la masificación de la sociedad norteamericana ¾ consumismo, individualismo, relativismo, desintegración familiar
Zaid y González Pedrero pusieron el dedo en la llaga al criticar los afanes modernizadores prescindiendo del México real, el otro México, el de las comunidades.
Según Zaid, en las culturas tradicionales como la mexicana la comunidad aprendió a aprovechar al máximo sus recursos. El criterio excluyente del «progreso» y de la modernidad ignora esa reserva de saberes seculares y, a la vez, carece de imaginación para desplegar una oferta pertinente para las necesidades de los pobres. Lejos de vender ilusiones que sólo sirven para aumentar la desigualdad ¾ impulsar la globalización como una meta en sí misma¾ engordando elefantes de la gran empresa o del Estado, habría que condicionar el progreso a que haya un mínimo garantizado para todos.
Por su parte, González Pedrero fundó su propuesta en un modelo mexicano de desarrollo, basado en la reafirmación de las virtudes de la comunidad indígena y en la vocación de autonomía municipal de herencia hispánica. «No se trata de proponer soluciones espectaculares sino modestas y sólidas. No se trata de imitar a ultranza el modelo norteamericano, sino de manejar dos modelos: es necesario unir al México tradicional, el mestizo, el de las comunidades indígenas y la economía informal, con el México moderno de grandes exportaciones, preparado profesionalmente y con una situación económica más estable».
Ello exige distintas medidas de empresarios y gobiernos. Por parte de los empresarios, ejercer un liderazgo que motive a los empleados de acuerdo a nuestra idiosincrasia: «”Ándale mano, ayúdame, es que estamos reagobiados y queremos pasar la Navidad con la familia”. Y el otro contestará: “Encantado”». También exige superar la mentalidad individualista para ser más comunitarios, y lo lógico sería empezar por la empresa familiar, en la que el mexicano muestra sus primeros lazos de solidaridad. La empresa familiar tiene fuerzas y debilidades, pero pretender desfamiliarizarla es desconocer la realidad mexicana y también una de sus fortalezas, por lo que consideramos que debe ser alentada.
Por parte de los gobiernos, no se puede aplicar el mismo modelo de desarrollo al norte (donde predomina el hombre nórdico, a quien le vienen bien las políticas de globalización y apertura de la economía), que al centro y sur del país (donde predominan el hombre tropical y el mediterráneo), zonas que exigen desarrollo de pequeñas industrias y empresas, fomento de la agricultura dotando a las pequeñas comunidades de todo lo científico y tecnológico capaz de hacerlas autosuficientes. Se fomentarían además, la piscicultura en pequeñas obras hidráulicas locales, con tecnologías intermedias (baratas y accesibles a la micro y pequeña empresa;las artesanías locales (para las que tenemos ventajas competitivas, dado nuestro carácter integrador), y la instrucción de los habitantes en todas aquellas técnicas que pudieran mejorar la cría de animales, el rendimiento del agro y demás actividades productivas que la comunidad pudiera desarrollar de acuerdo con los recursos propios de la región.
En cuanto a nuestro carácter festivo, simbolista e integracionista, consideramos que la empresa mexicana debe esforzarse en promocionar aquellos productos que favorezcan un nicho de mercado en donde pueda utilizarse esta característica como fortaleza competitiva, como las artesanías, la agroindustria y sectores donde brille la «creatividad» empresarial.
Hace falta una «generación» en el concepto orteguiano de mexicanos empresarios, académicos, políticos, que desempeñen un papel similar al que desarrollaron los Siete Sabios y las generaciones subsecuentes después de la Revolución, a quienes a pesar de la disparidad de opiniones les unía el afán de crear, de hacer algo por el país, y a los que debemos gran cantidad de instituciones de todos los géneros partidos políticos, sindicatos, editoriales, labor académica e investigadora, etcétera.

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