Las pecaminosas manzanas

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1859

¿Acaso los orígenes de la humanidad no están ligados al alimento? Según el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, el primer hombre fue hecho de maíz. En Occidente, la Biblia liga el pecado original a la comida. El primer ejercicio de nuestra nueva hermenéutica es el análisis de Génesis II 16-17: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás». Génesis es la palabra griega para designar origen; la comida aparece en un primerísimo lugar. Es curioso, la prueba que sufrieron Adán y Eva tiene un sesgo gastronómico. Santo Tomás (1225-1274), el sabio medieval, señala en la Suma teológica que el pecado original no fue sólo un acto de soberbia, sino también de gula. La manzana no sólo era atractiva porque supuestamente convertiría en dioses a la primera pareja; también era apetitosa. El reto al que fueron sometidos nuestros primeros padres debía ser humano: cuerpo y alma, corporeidad y racionalidad. Qué mejor prueba que un alimento con efectos espirituales: «seréis como dioses», tentó la serpiente infernal. Los teólogos cristianos han especulado sobre la naturaleza de la prueba sufrida por los ángeles. Quienes la aprobaron se convirtieron en lo que comúnmente denominamos «ángeles», espíritus puros, servidores de Dios y protectores de los hombres. (Los ángeles se han puesto de moda después de la borrachera positivista, enemiga de cualquier referencia a lo sobrenatural.) Los ángeles réprobos se convirtieron en demonios, encabezados por el sulfuroso Lucifer, Satanás, Belcebú o Luzbel. Los teólogos han conjeturado que la prueba consistió en una visión anticipada de la encarnación de Cristo. Los espíritus puros vieron ¾ «previeron»¾ al Verbo de Dios encarnado y fueron invitados a postrarse ante el Dios-Hombre. Los espíritus orgullosos se rehusaron y se convirtieron en demonios. ¿Cómo iban ellos a adorar, creaturas celestes, poderosas, sapientísimas, a un hombre? El castigo: el infierno, la ausencia de Dios. La prueba de los ángeles fue para espíritus puros: los ángeles carecen de alas y sexo, a pesar de la manera convencional de representarlos. El árbol del bien y del mal fue para seres humanos. A los ángeles se les exigió humildad; a Adán y Eva también, pero con un ingrediente extra: el delicioso fruto. Los seres humanos no somos espíritus puros y no estaba de más un matiz gastronómico.

