Extraviados en la globalización

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Hace unos meses tuve la fortuna de asistir a un curso que dictó en México el filósofo italiano Rocco Buttiglione, político teórico y activo, autor de varios libros. Al hablar de los males que trae consigo la globalización dijo que efectivamente son muy ciertos y graves, pero sólo hay algo peor que ser explotado en el mercado internacional y es quedarse fuera.

Tanto se habla del tema que lo estamos quemando, pero es necesario ir tras él pues se trata de un fenómeno inédito que a todos alcanza y a todos intriga; lleva tal velocidad que cuesta seguirle el paso.
Sin embargo, el reto que en el fondo implica esta realidad es añejo, es el de la historia de la humanidad: armonizar lo nuevo con lo existente y decidir qué deseamos cambiar y qué vale la pena conservar. Buena parte de nuestra cultura está, por decirlo de alguna manera, extraviada en la globalización. Es difícil entender este mundo en el que conviven la ideología del beneficio y la fría lógica de las finanzas con el desarrollo espiritual y la vida sencilla del día a día.
El mercado es muy adecuado para el intercambio de productos, pero no todo son mercancías, la honestidad, la ley, el amor no se pueden comprar; y sin embargo, ese mercado que se apoya en ellas para poder funcionar, no las justifica ni reconoce.
La globalización ofrece claroscuros. Tres colaboradores abordan el tema en este ejemplar de ISTMO; Nora Ampudia pone al descubierto otra llaga: la propia dinámica de la globalización excluye automáticamente a grandes sectores de población que por diversos motivos no alcanzan a abordar ese tren.
Termino citando de nuevo a Buttiglione: «la tarea de la política democrática y de las instituciones representativas es impedir que el hombre concreto sea arrasado por el sistema y, por el contrario, guiar al sistema para que esté al servicio del hombre».

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