CURIOSIDAD FATAL

La mitología griega es más racionalista. Al fin y al cabo, se atribuye a los griegos el descubrimiento del logos. La curiosidad de Pandora, la primera mujer, abre la puerta del mundo a todos los sufrimientos. Pandora, que significa en griego «todos los dones», recibe una caja con la expresa y absoluta prohibición de abrirla. Intrigada e incapaz de resistir, la primigenia abre el cofre «un poquito» y de él escapan intempestivamente dolor, soledad, enfermedad, hambre, muerte. La pobre no puede cerrarlo a pesar de sus esfuerzos. Cuando todas las calamidades han escapado e impregnado la tierra, Pandora observa el fondo del pequeño arcón: queda en él la esperanza. El afán de saber es parte del temperamento griego. La Metafísica de Aristóteles, ese terrible texto con que el Estagirita ha torturado a la humanidad desde el siglo IV a.C., comienza precisamente destacando el afán de saber: «Todos los hombres desean por naturaleza saber. Así lo indica el amor a los sentidos; pues al margen de su utilidad son amados a causa de sí mismos». Pandora no actúa impelida por la glotonería; la mueve la curiosidad. Es llamativo, por cierto, que en ambos relatos la mujer sea la ventana por donde se cuela el sufrimiento al mundo. Dejo a las feministas su interpretación. Ya tengo bastantes enemigos.
SERPIENTES, MANGOS, CHAYOTES Y MANZANAS
Para los católicos, el pecado original trae como consecuencias el dolor y el desorden de las pasiones. Esta falta primitiva se asocia al orgullo. Adán y Eva quisieron ser como dioses, pero también quisieron probar un sabor nuevo. La iconografía tradicional representa el árbol del bien y del mal como un frondoso manzano. El autor sagrado no lo afirma; sencillamente habla de un fruto. Suficientemente famosa es la manzana; no necesita de la Biblia para ser célebre. Es una fruta mítica a la que se atribuyen propiedades afrodisíacas, intelectuales y curativas: an apple a day keeps doctor away.
¿Qué clase de fruto tentó a nuestros primeros padres? No eran gourmets: los atraía «la ciencia del bien y del mal», el «seréis como dioses». No obstante, el demonio se hubiera topado con más dificultades para persuadir a Eva si el objeto tentador hubiese sido un chayote o un betabel. Personalmente me inclino a pensar que fue un mango de Manila o una pera de Anjou. Por cierto, corre el chiste: si Adán y Eva hubieran sido chinos, no hubieran pecado. En el momento en que la serpiente se hubiera dirigido a Eva, el ama de casa hubiera capturado por el «pescuezo» al reptil para cocinarlo con salsa de soya. «Adancito, Adancito, ¿sabes qué tenemos para comer hoy?…». Mis respetos a la comida china, la primera alta cocina de la historia de la humanidad, pero en ocasiones es excesivamente creativa. La burguesía occidental es conservadora.
AMOR, FAMILIA Y SABIDURÍA EN DISCORDIA
Una manzana siembra la discordia entre Afrodita, Hera y Atenea. La disputa suscita la guerra de Troya. Cuentan los rapsodas griegos, que la Envidia (la diosa) no fue invitada a una fiesta en el Olimpo (que no es el nombre de un cabaret famoso, sino la mítica residencia de los dioses helénicos). En pleno guateque ¾ léase banquete báquico, valga la cacofonía y el eufemismo¾ aparece la Envidia. La agraviada deidad arroja al salón una manzana de oro con la inscripción: «para la más bella». Como era de esperar, las tres diosas pretenden autoadjudicarse el trofeo. Afrodita, diosa del amor, lucía buenas cartas credenciales para merecer el premio. Atenea, aunque soltera y de mal genio, aducía su sabiduría. Hera, la Juno romana, era ni más ni menos que hermana y esposa de Zeus, el rey de los dioses (les tenía sin cuidado el incesto). Imaginémonos a las tres divinidades armando un jaleo fenomenal en el palacio. Un trueno por aquí, un terremoto por allá, una tormenta más acá. Para acabar con el problema, se acude a un árbitro: el incauto Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. El ingenuo príncipe contempla boquiabierto a las tres diosas (el primer concurso «Miss Universo»). Cada una ofrece dádivas. Atenea promete sabiduría; Hera, poder y Afrodita ofrece la mujer más bella del mundo. El pobre Paris, un adolescente romántico, otorga a la diosa del amor la manzana áurea. Ignoro si por ser realmente la más bella o por el soborno. Las perdedoras, despechadas, se alejan furibundas, lanzando toda clase de maldiciones y denuestos. Mi decencia me impide repetirlos, ni siquiera en griego. Así nace la animadversión de Hera y Atenea contra los troyanos. Para colmo, Paris no espera la intervención de Afrodita; el torpe príncipe troyano toma la iniciativa y rapta a la bella Helena, esposa de Menelao. Una manzana de oro desató la guerra de Troya.
EL COCO DE NEWTON Y LA SANDÍA DE GUILLERMO TELL
Manzana también es la de Isaac Newton. Según la anécdota, el físico inglés tomaba la siesta al pie de un manzano. Cayó el fruto del árbol, le pegó en la cabeza y lo despertó súbitamente. «¿Por qué caen las manzanas?», fue la pregunta. Respondió la interrogante con la ley de la gravitación universal, que junto con la Metafísica de Aristóteles es uno de los instrumentos de tortura intelectual de Occidente. No falta el antropólogo según quien ciencia tan elevada como la del sabio de Cambridge no pudo haberse dado en el trópico. Si Newton se hubiera dormido debajo de una palmera, un coco hubiera fracturado su cráneo. La historia de Guillermo Tell alude también a la manzana. El romántico alemán Friedrich von Schiller (1759-1805) recoge la leyenda. Suiza estaba bajo el imperio de los Hasburgo. El lugarteniente del tirano impone a los súbditos la obligación de saludar a un sombrero colocado en un asta, señal de sumisión al Imperio. Una humillación para los altivos helvéticos. Tell, por negligencia, ignorancia o subversión omite la reverencia ante el emblema y es aprehendido. El tirano, benévolo y misericordioso, amnistía al diestro ballestero con la condición de tirar una flecha a una manzana colocada sobre la cabeza del hijo de Tell. Cuando inicia la terrible operación, Guillermo saca dos flechas de su carcaj. Carga su ballesta y con tiro certero parte la manzana sin rasguñar a su vástago. Pregunta entonces el tirano: «¿Por qué dos flechas?». Responde el orgulloso tirador: «La primera flecha era para la manzana; si fallaba, la segunda era para ti, y seguro que con ésa acertaría». Ignoro que le habrá pasado al pobre Tell después de tan majadera respuesta. En cualquier caso, hubiera sido más fácil tirarle a un melón o a una sandía, pero Suiza es un país que carece de tal delikatessen y se han de contentar con manzanas, té y fondue.
LAS MANZANAS ROBADAS
El undécimo trabajo de Heracles, en latín Hércules, también remite a las manzanas. Cuando Zeus se casó con Hera, la diosa Gea, la madre tierra, regaló a la feliz pareja unas manzanas de oro. Hera las encontró tan hermosas que las hizo plantar en el jardín de las Hespérides, cerca del monte Atlas, en Mauritania (no me pregunten cómo consiguió las semillas). El manzano creció y producía manzanas cada vez más hermosas. Prudentemente, la esposa de Zeus puso el árbol bajo la custodia de un dragón inmortal con cien cabezas. Las guardias del jardín eran tres bellas ninfas, las Hespérides, hijas de Héspero, la estrella de la noche. Hércules, vástago ilegítimo de Zeus, se roba los frutos y su padre festeja la hazaña. El poeta Hesíodo (s. VIII a.C.) es una fuente obligada para conocer estas historias.
LA OTRA HISTORIA DE BLANCANIEVES
Otra manzana fantástica es la de Blancanieves. El fruto apetitoso, rojo y maduro, hace caer a la princesa en la desgracia de la «muerte dormida» (¿catalepsia?, ¿infección viral?, ¿hipnosis?). La perversa madrastra conocía bien los encantos de la manzana. Seguro que si la bruja se presenta en la casita del bosque con unas zanahorias, Blancanieves las hubiera cocido para los siete enanos sin probarlas. La historia hubiera cambiado radicalmente; el príncipe no hubiera querido besar a Tontín y sus amigos para romper el maleficio. Blancanieves se hubiera escapado con las riquezas de los enanos en compañía del noble y hubieran fundado un nuevo reino.
LA INMORTALIDAD POR UN BOCADO
La relación entre comida y caída original es frecuente en el Medio Oriente. En los archivos de la biblioteca de Asurbanipal se hallaron fragmentos de un relato babilónico cuyo héroe es Adapa, «semilla de la humanidad», el primer hombre. De este mismo relato se han encontrado restos de 1500 a. C. en Egipto. Adapa era hijo de Ea. Su divino padre le regaló sabiduría, pero no el don de la inmortalidad. El primer hombre era barquero, típico en un habitante de Mesopotamia, la fértil media luna entre los ríos Tigris y Éufrates. Adapa habitaba en las inmediaciones del templo de Ea, a quien ofrecía pan, caza y pesca. Un mal día, una tormenta amenaza con hacer naufragar la barca de Adapa. El infeliz salva la vida aferrándose a las alas de un demonio que pasaba por ahí, con tal fuerza que se las arranca. Anu, dios del cielo y protector de los demonios, se entera del desaguisado. Furioso manda llamar al culpable. Ea, conocedor del peligro que corre su hijo, le aconseja no comer el pan ni beber el agua que la deidad celeste le ofrecerá. Ea teme un envenenamiento. Los acontecimientos se desenvuelven de manera distinta a la prevista por Ea. Adapa llega temeroso al cielo, Anu lo perdona y, en un arranque de generosidad, ofrece a su invitado el pan y el agua de la inmortalidad. Adapa, recordando el errado consejo de Ea, declina probar los alimentos. Anu, encolerizado por el desaire, manda a los espíritus: «Apoderáos de él y devolvedle a la tierra». Adapa pierde la oportunidad de la inmortalidad.

(Tomado del libro Introducción a la gran literatura a través del arte del bien comer. Publicaciones Cruz. México. 2000, 245 págs. De venta en ISTMO, 55 63 25 57.

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